Oigo un aparato eléctrico sonar. Poco mas. Entra la luz de las farolas de la calle por la ventana. En el edificio de enfrente hay una luz encendida, no adivino sombras ni movimiento. Cierro los ojos y me concentro en la respiración. Me viene a la cabeza la imagen de una carretera. Camino durante un rato por el arcén casi desaparecido. Dejo correr esa secuencia. Camino sintiendo un golpe inmenso de calor. Es mediodía en un país extranjero. Pasa un coche absolutamente destrozado y el conductor me dice que por un precio mínimo me lleva hasta la ciudad donde debo coger el avión. Eso me lo dice en un ingles casi incomprensible, pero por esa fuerza desmesurada de la comunicación necesaria logro entenderle. Me monto. El tipo es terriblemente imprudente. Llevamos las ventanas abiertas, no por decisión, sino por que estas están destrozadas y no se pueden subir. Me aturde el golpe del viento, ese sonido constante y agotador. Subimos por una carretera estrecha, atravesamos una montaña. Detrás van dos mujeres y un niño que no hablan. Atravesamos una ciudad espantosa y el coche por suerte, eso lo pienso después, empieza a hacer ruidos atronadores y reduce su velocidad. El hombre me mira entre angustiado y extrañamente calmado, una mezcla difícil e indescriptible de reacciones. A esa hora ya casi van a cerrar cualquier lugar de servicios, peor acudimos a un taller que me parece sino el sitio mas feo del mundo, si el mas desagradable. Un taller sucio, caótico y gigante. No hay ningún orden. Hay gente que trabaja en coches casi todos en un estado miserable. Nos bajamos del coche y un hombre se monta para introducirlo en un hueco donde teóricamente lo revisarán. Yo se, lo sabía siempre, antes de montarme en ese coche en el andén de la carretera, que jamás llegaría a tiempo a coger el avión. Miro al hombre y trato de solidarizarme con el. Está preocupado. Las dos mujeres y el niño desaparecen caminando, van a hacer tiempo, un tiempo que será largo. Barajo la posibilidad de tener que dormir en esa ciudad. Le explico al hombre que voy a caminar un poco y que en seguida vuelvo, que no se vaya sin mi. COn esa amabilidad desbordada me indica que no me preocupe, le pregunto si quiere algo agua, alguna bebida, algo de comer, lo agradece tiernamente y niega. Salgo del taller y camino por las calles de una ciudad que son el claro ejemplo de lo inalcanzable de la mente humana. No es tanto la suciedad o la sensación de caos. Es saber que nada va a cambiar en siglos. Que cada hueco, cada franja, cada grieta en el asfalto irá marcando un tiempo inamovible, violentamente estático, que cada marca, cada hilo de aceite perdurará como señal del paso de hombres y mujeres que irán naciendo, creciendo y finalmente muriendo. Alcanzo una calle donde un grupo de hombres me miran, soy un extraño en una tierra para mi extraña. De repente pienso en mi ciudad, en mi calle, en las calles de alrededor y siento que nada y todo es igual. Hay distancia y es lo mismo. Son extrañas para mi estas calles, soy un extraño para ellos y si me quedara aquí, si no saliera de esta ciudad al final dejaría de serlo y estas sensaciones se transformarían en otra cosa, en algo habitual, un código descifrado. Entro en una tienda, siento mucha sed, pido una botella de agua y pago. Desde el fondo de la tienda me mira una mujer mientras su marido me atiende. Miro a la mujer y el hombre rápido observa que miro a la mujer, la mujer me mira velocisimamente y desvía la mirada. El hombre se agacha y saca una botella de agua que sin ni siquiera aún tenerla en la mano se que esta rellena. Que no es nueva. Pago y salgo. Me bebo media botella de un sorbo, estoy algo deshidratado. En la esquina unos hombres juegan al parchis a una velocidad de vértigo, me hipnotiza ver la velocidad a la que lo hacen, lanzan los dados, mueven las fichas y pasan de turno en segundos, rápido. Alguno habla de vez en cuando. Un rato después vuelvo al taller. Allí sigue el hombre y las dos mujeres y el niño que ya han vuelto. Saludo y trato de preguntar que sucede, que si se sabe algo. El hombre hace un gesto de resignación. Me siento en una piedra de la que no entiendo su función, que hay en el suelo. Dudo entre sacar el libro y leer, entre volver a caminar o entre cerrar los ojos y sentir la respiración....
Ahora estoy de nuevo aquí. La calle está vacia. Oigo un aparato eléctrico sonar . Entra la luz de las farolas de la calle por la ventana. En el edificio de enfrente hay una luz encendida, no adivino sombras ni movimiento. Cierro los ojos: Sigo sin saber que pasó a partir de ahí, sigo sin recordar porque mi memoria lo borra.


1 comentarios:
No se por que, pero sospecho que me has transportado al mismo sitio de tu ensoñación. Si no al mismo, al menos a uno bien parecido, unos pocos grados más al norte de la línea del Ecuador.
Bárbaro.
CL
Publicar un comentario