jueves, junio 08, 2017

La hipotética primera escena de la Idea

Hay una imagen que siempre aparece cuando pienso en la idea. Podría casi rodarla. Si hubiera presupuesto y esto fuera una película me resultaría francamente fácil rodarla. Esa imagen, esa escena, siempre se me parece como el arranque de la idea. Apenas hay luz, entra esa luz mortecina aún de los primeros minutos del amanecer. Estamos en la casa de P. La casa amplia, limpia, ordenada, decorada con esmero y gusto de clase media alta. Una imagen que desribe  a su vez  a P, puesto que P es todo eso: Amplia, limpia, ordenada, meticulosa, es el paradgima del gusto de la clase media alta. Muchísimos libros en las estanterias. La cultura dominante, la cultura elevada dominante. La inquietud y las sensibilidades están, la preocupación de ese mundo que tiende al desastre están, pero no se filtran en el día a día, no se filtran en el orden de las cosas en la casa de P.  Todo sucede en el plano de los libros decimonónicos leidos con atención y con emoción. También hay libros modernos. Toda la literatura reglamentaria, por definirlo de algún modo. Esa imagen arranca con la luz casi inexistente del arranque del amanecer. P está en la cocina, se escucha la radio, un viejo aparato que P guarda por nostalgia o por devoción, pero la radio la escucha siempre desde ese artilugio viejo, que nada tiene que ver ya con la tecnologia del presente. P siempre escucha la radio a esa hora, la misma emisora, el mismo programa. La radio tiene la cadencia para arrancar el día. Se hace el café y de fondo la voz de la locutora por la que casi siente algo, esa voz no es la de una periodista que habla de actualidad y cuenta lo que ha pasado en el mundo, es algo más. A veces esa voz parece parte de la casa, parte de se vida. No hay apego, podría vivir sin esa voz, pero esa voz es casi suya, no suya interior, sino suya como parte de las cosas, como es suya esa cocina o la nevera.  P se prepara el café, en paralelo piensa en cosas de su vida y escucha cosas de la vida en el mundo, un día las noticias sobre elecciones en Francia mientras piensa en una de sus hijas, otro dia el estado de las cosas en el parlamento nacional mientras piensa en la otra hija. El despertar se sucede en varios planos. El suyo y el del mundo. Escucha a la locutora, firme, seria. Los colaboradores que van deshilachando la realidad con sus analisis y comentarios. Así P se va formando su opinión, en esas voces que pululan por la cocina, invisibles, pero contundentes. La primera imagen de la idea siempre me parece así. P oyendo la radio y de repente la noticia que destapa todo lo que será la idea.

miércoles, mayo 31, 2017

Los límites ficticios

¿Cómo es eso de sentir la patria? ¿Qué sientes cuando eres patriota? ¿Te levantas al amanecer y respiras y todo ese aire que entra lo sientes como tu patria, la patria entrando a tus pulmones? ¿Qué es ser patriota? ¿Dónde empeiza tu sensación de patria: justo en las lineas de la frontera o un poco antes, quizá un poco después? ¿Sigués siendo patriota en el mar? ¿Son esos peces que habitan cercanos a la orilla parte de tu sentimiento de patria? ¿Cuál es la última roca que sientes como tu patria? Por la mañana, cuando conduces aún con sueño, camino del trabajo a la multinacional que te contrató, ¿vas sintiendo la patria en las calles? ¿Te une la patria a ese que pitas y gritas porque no ha puesto el intermitente? ¿Es tu compatriota? ¿Cuando está sonando el claxón sientes que el claxón suena en tu patria? ¿Qué es tu patria? ¿Qué sientes, patriota? ¿Qué te une a mi, que no la siento? ¿Me desprecias o soy parte de tu sentimiento de patria? ¿Yo formo parte de esa abstracción tan profunda que sientes?  Nací entre esas líneas, en el mismo perímetro. Compartimos terreno y presidente. Compartimos el país y tu sin embargo tan vinculado y yo tan poco. No es desprecio. No siento especial desprecio por el país. Desprecio algunas cosas y otras me gustan, pero no por su pertenencia al país, sino por su naturaleza.  No te niego, por ejemplo, que me atrae su geografía. No soy de los que rechaza la vaciedad de sus paisajes, más bien al contrario, hay algo en los paisajes de este país que a mi me atraen mucho, pero no me siento vinculado especialmente. Cuando llego a zonas que no conozco me siento extraño, desconocido, así que nada me vincula especialmente a todo el territorio nacional. Si buscara mi patria no sabría decir cual es mi patria, porque no tengo ni idea de cómo se siente la patria. Y si me apuras, y sin ánimo de ofenderte, te diré que creo que la patria no existe. Así, al menos, lo vivo yo. No es más que una fantasía o el intento de hacer realidad ciertas fantasias. No sé qué se siente cuando se es patriota. Me lo pregunto cuando veo a algunos patriotas tan orgullosos y a mi me resultan raros, extraños. Me pasa cuando veo a alguien que en su coche lleva la bandera. Porque si amas tu patria, ¿me amas a mi que estoy dentro, que en la teoria soy parte de tu patria, o la patria es lo que tú quieres? ¿Haces selección de lo que sí es tu patria y lo que no? ¿ Es tu patria el que pasa hambre y el desahuciado? ¿Es tu patria el ladrón y el corrupto? ¿Es tu patria el camarero extranjero que te sirve la cena? ¿Es tu patria sólo el paisaje? ¿ Es tu patria todo aquel que desprecias? ¿Es tu patria el que no siente la patria? ¿Es tu patria el que nació en tu patria, pero no quiere ser de tu patria? Dime, por favor: ¿Qué es tu patria? ¿Dónde empieza, dónde acaba?

martes, mayo 30, 2017

Sobre la idea (primeros perfiles)

Nunca he sido metodico en cuanto a la escritura, puesto que no soy escritor. En general el proceso de ponerme a escribir arranca con una especie de zumbido. Como cuando un mosquito te perturba en media noche y pensaras que la única manera de deshacerse de la molestia fuera escribir sobre ese zumbido que te tortura. Como si desahacerse del mosquito y toda su estrategia desestabilizadora en medio de la madrugada fuera escribir: "Un mosquito me perturba en medio de la madrugada". Escribir es revivir a ritmo distinto, también es vivir lo que no has vivido o reescribir lo que no sucedió, manipular vidas inexistentes o manipular lo que sucedió y/o cómo sucedió. Sin embargo "sobre la idea" suceden cosas distintos en mi proceso habitual que es basicamente un no proceso. La idea me abruma porque no siendo autobiográfica, sino siendo de caracter casi sociológico, la vivo como de mi vida, como si el día que de una vez decidiera lanzarme a escribirla ya no hubiera vuelta atrás, ya todo se viera definitivamente afectado. En general trato de descubrir los personajes, conocerlos de una vez. Como si necesitara que alguien me los presentara, sabiendo de antemano que ninguno de ellos aún existe como tal. A día de hoy creo que sólo existe GZ.

GZ:

 Es amable, educado. Viene de una familia cuyo pilar educacional ha sido la cultura, el amor a la cultura, pero no una cultura entendida con pedantería, sino una cultura entendida como arma para sobrevivir. No una cultura entendida para elevarte sobre el resto, sino para unirte al resto. No hay elitismo en la eduación infantil de GZ. En el entorno de GZ la cultura ha sido un unirse. GZ es un tipo con valores muy claros sobre el colectivo. En el colectivo nos salvamos y la cultura es el vehiculo que va de uno a otro, es el lenguaje más preciso que el propio lenguaje para comprender al otro. También pienso en rasgos precisos de GZ que aún no tengo claros: ¿Es perezoso? Creo que sí, le cuesta madrugar. En soledad es un tipo con cierta tristeza, no profunda, no dañina, pero tiende a la tristeza. Es un tipo sin ira, de hecho la ira el abruma, le asusta. Se pierde en lo abstracto, le falta concretar y eso a veces desespera a los que conviven con él. Se interesó pronto por lo político. Llegó de manera casi ficiticia, más por su pasión a los comic. Ese subtexto político de ciertos comics que leyó en la post adolescencia le llevaron a querer batallar por un mundo más justo. Si  en algo cree es en la justicia, porque cuando abre los ojos percibe la injusicia a cada paso. Empezó cierta actividad en el instituto, algún centro social. Primeros pasos algo torpes. Fue comprendiendo que el  activismo requería un sacrificio profundo, dejar de lado una forma de vida que era la úncia que conocía, pero no sintió demasiado temor en vivir de otra manera. Estudió en una universidad pública. Ahí expandió su circulo de activismo político. La universidad le interesó más por el entorno que por la faceta de estudio, sin embargo fue un estudiante aplicado. GZ posiblemente sea el personaje clave de "sobre la idea" Representa generacionalmente el hecho fundacional de lo que sucede en la idea, en lo que quiero contar. En GZ se sucede el nudo, la grieta, la sinopsis casi.

miércoles, marzo 22, 2017

Más sobre la idea

La idea empezó en un asunto amplio socialmente. Los protagonistas, muchos y muy dispares, abarcaban un amplio espectro social. Lentamente la idea se ha ido cerrando hacia un argumento que bien podría centrarse en dos o tres familias. Incluso en la historia de dos familias políticas. La idea de los cambios generacionales, de los conflictos sociales, de los relatos hegemónicos, se puede contar a través de los distintos miembros de una familia y sus interelaciones. Pienso mucho en la historia social a través de mis abuelos, de mis padres y de los miembros de mi generación. Un siglo de historia que va de mi abuela a mis hijas. Esa evolución social, esos restos de cosas que aún pululan. Esos choques que generan los distintos relatos o como los miedos o angustias se trasladan o se van transformando en otras cosas, pero siendo las mismas angustias. Los temores sociales, los temores, si cabe, de clase. La transformación de la misma clase social, de los gustos, de las apetencias, de sus culturas, dentro de los miembros de una familia o dos. La idea de como se escriben nuestros relatos. De como lo social nos construye como individuos. Abuelos que van del campo a la ciudad, que trabajan en los aparatos de ese nuevo estado, que habitan en las primeras periferias de la capital. Que van modificando su vida a los nuevos gustos. Que conocen los primeros veraneos. Que temen llevar la contraria y llamar la atención. Que son ajenos a otras ideas políticas más que las impuestas. Temerosos, asustadizos. Tienen hijos, sus hijos ya se han transformado en otra cosa. Se crian en ciudades, son niños que crecen jugando a las canicas en el asfalto. Hacen fiestas, conocen grupos anglosajones. Transforman la ropa. Y ajenos al ruido, viven una irrealidad. Crecen atemorizados, pero desconociendolo. Su vida está basada en el miedo y en la obediencia, pero disfrazada con rock anglosajón y las primeras drogas. Son torpes con el sexo. Son torpes con el dinero. Son torpes con el mundo, porque su mundo no tiene referencias y ellos están obnubilados con las estéticas. Una estética engañosa, pero fascinante, llena de imágenes potentes, abruptas, de una sensualidad adictiva. Son adictos a la estética. Sus conflictos son nuevos, porque estéticamente también lo son. Sus vidas llevan otra velocidad. Leen periodicos que les entienden. Columnistas que susurran ideas apasionantes. Se escribe silenciosamente un nuevo relato, un nuevo poder, pero no lo cuestionan del todo, porque esa nueva estética parece su propia conquista. Ellos, no saben muy bien como, han conquistado un nuevo mundo, lleno de una forma indefinida de nueva libertad. Hay autocomplacencia. Mirad que mundo hemos creado. Las nuevas formas de cultura, las nuevas formas de relación, la nueva forma de la economía. Sus casas son mejores casas que eran en las que crecieron. Viajan y conocen mundo. Hablan de lugares remotos. Hablan de literatura underground. De repente el mundo de sus padres, queda lejos, invisible. No hay que preguntarse mucho ya por él porque su fascinante estética lo va conquistando todo.

martes, febrero 21, 2017

Sobre la idea

Anotaciones:

La idea arranca con cierto desasosiego que refleja con bastante exactitud la evolución de mi pensamiento en los últimos años. Más que evolución, la ampliación de ciertas visiones, o no lo llamemos ampliación, llamemosle nuevo enfoque. Hay algo en el momento presente, en el momento histórico si nos ponemos grandilocuentes, que abruma. Parece que de repente las luchas de poder se hacen ya sin mucho pudor. A mi en cierta manera eso me parece bien. Es un poco: "Abajo caretas", pero abruma saber que siempre fue así y que quizá ha habido unos años que se hacía sin foco, con enorme discreción, lo que lo hace, si cabe, más terrible aún. El momento presente es un salvese quién pueda de cualquier tipo de poder por imponerse, como una carrera desemedida, enloquecida, histérica, pero una carrera en la que estamos todos afectados. La idea arranca a partir de eventos que en cierta manera están conectados entre sí, en los que uno de los poderes intenta impornerse a las nuevas aparaciones en los viejos poderes. A veces, si quitas la superficie de intrascendencia, parece que debajo de todo se está sucediendo una guerra, una nueva forma de guerra. En la que el ciudadano común va a perder de cualquiera de las maneras. La idea arranca de ahí, de ese desasoeigo. De acontecimeintos cotidianos que me han ido potenciando esa idea. La idea se cuece ahí. A veces en una ciudad ficitia que suma muchas ciudades que conozco, a veces en mi propia ciudad. A veces con personajes que veo, que conozco, de loa que sé su nombre y cosas importantes de sus biografías, a veces son personajes difusos, vapuleados o terrorificos, irreales, pero brutalmente ciertos. La idea está ahí, y me supera. No sé agarrarla del todo, pero sigo mirandola para comprenderla.


jueves, febrero 18, 2016

Anotaciones

No soy pesimista, lo que no me hace optimista. No soy pesimista por pura supervivencia. No soy optimista por puro realismo. No creo que el no optimista sea pesimista y viceversa. En realidad, creo, que la mayoría nos movemos en el intermedio. Me agarro con vehemencia a los elementos díarios que me hacen no ser pesimista: mis hijas, mi pareja, mi afición a la música, los otros, el amor que me despiertan los otros, determinadas y contundentes acciones del ser humano. Eso que mueven y empujan el muro para que casi inapreciablemente, pero con una fuerza descomunal empujan para hacer un mundo algo más optimista. No soy optimista con el simple hecho de ver la realidad diaria que acontece en el mundo: el frenesí mediático, las turbulencias de los fanáticos, los economistas, los ambiciosos.

martes, octubre 20, 2015

Gas

 Las metáforas son perversas, muchas veces. Suelen servir para el humor, para lo superficial, pero no para lo importante (no digo con esto que el humor no sea importante. Lo es y mucho, me refiero a lo importante como crucial, en eso en lo que nos va la vida y no hay hueco para el equívoco). Lo importante lo es porque no tiene comparaciones, no es metaforizable. Quizá uno de los problemas es la tendencia a la comparación y a la metáfora, y esto no sería problemático si en la mayoría de los casos no lo viéramos como respuestas a lo que no entendemos. Las metáforas en lo importante debería de servirnos como apertura, no como cierre.

 No hay metáforas para el presente. No las hay. El mundo nunca fue como es hoy en día. No digo que este sea un momento más importante que los anteriores, también solemos ser bestiales en esto, pero sí que este momento nunca fue, nunca sucedió. Este momento es así y jamás hubo algo ni remotamente parecido y así, suele pasar a cada instante. Nos gustan las fechas, las marcas en el tiempo, los días históricos. La historia es diaria, cada segundo. No avanzamos hacia esa fecha importante. Estamos en ella permanentemente y quizá uno de los cambios sociales más importantes sería si empezamos a vivir con ello, bajo ese prisma. En el presente nos va la vida, porque es lo único que tenemos. Sirven las marcas como conquistas logradas, es posible, pero eso tiende a borrar todos los presentes que nos llevaron hacia ello. Celebrar el primer voto de una mujer a veces nos hace borrar lo que cada mujer empujo hasta ahí, se queda la efeméride  que tiende a borrar lo que la hace efeméride. Deshace un poco todo, cada frustración, cada disparate de esa sociedad previa, cada instante de reclamo y de soledad de esas mujeres incomprendidas, borra a cada una de ellas. Borra a esos que les ofenderían por decir imposibilidades y disparates, por plantear posibilidades que se asumían como imposibles. La historia es esto, a cada instante. El lento despertar. Ese pensamiento que aborda a un peatón en medio de una acera y le hace comprender que quizá no todo está dicho, que quizá la verdad no era sólo eso que creyó verdad. Esa lenta construcción del relato histórico, que irá quedando marcada en fechas, pero que llevan un sigiloso camino, a veces brutal, pero siempre pasando como gas, de cabeza a cabeza. Un gas soltado o o un gas construido. Un gas dirigido con unas u otras intenciones. Un gas que va transformando invisiblemente esto que vemos.


jueves, agosto 20, 2015

El Máquina

 Con el Máquina no me llevaba del todo bien, pero no había más remedio. El máquina tenía algo desagradable, pero no era evidente. Había algo de El Máquina muy molesto, pero nunca supe qué fue. Simplemente El Máquina me resultaba desagradable, pero era parte de los cuatro y los cuatro siempre viajábamos juntos cuando llegaba el verano. Generalmente viajábamos al sur, aunque hubo un verano difuso que subimos al norte. El Máquina, todo hay que decirlo, era el más trabajador de los cuatro, era el que estaba más pendiente de la organización del viaje y además, durante los días fuera, era el más activo, el que siempre resolvía las vicisitudes y las complicaciones. El Máquina era un tipo de acción, nada perezoso. Dormía poco, pero siempre estaba activo. No era el más musculado de los cuatro, Jorgito tenía más perímetro en pectorales, a pesar de su fisonomía, pero El Máquina era, sin ninguna duda, el más veloz. No de correr, porque nosotros nunca hicimos carrera, era el más veloz vitalmente. Su tiempo vital pasaba de otro modo que el nuestro. Era nervioso, pero su nervio no le llevaba a la ansiedad, sino al movimiento, a veces demasiado. Quizá eso era lo que me molestaba del El Máquina, que nunca estaba quieto, que no paraba.

 Aquel verano bajamos al Sur. El viaje en coche fue terrible porque tuvimos dos averías y tuvimos que hacer noche en Sevilla en un hostal dónde hubo problemas con la tarjeta para pagar y por la noche hubo una pelea bestial al pié de nuestro balcón. Esa noche soñé que se acababa el verano y que cuando llegábamos al camping donde teníamos reservado lo habían cerrado por culpa de la crisis. De Sevilla a la costa tardamos poco, pero cogimos un atasco monumental en la autopista. Nos paramos en una gasolinera. A las diez de la mañana hacía un calor de las tres de la tarde. En el césped de la gasolinera, una niña jugaba con su padre al escondite y me quedé un rato mirándoles. Cuando nos montamos en el coche Jorgito discutió con Arnold, pero Arnold no contestaba, en realidad no era un discusión, sino que Jorgito hablaba con indignación de una situación abstracta y Arnold bebía un batido mirando al frente. El Máquina estuvo callado un rato y me dijo que sacara la marihuana e hiciera uno, pero yo hice como que no le había escuchado. De repente pensé que ese grupo que habíamos conformado para viajar en verano se había caducado. Durante el invierno apenas nos veíamos y de repente no entendía porque llegado el verano nos reunimos para viajar si en realidad no teníamos casi trato. Para mi El Máquina era un desconocido, Jorgito era amigo desde pequeño y Arnold era indescifrable. Arnold había bajado de peso ese año, pero aún seguía siendo ancho. Siempre me preguntaba cosas de mis series y de mi forma de trabajo en el gimnasio, pero yo a veces le engañaba, minimizaba horarios y días. Me molestaba que no valorara mi esfuerzo y al minimizar hacía ver que mucho de mi musculatura era natural, genética. Cuando llegamos al camping, descargamos muy rápido y montamos nuestro campamento con una rapidez digna de El Máquina. Jorgito propuso bajar a la playa sin transiciones y todos aprobamos. No recuerdo todos los pasos siguientes, lo que sí recuerdo es que pusimos las toallas al lado de unas tipas de Córdoba que tomaban el Sol boca abajo. El Máquina hizo unos mojitos usando una botella de cristal como coctelera. Nos sirvió la bebida en vasos plásticos. Bebimos rápido y yo sentí un mareo violento en seguida. Me metí en el mar para diluirlo. Buceé y todo se ralentizó extraño. Al salir me fijé en las tipas de Córdoba. El máquina intentaba hablar con ellas, pero ellas no contestaban con mucha amabilidad. ME tumbé en la arena, di vueltas aún mojado y me cubrí de arena incluso la cara. Creo que en ese momento me hubiera ido de la playa, pero no lo hice. Vi como Arnold entraba al agua y saltaba haciendo una pirueta extraña, se hundía en el agua y tardaba mucho en emerger, tanto, que parecía que nunca iba a salir. Durante unos segundos pensé que Arnold jamás saldría a la superficie, que quizá Arnold se había vuelto arena o una concha, pero que Arnold como tal, como lo conocíamos, no volvería a salir. De repente el cuerpo salió de golpe y volvió a hacer una pirueta. Las chicas de Córdoba hablaban entre si de algo, de alguien, de un mundo lejano. A mi todo aquello me parecía estar pasando en otro momento, como si lo estuviera recordando en vez de viviendo. Aquella noche Arnold llegó muy borracho al camping y montó un escándalo. Algunos vecinos salieron de sus tiendas de campaña y la situación fue muy violenta, desagradable. El máquina habló con todo el mundo y disculpó a Arnold. La gente fue volviendo a dormir y el camping se quedó en silencio. De repente pensé que no dormiría, pero sin embargo me debí dormir en seguida. Soñé con mi madre y luego soñé con un evento gigante, una especie de concierto en un estadio. Cuando desperté El Máquina no estaba y Arnold y Jorgito seguían dormidos. Salí de la tienda y caminé por el camping. Salí y me metí por un camino entre pinos que había por detrás. Leí un letrero que anunciaba varios senderos y caminé sin leerlos. El camino de tierra a veces era de tierra dura, a veces se reblandecía con arena de playa, como si en cierta manera, en la costa se librara una batalla invisible entre playa y montaña. Caminé un buen rato, me crucé con un caballo. Estaba en el suelo, miraba hacia arriba, con nostalgia. Pasé de la lado con algo de temor, pero el caballo parecía no percibirme. Más adelante el camino se volvía aún más frondoso. Nunca iba en línea recta. Zigzagueaba permanentemente, como si se hubiera trazado sin saber muy bien dónde se quería llegar. A ratos, la arena de playa desdibujaba el camino y emergían otros caminos o eso parecía. La arena de playa desmontaba las rutas, bifurcaba los caminos y confundía el sendero: me perdí o durante un rato pensé que me había perdido. Seguí avanzando. Alcé la vista, vi la parte de atrás de la montaña, había girado entero, ahora estaba en la otra cara de la montaña. Vi una cerca, al otro lado unas cuantas vacas pastaban, el cielo era grisaceo, la humedad elevadísima. De repente se abría una inmensidad. Terrenos secos y algún animal disperso. Al fondo vi una casa. Caminé, un perro ladró. Observé la casa un rato, parecía vacía. No supe por donde volver y me dejé llevar por el sentido de la orientación: simplemente tenía que rotar al rededor de la montaña, seguir para alcanzar justo el otro lado. De nuevo caminé entre pinos, ya sin camino marcado. Allí al fondo, de repente vi a alguien. Miré, alguien hacía gestos bajo un árbol, contoneaba el cuerpo de un modo extraño. Era El Máquina. Nunca supe qué estaba haciendo. Me desvié para que no me viera. Tardé un rato en llegar al camping. Cuando llegué Arnold aún dormía y Jorgito masticaba una galleta. Saludé y hablamos de la humedad. Al rato apareció El Máquina, dijo que venía de comprar café. No sé por qué, pero de repente El Máquina me pareció un tipo terrorífico.

miércoles, julio 22, 2015

Verano inaudito

 Quizá es la violencia de este verano inusual, quizá es la edad, quizá es la época que corre o la paternidad, que cambia todas las perspectivas, pero este calor no me lleva a otros calores, parece un verano nuevo, un verano inaudito. Este calor no evoca con facilidad otros calores. Sólo es el verano que conozco cuando me meto en el agua de cualquier piscina o charca. No voy a desviarme por temas que sólo le corresponden a los expertos, entre otras cosas esta época tiene el problema de que se opina con una facilidad asombrosa y una de mis metas de aquí a fin de año es opinar sólo cuando tenga uno mínimo de criterio para hacerlo, abandonar el vicio de la opinión gratuita y desmedida. Yo no sé de cambios climáticos, uno los sospecha, pero yo no tengo ninguna autoridad ni conocimiento para decir que este calor novedoso es su producto. Yo jamás había pasado el calor que estoy pasando este verano, es lo único que puedo aportar a la ciencia. Yo, que siempre me vanaglorié de llevar bien los calores de verano, este año lo padezco, pero no puedo asegurar cuál es la razón, salvo que parece que está haciendo un calor que sube directamente desde el infierno. El caso es que estos días son nuevos. Tengo tendencia a que los días reverberen en otros días. Percepciones de la realidad que me evocan pasados y que se cuelan en la luz que atraviesa una ventana en invierno o el olor a tierra en medio del campo me lleva a la niñez, a un viaje casi olvidado. Este verano es nuevo. No hay excesivos momentos de reverberación. También es la paternidad. El verano ya no sucede tanto en mi como en mis hijas. Vivo su verano. Vivo sus saltos a la piscina y sus buceos bajo el agua. Vivo sus percepciones: las noches prolongadas, la ausencia de horario rígidos, ese montón de sensaciones difusas que serán su biblioteca sensorial, esas sensaciones que reverberarán en sus veranos lejanos, cuando sean mujeres de cuarenta y caminen y se cuelen sensaciones de este verano, del siguiente. La paternidad lo cambia todo. Vives sus veranos, sueñas desde ellas. Una de las cosas más desconcertantes es que ya no sueño tanto conmigo, sino en ellas. Sueño sus temores y sus extrañezas. En cierta manera mis sueños les pertenecen a ellas. Son sus sueños. Este verano parece un poco algo de eso: un sueño difuso. Los días pasan raros. Ayer, por ejemplo, me reuní con ellas a las siete de la tarde. Llevaba todo el día agitado laboralmente, en esa carrera delirada que es el trabajo, esa carrera hacia la nada. A las siete el día me parecía terminado. Me reuní con ellas y jugamos al escondite los tres, luego nos bañamos en esa piscina que estamos usando como si fuera nuestra. Me agarraban con fuerza, nos reímos mucho. Fuimos a casa, cenamos y vimos caer la noche. Luego jugaron y se fue haciendo muy tarde. Vi la hora: las 23:00. Ese fragmento del día me pareció, de repente, ajeno al resto del día, días superpuestos en un mismo día. Desde las 19:00 a las 23:00 me pareció un día gigante, inmenso, muy lejano del otro. Sin ningún hilo argumental que los uniera. Nos quedamos dormidos. Soñé desde ellas, algo, no muy claro, impreciso, abstracto, parecido a este verano enigmático.

domingo, julio 19, 2015

El bien

 Creímos en sus canciones, en sus libros, en sus relatos. Creímos que creímos, y que lo que creíamos merodeaba la línea de lo correcto. Creímos que había sensatez y pensamientos pausados. Tipos (generalmente tipos, porque siempre venía de un mundo masculino), que pensaban y que lo que pensaban parecía pensado. Parecían aquellos tipos venir de cuevas de pensamiento iluminado, sosegado, amplio, incluso elevado. Sí, creímos que había pensamientos elevados, no contaminados, puros. Creímos su mundo como mundo nuestro, como mundo conquistado y creímos que aquello lo habíamos alcanzado entre todos, en un ejercicio de no sé qué y de consensos. Sí, de consensos, como si todos hubiéramos llegado a un acuerdo colectivo, conjunto, participado. Creímos, incluso, que todos habíamos participado y que nos pertenecía aquel relato, que éramos parte importante de aquella narración. Actores primordiales. Creímos en sus historias e incluso en sus personajes más delicados, como si todo aquello fuera una narración a la que todos pertenecíamos. Creímos, en definitiva, que aquello era nuestro mundo y que casi éramos felices en aquello. Y no sé cómo fue pasando, pero fuimos dejando de creer y vimos las costuras e incluso asumimos el error de haber creído. ¿Cómo es posible que pensáramos que aquel mundo era el nuestro si dejamos, totalmente, de ser nosotros? Ahora empiezan a vociferar aquellos pensadores de las cuevas imposibles. Nos dicen insensatos, porque les vemos desnudos. Recurren, como siempre pasa, que te dicen que no, que estás siendo víctima de una obnubilación, que eso que piensas no es cierto, que vuelvas, que lo que yo te decía era lo bueno, lo sensato, lo moderado y que fuera de sus terrenos todo es caos y resulta que estábamos así, en el borde de la angustia y sí, nos hemos lanzado por el precipicio porque ya todo da igual y más vale lo malo por conocer que lo bueno conocido. Porque si lo bueno era aquello, ya no creemos en el bien.

viernes, julio 17, 2015

Biografías basadas en hechos reales (I)

 La luz salvaje del atardecer de verano revienta por la ventana y deja la habitación en una temperatura insoportable. Está tumbado en el suelo, golpeado por el mareo etílico. La cerveza pesa en su cuerpo como líquido espeso y suda de un modo exagerado, como si sudar fuera la única opción de mantenerse vivo. Piensa, pero no de un modo concreto, analítico o profundo. Merodea pensamientos molestos, que le llevan a estados internos difusos, pero parecidos a la rabia. Recrea frases en una conversación imaginaria, que no sucedió y que jamás sucederá, y grita a su interlocutor con una contundencia que no tiene, que jamás ha tenido. A ratos, por segundos, todo su cuerpo se revuelve en una especie de espasmo, que traducido sería la violencia. Se imagina pegando un golpe seco y brutal a ese interlocutor. Luego, sin hilo argumental, recuerda una tarde lejana, en playa azul, cuando todo parecía eterno y surfeaba con Andrés y a media tarde vacilaban con muchachas de las que ya no recuerda el nombre. El mundo es cruel, piensa con rencor. Luego analiza sin tapujos su país: "Nosotros también fuimos culpables. No supimos frenarlos. Ahora sólo lo arreglaríamos matándoles. De esto ya sólo se sale con violencia, pero entonces pudimos hacer algo y no lo hicimos" Para él no hay pacto, a él le gustaría volver a su país y recuperar el estatus perdido. No reconstruir, no. Volver a donde todo se quedó. Como una maquina del tiempo que borrara todos esos años, toda esa miseria. La luz parece inmóvil, como si la tierra hubiera decidido detenerse ahí, y dejar la luz, ese instante del atardecer, terriblemente cálido, ahí, para siempre. Sigue mareado, en ese estado que da el alcohol desagradable y pesado, espeso, molesto. No le gusta esa luz, no le gusta la vista de la ventana, la forma de la vegetación en ese país donde es extranjero, donde se acabó ser élite. Cuando era joven siempre se estaba en un estado especial. Se mira, el cuerpo que empieza a estar magullado por los años, las carnes cuelgan y ya no hay brillo en la piel. Marcas de piel desgastada. Recuerda una tarde cerca de Barinas, donde su tío tenía una finca eterna. Salvajes a tiempo parcial. Noches infinitas. Sexo con tipas en ríos, marihuana y botellas de ron. "Yo fui un demonio" piensa ahí, tirado en el suelo, bajo uno de los veranos más calientes de los últimos cien años, en esa habitación que parece que le estuviera cocinando lento. "A veces huele como si aún estuviera vivo todo aquello", pero luego percibe la muerte del pasado, en realidad vive de luto porque su vida murió y se reencarnó en el mismo cuerpo y ya sin ser joven, en otro país, en una vida que no quiere. A veces imagina abstracciones, porque lo que recordamos del pasado son abstracciones, una acera desgastada en Altamira, el árbol en la esquina de la Avenida 1 con primera transversal. Fotos dispersas, como si la memoria actuara como el timeline de una red social, un goteo de imágenes sin continuidad en el relato. Se levanta y percibe la leve variación de la luz del Sol, empieza a anochecer. Se acerca a la nevera y coge otra lata, la abre con desgana, pero sabe que se la va a beber. En breve la puerta se abrirá, entrarán los niños y su mujer. Y disimulará ser feliz en esa vida que detesta.

lunes, julio 13, 2015

Verano en Europa

 Los días nos ratifican. Este tipo de sentencias me suelen tocar un poco los cojones, pero últimamente pienso mucho en eso, en cómo adaptamos todos la realidad a un relato que nos da la razón, en como nos ratifican nuestras ideologías. No soy una persona muy conocedora de asuntos económicos, ni siquiera políticos. Tengo mis ideas, no muy sólidas, lo admito, o más poco solidas, poco fundamentadas. Sigo con atención este momento, este presente agitado en el que estamos. Supongo que cada cierto tiempo a todos nos invade la idea de que el momento es muy revuelto. A lo largo de mis años de vida he comprobado que tenemos cierta tendencia a ver que los presentes parecen estar anunciando tormentas apocalípticas. No digo que las tormentas luego no vengan, sino que no son como sospechamos en el presente. Recuerdo las reflexiones, por ejemplo, en los días y semanas después del 11S. Aquella sensación de vértigo, más allá de lo que cada uno concluyera de aquello, había una sensación de que el orden de las cosas estaba alterado, y efectivamente se ha alterado, creo que el mundo en 14 años ha cambiado muchísimo, pero no ha sido una cosa repentina, se han ido sumando capas de cambios que llegados aquí miras atrás y percibes los efectos de aquello sobre nuestro mundo. Entonces, seguramente aquel vértigo era justificado, pero el cambio no iba a ser inmediato, más allá de los detalles. Hoy siento que se ha anunciado una tormenta terrorífica. Insisto en mi poco conocimiento real sobre política, economía e incluso historia, pero lo de hoy, las condiciones a Grecia, ese tercer rescate, altera el mundo que conocemos. Y la tormenta no será inmediata, más allá de la tormenta que vivirá el griego de a pié, el ciudadano que camina ahora mismo por una acera camino a un trabajo, pero esto marca otra era seguramente al continente, con probabilidad al mundo. Anoche pensaba en esto. En la influencia real de la política en nuestras biografías. Lo trasladaba al terreno de lo personal. ¿Hacia dónde ira Europa? Estas decisiones tomadas en un despacho, en una reunión salvaje, ¿Cómo afectará al destino del continente? y esto, como será trasladado a mis hijas, la Europa que ellas vivirán, el mundo donde crecerán. No me pongo catastrofista, pero hacia donde se dirige el mundo en el que habitarán mis hijas, ¿Cómo será su vida en este camino de Europa, del Mundo, del Ser Humano?

lunes, junio 15, 2015

Los choques

 Entiendo tarde que uno de los problemas del mundo son las luchas internas, las miles de luchas internas que hay en cada parcelación de la sociedad. Uno puede ponerse todo lo remilgado que quiera, pero a nada que se observe con cierta atención ves que por supuesto que existe una lucha de clases, y en general muchísimo más feroz y despiadada  que lo sospechado o que lo asumido. Y este tema es tratado con frecuencia por estudiosos o ideólogos. Pero además hay una lucha que también tiene sus víctimas y una permanente batalla, y es la lucha generacional. Y en este país es, seguramente, un problema grave. El poder económico y de los medios lleva demasiados años siendo de una generación que no asume los cambios con facilidad y dicta desde una visión, con frecuencia, del miedo a lo nuevo, el pensamiento colectivo. Cuando pienso en esto pienso sobre todo en gente de mi alrededor, mayores que yo, que llevan años consumiendo los mismos medios de comunicación, los mismos columnistas de opinión, las mismas líneas editoriales, que tienen como guías de la opinión a sus mentes lúcidas, en las que creen, rodeadas de un halo de lo que se llama la sensatez, el equilibrio,  de cierta moderación. Han escrito el relato del presente y llevan varias décadas escribiéndolo y los mayores de mi alrededor son los lectores de ese relato, un relato dominante y que cada vez encuentra menos lectores de mi generación para abajo. Y uno de los problemas que veo de aquí en adelante es que su relato y el que no se escribe aún de las generaciones posteriores cada vez va a chocar más y cada vez va a producir más distancia y me temo que esto va a volver los próximos tiempos a este país en una cosa posiblemente cada vez más crispada y cada vez más revuelta.

miércoles, junio 10, 2015

La mutación

Llevo dos o tres años mutando. Creo que no es un proceso individual. Hay algo que se ha removido a nivel global mucho más allá de lo evidente, pero no tengo la perspectiva histórica como para hacer un análisis. Por ejemplo, un detalle nimio,  durante algunos años este blog era una rutina en mi vida, algo con lo que tenía un contacto permanente. Mucha gente en mi entorno tenía un blog, los usaba y era consumidor de blogs. Hoy el blog, este formato como tal, parece anticuado. Ese uso que hubo hace cinco, seis años de los blogs parece desaparecido, y bien visto tiene sentido, ha pasado más de una década desde que empezamos a usarlos. Todo este lenguaje de los blogs, ese uso que se hacía, ha ido transformándose en otra cosa. En cierta manera se ha ido transformando el tamaño de lo que contamos. No estoy de acuerdo en que la velocidad o lo escueto hayan empeorado las cosas, esas nostalgias suelen ser falsas, la memoria suele ser lo primero que nos miente y en general esas reflexiones suelen tener algo más de reacción que de adaptación. Creo que tengo la edad suficiente para notar que el mundo ha variado. Hay mil detalles del día a día que ya son distintos. Llegué a Madrid a finales de siglo y la ciudad se ha transformado mucho. Hay variaciones en las construcciones, tiendas nuevas, reformas de plazas, nuevos edificios, pero también las transformaciones sociales, esta ciudad ya ha cambiado con respecto a aquella que era cuando llegué. Tiendo a ver que los cambios son una cosa muy difusa, que va sucediendo permanentemente y que es un tira y afloja. No sé si el mundo fue mejor, lo que sí creo es que el mundo pudo ser mejor: es decir, tuvo la oportunidad de ser mejor. Que en general se va han ido perdiendo, permanentemente, oportunidades de hacer del mundo un sitio mejor. Estos dos o tres últimos años, quizá cuatro, lo que sucede es que esa mutación de lo que fuimos a lo nuevo que seremos, tiene que ver más con un descrédito de lo que hemos asumido como real, como inamovible. Habitamos aquí, y parece complejísimo darle la vuelta, pero cada vez hay menos gente que cree en esta forma de vida. A veces me sorprende hasta la persona más insospechada, esa que crees absolutamente insertada en este sistema, con un discurso fugazmente hiper crítico con esto. Casi nadie acepta ya esta vida entorno a lo laboral, se acepta, pero cada vez más gente le ve las fisuras a ese disparate. Sólo hace falta tener un hijo para comprender que la forma en que estamos organizados es delirada y va contra la vida esencial de los seres humanos. Somos capaces de hacer por la vida laboral cosas que vistas con perspectiva, son enfermizas, épicas, pero esa épica terrible que nos lleva hacia el delirio. Somos capaces de hacer por el trabajo lo que no somos capaces de hacer por cambiar la vida, por modificar el mundo. Somos capaces de pasar tres horas al día en transporte público, para pasar nueve horas en una oficina y volver a casa exhaustos. Somos capaces de soportar con paciencia la hostilidad de pasillos en el entorno laboral, ser sumisos ante exigencias incomprensibles, de tipos que están por encima en una escala ridícula de la organización empresarial. Somos capaces de organizarnos con tipos que detestamos para sacar un departamento de una empresa cualquiera adelante, y no somos capaces de organizarnos con los que amamos para vivir en un entorno más amable. Estamos mutando sí, y nos va la vida en ello. Y sin embargo seguimos en ello.

martes, junio 09, 2015

Ignorante

 Yo no tengo ni idea de las cosas. Sé muy poco de casi nada. A veces me atormenta esa ignorancia. Quisiera saber más, quisiera comprender más, no ya sólo lo ajeno, a veces incluso mis propios pensamientos, que de no ser tan ignorante como soy, al menos podría modelarlos con más eficacia, verbalizarlos, asumirlos y ser capaz de manejarlos. No aspiro ya al conocimiento enciclopédico que sé que jamás tendré, sino, tan sólo, a cierta capacidad de comprensión. Me abruma saber tan poco. De cada tema del que siempre se puede leer o escuchar, siempre mi conocimiento navega en un agujero negro, lleno de vacíos. Intuyo cosas, apenas algunos datos, pocas reflexiones. ¿Dónde he metido lo poco que sé y por qué no me ha dado tiempo a saber más? Qué frágil, además, lo poco que aprendí. Pero no quisiera conocer por ese uso mercantilizado de conocer. Quisiera saber para comprender.  No quisiera saber por poseer conocimiento, sino por comprender lo que leo y lo que pienso, pero comprenderlo de verdad, desde el tuétano. No aspiro sumar saberes como el que compra coches: también el conocimiento se ha vuelto consumista, el aprendizaje capitalista: la monetización de lo que sabemos. Quisiera conocer para comprender ciertos flujos o la cadencia de las cosas. Para poder capturar con precisión lo que escucho o determinadas intuiciones que pasean por mi cabeza. Quisiera saber más para comprender y poder aplicarlo. Quisiera saber para pelear con conocimiento por un mundo más justo. Quisiera saber porque me resulta tan abominable, y cada vez más, esta estructura social en la que habitamos. Quisiera desmontarla con criterio no con intuiciones. Saber porque eso que me resulta terroríficamente cruel y desigual lo es. No es una cabezonería, lo intuyo. La forma en que está desorganizado el mundo es evidentemente atroz, pero es atroz por lo evidente y por más asuntos que no alcanzo a entender. Soy ignorante y nunca sabré, y sólo el que algo sabe, puede producir el cambio en si mismo y en los otros. Lo poco que sé es que la mayoría de nuestro conocimiento, ese saber que impera desde lo poderoso es un saber vacío. Observar a un político o a personajes públicos emitiendo opiniones, viene en la mayoría de los casos lleno de palabras sin contenido, de significantes vacíos. En esto hay un ejemplo cotidiano, el uso permanente que se hace de la palabra sensatez. La sensatez soy yo. La sensatez es los que piensan esto que yo pienso. Todo este conocimiento en forma de agujero negro es lo que nos tiene paralizados. Y aquí entra de nuevo ese no conocimiento que padezco. Intuyo que esto es relativamente cierto, pero no puedo argumentarlo, no sé porque esto que intuyo es cierto, con lo cual no tiene ninguna validez. Sé que habitamos en un saber vacío, en un saber sin nada. Las ideologías, las reflexiones políticas de los que me rodean en el 90% de los casos no llevan saber detrás: es una maraña de emociones, de prejuicios y de acto de fe, pero no es conocimiento. Hay casos que se asemejan al conocimiento, tipos que manejan con habilidad cierto entender, pero nos movemos, y en mi caso el que más, en una masa de cosas que intuimos, pero no desciframos.

viernes, abril 24, 2015

Cayo Sombrero

 En el año 93 pasé tres o cuatro noches en Cayo Sombrero. Uno de esos viajes que sólo puedes hacer con diecisiete años. No hay físico, posteriormente, que resista salvajada corporal semejante. Fui con mi hermano y con un amigo del que casi no recuerdo ni el nombre. Llevábamos poquísimo dinero con el que basicamente compramos Pan de Sandwich, mortales barata y anís. Sospecho que me produje daños irreparables en el cuerpo después de aquello. No puedo afirmar que me lo pasara bien. Creo que sí, pero lo que me viene cuando lo recuerdo es una nebulosa de resacas y de borracheras poco delimitadas entre si. A veces muy borracho, a veces en la nausea y en el malestar físico, tirado en medio de la arena de ese playa formidable.

Recuerdo pocas cosas, recuerdo juntarnos con mucha gente de distintas ciudades, caraqueños, valencianos, barquisimetanos. Beber con ellos de una forma casi primitiva. Recuerdo una fogata por la noche con música a todo volumen y la sensación de no estar en un lugar muy concreto del planeta. Pero lo que más recuerdo es a un español mayor que yo, quizá cinco o seis años mayor que yo. Viviendo el momento con verdadero frenesí. Recuerdo hablar en un momento con él. Acercarme y charlar no sé muy bien de qué. Le pregunté por España, de la que ya me costaba recordar cosas. No habían pasado muchos años desde que me había ido, pero me fui siendo un niño y ya era un borracho de diecisiete. A mi me sucedía algo curioso mientras vivía en Venezuela, era una especie de falsa nostalgia que en realidad era una forma de curiosidad. Mi vida en España se había diluido extraña en la memoria, pero yo confundía aquel esfuerzo por recordar con la melancolía. Hacía esfuerzos por recordar las calles, las ciudades donde viví. Me venían imágenes y olores de Vigo o de Madrid, pero en realidad no lo echaba de menos. España me daba igual. Había una curiosidad rara. Se parecía a cuando lees un libro que sucede en una ciudad que no conoces e imaginas los escenarios, las calles que se describen y haces un esfuerzo por casi palparlas, porque en cierta manera esa imaginación sea más real. Aquel español me habló de España con ligereza. Fue breve. Dijo un par de obviedades y algo así como que España estaba cambiando mucho. A mi aquella España, no la de ahora, en la que ya llevo viviendo muchos años, me venía marcada por la forma de ser de mi padre, en cierta manera para mi la lejana España era la forma de ser de mi viejo. Cierta austeridad vital, cierta amargura, hostilidad y alegría, diversión y chascarrillo, nocturnidad y tristeza. Mi padre vivió más de la mitad de su vida en la dictadura y su manera de ser y vivir, como para casi todos los españoles de esas generaciones, la vida le iba muy marcada por esos rasgos y esa personalidad social de la dictadura. Pero aquel español un poco mayor que yo de Cayo Sombrero me dio de golpe otra España. Una España frenética, desapegada, de un hedonismo algo impostado, un poco más sofisticada que la España que yo tenía en mi cabeza. Aquella España no se parecía a lo que yo recordaba de España. Tampoco voy a ir a análisis sociales o históricos. Todo se movió en un terreno más bien difuso de las percepciones de un tipo de diecisiete años, bastante desubicado vitalmente. No recuerdo muchas cosas de aquellos días durmiendo en la arena, salvo, insisto, la permanente sensación de borrachera. Me crucé alguna vez más por el cayo con el español. Siempre iba en animo festivo, pero desde la perspectiva de distancia. Nunca convivía sin filtros. En realidad habitaba aquella realidad como observador, casi como narrador, con cierta soberbia. Todo le parecía "muy loco" en su viaje por aquel país. Volví de aquel viaje sin nada de dinero, logré volver a Barquisimeto con mi hermano pidiéndole el empujón a un autobús que volvía el viernes santo hacia la ciudad vacío. El autobús estaba destrozado y nosotros íbamos con el cuerpo inundado de alcohol y absolutamente agotados de los días durmiendo poco y mal. Nos subimos al autobús vacío y el conductor apenas nos miró. Llevaba un compañero que fue casi todo el viaje de pié a su lado, lo que parecía una odisea porque el autobús vibraba como si habitáramos encima de un terremoto permanente. A ratos cabeceábamos, a ratos mirábamos el paisaje hipnótico de esa carretera. En un momento dado le pregunté a mi hermano por España, por cómo la recordaba. España era un asunto extraño en nuestra cabeza, éramos españoles, pero habíamos dejado de serlo con una velocidad pasmosa. En cierta manera, una de las cosas más desconcertantes de la vida en Venezuela, fue que dejamos de ser de ningún sitio, pero no por una decisión o un razonamiento. En cierta manera habíamos borrado España, pero tampoco nos pertenecía la cultura y las costumbres de nuestro nuevo país. Como los tipos de la serie Lost, era como si nos hubiéramos quedado en una isla indescifrable en mitad del atlántico en nuestro vuelo cuando viajamos de Santiago de Compostela a Caracas. Esa sensación o percepción de nosotros mismos se implantó con fuerza en casa, con nuestros viejos, entre nosotros mismos. Esa percepción en realidad nos ha seguido mucho tiempo, incluso a veces colea, esa extraña sensación de no saber muy bien dónde queda tu casa o tu origen: el desarraigo. Y ese desarraigo me explica también mi percepción de España ahora. Siempre me resulta inexplicable. Aquella España que representaba mi viejo cuando vivíamos en Venezuela y la que arranca con aquel tipo de Cayo sombrero, que se parece a la España de ahora.

lunes, marzo 16, 2015

Cinco años

 El sábado cumplió cinco años D. No voy al tópico del "qué rápido ha pasado". No lo siento de ese modo. Sí siento lo irrecuperable de eso. Nada de eso volverá. Nunca más D volverá a ser bebé o empezará a gatear, no irá por primera vez a una guardería o entrará por primera vez al mar. Nada de eso volverá, ese tiempo es irrecuperable ya; pero rápido no ha pasado. Creo que sin duda han sido los años más felices de mi jodida vida. No sé si por ser padre, que tiene mucho de trabajo extenuante, o porque mi hijas me caen muy bien y me lo paso francamente bien con ellas. Salir de viaje con ellas, ir en el coche cantando o jugando a alguna cosa es, por extraño que parezca, de lo más divertido que he vivido nunca. Cumplió cinco años y vinieron un montón de niños del colé, niños que nos han ido uniendo a sus padres, gente absolutamente desconocida hace nada y con la que ahora hay un trato fluido e incluso un cariño creciente. Creí que iba a llevar con mucha incomodidad esa parte de la paternidad y sin embargo ha resultado que nos hemos encontrado con gente con la que es sencillo relacionarse y con la que incluso te sientes a gusto. El caso es que el sábado en casa hubo un montón de gente. Gente nueva, nuevas relaciones. Veía a los niños y sus padres. Esas biografías escribiéndose despacio. Esos vínculos potentisimos de hijos y madres y padres. Parejas más veteranas o más recientes. Luego sin darme cuenta empecé a proyectar posibilidades. ¿Qué niño sería el primer en largarse de ese grupo? ¿Qué niño será el que en el futuro deje de hablarse con su padre? ¿Habrá alguno que pierda pronto a la madre o al padre? Ahí, colgados en ese presente de niños y padres protegiéndoles, en esa inexacta sensación de eternidad, ¿quién rompería pronto el fuerte vínculo? ¿Qué vida llevará esa amiguita de gesto melancólico? ¿Dónde irá a parar ese presente fugaz, hacia dónde irán esas vidas? Me quedé escuchando a un padre que hablaba con humor de los cuidados de los niños y me invadió una nostalgia atroz por ese instante. Ese instante que me costará recordar. Que no sabré bien quien estaba, como se llamaban esas amigas y amigos de mis hijas que vinieron a la fiesta de cumpleaños, que dudaré de si fue el de los cinco o el de los seis o el de los cuatro años de D o el de los tres años de P. ¿Qué será de la vida de aquella pareja francesa y la niña pequeña? ¿Cómo se llamaba la hermana pequeña de tal? ¿Hacia dónde va ese momento? ¿Qué sale de ahí?

La nada

 Tengo malas noticias para el chavista de a pie: la revolución fue un desastre, el chavismo fue muy poco efectivo y se perdió en la bronca; porque el chavismo básicamente sobrevive en la bronca, y seguramente el chavismo esté en la más pura agonía. Es una mala noticia, porque estoy absolutamente convencido que muchos creyeron en aquel discurso. Había una ilusión y una especie de despertar y con casi toda certeza hubo gente defendiendo a capa y espada aquello por la ilusión de un mundo mejor. Pero tengo muy malas noticias para los antichavistas: el país tenía una calidad democrática muy cuestionable antes de Chávez. Se que es difícil verlo y seguramente me podrían caer ladrillos si me lee algún viejo amigo, pero yo me volví de Venezuela en el año 97 y no me volví separándome de mi familia y amigos porque aquello fuera un Edén. Sí, suena duro, pero Venezuela estaba vuelto mierda ya en el 97 y no lo digo con rencor o rabia, realmente llegué a asumirme a mi mismo como venezolano. Para mi fue doloroso y triste largarme de allí. Me temo que ya era un país muy fracturado, muy mermado y con unos niveles de pobreza alarmantes. Por cierto, que el fin de semana que salí de Venezuela hubo cien muertes violentas en las calles de Caracas, así que me temo que la violencia ya era cultural antes de todo este desastre. Supongo que sí, que todas esas estadísticas se han multiplicado. Pero de verdad que creo que debería observarse con atención la tendencia previa si se quiere solucionar los problemas de un país de raíz. Si de verdad estamos preocupados por el estados de las cosas. Ojo, no estoy defendiendo el chavismo. Yo vi una pancarta con un Chávez enorme recibiéndome en el aeropuerto la última vez que fui allí y sufrí varios de sus programas de radio en cadena mientras viajaba en coche por las costas sobrecogedoras de un país alucinante. A mi los ídolos, héroes y figuras mesiánicas me caen mal y me parecen basura: en la política, en la música y en la vida misma. Vi el estado inmóvil de las cosas. Pero no inmóvil como virtud. Había algo agotador en ver que algunos de los huecos en el asfalto seguían en el mismo punto, creciendo inapreciablemente durante todos esos años que no los vi. Todo sujetado en el aire, como si el mundo se hubiera detenido. Me es difícil explicar aquella sensación, pero se parece a la claustrofobia. Es decir la inmovilidad, la nada, es lo opuesto a revolución. El chavismo se parece a la nada. Una nada extraña. Como una masa viscosa que se posa sobre las casas, sobre los muebles, sobre el asfalto. Es complicado escribir sobre Venezuela, porque estoy lejos, porque soy bastante torpe y porque es muy complicado escribir sobre un país en ese estado. Pero más allá de mi opinión con el estado interno de las cosas, lo realmente preocupante y de lo que sin ser analista político uno puede llegar a predecir, es el estado en el que va a quedar Venezuela después del uso internacional que se está haciendo. Ahora mismo un país entero, con sus dramas, con sus disputas y con sus reglas está siendo usado única y exclusivamente como ficha en una partida de ajedrez. No es difícil proyectarse dos años adelante, cuando nada de eso importe ya, esté como esté el país. Me aterra esa irresponsabilidad mundial, ese uso marketiniano del drama, esa carencia democrática en la preocupación real sobre conflictos. El uso casi pornográfico en algunos programas de Tv para usarlo como arma arrojadiza ahora que estamos en campaña, ahora que en realidad la política es una permanente campaña. Las cosas asumidas porque sí, sin un mínimo análisis del asunto. Es nauseabundo y sirve para ver que la política no es política, sino una torpísima campaña de marketing donde la masa gente es tratada como consumidor, no como ciudadano y en medio se quedan aislados los habitantes. Sobreviviendo en medio de un drama de difícil gestión, tratado como partido de fútbol. La vida como una semifinal del mundial. Animando a uno de los dos equipos, como dos opciones inamovibles. Sufriendo las decepciones como se sufre con ese equipo que animas en un partido al que golean cruelmente, celebrando los goles como si fueran tus victorias. Tengo malas noticias para Venezuela, en menos de un año no saldrán en las noticias, de este ni de otro país. Seguramente, internamente las cosas no hayan cambiando mucho y la posibilidad de un análisis real de las situación, y la posibilidad de un reciclaje real se vaya esfumando. Más adelante habrá elecciones y o bien ganará de nuevo el chavismo o bien ganará el antichavismo, unido en sólo bloque de pensamiento único, uniforme, sin aristas. Dos mitades cuyo único criterio es joder al otro. En ambos escenarios habrá un país ingobernable, absolutamente crispado hasta que  algún político internacional vea cierto interés, de nuevo, en remover el asunto para agitar fantasmas y usarlo como marketing. Y así ad nauseam o hasta que la sociedad, de un lado a otro sea recorrida, por fin, por un halo de espíritu democrático y asuma que resolver el asunto va mucho más allá que el de marcar un gol.

Pero hoy es difícil ser optimista. En Venezuela, en España o la India.

lunes, febrero 23, 2015

Política programada

A principio de siglo parecía que la televisión tal como la entendíamos se iba a extinguir. Aquel maremagnum de novedad que venía arrollando todo que era internet parecía que iba a acabar con la televisión. Algo así como: "internet kill the tv star"; pero el tiempo y la evolución de las cosas tienen tantos recovecos y son tan indescifrables que a veces parecen producto del capricho, y la tv ha ido tomando una nueva personalidad. No soy quién ni tengo herramientas para analizar el cambio ni mostrar diferencias. Simplemente las detecto, las percibo y cuando recuerdo lo que fue y lo que es percibo notables diferencias. No soy fan de la televisión, lo que me convierte en un portentoso imbécil pues trabajo en ella. Soy un hijo de esa difusa generación que creció con unos ideales no muy claros, que no se sabían muy bien de donde venían, píldoras de ideas que se nos iban dando sin hacernos pensar mucho en ello. La televisión era mala, pero nunca pensamos exactamente porqué era mala; en general tengo una percepción muy nociva de la televisión. No le tengo mucho aprecio. Consumo series, algunos deportes (Cada vez menos, ya casi nunca) y asuntos puntuales. El caso es que la televisión ha mutado a otra cosa, levemente, sin bruscas transiciones y está sabiendo sobrevivir de un modo peculiar. No tengo estadísticas por edad del consumo de televisión. Tengo la sensación de que la televisión se ve de mi edad hacia arriba.

 Pero cuando la veo noto que el lenguaje ha cambiado mucho. Más allá de los ritmos, que inevitablemente se aceleran. Noto que la televisión se muestra más plástica, más banal y más dada al espectáculo circense, pero sin pudor. No soy capaz de emitir juicios al respecto. Cada quien ve la televisión que le da la gana. Lo que si me tiene cada vez más descolocado es el uso de la política en televisión. En cierta manera, en esta época convulsa, parece que la televisión ha tomado una postura muy clara y muy meditada para el show político. Tengo la sensación que ese trato que a veces lleva una cadencia y un contenido enormemente parecido a los reality, es absolutamente premeditado y tiene una intención. Frivolizar la política al punto de convertirla en uno de esos realitys, amortigua la rabia y el pensamiento crítico y lo vuelve todo disparatado, humorístico, una comedia en directo. Los políticos se vuelven personajes y no personas y las críticas se parecen a las críticas que hacemos del último capítulo de breaking bad y no a la de un asunto en el que nos va la vida. Frente al casi caduco desapego político, que ha ido agonizando por esta extraña nueva política. La prueba evidente es la elección de los personajes que lideran los partidos: aptos para el show, para encarnar un personaje muy preciso, con características muy evidentes. Fáciles de dibujar. Se hace política para la televisión, es aquella la que se adapta a la pantalla. La que se amolda.  Esas tertulias disparatadas, donde se analiza a lo loco. En pantalla se rotula una notica de última hora y los tertulianos se acomodan a una opinión inmediata. No hay transición. Todos se acomodan, hablan alto. Se indignan sin mucha trascendencia. Y en una especie de paranoia tiendo a ver todo este show, cada vez más creciente, cada vez más cómico, más marcadamente plástico, pienso que eso está pensado, pero no pensado desde departamentos que buscan dar altos índices de audiencia. Creo que es un modo de placer, de narcotizarnos. Como si todo nuestro pensamiento político sucediera ahí y ahí nos tuviéramos que posicionar. Me cae bien el que opina parecido a mi, detesto al otro, que es un memo. Y ahí sucede la batalla.  Nos indignamos con ese loco que dice barbaridades y aplaudimos al que colocamos en el lado de la sensatez, esa sensatez que siempre colocamos en nuestro lado. Soy frágil y tiendo a estas paranoias, pero a veces este show parece que tiene un fin: tenernos adormecidos, indignados ahí, frente a ese tertuliano impresentable.

domingo, febrero 22, 2015

La convulsión

La convulsión, la arcada, la nausea. Eso me parece este momento histórico. Es curioso, porque cuando era más joven, era incapaz de ver el asco sin sentirme inmiscuido en él. Ahora no. L edad te hace cínico, lo cual creo que no es buena noticia. Creo que he tomado conciencia o quizá me he manipulado a mi mismo para ver el mundo desde un punto de vista que, hoy, me parece atroz. Entre otras cosas se me ha caído el mito de la democracia. Digamos que conocía sus carencias o las carencias en el modo que estaba aplicado en los países que he vivido, pero en esa transformación mental o automanipulación (uno no debe creer mucho en lo que uno piensa, en general también eso está absolutamente intoxicado) lo que percibo hoy es que no existe, no hay democracia. Hay una violentísima, por silenciosa, por disimulada, lucha de clases. Hay una ausencia absoluta de diversidad. Nadie acepta lo mínimamente opuesto y ridiculizamos y llevamos al insulto y al asco lo que es opuesto. Todo se mueve en el terreno de lo autoimpuesto y habitamos en barricadas nada definidas, en una guerra que no lleva a nada, porque en verdad nuestro bando no existe. Lo veo hoy aquí, en España, lo veo en Venezuela, donde viví. Allí quizá sea más extremo. Me pasa con lo de allí que aborrezco a los dos bandos definidos. A la justificación de unos y otros, a las mentiras que se cuentan para afianzarse en su odio y legitimizar su rencor y su rabia. A estas alturas poco puede quedar de una fe revolucionaria. Llevan demasiados años como para creer que exista una transformación, y sus discursos vacíos y sin fondo, llenos de lugares comunes y de vaciedades, que por otro lado conllevan siempre un fondo de violencia hacen que del chavismo no me crea nada; pero un sentimiento muy parecido me despiertan los otros. No me creo nada de lo que dicen. Todo en ellos es desprecio y sus frases están repletas de lo que tanto critican de los otros. No voy a poner ejemplos, este blog me lo escribo para mi y con seguridad nadie me lea, no tengo que argumentar. Llevo años pensando sobre Venezuela. Unos desquiciados por una indigestión bestial de poder, otros resentidos y malcriados que jamás aceptaron nada y ni se pararon medio segundo a tratar de entender. En mi timeline de Facebook, se suceden frases violentas contra el gobierno, hastiadas, desquiciadas, pero generalmente llenas de contradicciones entre lo que exponen en esos ataques violentísemos y las vidas que poco después muestran. Soy un ignorante, trato de entender, pero nunca entiendo nada. Venezuela agoniza y está lejos de ser una democracia, pero la salud de la democracia no se mide sólo por lo institucional. En general lo que leo de los que critican, que sus razones tendrán, no lo dudo muy sanas, sean posiciones democráticas. No existe democracia en ninguno de los lados: directamente en Venezuela no se acepta y se odia al otro. No hay posibilidad de un acuerdo. Hace años leí una definición de democracia que me pareció la más acertada que había leído: Democracia es ese acuerdo donde todo el mundo queda moderadamente disgustado. No veo a nadie dispuesto a quedar moderadamente disgustado. Simplemente unos y otros quieren la extinción del opuesto.

 Aquí la cosa no respira mucho más sana. El auge de Podemos está desenmascarando lo que llevaba oculto años. El bipartidismo se había asumido, casi ya nos lo comíamos sin masticar, como si nos hubiéramos intoxicado de esa especie de virus que aletarga: el bipartidismo como mecanismo sano y limpio después de cuarenta años de dictadura. Casi no cabía la duda. Había hartazgo, pero no había surgido el asco. La cadencia del paso de los años en la entrada del siglo empezó a sacar un olor pestilente a las calles y el asco apareció, y cuando el asco aparece cada uno reacciona como buenamente puede. El asco genera reacción y aquí estamos. Las carencias huelen mal. No hay democracia. Hay un teatrito, y no hay más que ver los programas de tertulias para ver en qué calidad de show andamos metidos.  Volvemos a la capacidad de disgusto para un acuerdo de convivencia y ciertamente, aquí nadie tiene ganas de convivir si las cosas no son como uno piensa. El como cada uno se apodera del concepto de la sensatez y de la ecuanimidad: el infierno son los otros. Se están montando las barricadas, se hace difícil dialogar. Damos por sentado lo que piensa el otro y todo se dispara. No hay hueco para lo otro, porque el infierno son los otros. Pero más allá de lo ideológico, que en mi caso, siendo tan difuso siempre, tiene algunas cosas bien claras: no soporto el uso del terror. No lo soporto, me genera exactamente la reacción contraria. No soy rencoroso y no soy violento, soy iracundo y me enfurezco, pero no soy violento, sin embargo este uso del terror y del pánico, me genera una especie de rabia, es un sentimiento reaccionario. Si me metes miedo me hago más temerario. Miedo me da salir a correr por las noches y ver los contenedores llenos de gente buscando comida. Miedo me da recordar los turnos de las enfermeras que me cuidaron durante cincuenta días en un hospital repleto de gente. Recuerdo aquel encierro con tanta frecuencia. Una de las habitaciones en las que estuve daba a la ciudad deportiva del Real Madrid, cuando aún no se había convertido en cuatro torres mastodónticas, fue el verano que el equipo  entranaba por última vez allí, después de la venta salvaje de los terrenos donde después se construyeron esas cuatro torres raras, bastante incompresibles, ahí alzadas, como si se hubieran equivocado de sitio. Desde el hospital se veía entrenar a los famosos jugadores, sobre ese césped verde recién regado, corriendo ajenos al exterminio. Una de las noches, como muchas otras, hablé con las enfermeras, les pregunte por turnos, por horarios, por sueldos, creo que yo, con 27 años en ese momento ganaba más que ellas. No recuerdo la cifra exacta, pero recuerdo que la mañana siguiente el Madrid fichó a David Beckham por algo así como 24 millones de euros y un sueldo que soy incapaz de recordar. Hay tipos inteligentísimos que son capaces de argumentar y defender porque esto sucede, leyes de mercado, dinero que generan y tal: a mi, directamente, me da bastante igual la capa de argumentos que hay detrás de eso. Lo que produce intangiblemente cada una de esas enfermeras, jamás lo producirá David Beckham arrastrando un balón por el césped de un estadio. Y poco espero de un mundo que aplaude, celebra, comprende, justifica e incluso espera que esto sea así por siempre.  No puedo explicarlo con sustancia y cabe la posibilidad de que esto suene terriblemente demagogo y vacío o qué cojones sé yo y en mi mundo ideal todo el mundo tendría mucho menos y sería caos y un mundo insostenible: eso siempre me dicen esos lumbreras y brillantes cerebros que justifican el delirio. Pánico da un tipo cruzando el mar de un continente a otro para buscar la huida o la posibilidad. ¿Te has puesto en la piel de ese tipo que pasa penurias por cruzar una frontera? ¿Te has imaginado que tú vida es esa y no la tuya? ¿Te pertenece de verdad tu vida? ¿De verdad todo lo que tienes lo mereces? ¿Es eso todo tuyo? ¿ Exactamente qué has decidido de tu vida? ¿Qué de todo esa construcción que es tu vida te viene dada por eso que consideras que es tu mérito? Si no hubieras nacido dónde naciste, si tu madre hubiera sido de otro modo, si tu padre no hubiera tomado determinadas decisiones y tu profesor y tu mejor amiga te hubieran enseñado otro grupo, si aquella novia hubiera resaltado otras características de ti, si las cosas hubieran sido distintas en la universidad, si toda esa enorme construcción social hubiera sido opuesta sería tu vida como ha sido, te hubiera dado el mundo y eso que asumes como destino esa vida que asumes que es tu vida, sólo tuya. Honestamente, creo que no.


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