sábado, febrero 28, 2009

Ben

Ben entró en aquella discoteca con el aire del que sabe o predice una gran noche. Hay un ritmo entre funk y punk sonando y camina como empujado por el tempo, la constante rítimica de lo que suena. Ben camina dandose fuerza con los hombros, afinando un justo e indescifrable gesto en los labios, entre seductor y torpe. La ropa de Ben mas que ropa parece una feria. La mezcla de colores van del violeta al amarillo, del naranja al rosa. Lleva una corbata y unos zapatos blancos, lleva un ritmo interno que no hay quien le detenga. Ben se siente grande y si sospecha seductor. Un juego de luces y unas chicas que bailan le empujan a la pista y Ben comienza su Show. Años ensayando esos pasos frente al espejo. Y de repente todo gira alrededor del feo de Ben, del pobre Ben, del tipo que nadie hizo nunca caso. Ben despliega unos recursos de baile imposibles. La pista gira, lentamente, a su alrededor, primero las tipas se acercan haciendo circulo a su alrededor y Ben que no es que sea Michael Jackson en sus mejores tiempos, no. Ben es Ben, el dueño de unos giros y unos brincos inexplicables, imposibles para cualquier otro ser humano. Aprieta ese cuatro por cuatro de la música, la intensidad del bombo sube y la música revienta con un Pum,pum,pum,pum que a Ben le viene perfecto para uno de sus pasos mas complejos, giro en un solo pie, elevamiento de cabeza, mortal adelante y salto que emula los mates de los jugadores profesionales de la NBA. Entonces la gente gira alrededor de Ben, hay palmas, tipas increíbles que aplauden cada movimiento de Ben y Ben sabe que mereció la pena, tantas horas en el pasillo de su casa, de su madre viuda exigiéndole una vida decente, que se independizara, que creciera, y Ben ensayando horas y horas. Salto, Mortal adelante, palma, salto, giro sobre la mano apoyada en el suelo y un grupo cada vez mas grande alrededor de Ben. Entonces Ben va a mas, se libera de la corbata con agilidad, con precisión, luce camisa violeta ante el público y salta, se engancha de la bola de discoteca, de ahí salta a un foco. Abajo la gente no aplaude, no admira, abajo la gente delira por Ben y Ben se crece, y de un foco se lanza como Spiderman hasta la barra, hay un pasillo de gente que le sigue, un coro no tanto de seguidores como de fanáticos, y Ben se desliza por la barra, casi como si no pisara, sino como si de algún modo sus pies fueran patines. Y sube el tempo, el Bum, bum,, bum pone los corazones a tope y Ben con su paso mas complejo, el que solo le ha salido una vez, una vez en el pasillo de casa con su madre como testigo mientras le recriminaba que a los cuarenta debería dejarlo ya, buscarse una vida digna y dejar de vivir de esa pobre mujer pero a Ben nada le detiene hoy, nada. Y lo hace, pie atrás, agitación violenta y rítmica de la cabeza, movimiento enloquecido de los brazos, impulso, y arriba, triple mortal adelante y salto final para engancharse a la bola de discoteca. ben salta, ahí va ben, la gente grita, enloquece. primera vuelta, segunda vuelta, tercera, toca el suelo y salto a la bola, salto preciso, fuerte y alto hacia la bola que está arriba, en el techo de la discoteca, la gente ya no aplaude, la gente flipa con Ben, Ben hipnotiza al graderío. y salta, y va y va y se pasa de largo y sigue y va, se va eterno, se pierde en en infinito cielo universal mientras se minimiza el color de su camisa violeta. Ahí va Ben, eterno, grandioso, sin retorno, un superman que jamás volverá....


viernes, febrero 27, 2009

Souverian

Quería escribir un post oyendo esta maravilla que se llama Souverian, pero es tan buena que constantemente borro lo que escribo. Lo dejo, no insisto. Según marque el punto final, me voy al principio y la escucho entera, que es lo que hay que hacer con estas canciones tan maravillosas

El primer día

El ingeniero S sintió como una losa la jubilación. Por extraño que parezca hay gente que ve como un castigo el dejar de trabajar y eso le sucedió al Ingeniero S, que interiormente sentía la perdida de trascendencia, el valor de la satisfacción de terminar un proyecto, el saberse valorado, un tipo efectivo y sólido, dinámico y con capacidad de decisión. En el fondo el Ingeniero S sentía eso. el pánico a la mañana libre donde la motivación dependía única y exclusivamente de él para él, el vértigo de los días libres donde la ocupación no venía dictada por una planificación superior, casi invisible. Hasta ahora sus mañanas estaban acordadas en largas reuniones "El ingeniero S estará dedicado los tres próximos meses al proyecto de expansión de la empresa en Asia Central, contará con el apoyo del equipo B.1".

Al ingeniero S le gustaba eso. Llegar por las mañanas, reunirse con el grupo B.1. Hablar de las estrategias a seguir. Programar los viajes para estudiar las necesidades de la zona y construir el proyecto con esmero y dedicación. Al cabo de los tres meses entrar en la sala de juntas y entregar un informe detallado y preciso, casi seguro con éxito de sus tres meses. El ingeniero S es un tipo brillante laboralmente. Lo sabe y ahora se extiende inabarcable el desierto de la jubilación, de las horas libres. Una pregunta planea su inconsciente ¿Quien necesita del ingeniero S ahora?. Si hay algo terrible para el Ingeniero S es eso, saber no ya sólo que a partir de ahora la empresa, incluso la sociedad, el mundo, no necesita de su liderazgo, de su buen desempeño, si hay algo mas terrible es saber que realmente nunca se le necesito. Si con treinta años hubiera colgado la corbata, ese uniforme, la rueda hubiera seguido girando.

Así ahora cierra el cajón donde ha encontrado papeles innecesarios ya. Ha mirado el despacho por última vez, ha lanzado la mirada al ventanal que tantas veces ha sido su cuadro de fondo, la vista diaria de la ciudad extendiéndose inabarcable de la ventana hasta el horizonte. Camina sobre la alfombra que el Ingeniero D pisará a partir de mañana y sale de allí. Se despide de J, de V, de M, de K, de N, de U y finalmente de P. Baja en el ascensor. Sale a la calle y comienzan las horas libres. Hay algo extraño en pisar la calle así por primera vez. Decide caminar, ahora que comienzan tantas horas de caminatas, las largas caminatas del jubilado. Lo hace casi como acto de inauguración. La primera caminata de la jubilación. La ciudad, de algún modo empieza a ser otra. En la acera ve una hoja en el suelo. Siente que es algo metafórico. De algún modo el Ingeniero S está algo deprimido y siente una conexión fuerte con cualquier metáfora melancólica. Coge la hoja del suelo y la guarda en el maletín que mañana dejará de usar. Sigue caminando. Mira los edificios altos, el tráfico de coches que pasan, un ritmo distante. Sigue caminando, ve una calle vacia y entra. Hay un café, se sienta en una mesa pequeña, pide un gin tonic, deja el abrigo, el malentín y la chaqueta en la silla que tiene enfrente vacia. Le traen el gin tonic con unos cacahuetes. Coge un pequeño puñado que se mete de golpe en la boca. Se sube el vaso hasta los labios y siente la indescifrable felicidad de un trago a media tarde. Apoya el vaso en la mesa y ve una revista en la mesa de al lado. La coge y lee la portada. Hay un articulo sobre los fenicios, otro sobre un escritor prescindible, otro sobre una ciudad del norte de Italia, otro sobre un pintor abstracto que le llama la atención. Observa las fotos de los cuadros y siente un conexión hasta ahora inalcanzable hacia ese tipo de arte. Anuncian una exposición en un centro de arte que desconoce. Mira los horarios, la dirección y decide terminarse el Gin Tonic y salir corriendo hacia allá. Llega con el tiempo justo. Un tipo en la puerta inicialmente antipático y que lentamente se vuelve en un alguien agradable le permite entrar. Le ha confesado que es su primer día de jubilado. La sala está vacía y observa los cuadros con cierto encantamiento. No sabe de que tratan, pero le gustan. Hay algunos con títulos, otros que simplemente están ennumerados. Al salir a la calle descubre que hay algo acuatico en esas imágenes abstractas. No sabe que es, pero ha sentido que algo ha cambiado al ver esos cuadros.

Mientras tanto sigue caminando.

jueves, febrero 26, 2009

Solicitud de rescate

Si crees estar leyendo esto en realidad no lo estás haciendo. Si lees esto lo que realmente haces es ver una foto. Una foto cualquiera de un montón de fotos que un amigo común te está enseñando y esto que crees leer, es lo que trato de decirte a través de esa foto o es el mensaje de mi imagen en esa foto. Seguramente mientras ves esta foto, ese amigo común te está diciendo: " Y este es Javier, desde entonces no he vuelto a saber nada de él".

Si, yo soy Javier. El tipo que ves ahora mirando con desconcierto hacia la cámara. Es decir, si miras la foto te estoy mirando a ti. Y lo que trato de decirte es que estoy atrapado, encerrado en ese instante preciso, en ese click instantáneo. Me quedé ahí, congelado en ese momento en el que alguien entre risas y sin importancia tomó una foto a la salida de esa fiesta que ahora tu y nuestro amigo común recordáis. Estoy instalado en este momento y esto que crees leer es lo que te estoy diciendo mientras observas la foto y notas algo raro. Lo raro soy yo, no ya solo por mi personalidad, que también, pero lo raro es que en el momento en que Edu hizo Click a mi alrededor todo se detuvo. La calle, la luz, la noche, la gente de alrededor. Estoy aquí en ese día que se va quedando lejano, cada segundo mas lejano, y se crees leer esto lo que realmente estoy haciendo es pedirte ayuda. Mira la foto, mira mis ojos. ¿No lo ves?. ¿No percibes que estoy vivo ahí dentro?, ¿Que te estoy diciendo esto?, ¿No notas que no soy una foto sino una vida detenida?. Si crees leer esto es que te estoy alcanzando desde allí hasta aquí, donde estás tu. Mírame, mírame por favor. Ayúdame. Quiero que transcurra el tiempo, que pasen los segundos, que prosiga todo, la vida, el cosmos, el tiempo, los ciclos. Quiero estar allí, donde el tiempo siguió avanzando. Quiero, en definitiva, salir de esta foto y si crees leer algo mientras la miras es que el mensaje te está llegando....

¿Es está tu mano?, ¿Que es eso que se abre al fondo de la calle?¿Eres tu? ¡¡ Has visto la foto y has creido leer esto!!!. ¿Vienes? . ¡Ahí vienes!. Veo tu mano, detrás del flash, por encima del dedo de Edu que sigue eterno haciendo click. Ahora viene el brazo, entre el flashazo detenido entra tu mano, tu brazo, ahora tu hombro, tu cuello, tu pelo. Eres realmente atractiva. Ni en mis mejores sueños me rescataba alguien como tu. Vas entrando entera de entre el flashazo. Ahí vienes. ¡¡Hola, estoy aquí!. Ya has entrado entera:

.- Hola, soy Javier. Bienvenida a este instante detenido.

miércoles, febrero 25, 2009

Circularmente cursis

A ella le gustaba que el fuera poeta, a el le gustaba que ella pareciera un poema. A ella le gustaban sus metáforas, su capacidad para encontrar los reflejos de una cosa en otra, a el le gustaba que ella fuera una metáfora, un reflejo de esto en aquello. A ella le gustaban sus palabras, a el le gustaba su nombre. A ella le gustaban sus poemas, a el su piel que era un poema. A ella le gustaban los títulos que el ponía a sus poemas, a el sus besos. A ella le gustaban sus rimas, a el sus piernas. A elle le gustaban sus estrofas, a el sus pechos. A elle le gustaba su dramatismo, a el quitarle la ropa. A ella sus cuartetos, a el sus rincones. A ella sus tercetos, a el hacer el amor. A ella su épica, a el su ojos cerrados. A ella su tragedia, a el sus gemidos. A ella sus palabras, sus silabas, sus vocales, a el seguir, no parar. A ella su finales, a el sus finales. A ella detener la lectura y mirar, a el quedarse en blanco y no pensar. A ella pasar de página, a el mirarla y quedarse en blanco. A elle le gustaba escribir poemas, a el le gustaban sus poemas, a ella que el fuera una metáfora, a el sus metáforas, a ella le gustaba su nombre, a el sus palabras...

... a ella la página en blanco, a el la página en blanco y se acabo el poema.

martes, febrero 24, 2009

Un caso mas común de lo que parece

No nos dimos cuenta hasta que pasó algún tiempo. Era, sólo dejando pasar tiempo, la única manera de entender el conflicto, el problema irresoluble en el que habitaba mi hermano Ariel. Sólo una observación temporal de su comportamiento nos daría las claves para comprender que sucedía, y lo que sucedía era complejo e increíble.

Ariel era, aún es, un tipo atractivo, interesante, carismático. Capaz de arrastrar trás el a un ejercito de gente que se comprometiera a su causa, fuera esta cual fuera. Ariel podía llevar de excursión a medio colegio, organizar una fiesta repentina al lado de un rio a ochenta kilómetros de la ciudad. Todo lo que envolvía a Ariel llevaba algo de divertido, espontáneo y especial y su último año de bachiller todo sucedió a ritmo de fiestas, grandes celebraciones y momentos mágicos. Corría el año 93 y Ariel se sentía especial, único, casi impresionante. El año 93 fue el año para el que su vida encontraba sentido y según avanzaba el lo sabía. Sabía que llegaría Junio y todo se acabaría, aquella masa de seguidores cogería un nuevo rumbo, universidades distantes, ciudades lejanas, ruptura inevitable de un grupo gigante al que el dirigía como un mesias de la diversión irrepetible. Lo sabía y mientras avanzaba el año y su creatividad se centraba en organizar eventos disparatados que liberaban cualquier represión adolescente, en los ratos libres sentía la angustía de ese inevitable final, la cercanía de junio como un mes en el que su vida cambiaría de sentido y Ariel sospechaba que ese cambio, inevitablemente, era el principio de una vida a la que no quería acudir. Y así fue. Eso es lo que sucede con mi hermano Ariel. Descubrirlo fue tarea compleja, extraña y desconcertante, pero Ariel a través de un esfuerzo inexplicable, inalcanzable y sin solución, rompiendo la linea constante e infrenable del tiempo, se quedó haciendo bucle, repitiendo temporalmente su vida en el año 93. Mientras los seres humanos avanzábamos quisiéramos o no, año traas año, y ya habíamos alcanzado el año 2009, Ariel se quedó instalado, atemorizado y desprotegido, abandonado y sin comprender, en el año 93. Allí estaba. La primera muestra fue ver que yo, que era mas pequeño que Ariel, sufría cambios en los que sorpresivamente Ariel ya no estaba, lentamente me fui convirtiendo en un tipo mayor que Ariel. El hermano pequeño pero mayor de Ariel. Me gradué de Bachiller y Ariel aún seguía levantandose cada mañana a repetir las mismas clases, los mismos ritos. Llegué a la universidad, me hice ingeniero Astrofísico y Ariel seguía anclado en el ciclo en 93 del que , por repetitivo, sus íntimos y familiares íbamos conociendo la rutina. Empezaron a surgir frases insólitas en un núcleo familiar:

.- Hoy es dos de febrero. Ariel va a ir a una fiesta en la esplanada- Recordaba yo

.- Ahhh si- contestaba mi padre. Llegará borracho pero habrá conocido a Julia con la que estará nueve días

A lo que mi madre aportaba:

.- Por lo tanto mañana llegará tarde a clase y tendrá esa discusión con el profesor de historia.

.- Eso es- seguía yo- lo que motivará el viaje a la playa.

Los años pasaban e íbamos conociendo la secuencia repetida en los días de la vida de Ariel y Ariel seguía allí, instalado en el año 93. Yo me fui un tiempo fuera. Escribía cartas que Ariel no leía, cartas que Ariel no podía alcanzar a entender, cartas que al apoyar en la mesilla de Ariel se difuminaban en extraño efecto. Ariel estaba en el 93 y todo lo que ha sucedido después no rozaba ni la piel ni ninguno de sus sentidos. Eso producía extraños e hipnóticos efectos visuales. Cuando mi madre me contó lo de las cartas supe como había sido, como era esa desaparición de las cosas materiales que sucedían a años de distancia de su presente, de su vida. Un efecto visual donde algo parecido a una luz eléctrica intermitente desintegraba cualquier elemento físico. Era una frontera despiadada donde el documento a presentar era haber sucedido previamente al año 93.

Me casé. Formé una familia que Ariel no conoció. Todo eso sucedía entre fiestas y borracheras y diversiones de mi hermano mayor. Una navidad, la de 2007 para todos, menos para él, claro. Mi hijo pequeño, que ya tenía dos años se acercó a su tío Ariel (al que le teníamos prohibido acercarse por miedo a la desintegración temporal) cogió la mano de su tio y le miró inocente. Ariel entonces comprendió algo. El tiempo se había alterado y nos miró desde aquella lejanía insalvable de años. No superó el año 93, no, pero supo que fuera de él las cosas estaban sucediendo ya a años de distancia. Desde entonces a Ariel le sucede lo que a nadie le puede suceder, siente nostalgia, una terrible nostalgia por las cosas del futuro, por las que aún no han sucedido para él y que van sucediendo para nosotros.

lunes, febrero 23, 2009

Hombre en la noche

Oigo un aparato eléctrico sonar. Poco mas. Entra la luz de las farolas de la calle por la ventana. En el edificio de enfrente hay una luz encendida, no adivino sombras ni movimiento. Cierro los ojos y me concentro en la respiración. Me viene a la cabeza la imagen de una carretera. Camino durante un rato por el arcén casi desaparecido. Dejo correr esa secuencia. Camino sintiendo un golpe inmenso de calor. Es mediodía en un país extranjero. Pasa un coche absolutamente destrozado y el conductor me dice que por un precio mínimo me lleva hasta la ciudad donde debo coger el avión. Eso me lo dice en un ingles casi incomprensible, pero por esa fuerza desmesurada de la comunicación necesaria logro entenderle. Me monto. El tipo es terriblemente imprudente. Llevamos las ventanas abiertas, no por decisión, sino por que estas están destrozadas y no se pueden subir. Me aturde el golpe del viento, ese sonido constante y agotador. Subimos por una carretera estrecha, atravesamos una montaña. Detrás van dos mujeres y un niño que no hablan. Atravesamos una ciudad espantosa y el coche por suerte, eso lo pienso después, empieza a hacer ruidos atronadores y reduce su velocidad. El hombre me mira entre angustiado y extrañamente calmado, una mezcla difícil e indescriptible de reacciones. A esa hora ya casi van a cerrar cualquier lugar de servicios, peor acudimos a un taller que me parece sino el sitio mas feo del mundo, si el mas desagradable. Un taller sucio, caótico y gigante. No hay ningún orden. Hay gente que trabaja en coches casi todos en un estado miserable. Nos bajamos del coche y un hombre se monta para introducirlo en un hueco donde teóricamente lo revisarán. Yo se, lo sabía siempre, antes de montarme en ese coche en el andén de la carretera, que jamás llegaría a tiempo a coger el avión. Miro al hombre y trato de solidarizarme con el. Está preocupado. Las dos mujeres y el niño desaparecen caminando, van a hacer tiempo, un tiempo que será largo. Barajo la posibilidad de tener que dormir en esa ciudad. Le explico al hombre que voy a caminar un poco y que en seguida vuelvo, que no se vaya sin mi. COn esa amabilidad desbordada me indica que no me preocupe, le pregunto si quiere algo agua, alguna bebida, algo de comer, lo agradece tiernamente y niega. Salgo del taller y camino por las calles de una ciudad que son el claro ejemplo de lo inalcanzable de la mente humana. No es tanto la suciedad o la sensación de caos. Es saber que nada va a cambiar en siglos. Que cada hueco, cada franja, cada grieta en el asfalto irá marcando un tiempo inamovible, violentamente estático, que cada marca, cada hilo de aceite perdurará como señal del paso de hombres y mujeres que irán naciendo, creciendo y finalmente muriendo. Alcanzo una calle donde un grupo de hombres me miran, soy un extraño en una tierra para mi extraña. De repente pienso en mi ciudad, en mi calle, en las calles de alrededor y siento que nada y todo es igual. Hay distancia y es lo mismo. Son extrañas para mi estas calles, soy un extraño para ellos y si me quedara aquí, si no saliera de esta ciudad al final dejaría de serlo y estas sensaciones se transformarían en otra cosa, en algo habitual, un código descifrado. Entro en una tienda, siento mucha sed, pido una botella de agua y pago. Desde el fondo de la tienda me mira una mujer mientras su marido me atiende. Miro a la mujer y el hombre rápido observa que miro a la mujer, la mujer me mira velocisimamente y desvía la mirada. El hombre se agacha y saca una botella de agua que sin ni siquiera aún tenerla en la mano se que esta rellena. Que no es nueva. Pago y salgo. Me bebo media botella de un sorbo, estoy algo deshidratado. En la esquina unos hombres juegan al parchis a una velocidad de vértigo, me hipnotiza ver la velocidad a la que lo hacen, lanzan los dados, mueven las fichas y pasan de turno en segundos, rápido. Alguno habla de vez en cuando. Un rato después vuelvo al taller. Allí sigue el hombre y las dos mujeres y el niño que ya han vuelto. Saludo y trato de preguntar que sucede, que si se sabe algo. El hombre hace un gesto de resignación. Me siento en una piedra de la que no entiendo su función, que hay en el suelo. Dudo entre sacar el libro y leer, entre volver a caminar o entre cerrar los ojos y sentir la respiración....

Ahora estoy de nuevo aquí. La calle está vacia. Oigo un aparato eléctrico sonar . Entra la luz de las farolas de la calle por la ventana. En el edificio de enfrente hay una luz encendida, no adivino sombras ni movimiento. Cierro los ojos: Sigo sin saber que pasó a partir de ahí, sigo sin recordar porque mi memoria lo borra.

domingo, febrero 22, 2009

Un médico en la salera

Me encantaría escribir esa historia, pero no tengo ni idea de como se hace.

sábado, febrero 21, 2009

Exorcismos estéticos

Hay un momento en tu vida en el que te lo tienes que plantear. Las cosas no son eternas y menos la piel. Llevaba un tiempo que me veía y notaba cierto envejecimiento y realmente no se trata de una frivolidad o una dependencia del físico para ser aceptada, pero también es importante sentirse guapa, atractiva. Lo que quería era algunos retoques. De algún modo una operación estética es un exorcismo al revés. En el exorcismo se lucha porque un espíritu abandone un cuerpo invadido, en esto se pide a un cuerpo que abandone un espíritu. Mi espíritu es joven, mi cuerpo ya no tanto, había que exorcizar a ese cuerpo, alejarlo de ese espíritu. Consulté varias clínicas, me asesoré con detenimiento y decidí. Con un especialista revisamos cuales serían los toques necesarios y precisos para mejorarme. Era poca cosa, una solución a tiempo y me operé.

Ahora me miro en el espejo y veo, veo y ya no soy yo. Unos simples retoques, elevar levemente la nariz, engordar ligeramente el grosor de mis labios,remarcar los pómulos y de repente el espejo, insaciable y cruel, por una jugada impensable, me devuelve el rostro exacto de la Tía Sara. Siempre fui tan parecida a los Pascual. Siempre la frase:"igualita que su madre" y claro, mi madre siempre guardo ese parecido lejano y cercano que tienen los hermanos con Sara, la temible y terrible tia Sara. Estos retoques, estas leves variaciones en mi genética ahora me dan ese rostro que tanto detestamos mis primos y yo. La solterona amargada, la cruel y dura Sara. Aquellos veranos en la finca de mis abuelos marcados por sus gestos, por sus jugadas de mujer diabólica, por sus trampas a un montón de niños liberados en el campo los dias de calor y vacaciones. Si algo marcó nuestras infancias fue la Tia Sara, la mujer que odiaba a cualquier ser humano, pero mas si tenía menos de doce años. Y ahora ese espejo me devuelve esa cara, la misma cara, esa mirada profunda y dolida, cargada de dolor. Me miro y veo a Sara y siento la distancia y vuelvo a ser esa niña mirada por Sara, que me mira desde ahí, desde ese espejo. Es Sara, soy Sara. Me miro en el espejo de la habitación y oigo a mis hijos jugando al otro lado de la puerta, con esos amigos que han invitado a pasar hoy el dia en casa, y les escucho haciendo ruido y me miro y no quiero salir y que vean a la tia Sara, no quiero que sientan el temor de ver a la temible Sara, y ahora golpean la puerta con un balón y Sara que me mira desde el espejo y sigo sintiendo el dolor de ver a Sara de frente, mirándote con desprecio, ese desprecio que se siente a lo que no se puede evitar, la niñez, y otro balonazo en la puerta y mi hijo que grita gol y giro y abro la puerta y los niños me miran y entonces soy Sara, ha vuelto Sara y se lo que sienten los niños, el temor y el dolor, se que a partir de ese instante soy esa cara, ya da igual, ya no soy yo, ya soy Sara y ellos lentamente, también lo comprenderán

viernes, febrero 20, 2009

Globo de agua

A mi no me gustaban las guerras de globos de agua. No me gustaban porque estoy en contra de cualquier forma de violencia o ese era el excelente argumento que usaba para no dar la verdadera razón que era mi exagerada tendencia a las gripes. Nu hubo guerra de globos de agua que no me costara tres días de cama y fiebres y la tortuosa voz de mi madre exigiéndome una negación rotunda a volver a entrar en guerra y yo, con la voz ronca justificando mis ataques, la posición internacional, la necesidad de posicionarse en el barrio que tanto tenía de G8, crecer como potencia, abrirme al mercado, ese mercado del amor y que en el barrio sólo se conseguía logrando una fuerza y esa fuerza mucho tenía que ver con salir airoso de la guerra de globos. Mi discurso pacifista jamás tuvo seguidores en aquel conglomerado de adolescentes en celo, belicosos y hormonados mas conocido como ONU (Organización de nuevos onanistas). El caso es que entré en guerra, esta vez porque Almudena había traído ese verano a su prima Emma a pasar el mes de julio a su casa y yo que trás largos debates internos comprendí que con Emma nada de paz, con Emma lo que yo quería era guerra.

Los procesos siguieron las leyes internacionales. Cita en la esquina para ir hasta el chino a comprar las bolsas de globos, formación de dos bandos, está vez siguiendo el criterio base Chicos vs chicas. Un criterio del que yo fui su as firme portavoz. Toda mi estrategia consistía en tener, fuera como fuera, a Emma en el otro bando. lanzarla despiadadamente mis globos hacia su camiseta, hacia su pelo, hacia su corazón. Separación de los bandos y citación del comienzo del bombardeo. Delimitación de la zona de conflicto y choque de manos para desear suerte al otro. cada bando se retira al relleno de su carga atómica, o esa metáfora de átomos que son los globos.

Al principio siempre hay un tanteo, un miedo. Evidentemente la estrategia está basada en un hecho simple: "Salvese quien pueda", moja todo lo que puedas y mantente seco si lo consigues. Mojarse pronto tiene siempre una ventaja, te conviertes en un kamikaze, en un terrorista suicida, y contra eso no hay quien pueda. Te acercas al bando contrario sin temor y no dejas títere con cabeza. Esa fue mi táctica, me acerqué por el lado de Laura y Ana, me dejé mojar haciéndome el despistado y las dejé reírse por esa batalla perdida, pero era el principio de mi guerra ganada. Ya empapado, subí por la esquina de la bodega, me escondí detrás del coche de los Losada y vi a Emma, inocente y algo perdida, pues no conocía bien los recovecos del barrio. La perseguí descubriendo su táctica que consistía básicamente en permanecer lo mas lejos posible de la zona de conflicto. La seguí varios minutos, la alcancé por detrás con dos globos bastante pesados, ella giró en la esquina del parque y se puso cerca de los bancos. Antes de mi ataque la miré un poco mas. Emma y su pelo, Emma y su piel, Emma y su falda, Emma y el mundo, Emma sobre el mundo. CAminé despacio, giré con precisión los dos globos y ví el agua, el agua eterna caer sobre el pelo de Emma, sobre el cuello de Emma, sbre a camiseta de Emma, sobre los brazos de Emma y giré la mirada y ví su cara, sus ojos cerrados y escuché su suave grito y una sonrisa, la sonrisa mas dulce del mundo y ella veloz, ágil, que gira sus muñecas y revienta un globo en mi cara y siento el agua en la cara, en el pecho y recuerdo a mi madre, imagino los tres dias de cama que tanto van a merecer la pena y de repente por la esquina de la calle veo venir una inmensa riada, millones y millones de litros de agua y no comprendo y Emma mira que por la otra esquina viene mas agua, una masa desatada, agua por todas partes y nos abrazamos y el río nos lleva, se lleva la calle, el barrio, los árboles y caemos Emma y yo abrazados y veo que el mundo es un globo de agua, un inmenso globo de agua que un hiperadolescente ha lanzado contra HiperEmma en ese Hiperuniverso. La tierra es un globo de agua que ha reventado en una guerra inmensa, gigante, afuera, en el lado externo del universo. Yo me quedo cayendo, eterno en los brazos de Emma.... Y aún hoy caemos fuera del globo terráqueo, fuera del globo de agua

jueves, febrero 19, 2009

Pequeños triunfos

Ella se monta en un tren. Pega la cabeza al cristal cuando el tren arranca y se queda dormida. Sueña que escribe en un cristal. Le gusta ver las letras escritas y detrás un paisaje. En el asiento de al lado va un hombre bastante mayor. La ha mirado varias veces dormir y ha pensado en lo inalcanzable de la belleza. Lo que nadie sospecha es que con setenta el deseo hacia unos labios permanece intacto. Ella duerme con la cabeza apoyada y detrás va variando el paisaje a una velocidad presumiblemente parecida a la de sus sueños. El hombre ve la forma su cara, el punto exacto donde comienza la formación de los labios y casi percibe el sabor de su boca, esa sensación suave de dar un beso a unos labios desconocidos. Ese instante en el que se conoce una boca, un grosor y un sabor que se descubre de golpe. Mientras de imaginar tanto un encuentro con esa boca casi la siente. "Solo nos separan unas cuántas décadas", se dice casi con alivio. Sólo el tiempo. Ella gira la cabeza y se despierta, mira a los lados para reconocer. El hombre entonces deja la mirada fija en el frente. Viendo como un tipo camina torpemente por el pasillo en dirección de la cafetería. Ella le pide paso para ir hacia el baño. El hombre se levanta y la deja pasar. La ve caminar hacia adelante. Ella desaparece de su vista y el observa su bolso, un libro marcado en una página por la mitad, unos auriculares que salen desde el bolso hacia afuera, una chaqueta que seguramente pretendía evitar el aire acondicionado siempre exagerado. el hombre saca una libreta donde tiene anotada la dirección a la que debe ir al bajar del tren, con el lapiz escribe una frase en la última página y vuelve a guardar la libreta. La chica vuelve, sonríe y pide paso, el hombre se levanta y la deja pasar. Ella se pone los auriculares y desvía la cabeza hacía la ventana. El paisaje en ese momento es una amplitud que se extiende exagerada. El hombre gira la cabeza hacia la ventana también, observa el paisaje. Una voz anuncia la siguiente parada. Ella guarda el libro, cierra el bolso y se prepara para salir. El tren se detiene. La chica con una sonrisa pide de nuevo paso, el hombre se levanta y la deja pasar. La ve recorrer todo el pasillo y desaparecer. De repente mira al anden y la ve pasar por la ventana. Desaparece. Entran pasajeros nuevos y a su lado se sienta un chico joven. Arranca el tren y el nuevo acompañante saca el teléfono de su bolsillo y lo que queda de viaje habla sin parar por teléfono. En algún momento al hombre esto le perturba, pero evidentemente no puede decir nada. Llega a su destino, se baja del tren y en la estación coge un taxi y leyendo de la libreta dice la dirección. El taxi atraviesa esa ciudad en la que había estado cuarenta años antes, un verano lejano, pero tan cercano aún. El taxi se detiene, el paga y se baja. Atraviesa una puerta y camina con una sensación relativamente parecida a la felicidad. Cumple así su sueño de morir frente al mar.

miércoles, febrero 18, 2009

La necesidad de inventarse una ficción

Si tuviera moto, una moto de esas antiguas y pequeñas, esas que son el siguiente paso casi de una bicicleta la arrancaría y me iría a la costa y la manejaría durante horas por una carretera estrecha que corriera paralela al mar, entre arboles y ligeramente alta, de manera que el mar se viera un poco abajo y dejaría que se me colara la humedad en los huesos o no dejaría, porque no lo podría evitar, la humedad se colaría de todas formas y miraría la velocidad y a pesar de la sensación de velocidad seguramente mi moto no pasaría de los sesenta kilómetros por hora y trataría de cerrar los ojos y sentirme como el protagonista de un pésimo videoclip o de una escena de película hortera, pero cerraría los putos ojos unos segundos sintiendo el vértigo de avanzar a ciegas a cincuenta o sesenta kilómetros por hora. Evidentemente no me reprimiría esta exagerada tendencia a la melancolía. La dejaría salir ahí mientras el mar golpea constante la costa y el cielo estuviera agradablemente gris. Y en algún momento me detendría en una curva desde donde tendría una vista privilegiada y me quedaría viendo el mar y la variación de colores que hay entre este y el cielo cubierto. Seguidamente me detendría, sin detenerme claro, en el movimiento de una gaviota sobrevolando todo eso, ajena a mis melancolías y a esta ficción. La seguiría. Arriba, abajo, sobrevuelo, vuelve a subir, planea, desciende, casi roza el agua y sube. ¿En que carajo piensa esa gaviota? ¿Cual es el mótivo de ese vuelo?. Arrancaría de nuevo mi moto inexistente y que jamás tendré y continuaría por esa carretera que imagino en la costa francesa y que de tener esa moto jamás podría llegar tan lejos con ella. Y continuaría entre árboles con el mar un poco abajo, descifrando la forma de la costa. Esas formas que parecen realmente creativas. ¿Como puede ser que la costa tenga esas formas, esas variaciones?. Que bien hecha esta, carajo. Y acelero, de repente acelero. Mi moto se pone casi a setenta y va jodida, porque el motor tiene muy poca fuerza ( o eso es los que siempre dice la gente de las motos cuando no corren), va haciendo mucho ruido pero no importa, hoy no importa. Hoy la idea es que la moto despegue, despegue del suelo y me permita sobrevolar la costa y si la gaviota lo acepta, acompañarla en su anárquico vuelo.

martes, febrero 17, 2009

El perfume

Tanta gente me comparó después con Jean-Baptiste Grenouille . Tantas burlas hubo luego, tantas risas e incluso distanciamientos. Hubo quién dejó de llamarme, de quedar conmigo para tomar algo una tarde cualquiera. Yo era una mala versión del malo de Jean-Baptiste Grenouille. Una versión real de un personaje de best-seller. Eso me decían los íntimos entre risas, eso pensaban los otros entre malas intenciones y habladurías de pasillos. Y estas historias siempre se engrandecen y hubo quién me creó un pasado tortuoso para explicar mi conducta. Hubo quién noveló con la personalidad de mis padres, con mi infancia. Hubo quien inventó episodios traumáticos en mi adolescencia, maltratos que no existieron, amores obsesivos, una mujer perversa. Inventaron eso y mas.

Sin embargo todo es mucho mas sencillo. Mi pasado no es un camino de espinas. Mi familia es equilibrada. Mis padres fueron gente preocupada en darle una buena educación a sus hijos, mi infancia fue normal. Futbol, bicicleta y amigos. Mi adolescencia fue como toda adolecencia. Algunas espinillas inoportunas. Descubrimiento del sexo. Notas medias, ni malas ni brillantes. Buenos amigos, las primeras borracheras. Algún inoportuno romance, algún mal de amor, alguna novia prescindible. Romántico, eso si. Romántico hasta el delirio. Hasta el tuétano. Y si a algo hay que culpar de aquel episodio es a ese excesivo romanticismo. No se busque mas. No hay mas.

Me gusta caminar. La primavera tiene ese poder casi hormonal. Se adueña casi de tus emociones. Te sube el animo, te pone la piel rozando con la realidad. En invierno todo se aleja. Está el abrigo, el jersey, la camisa. En primavera la piel se rebela y percibe a mil por hora. EL olfato se dispara. Primavera es flor. La piel y el pétalo. El perfume y el olfato. No goberné yo, gobernó la primavera. Yo simplemente caminaba, dirigido por unas hormonas enloquecidas. La acera era un museo. Pasaban todas esas chicas tan atractivas, tan estrenando la ropa de temporada, los nuevos trapos de moda, media tarde y el sol se va, la tranquilidad de los dias mas largos. Salir de trabajar y aún hay sol y la gente que camina despreocupada. Las chicas que van con sus bolsas preparando el verano que viene allí, por la esquina de la calle. Y yo camino, sólo camino, observo y siento esa leve felicidad que sabe dar la primavera. Todo pesa menos. Se va tan liviano. Parece todo mas hermoso. Las chicas si, las chicas que pasan, pero también las calles, los árboles que también se visten, el lento atardecer, algunos que se asoman a sus terrazas a ver el tráfico de gente en las aceras, que van y vienen. y de repente un perfume, un olor que me invade hasta el último recoveco del cerebro. Camino detrás de una mujer hermosa. que camina como si fuera una leve brisa en la tarde, casi no toca el suelo y yo que huelo, que me invade su perfume que nunca había olido. Un perfume novedoso y único y sin querer que voy detrás. A unos metros. Me gusta el olor y si sigo es por el olor. Ya no gobierno yo. Gobierna el olfato. Evito seguir, pero aquí no mando. Aquí hay una fragancia que va sobrevolando invisible la calle y yo que casi poniendo la nariz en alto, lanzándola hacia arriba, voy detrás. Y la mujer avanza por la calle, a su ritmo, ajena a los otros, pendiente de su ritmo, emitiendo esa esencia al mundo y mi nariz que ordena y dirige, ya no marco el paso, el paso lo marca esa marca de perfume caro que va dejando un camino invisible. La mujer que gira en una esquina y mi nariz que gira en una esquina. La mujer que gira en otra esquina, mi nariz que gira en esa otra esquina, mis pies no paran. Los pies los mueven ¿flores de tiaré?, ¿madera de Cocobolo?, ¿ámbar?, ¿almizcle? ¿jacinto?, ¿Violeta?, alguna esencia invisible. Arriba, mi cabeza sospecha la verdad, soy indiscreto, mi conducta es peligrosa. Persigo sin querer perseguir. Si algo quiero es detenerme y nada mas me hubiera gustado que lograrlo, pero ese camino invisible entre su cuello y mi nariz tiene un poder sobrenatural en mis piernas y sigo. Otra esquina, otra calle, camina hacía al centro, se detiene en un escaparate donde se pueden ver unos vestidos de verano y mi nariz se detiene a cinco metros, conservando la minima distancia de seguridad. Es en ese instante que ella comienza a sospechar. Mira hacia atrás y duda. Arranca de nuevo. Gira en otra esquina, alcanza la avenida. pasado un rato vuelve a mirar atrás y ahí va mi nariz. Se desvía en otra esquina y mira de nuevo, acelera el paso y yo que casi le explico, pero no sabría explicar. Me dan ganas de avisarla que no soy yo, que no tema, que sólo sigo el rastro y alcanza un parking público y se detienen en la ventanilla y paga y de nuevo mira y ahí que voy yo, a unos pocos metros, siguiendo ese camino invisible que ella va trazando. y ella acelera el paso hasta dónde un hombre uniformado la atiende y yo que voy sin querer ir y de repente, media hora después, estoy presentando declaración en una comisaría del centro y trato de explicarme pero quien se explica. No fui yo, no había mala intención, el único fin era esa esencia, esa fragancia, no quería nada mas y el policía que me mira y duda y se pronuncia a si mismo, como no dando crédito "No tienen antecedentes. No los tiene" y en algún momento días después todo se acaba, eso si, desde entonces soy Juan Bautista Rana, "el rana" para los intimos. Una traducción poco graciosa y despreciable del famoso personaje. Cúlpese, si, a esos sofisticados perfumes. Sólo a ellos.

lunes, febrero 16, 2009

San Fito

Nadie sabía nada. todo se desató en el momento justo en el que entró la policía y preguntó por Fito. Así, sin mascaras, sin preguntar por nombre y apellido, sin preámbulos. Con ese tono siempre insolente y desagradable del policía que ejerce de policía, que se siente policía las 24 horas del día, que es policía cuando mea y cuando respira. Una agente de la ley. Un funcionario del orden. Su mirada altiva, su tono de voz irónico, alejado de cualquier intento de simpatía. Un policía al uso. En un país de latinoamérica. Dónde el policía se siente protegido por la mano invisible de un poder que realmente no existe.Que desconoce cualquier sentido de justicia. Así entró, preguntando por Fito, a su lado el policía ajeno. El otro tipo, el que cumple su horario y acude a donde le llaman sin mas intención que esperar que llegue la hora exacta para salir corriendo a casa, ver el Beisbol y tomarse una o dos mil cervezas. Y nadie sabía nada, pero supimos en ese instante que algo pasaba con Fito.

Fito había bajado en la moto al centro hacía un rato. ¿Pasa algo?, ¿Algún problema con Fito?. La policía desata en ese país cualquier cosa menos orden. Se cocía lentamente un caos alrededor del nombre de Fito y los tipos dijeron que esperarían a que volviera, que era importante que Fito no supiera que la policía lo andaba buscando. Y alguien insistió ¿ha hecho algo Fito?, ¿Que pasa con Fito? y el policía nada, usando la retórica policial. Esas expresiones que realmente no significan nada pero que les sirve para escabullirse de cualquier explicación. Y las amabilidades que surgen que tienen que ver mas con el miedo. ¿Quieren un café?, ¿Alguna cosita, agentes?. Y el que habla con su gesto distante que ni siquiera contesta, despreciando porque sabe que en el fondo hay algo de chantaje emocional y a el con esas no le van, los chantajes con dinero, y el otro que realmente un cafecito si se tomaba y aunque solo sea él el que lo pide salen dos cafés hacia los agentes y los dos son bebidos, porque aunque lo haya despreciado lo único que ya le interesa de esa visita es el café y si la cosa se anima y Fito no aparece algo mas caerá. Y se quedan en la puerta, en las sillas y llega El Edu de clase y mira, mira a los dos agentes y saluda. Y el Policia que ejerce de Policía le para y le dice que se acerque un segundo. Y el Edu que siente algo parecido a un golpe pugilístico en el medio del hígado, un golpe de nervios y tensión. Se acerca hasta ellos y le pregunta que si sabe algo del Fito y el Edu dice que si, coño, que es su hermano. Y la madre que le mira aterrorizada por la manera en que ha contestado y trata de terciar:

.- Agente, no le haga caso a como habla este muchacho. Siempre le digo que no diga malas palabras.

Y el agente que mira Al Edu con la misma intensidad que un pistolero mira al otro en un duelo al sol. Y el Edu que de rebelde tiene mucho mira al agente aguatando la mirada y el agente que dice un frase suave, con voz casi educada:

.- ¿Así que tu eres el gallito de la casa?. Me alegra conocerte.

Y el otro policía ajeno a toda la tensión cinematográfica del asunto comenta que el café estaba buenísimo.

.- ¿Tu saliste con Fito ayer?
.- No- Contesta el Edu
.- A que hora llegó Fito anoche?
.- No tengo ni idea. Señór Policía- Contesta El Edu con cierta antipatía

Bien, el agente se pone en pie, mira a los lados y dice:

.- Señores. Ustedes tienen un problema serio. Fito es sospechoso de asesinato y si no aparece ya, las cosas se pueden complicar

EL edu mira a su madre, su madre a su hermana, su hermana a su madre, la abuela al nieto, el perro a la abuela, el policía duro al Edu, el polícia tranquilo a la taza de café vacía. La taza de café vacía al cielo donde el atardecer va dando paso a la noche y ese cielo en transición mira al Fito que en otro lado de la ciudad conduce su moto sin pensar en el destino, mirando al frente. Gira y se cruza con Candela que le espera en la esquina pactada y se monta en la moto. Siguen calle arriba, abandonan la zona de tráfico de la ciudad y siguen. Se hace de noche. El Fito gira la esquina y llega hasta su casa, se baja de la moto con Candela y cruzan la puerta. en la entrada está La madre, la tia, su hermano, su abuela, el perro y dos policias. Todo ese aforo le mira al completo. Cuando una voz dice:

.- Señor Fito. Queda usted detenido preventivamente por sospecha de asesinato.

A Fito, que le llamen señor le resulta mas extraño que ser sospechoso de asesinato, que ya lo sabe y que si. Que mató a ese hombre y volvería a matarlo. Que lo repetiría aquella noche y todas las noches, eternamente. Y nadie comprende y entre gritos se le piden explicaciones y el Edu que llora y la madre que grita y la abuela que recuerda otros tiempos, cuando el abuelo aún vivía y en esa familia no se había implantado el caos y el desorden. Y nadie entiende nada y fito mira y manda callar a todo el mundo. Y Fito habla extrañoy enloquecido pero con seguridad. Con esa extraña seguridad que invade a los locos antes del delirio y todo el mundo calla y dice:

.- Ayer vino el demonio. Me miró y me dijo Fito, hoy se acaba el mundo. Yo me había venido andando y pasaba por donde la bodega , a esa hora no hay nadie. Estaba todo tan vacío que me asusté. y le escuché al principio. Era un tipo de mirada lejana, un tipo raro. La luna daba una luz rara. Me miro y me dijo que si, que se acababa esa noche y que el iba a dar fin a esto. Encendió un cigarro y me miró. Soltó humo y el humo hacía unas formas extrañas, como que dibujaban figuras y el vio que yo miraba y sonrió. "Si, Fito. En ese humo está el secreto" y cuando dijo eso sentí vértigo, un miedo que jamás había sentido, un miedo como de otro mundo. Y me dijo que todo desaparecería, mi casa, mi calle, mi gente, mi moto, mi novia y volvió a sonreir y si, saqué la navaja de defensa personal que llevo y que el Chuso me dijo que es legal y que la puedo llevar porque cumple las normas, y le raje el estómago primero, el cuello despues. Y no dijo nada. No suspiró, ni una sola queja. Se cayó al suelo y murió. Anoche si, agente, anoche salve al mundo. ¿Usted no lo hubiera hecho?

y desde entonces Fito es santo.... Eso si, en la puta carcel

domingo, febrero 15, 2009

Las horas

Yo sospechaba una crisis. No era precisamente que estuviéramos en una de esas etapas en las que se discute mucho, se le recrimina al otro, se le reprocha y se entra en un laberinto de desacuerdo. No era eso. Era mas bien que estábamos distantes y claro, luego lo comprendí.

Dejamos de hacer cosas juntos, cada uno hacía su vida y fuimos entrando en realidades separadas. Yo llegaba a casa y ella ya estaba dormida, yo me levantaba y ella ya se había ido. Nos fuimos alejando, mucho. Al principio no quise darle gravedad. pensé que nos vendría bien una época así, pero se fue alargando demasiado en el tiempo. Realmente no había desaparecido el cariño, ni el amor, tampoco el deseo. Pasado algún tiempo me pregunté todo esto a solas hasta que comprendí: Un extraño momento nos separó. No era una decisión racional, no era cansancio o la necesidad de un descanso. No. El problema era mas dramático, por irresoluble. Estábamos en instantes diferentes. Nos habíamos desplazado en el tiempo el uno con respecto del otro, ella llevaba un tiempo unas horas por delante de mi. El asunto había sido que habíamos viajado a otro continente y al voler ella sufrió esa indescifrable sensación del jet Lag. Tan acentuado fue que un médico la recetó el día que llegamos unas pastillas que teóricamente servían para amortiguar ese desfase horario. Ella las tomó y me dijo que porque no lo hacía yo también, que me vendría bien, que así me acomodaría rápido al ritmo y al día a día. No lo hice y fue ahí, justo ahí que todo empezó. Desde entonces no era una distancia emocional, un cansancio. Simplemente vivíamos a seis horas de distancia uno del otro. Yo llegaba y ella dormía, yo dormía y ella despertaba. Al comprender esta terrible situación empecé a llamarla por teléfono. Solo así, como esos que viven fuera de su país y llaman desde locutorios a sus familias, pudimos reencontrarnos. Y todo se volvió en un esfuerzo por llamarnos a horas que la llamada fuera mas barata y que ella aún estuviera despeirta allí, donde yo llegaría pasadas seis horas

sábado, febrero 14, 2009

Huecos

No se si les ha pasado a ustedes. En el fondo me gustaría que no, por esa cosa que tengo de querer haber hecho algo que no le ha sucedido a los demás, una manera como otra cualquiera de querer sentirse especial. Aunque es cierto que también que me gustaría compartir la experiencia con alguien a quien también le haya sucedido para comprobar que no me he vuelto loco o mas bien para demostrarle al mundo que no me lo invento.

La ciudad se extiende y crece y a menudo para crecer se deben abrir huecos, levantar aceras para arreglar tuberías, para lanzar nuevos cables, nuevas instalaciones. Operaciones en las venas de la ciudad por llevarlo a una metáfora con el ser humano. Así pasé como tantas veces por la calle que hay a la salida de mi trabajo, que estaba levantada, llena de huecos, la acera, que ya no era acera sino un inmenso hueco, la recorrí, como el que ve un cuerpo humano en una mesa de operaciones, descubriendo lo que hay debajo de la piel, los órganos de la ciudad. La curiosidad me mató y como era tarde ya y no pasaba nadie por la calle me asomé en un agujero que consideré exageradamente profundo y entonces sucedió lo que sospecho sólo me ha sucedido a mi. Me caí, me caí en esa inmensa profundidad que se abría bajo la piel, que es la acera de la ciudad. Caí y descubrí, al contrario de lo que se pueda pensar, que debajo de la ciudad hay otra ciudad, invisible a nuestros ojos, pero casi tan real como esta, Que en los huecos de las aceras se abren huecos a otras ciudades que es la misma ciudad. Ahí abajo, señores, la ciudad se duplica. Es la misma sin serlo. Es decir, las mismas calles, el mismo orden, los mismos hombres y mujeres, pero en otro momento que no existe o no existió, un boceto de lo que sucede arriba o no un boceto sino una variación sobre el mismo tema. Caminé, vi a mi jefe, vi a mi compañero, vi a desconocidos conocidos, me vi, me vi a mi mismo, siendo yo pero otro y descubrí que ese otro, que era yo, estaba con ella. Que allí abajo caminábamos por el parque con ella y nos besábamos. Y pensé en hacer trampas, cambiarme por el otro que era yo mismo. Mandar a el, a mi, arriba y yo quedarme abajo con ella, en sus labios, en sus manos y el que volviera arriba, dónde ella pasa y saluda y se va de largo y apenas me mira. Eso pensé cuando llegué, de nuevo, a la calle de mi trabajo, pero a la calle de mi trabajo abajo y vi que allí, también estaba en obras y miré, porque la curiosidad a veces me mata, ese inmenso hueco y caí, caí de nuevo aquí y volví, aquí donde yo soy yo o algo parecido y ella, ella saluda y pasa de largo y se pierde en la esquina, al final de la calle

viernes, febrero 13, 2009

Ciudades extrañamente visibles

Media tarde en esta ciudad. Hay ciudades que parecen mujeres, ciudades que parecen ríos, ciudades que parecen ciudades y esta parece el sonido de una trompeta con sordina sonando en medio de una noche de verano. Estoy a unas calles del terminal de autobuses, me acabo de despedir de ella y he decidido caminar al azar para tratar de comprender que lugar es este. Estas calles me recuerdan a esas películas de acción de los setenta donde dos coches se persiguen enloquecídamente uno detrás de otro.Lo inexplicable es este vacío. Los edificios gigantes que parecen haberse quedado abstraídos y las calles tan vacías, tan sin nadie. Porque no hay nadie caminando alrededor. En una esquina he visto un poster que anuncia un concierto de un grupo que desconozco, pero me ha encantado el diseño. Mas adelante he visto una cafetería cerrada, una cristalera gigante que ofrece la imagen de un montón de mesas ordenadas con muchísima precisión. Una barra gigante con carteles detrás que indican los precios de los productos ofrecidos. Por la calle pasa un autobús y la sospecho a ella dentro, escuchando música. El autobús ha pasado de largo por la calle tan vacía y ha seguido como una nota de trompeta sobre esta ciudad. La calle de nuevo se ha quedado realmente silenciosa. Los edificios gigantes están apagados, seguramente no haya nadie trabajando. podría decirse que nadie vive en esta ciudad. Nadie ha caminado jamás por aquí. Sigo. Veo un teléfono publico que suena justo a mi paso. Lo descuelgo y no habla nadie. He sentido vértigo, una sensación desconocida parecida a la desubicación, pero con matices realmente diferentes. He sentido, porque no decirlo, soledad. Una llamada sin voz al otro lado. He pensado que era yo mismo, mis propios recuerdos llamándome desde el lugar de donde soy. Luego he pensado en algo mas real, un fallo, una equivocación, no hay mas. La vida puede o no puede ser enigmática. No es mas que una cuestión de encuadre. Ha pasado una mujer a mi lado. Iba tarareando muy bajo una canción que me ha parecido hermosa. He entendido una sola frase y me he sentido contento de no estar solo en esta ciudad incomprensible. Me han tocado la espalda. Ella que venía corriendo, algo agitada y casi resignada me ha dicho que ha perdido el autobús, que seguramente era el mismo que yo he visto pasar. He sentido una cierta felicidad de poder seguir pasando algunas horas de conversación con ella. Hemos caminado mucho rato mientras se hacía de noche por esa ciudad a la que jamás volveré, lo sé. Lo pienso mientras hablamos o permanecemos callados un rato. Estas calles las veo ahora y nunca mas las volveré a ver, esta ciudad no es un sitio donde se vuelva, estos sitios son extraños por que por su extraña forma se parece a determinadas zonas interiores de las personas, esta ciudad somos todos de alguna manera, esas zonas no siempre accesibles de los otros. Nunca se vuelve a entrar con facilidad en esas zonas tan internas. Hemos visto un tipo que toca en una acera por donde no pasa nadie. Toca una canción lenta, lejana. El tipo cierra los ojos y toca bien. Nos hemos parado a mirarle y ha abierto los ojos. Los ha vuelto a cerrar y he comprendido que nadie es de esta ciudad, todos andan de paso. Un alto en el camino, una transición a otra cosa, una zona difusa. Hemos vuelto a caminar, ya casi es de noche. En los edificios apenas hay unas pocas luces encendidas. En una esquina lejana de la avenida por donde vamos ahora hemos visto un hombre cruzar la calle con un perro. Hemos visto un sitio donde poder dormir. Un hotel donde no parece haber nadie. Me he metido en mi habitación a tratar de dormir. He visto la calle tan vacía y no he querido encender la luz. Ha pasado una camioneta abajo y se ha perdido. A medianoche ella ha tocado en la puerta y me ha dicho que no puede dormir y que se siente extraña. Me he puesto las zapatillas y hemos bajado al bar, ha llamado a su marido y ha vuelto. Le ha contado el conflicto con el autobús. Han quedado en otra ciudad. Yo he pedido una cerveza y ella un vino. En el bar no había nadie y ella me ha recordado entre sonrisas que aquello parecía "El resplandor". El camarero no nos entendía pero nos miraba con seriedad. Sonaba esa música inexplicable que suena en los hoteles.He bebido otra cerveza y dos mas. Hemos hablado de no se que teoría que nos hemos inventado sobre el espacio y la dimensión de la memoria y que pronto olvidaremos, pero que nos ha divertido enormemente. hemos subido a dormir

Debí llegar agotado, al despertar, ella había dejado una nota por debajo de la puerta:

"He visto los horarios de los autobuses y salía uno muy pronto. No he querido despertarte. Nos vemos el jueves"

Me he mirado en el espejo pensando que esa ciudad no existía, que la había soñado, pero no. Al abrir las cortinas estaba ahí, vacía, incomprensible, lejana. He bajado. He seguido el viaje.

jueves, febrero 12, 2009

Post 960

Que no se le dieran bien las letras no significaba que en el fondo llevaba un poeta dentro. Que fuera de números no significaba que no fuera un adorador de los versos. Creció con amargura, comprobando su facilidad para las formulas matemáticas y su incapacidad para el verbo. Su comprensión sin esfuerzos para las formulas mas complejas y su dificultad para poder imaginar una metáfora. Esa fue realmente la gran frustración de su vida, pero la vida es larga y da oportunidades si se buscan. Comprendió ya mayor, ya llegando al retiro que porque no, porque no usar su facilidad para los números para su mayor deseo. Nació así la poesía numérica. No había acaso lenguaje mas sublime, mas elevado que el de los números, no es acaso el numero la mayor de las metáforas, no encierran grandes enigmas, no son hermosos sonidos que van y vienen y juguetean con nuestra razón. Así comenzó todo.


La primera seria de poesías era una tímida incrusión en ese universo infinito de los numeros. Poco comprensibles, poco accesibles y poco populares publicó 19. Un libro con 19 poemas que nadie aún ha logrado comprender todo su misterio, todas sus metáforas, su inaccesible signicado oculto.

(extracto del poema 4 del libro 19)

Seis, Siete, nueve, treinta y dos, veinticinco, cuatro, cuatro
Veintisiete, siete, seis. Cuatro, cuatro, cinco. Uno

Los estudiosos han querido interpretar en este poema su declaración de amor mas profunda. Se sabe que la primera frase podría esconder el número de teléfono de su esposa y que de acuerdo a ciertas indicaciones y ciertas interpretaciones la segunda podría indicar de manera difusa, su dirección. vivía en el 27 de su calle, en el piso siete y la puerta seis. La casa tenía cuatro habitaciones, todas con cuatro paredes cada una y cinco podría interpretarse como él dentro de ese mundo de cuatro paredes, donde el suma. El uno es, evidentemente, ella.

recibido con timidez y dudas, el primer libro de poemas no le explotó aún en la intelectualidad de su ciudad natal, pero fue a partir de 643 dónde su prestigio como innovador y creador de un autentico estilo poético cobro una fuerza desmesurada. Nadie ya hablaba mal de su obra, nadie dudaba de su portentosa capacidad creativa y se convirtió en una referencia y en el creador de un estilo único. No faltaron imitadores a la salida de 643, pero toda la critica aplaudía la originalidad de este y la vacía imitación de sus seguidores y plagiadores.

(Extracto del poema 91-19= 72 del libro 643)

1+1=3
91-19=72

De una hermosa sensibilidad el poema nos narra el amor que profesa a su hijo recien nacido. Se puede leer en la primera frase como la unión con su mujer da lugar a un tercero que es su hijo. La segunda frase nos da un momento magistral en su obra. En el año 91 el hijo tendría 19, lo que restado daría la edad que tendría el en ese mismo año. Simbolo del amor paternal, este poema esta inscrito en la estatua que tiene en la plaza que lleva su nombre en su cuidad natal. finalmente el gran poeta no llego a vivir hasta el año 91, con lo cual su verso no se vió realizado, pero si se conmemoró en Año numerico, en homenaje a la inmensa figura. Su obra y su legado de valor incalculable se estudia y se estudirá siempre como ejemplo de superación del hombre y de como este puede adaptar sus facultades para aquello que no esta preparado pero que desea hacer.

miércoles, febrero 11, 2009

Tiempos modernos

.- Sentado en el inmenso espacio rodeado de mesas se detuvo un segundo y sintió ganas de abrazar al compañero de al lado. No lo hizo. A cambio se fue hasta la máquina de café y se sacó un cortado, que en el fondo ni es cortado, ni es café.

.- Despertó y se dio cuenta que en ese instante dudaba mas que por la noche. Ya no lo tenía tan claro, sin embargo, había un problema y no conocía las armas para solucionarlo.

.- Se desvió hacia una carretera secundaria. En la radio sonaba un grupo relativamente malo. Tuvo ganas de bajarse del coche y dejar, para siempre, su trabajo. No lo hizo y jamás lo hará, pero cada mañana lo piensa. Dejar el coche en medio de la nada.

.- Miró por la ventana, los vecinos salían a trabajar. Sintió distancia y cierta culpa. La mañana se extendía eterna ante ella. Pasaba otro coche por la calle, gente en movimiento y parecía como si a todo ese movimiento no estuviera invitada.

.- No se mira al espejo. Tiene menos pelo y ha perdido cierto resplandor en la piel. Con lo cual ha decidido caminar en dirección contraria. Evidentemente sabe que no lo logrará, pero lo sabe en una capa inferior, no consciente. De esto se dará cuenta pasados unos años.


.- Escribe un mail que borra. Se levanta y toma café. Sale y se fuma un cigarro. Vuelve, escribe otro mail que borra. Se levanta, toma Nestea. Sale y se fuma un cigarro. Vuelve, escribe un mail que borra....


. En el fondo, y lo sabe, es la historia de siempre. La del colegio, la del instituto, la del primer novio, la de aquel viaje. Es primario y casi, esto no lo sabe, el motor de su vida. Sentir que los demás, nunca, valoran lo que hace. Sentirse despreciada.


.- En el fondo piensa, con una alegría impuesta a golpes, que su vida es como un libro o una película ciertamente surreal y divertida, llena de historias, sin embargo, siempre, siempre que se la mire, se está acariciando el vientre. Cada vez que se sienta, en el cine, en el bus, en el miedo. Aún así: antes muerta que no alegre.

.- Huye, de nuevo huye. Ante todo buena cara y que no piensen mal de uno

lunes, febrero 09, 2009

Un violeta muy preciso en el atardecer de verano

He dejado las luces apagadas. Me he lanzado al suelo con la idea de sentir algo que no se si voy a ser capaz de llegar a hacerlo. He cerrado los ojos y me he puesto a pensar en una casa en el campo a la que nos llevaban de pequeños a mi hermano y a mi. Una vez me fui solo caminando lejos y sentí algo que es lo que me encantaría sentir ahora. Caminé por un camino de tierra que nunca supe donde iba a dar. Caminé mucho, muchísimo. No había nada, era verano y todo estaba seco, era media tarde y sentí miedo porque de repente me dio la sensación de que no había nadie en el planeta. Había una piedra al lado del camino y me senté mucho rato o lo que recordamos como mucho rato cuando evocamos algo de cuando éramos pequeños. No se movía nada, no había el mas mínimo viento. Jugué con unas piedras a no se que. Seguramente a nada, simplemente a moverlas. Entonces apareció un hombre con una barba gigante, con una ropa absolutamente rota y mirando hacia arriba, me miró, se acercó y yo sentí un miedo terrible. No me dijo nada durante un rato. Luego empezó a decir frases incomprensibles y que ahora me gustaría recordar para tratar de entender el significado que un niño no entiende y que quizá un adulto si. Aquel hombre era extraño, lo creí siendo niño y lo creo ahora que lo recuerdo. De repente me habló de un caballo, un caballo que acaba de ver que se llamaba lluvia y que era precioso y que era un caballo que no parecía un caballo y que tenía la belleza de las cosas que son una y parecen otra o no parecen nada. Que son eso, irrepetibles. Hablaba despacio, como si me estuviera contando un cuento. la luz era cada vez mas oscura, pero el atardecer es tan lento en verano, que la luz cambiaba levemente, despacio y yo sentía esa lentitud. No había nadie cerca y sentí miedo y le dije que me tenía que ir y el hombre me dijo que esperara un poco mas, que me aseguraba que no iba a hacerme nada y esperé. Me dijo que mirara al cielo y dijera que color de los que había en ese atardecer me gustaba mas. Yo contesté que el violeta, ese violeta extraño que se forma en puntos muy precisos en los largos atardeceres de verano. Señalé ese violeta en un punto preciso del cielo, con el dedo y el hombre empezó a correr, se fue por el camino perdiéndose, agitaba la cabeza al correr y se perdió a lo lejos entre la media luz y la sequedad. Corría rápido como si hubiera nombrado algo innombrable. Me quedé viéndole todo el recorrido hasta que le perdí. Me puse de pie, miré la piedra que me parecía un gato con esa media luz, un gato de piedra, un gato con la cabeza gigante y algo deformada, pero gato al fin. Miré al cielo por última vez y el violeta que había señalado ya no estaba. Salí corriendo hacia la casa. Sin mirar atrás, se hacía de noche y me iban a regañar. Corrí sin mirar el cielo, sin mirar atrás, mirando el suelo. Llegué a la puerta, la abrí despacio. El perro estaba en la misma postura que cuando había salido. Crucé el jardín anárquico que nadie cuidaba. Entre en la casa y vi a mi abuela sentada viendo la televisión, me miró y me dijo que si quería cenar. Contesté que si. Cené y me fui a la habitación donde dormía con mi hermano. La ventana daba hacía el camino que yo había recorrido. Miré toda la noche. Creí ver o quizá fantaseé con una luz lejana, lejanísima e imaginé al hombre de la barba gigante al lado de esa luz, pasando la noche. Mi hermano no me hablaba porque yo le había dicho algo a mis abuelos. Hubiera deseado que me hablara, contarle lo del hombre de la barba. Se quedó dormido y yo me asomé a la ventana. La luz lejana estaba allí. Me puse las deportivas y caminé despacio por la casa, mi idea era salir por el camino otra vez. Por alguna extraña razón me había abandonado cualquier sensación de miedo. Abrí la puerta, cruce el jardín y vi a mi abuelo en la puerta que daba al camino, hablando con el hombre de la barba, los dos solos en medio de ese vacío del campo, en medio de la noche, hablaban y tenían un libro entre las manos. Les miré. Me quedé sin saber que hacer. Mi abuelo me miró y no dijo nada. Me miró con una intensidad insostenible, terrible que interpreté en seguida. Deshice el camino andado y me volví a la cama. Miré por la ventana y la luz ya no estaba, la luz lejana había desaparecido. Me acosté. A la mañana siguiente nadie dijo nada, ni mi abuelo ni yo. Nunca nadie dijo nada. Aún hoy, todavía hoy, aquí tirado en el suelo, con la casa a oscuras sigo creyendo que aquel hombre era mi padre.

Rayas en el paso de cebra

Un taxista en el DF al descubrir que venía de Madrid, le soltó una inmensa parrafada sobre Joaquín Sabina. Iban dirección Coyoacán cuando le dijo que gracias a Sabina había descubierto el significado de "Paso de cebra" y soltó una carcajada. Al taxista el termino le parecía enloquecido y chistoso, pero, eso si, poco serio y teorizo sobre el asunto:

.- Esos cabrones españoles fuman mucha marigüana. Sólo a alguien bien fumado le puede dar por poner ese nombre al paso de peatones. Si, visto de ese modo. Bien marigüanao se puede mirar al suelo y ver sus rayas blancas sobre el asfalto negro y pensar en sabanas. Al final la ciudad es una sabana. otra, diferente, pero es una sabana. Y ahí, como en toda sabana también hay sus cebras.

Ese paseo en taxi lo recordó algunos años después cuando conoció la vida de la mujer cebra, que así era como la llamaban en el barrio donde se había ido a vivir. Las primeras mañanas en ese barrio caminaba al azar, esa búsqueda que se tiene en los sitios nuevos donde uno va a vivir. Ese reconocimiento previo para sentirse menos extraño. Calles con tiendas que serían útiles, algún bar donde desayunar o tomar una cerveza los días necesarios, la biblioteca amplia donde sacar libros, un tienda de alquiler de DVDs especializada en cine menos comercial que salvaría tantas tardes. Un pequeño cine estudio curiosísimo que inmediatamente sintió ganas de conocer, un parque con unas esculturas extrañas que estaba en cuesta y desde donde, subiendo, se podía tener una vista bastante amplia de la ciudad y claro, la mujer cebra que vería tantas veces, tantas, en esquinas diferentes, siempre en la misma actitud, siempre mirando al suelo, en el borde de la acera, sin moverse. Mirando el suelo donde el paso de cebra arranca constante hasta la otra orilla de la calle. Tantas veces la vio, tantas veces, incluso, la espió. Hasta que descubrió:

Vivía en la zona de los edificios mas viejos del barrio, unas casas de renta antigua. Unas casas bastante humildes. Salía pronto, muy pronto en la mañana y no siempre hacía el mismo recorrido y jamás descubrió cual era el motivo de elección. Se detenía en el Paso de cebra. A su lado la gente con sus prisas no miraba, no caía en cuenta. El semáforo se ponía en verde para peatones y ahí arrancaban todos menos ella. Que se quedaba mirando. Estática, inmóvil, detenida. Supo después, tras mucho mirarla, tras casi perseguirla. Que contaba, que lo que hacía era contar las rayas. Analizarlas. Descubrió entonces que no siempre llevan el mismo grosor, aunque lo parezca y que tantas pistas da sobre la calle en la que está. Seis rayas, doce rayas, siete rayas. La mujer se quedaba muchos minutos, a veces hasta algo mas de una hora. Miraba, miraba fijamente. A veces la vió hacer gestos con las manos, marcándose referencias visuales. Cambiaba. Caminaba despacio hasta otra calle, hasta otro semáforo y ahí se detenía de nuevo. Descubrió que prefería las calles con rayas pares. o que realmente ese era el motivo, la razón de búsqueda. De tanto observarla, la manía, se le fue pegando. Mucho tienen las manías de contagiosas y a él, la de los pasos de cebra, se le pegó. Al principio aparece como un juego, cuenta, mira, observa el grosor, las lineas paralelas. Analiza su equidistancia, su cantidad, su longitud. Poco a poco, sin querer, busca el paso de cebra perfecto, el que debe ser. Encuentra algunos que casi lo son, pero busca, busca, siempre hay una imperfección, una raya que casi inapreciable, tiene una de sus rayas algo mas gruesas. Así, día tras día se convierte en el barrio en la extraña secuela de aquella mujer a la que todos llamaban "La mujer cebra" de la que ya nadie sabe nada, pero que ha sido sustituida por "el hombre cebra" que mira, estático, inmóvil, detenido desde el borde de la acera, así hasta que un nuevo vecino llegue y le mire y le observe y le persiga y sin darse cuenta se convierta, paralelo, en la siguiente raya. Unos tras otros, unos después de los otros.

domingo, febrero 08, 2009

Historia incierta

A los 19 años era alcohólica. A los 22 estaba enganchada a la cocaína. A los 25 cambió de estilo y se enganchó, primero a la Ketamina, luego a la heroína. A los 32 su vida, bien visto, estaba destrozada. Vivió en el DF, en París, en Londres, en Caracas y en Madrid. Volvió al DF, huyó del DF. Volvió a Londres y no soportó mas de 3 meses. Cambió de color de pelo, cambió el peinado. Casi al azar se largó a vivir a Budapest. En Budapest conoció a un mexicano que escribía cuentos, que era un terrible escritor de cuentos cortos, pero una gran persona. El adoptó postura paternal los días mas fríos de aquel invierno y escribió una serie de cuentos con la droga como inspiración. El se hizo adicto, ella se largó. Vivió en Lisboa. Se enamoró de un portugués que quería ser francés que trabajaba en banca pero que en los ratos de ocio pintaba cuadros con mótivos indescifrables y usando basicamente el negro y el azul. Ella creyó enamorarse, el no. Terminaron amigablemente, pero jamás se volvieron a ver. A los dias en un pueblo de extremadura, llamó al mexicano de Budapest, nunca se enamoró de él, pero sentía un inmenso cariño, el le suplicó que no volviera a aparecer, pero que le diera su mail pero enviarle los últimos cuentos: "Contesta el mail, sólo, si te gustan". Jamás contestó. Vivió en Granada, tuvo un romance frenético con el batería de un grupo relativamente importante en el submundo underground. Granada le pareció semejante al desierto, hermosa y terrible. Ahí comenzó la heroína. Vivió en una casa abandonada. Creyó volverse creyente y rezaba después de pincharse mirando a una luz que realmente no existía. Se fue del Granada y volvió al DF. Se encontró con su padre, se encontró con su madre y con su hermano. Cada uno a su modo, la invitaron a cambiar de vida. No aceptó ninguna de las invitaciones. Se quedó viviendo en un apartamento vacío que la familia tenía en la Colonia del Valle. Su madre fue un día, se la llevó a un brujo, o algo que ella creyó ver como un brujo y que la madre llamaba "La guía" . Recorrieron la carretera en dirección a Oaxaca. Llegaron a la costa de Oaxaca, llegaron a un pueblo en la costa de Oaxaca, llegaron a una casa en medio del monte en ese pueblo en la costa de Oaxaca. Era una casa humilde, abrió un niño pequeño que la miró como se mira una luna en cuarto menguante. Apareció un hombre con barba canosa, poco pelo, pero el suficiente para no ser calvo, y extrañamente elegante. Durmieron, comieron, caminaron por la playa la madre y la hija. No hablaron, jamás hablaron. Ella pensaba en las luciernagas, en las luces y las señales de tráfico, la madre suponía que había una comunicación no verbal. Ninguna sacó nada claro. La segunda noche el hombre se sentó con ella, la madre estaba con el niño afuera de la casa. El hombre le dijo que el no podía hacer nada, que su madre tenía mucha fe en él pero que él no podía hacer nada por ella. Que el sólo sabía ayudar con los hongos y que lo que menos le convenía era comer hongos. Le pidió que hicieran el teatro con la madre, que su madre le mantenía por esa extraña y poco clara fe que tenía en él. Que le hiciera creer a su madre que le había ayudado a desengancharse. Ella le miró. A los tres días la madre volvió al DF, ella se quedó a vivir allí. Sin sospecharlo, vivió el resto de su vida allí y la madre creyó eternamente en el poder sanador de "La guía". Ella y el no, pero a menudo hacían el amor y fueron relativamente felices. El niño terminó creciendo y viviendo en el DF, hoy es conductor de un Taxi.

sábado, febrero 07, 2009

Un hombre y sus ríos

En Budapest sintió que la suerte no existe. Al otro lado del río, en el lado de Buda, vio a una persona pasar en bicicleta, lejana, inaccesible, imposible. Hay realidades separadas por un río.

En Praga sintió que la vida no es trascendente. Desayunó cada mañana en el mismo sitio. Era un sitio agradable cerca del rio, donde también se podía leer. Ahí leyó una frase que le pareció fundamental, reveladora. Ese cuaderno donde la anotó para no olvidar, se quedó enterrado en una caja que terminó perdida en una mudanza.


En Londres se le mojaron varias veces los zapatos y se le humedecieron considerablemente los calcetines. También visitó varias exposiciones y por las noches escribió y leyó con intensidad. Es mas importante la climatología que la poesía, pensó con frustración, viendo el Támesis como una culebra anciana que se arrastra con inquietud por un suelo inexistente.

En Lisboa no pensó o pensó demasiado en la literatura. En el barrio alto se sentó en una terraza, por el río pasaba un barco, en el barco había un montón de coches nuevos. Pensó en la posibilidad de que ese barco se hundiera y se perdieran esos automóviles en el fondo del río. Era extraño, pero le pareció enormemente literaria esa escena.

Jamás fue a París, porque siempre pensó que moriría en París. Una noche, volviendo caminando al lado del Sena unos atracadores de poca monta lanzarían su cuerpo al río. No sucedería, pero no hay que tentar a las paranoias. A París no iba.

Soñó, soñó de repente que su cama era un río. Se deslizaba por ese agua. Soñó luego que era una piedra en el río, una piedra húmeda por la que pasa el río fluyendo, chocando el agua, constante. Jamás despertó del sueño.

viernes, febrero 06, 2009

No se culpe al iPod

Para M

Las cosas evolucionan, Algunas bien, otras mejor, algunas fatal y otras, muchas, quedan estáticas en el tiempo. Su evolución o no existe o por mínima es inapreciable. Luego, claro, entra lo que cada uno considera evolución. Un asunto complejo e incluso polémico, pero en cualquier caso, aquellos viejos y románticos Walkman pasaron de ser un cacharro donde entraba una cinta que tenías que escuchar obsesivamente a llevar en un aparato tantos discos cómo jamás vas a escuchar. Aquella pobre cinta que dejaba sus días dando vueltas y vueltas entre los cabezales maltratados dio paso a un montón de archivos que giran o bien por elección del oyente o bien aleatoriamente en los oídos de ese melómano.

Lo curioso de todo esto es que el metro tiene mucho de experimento musical. En el mismo vagón puede estar sonando David Bisbal a menos de medio metro de Deerhunter o Beyonce a excasos centímetros de Architecture in Helsinki. Son las caras de esta realidad inabarcable. El vagón se convierte en un universo de gustos musicales casi irreconciliables, pero sin necesidad de convivir juntos. Es decir, Beyonce esta pegadísimo a Deerhunter, pero van en realidades separadas o en auriculares separados, que viene a ser lo mismo. Sin embargo ayer sucedió algo insólito, increíble, mágico. Entré en el vagón. Ya era tarde o lo suficientemente tarde para que puedas escoger algún asiento, pero no tanto como para que aún vaya gente en el vagón. En el instante que entré en mi iPod saltó "Derek". Creo que Animal Collective es el grupo que mas veces ha sonado en mi iPod en los dos últimos años y "Derek" tiene algo de himno ya. Según entré saltaba esa intro, esa sensación profunda, ese canto lejano. Esa percusión repetitiva, esa guitarra y esa voz que parece que viene del medio de la selva o del medio del inconsciente. De fondo esas capas y de repente, rompe, rompe esa percusión enloquecida, profunda y obsesiva. La voz pasa al rito y es casi imposible sostener los dos pies en el suelo. Entonces se te mueven solos, van, se desplazan por el suelo. SIn querer, ajeno a mi decisión, el cuerpo se levanta y muevo las dos piernas, los pies van uno trás otro por todo el vagón. La sorpresa es descubrir que no solo yo escucho Derek sino que por un azar inconcebible los diez u once pasajeros que vamos en el vagón estamos escuchando la misma canción, a la vez, sincronizados por un mago oculto, por un Dj que bien podría ser Dj azar. Entonces comienza el deliro en el vagón, yo estoy bailando esa percusión y ese ritmo de Derek pero los otros pasajeros también. Hacemos un corro de palmas cerca de la puerta de salida. Nos enganchamos en el mítico trencito, unos tras otros, moviendonos como una tribu que va a tomar la ciudad desde las entrañas del metro, el vagón se nos queda corto cuando el tren se detiene en la estación, sin hablarlo pero sabiendo que todos estamos de acuerdo, salimos al anden con nuestro hermoso tren formado, piernas van, las caderas que se agitan como licuadoras, todos dando palmas a la vez, con una sincronía de lujo. Suena Derek y los pasajeros nos movemos en acompasada coreografía. Termina la canción, hay tanta magia que nadie duda de que en cada iPod la siguiente canción será también la misma y seguirá nuestra tribu deambulando por los tuneles, subiendo a las calles, tomando las plazas, pero no. No sucede. A mi me salta Dengue Fever y miro, veo diferentes reacciones. En menos de dos o tres segundos descubrimos que cada iPod, como debería ser desde el principio, reproduce una canción diferente al del otro. . Nos miramos, somos desconocidos, nos vamos desperdigando. Algunos esperan el siguiente metro, porque en el que ibamos cerró sus puertas en medio de Derek y se fue, otros salen del anden hacia la calle, y se acaba, se acaba para siempre el "grupo de danza linea 5".





PS: ¡¡¡Feliz cumpleaños!!!

jueves, febrero 05, 2009

Mensaje

Tengo un mensaje que dejar: Los extraterrestres llevan rato entre nosotros. Mucho. Lo digo porque hoy, hace un rato, he sido abducido y quien iba sospechar que me iba a suceder en el metro, en el mismísimo metro de Madrid.

No bajarán en naves sumamente avanzadas y con una tecnología excesiva e incomprensible, lanzando un rayo desde la parte inferior de esa nave a la manera de un Dios postmoderno para proceder a la abdución. No. Los cabrones se han colado en el metro o son el metro en sí mismo. No se si la directiva, los conductores o van ocultos como pasajeros, pero están ahí. A mi me ha sucedido en la Linea 10 en el trayecto entre Alonso Martinez y Plaza Castilla. Era hora punta. El metro no parecía el metro parecía un concierto de la banda mas famosa del planeta Pop. El anden a esa hora estaba a reventar de gente que empujaba, que dejaba pasar varios trenes porque no se cabía. He entrado como buenamente he podido al cabo de un rato. Me he metido entre manos, codos, caras y abrigos. Estaba enterrado entre una masa humana y justo ahí, exactamente ahí he sido abducido. No a la manera que uno sospecha, como se podría ficcionar. No. De repente he perdido mi identidad. Mi cuerpo estaba ahí, entre la masa, entre el delirio del dia a dia, en el ritmo cotidiano de la ciudad, del mundo, de la sociedad. Atravesando un tunel por debajo de la ciudad y justo en ese instante he dejado de ser. Estaba en cuerpo pero mi identidad se había esfumado al carajo. Miré a los otros, sin reflexión, sin pensamiento y vi que sucedía lo mismo en ellos. bajaban y subían ajenos a su identidad, a su individualidad. En Gregorio Marañón bajaron 15 nuevos automatas, subieron 18 seres humanos que en breve, antes de llegar a Nuevos Ministerios, habían dejado de ser.

Llegué a Plaza Castilla. Bajé. Era yo sin serlo. Miré a los lados, caminé con la masa de individuos que ya no lo eran. Comprendí. Los extraterrestres andan en el metro. Iba mi cuerpo. Mi identidad, desde donde escribo, está ahora, en medio de algún lugar en mitad del universo.

Avisados quedan
Un saludo

miércoles, febrero 04, 2009

Desubicado

Estoy desubicado. No en un sentido mental o de posición. Aunque mucho tenga que ver con esto. Estoy desubicado, resulta que yo no debería estar aquí donde estoy. Es extraño, complejo y jodido, pero no estoy en el lugar donde debería estar. Estoy aquí, si, pero sin estarlo. Es decir lo que oigo, lo que percibo, lo que respiro no es este lugar, es otro. No estoy en ese edificio, en esat sala inmensa donde pasa gente a mi lado. Estoy, sin querer estarlo, sin haberlo elegido, en la habitación de un matrimonio con problemas. A mi alrededor, lo se, la gente trabaja o hace que trabaja, pasan de un lado a otro, pero realmente lo que escucho, lo que sucede es que él ayer volvió a llegar tarde y borracho y ella ya no recrimina sino que ignora y el no comprende, porque en el fondo lo que quiere es retener su atención. Alguien se acerca aquí, donde realmente no estoy, me habla de trabajo en el instante preciso en el que el dice que mañana se irá de viaje toda la semana. Aquí alguien me habla de fechas, de que hay que entregar urgentemente ese proyecto, que se acaba el tiempo y que no llegamos y allí, donde estoy sin querer estar, ella entra al baño y no habla y el se queda sentado al borde de la cama esperando una respuesta, una reacción. Ella sale del baño en el instante en que un compañero me entrega un material para poder concluir con este trabajo, me habla mientras ella le dice a él que se acabó, que ya no hay mas, que del viaje no vuelva, que es el último dia, que así lo ha decidido, y miro al compañero que me entrega el trabajo y me da ciertas instrucciones con respecto al material, y soy incapaz de prestar atención mientras ella empieza a vestirse y el recorre la habitación como león enjaulado, sin saber que hacer, sabiendo que ese era el destino pero que teniendolo delante no lo acepta y el compñaero me mira a los ojos como sabiendo que no estoy, que me habla y no le escucho y lo intento y no puedo porque el se acerca y la abraza y ella evita el abrazo, ella se gira porque no quiere ni una pizca, ni un solo vestigio de aquel cariño y aquí que no es aquí porque no estoy mi compañero se para y me mira, me mira a los ojos y me preguta si me pasa algo, si estoy bien y no contesto porque el le dice a ella que por favor, que un intento mas, que va a cambiar y aqí mi compañero se me acerca hasta el borde de los ojos, buscando algo en ese estado incosnciente en el que se que me está viendo y el se acerca una vez mas a ella, se acerca mucho, mucho, buscando el beso, el último beso, el del desespero y sin querer, sin saber, sin ser yo tengo a mi compañero en el borde de los ojos que busca con espiritu médico una señal en mi abstracción, en mi mutismo en mi silencio y allí él se lanza a su boca y aquío, sin querer, por error yo me lanzo a la del compañero, sins er yo, estando allí, aquí en ningún lado....

martes, febrero 03, 2009

Cronología romántica

En el mismo instante que se asomó para ver la ciudad, justo cuando acaba de girar la cabeza para ver los coches pasar abajo en la avenida descubrió que se había enamorado de una tipa que fumaba en el otro lado de la terraza. En la fiesta que había en la extensa terraza del ático de un edificio carísimo apenas conocía a nadie y le pasó varias veces eso de estar solo sin saber muy bien que hacer para no parecer un raro que está solo, apoyado, mirando la ciudad de noche desde esa vista privilegiada. Se había enamorado si y estaba solo y no veía ninguna posibilidad de acercarse hasta la tipa que fumaba y miraba la ciudad como si la sobrevolara o como si no perteneciera a la ciudad, sino que fuese alguien absolutamente ajeno al movimiento de esas calles, a esas luces, a esos ciudadanos. La miró y desvió la mirada cuando ella giró la cabeza hacia donde el estaba. Estaba enamorado hasta el tuétano como se había enamorado cerca de diecisiete mil veces en su vida. Entonces pensó en eso, en ese delirio romántico en el que había vivido toda su vida. En esa tormenta enloquecida, en esa nube de eterno amor. En su caso, pensó, era amor sincero. No era realmente un deseo de sexo, una noche loca, realmente sentía amor, miles de veces, pero era amor. Así fue:

A los doce años se enamoró de la hija del panadero. Comprendió los primeros síntomas y aprendió algunos trucos del beso.

Ese mismo año se enamoró de Sonia, una compañera de clase. Descubrió por primera vez lo que era despertarse y pensar en alguien. Pensar obsesivamente en alguien desde el primer segundo que se abren los ojos. También descubrió el desplante.

El verano de ese año se enamoró de su vecina. Primeros golpes taquicárdicos en el pecho al besar. El recuerdo eterno y nostálgico de besarse en las escaleras quedó grabado a fuego y lo evocaría muchas, muchísimas tardes de otoño.

Paso de curso. Primera pseudo relación con una chica del curso superior. Primer conflicto y primera metedura de pata para comunicar la ausencia de ese sentimiento que siempre le ha perseguido.

A los trece años cambia de ciudad. Relación innecesaria en el colegio, carente de amor. Descubre, eso si, que eso no es lo suyo. Tiene que haber amor. Siempre.

Se enamora no correspondidamente o jamás lo confiesa y no sabe que sucede en el otro lado. Descubre que el silencio no ayuda, pero no aprende a solucionar ese espinoso asunto. Jamás lo aprende

Cambio de ciudad. Comienza el delirio. La ciudad le desagrada. Se enamora de una compañera de clase. Se enamora de la hija de una profesora. Se enamora de una del curso superior. De una vecina. Amores fracasados por mil motivos. Se enamora de unca chica con la que intenta la primera relación larga. Descubre el sexo con amor, descubre el sexo cuando va desapareciendo el amor. Final predecible: Fatal.

Se enamora de una amiga a la que jamás le confiesa el amor y a la que si confiesa otros amores, menores, pero otros amores. Relación con amiga de amiga para provocar una reacción y en poquísimo tiempo descubre su error. Descubre la sinceridad del alcohol, descubre la resaca que da esa sinceridad, seguramente mas profunda que la resaca que da el mismisimo alcohol. Confiesa borracho su amor y se queda en un desierto, insultado y desolado.

Descubre los reencuentros con antiguos amores y lo que esto puede traer consigo. Descubre, poco después, el error de dejarse arrastrar por esas emociones.

Ahora si: Primer amor. Comete el error de enamorarse en una fiesta de una tipa con novio. Sufre lo que está escrito en mil lugares. Hay besos si, pero puestos a elegir, el queda segundo. Descubrimiento de la música para el despecho y del alcohol con el mismo uso.

Segundo amor: Primera relación larga. Sexo con amor, mas sexo con amor. El amor puede crecer en un romántico hasta la cumbre. y cuando se está llegando la cuerda se rompe. EL batacazo todavía duele. Aún hoy, en esa misma terraza donde está en la fiesta todavía siente el pinchazo en el pulmón.

Primeros jugueteos con la infidelidad. Descubre que no tiene capacidad para tan adrenalítico asunto.

Sexo sin amor. Tampoco sirve para eso.

Amores de diez segundos. Amores de autobus. Amores de metro. Amores de noche. Amores de fiesta. Amores de calle.

Tercer amor: Descubre sus primeras barreras, pero en seguida se las salta. Olvida pronto el amor.

Frenesí. No siempre es amor

Se tatúa el no confundir un viaje divertido con amor. Lo olvida una y otra vez.

Amor de trabajo. Eso jamás lo olvida: Nunca!!!

Amores reaparecidos. Donde hubo un error, se vuelve a cometer. Lo que pasó vuelve a pasar.

Suma de amores sin amor.

Y de repente el que era. Descubre que el amor le llegaba hasta la piel, de repente alcanza hasta el tuetano, hasta el pelo, hasta esquinas insospechadas. Ya ni siquiera podría llamarse amor.

Y a pesar de todo. Una cosa no excluye la otra. Hay amores invisibles. Que duran una estación de metro, una mirada en un pasillo, un viaje, una cola de concierto, un concierto, una salida del cine, una cerveza en un bar, un baño en la playa, un descenso en ascensor, un cruce en una calle, un cigarro en una fiesta, una fiesta.

Se gira, mira a la chica que fuma que sigue mirando la ciudad como si fuera un animal dormido. Se despide del anfitrión. Sale a la calle y camina. No fuma, pero en ese instante le gustaría fumar.

lunes, febrero 02, 2009

Meseta

La casa quedaba en medio de una amplia meseta. A los lados únicamente una extensión inabarcable de tierra y una vegetación extraña que la vestía. Me abrieron la puerta dos ancianos que apenas hablaron, me ayudaron con mi mochila, cosa que resultaba innecesaria, porque pesaba poquísimo. Cruzamos la puerta, como ya casi era de noche había algunas luces encendidas. Pensé que no había nadie mas y así me lo confirmaron los ancianos con ese acento tan profundo que me costaba entenderlos. Me llevaron hasta la habitación en la que iba a dormir yo y me dijeron que no tardarían en llegar, que esperara. Dejé la mochila en el suelo, saqué una aspirina para el dolor de cabeza y cuando me di cuenta los ancianos ya no estaban. Bajé hasta el salón y me asomé a la puerta. Los ancianos se habían evaporado y sentí algo extraño al verme sólo en esa casa en medio de la inmensidad. Caminé alrededor de la casa. Las luces que habían dejado encendidas los ancianos le daban un resplandor al entorno de la casa suficiente para no golpearse con nada y poder intuir por donde lanzar los pasos. giré varias veces alrededor, me quedé apoyado en el único árbol cercano. Miré la oscuridad y el resplandor de la casa, no había mucho mas que mirar. Miré a lo alto del árbol y descubrí algo desconcertante que tarde en descifrar. AL principio miré y vi una mancha que colgaba de un rama, luego comprobé que eran unos cuántos libros atados extrañamente entre si y colgados por una cuerda de una de las ramas mas altas. Tuve el impulso de trepar y ver que libros eran esos, pero aguanté. Podría ser extraño que llegara la gente y me vieran en lo alto del árbol. Me despegué del árbol, caminé un poco oscuridad adentro. Una inmensa mancha negra crecía delante de mis ojos. Ví que a lo lejos, a muchos kilómetros de ahí una mínima luz se movía. ¿Un coche en la lejanía?, algo así supuse, pero siempre resultan extrañas las luces, incluso los seres humanos cuando se les ve de lejos, a kilómetros de donde sucede su movimiento. Miré ese movimiento lejano, esa luz deslizándose como culebra en medio de la oscuridad. Por el cielo pude ver la intermitencia de unas luces rojas, un avión cruzando el cielo de la meseta. El movimiento del hombre en la tierra. Escuché el sonido de un motor acercándose, ese efecto deslumbrante del sonido desplazándose en dirección a nuestros oídos. Supuse que era la gente que ya llegaba. Poco tiempo después vi las luces de ese coche que se acercaba a la casa, recorrí los metros que me separaban de la puerta. Era una camioneta idónea para esos caminos de arena y accidentados. Bajó un hombre con sombrero y una mujer, parecían de una época inexistente, de un futuro caótico y desalentador. Su aspecto me resultaba incomprensible, desde la camioneta venía una música que era una mezcla desquiciada de estilos tropicales. El hombre me miró como miran los hombres de poca monta en las películas, la mujer actuaba como si su obligación fuera seducir a cada uno de los hombres del planeta, tarea que jamás conseguiría. Me miraron y me preguntaron quien era yo, contesté:

.- Hablé con ustedes. Vengo de la capital. Hablamos del estudio que estoy haciendo y ustedes me iban a ayudar. He llegado hace un rato.

.- Creo que se equivoca. Nosotros no somos de la finca. Venimos a buscar a los de la finca.

Descubrí, con alivio, que esos no eran mis anfitriones. EL hombre me miró con intención de intimidar. La mujer estaba detrás de él. Hay algo patético en determinadas parejas. Son esas parejas que parecen un boceto erróneo, una mal experimento o el experimento de un niño aburrido en una tarde de verano, que descubre que mezclando un refresco con jabón y algunos productos mas de limpieza el agua se convierte a un color realmente indescifrable. La mujer tenía una marca en la cara, una cicatriz casi invisible en una mejilla y sentía protección únicamente detrás del hombre del sombrero, el único lugar en el mundo donde no sentía miedo. El hombre del sombrero guardaba su virilidad debajo del sombrero, como protegiendo algo de gran valor, mirando al mundo, al cosmos, a la oscuridad sobre la meseta como un enorme e invisible enemigo.

.- Agarre sus cosas y lárguese de aquí, amigo. Las cosas andan feas para un capitalino turista.

Les miré y no contesté, ¿Qué se contesta a eso?, creo que hice un gesto. Y miré a la mujer por la que de repente sentí algo extraño, debajo de ese aspecto patético de seductora venida a menos vi una mirada que me dejó congelado, jodido. Lejanamente vi una niña en medio de la nada, una mirada insoportablemente triste, una mujer que acepta un destino que no existe y que sin embargo la maneja anárquicamente por el medio del universo, como una camiseta en una lavadora, como un bote de cerveza que un desalmado a lanzado al mar y este se traslada sin intención, empujado por la marea y por unas olas que revientan en la playa. El hombre del sombrero me miró de arriba abajo, se giró y la mujer le siguió. No hablaron, arrancaron la furgoneta y se largaron. Me quedé escuchando el sonido del motor perdiéndose en medio de todo eso. Volví al árbol, me apoyé y sin querer, volví a mirar arriba en el árbol, ahí seguían ese cúmulo de libros atados a la rama mas alta. Hubo silencio, un silencio que parecía que jamás fuera a terminar. Pasó mucho rato. No llegaba nadie. Recordé a los ancianos y traté de averiguar donde se podían haber metido. Recorrí los alrededores de la casa. De repente escuché un par de tiros que fui incapaz de descifrar de donde venían. Sentí miedo por los tiros y por desubicación, ¿Dónde estaba sucediendo eso?. Me metí en la casa, me senté en el salón y sentí unas ganas enormes de largarme de ahí. Miré la biblioteca tratando de despistarme, de relajarme. Descubrí que la mayoría de los títulos eran religiosos. En ese momento se abrió la puerta. Un hombre sangrando entró, me miró desconcertado, pero en seguida me preguntó mi nombre, me miró y me dijo:

.- Corra. Lárguese de aquí. ¡¡¡Corra, corra!!!.

Miré y y salí. Arranqué el coche y deshice el largo camino de tierra a una velocidad que no estaba acostumbrado a conducir. Alcancé la carretera. Miré a los lados, no venía nadie y giré. Conduje toda la noche. 22 horas después llegué a casa. Me tumbé en la cama y me quedé dormido. Jamás recuperé mi mochila.

domingo, febrero 01, 2009

Sobre anónimo

Me habían dejado un sobre en el buzón del que inicialmente pensé que era un error. No había ni remite ni remitente. El sobre era grande, pero poco pesado y tuve la sensación inicial de que no contenía nada. Entré en casa y lo abrí. Encontré unas cuántas fotos de las que no comprendí el sentido. Las observé mucho rato, muchísimo sin saber ni que significaban aquellas fotos ni porque carajo habían terminado en mi buzón. Metí la mano buscando algo mas, alguna explicación. No encontré nada. Puse todas las fotos sobre la mesa, unas al lado de las otras. Una iglesia en medio de un paisaje árido, una playa sin gente con una luz de media tarde, una carretera estrecha recorriendo un paisaje casi selvático, la vista de una ciudad desde un lugar alto, una montaña gigante cubierta de niebla en la cima, un avión que despega en algún aeropuerto al lado del mar, una vista aérea de una isla en medio del mar. ¿que significaba todo aquello?. Ahí las tenía, las moví, cambié el orden como si en el orden pudiera encontrar el significado, como si guardaran una continuidad, una secuencia de la que debía encontrar el orden preciso, el único orden posible. Miré, miré mil veces. Las moví, primero razonando cada movimiento, luego recurriendo al azar. Las barajé. No encontré sentido. ¿Qué lugares eran esos?, ¿Qué ciudad se extendía a lo lejos?, ¿Dónde esta ese aeropuerto en el que un avión despega?, ¿Qué es esa iglesia en medio de un paisaje incomprensible y extraño?¿que isla?, ¿Qué mar?. Mucho rato después las guardé. Traté de no pensar en ello. Salí a la calle, caminé tratando de despistarme de ese episodio. No lo logré. Después volví, abrí de nuevo el sobre. Extendí las fotos: La isla, la iglesia, la playa, la carretera.... La playa, la isla, la ciudad, la montaña, la iglesia.... La iglesia, la playa.... Paré.

Soñé: Conducía por la carretera selvática. La carretera se extendía, no terminaba nunca. Avanzaba horas, muchas horas. El coche se frenaba de repente. Salía, no había nadie. Caminaba, llegaba a la playa. Al fondo el mar. Un avión pasaba arriba, pensaba en esos pasajeros, ¿Dónde iba ese avión?. Comprendí. La playa y la carretera eran la isla. El avión iba o venía de la ciudad de la foto. Me sentaba en el la arena. Una arena exageradamente blanca. Desperté. Lo primero que pensé fue: ¿Y la iglesia?, ¿La montaña?.

Salté de la cama. Abrí el sobre, extendí las fotos. Cerré los ojos. Hubiera deseado seguir soñando y comprender. Sonó el timbre de la puerta. No guardé las fotos, las dejé en la mesa. Abrí, era mi vecino:

.- Perdona, ¿no habrán dejado en tu buzón un sobre a mi nombre?.

.- A tu nombre no, pero hay un sobre con fotos.

.- Son las fotos para la revista. En este numero hablamos de Venezuela.

Y sentí unas ganas enormes de comprar un billete y conocer ese país

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