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sábado, noviembre 21, 2009

Otro

El suelo de manos, el techo de ojos, las puertas abiertas. Todo se abre y se mueve. Las manos sostienen mis pies, mis ojos miran los ojos. Hay una luz que va variando su tonalidad constantemente. Avanzo por la habitación extraña. Las paredes están empapeladas y hacen formas caleidoscópicas. Hay unas voces susurrando una canción. Hay un espejo donde no hay reflejo sino que se ve algo que aun no ha sucedido en algún lugar del mundo donde nunca voy a estar. Hay una mujer desconocida al otro lado de la puerta. Las manos del suelo me trasladan épicamente hasta allí. Cuando me acercó dice algo que no comprendo y susurra la canción que susurran las voces. Me acerco más y bailamos. Soy torpe bailando porque es difícil bailar en un suelo de manos, porque es inexacto el baile y porque ella ahora tararea una canción que no es la misma que suena. Me separo y camino. Avanzo por un pasillo, al fondo está al mar y salgo corriendo. De repente es verano y brillan reflejos del sol en el agua. Salto y siento el agua. Buceo. Salgo a flote. Pasa un barco. Pasa una gaviota. Pasa el tiempo. Salgo del mar. Camino por una playa y me encuentro con un amigo de la infancia que me invita a una fiesta donde estará, dice, mucha gente del colegio. Me da una nota hay una dirección y un número. Mientras se va me dice que sobre todo no olvide ese número. Me quedo solo y miro al mar. Me quedo viendo el mar y pensando que si esto fuera un sueño ese momento debería servir para despertar, pero no despierto. Tampoco sueño. Es sólo ficción, pienso. Es un paisaje inventado. Es otro post. Otro texto.

viernes, noviembre 20, 2009

El niño caprichoso

No encuentro la metáfora exacta. Estaba pensando en un laberinto, luego he pensado en las ramas de un árbol, seguramente un sauce llorón. Luego he pensado que realmente es mucho mas sencillo. Tiene mucho de juego de espejos y de enredo, pero sobre todo tiene mucho de infantilismo y de capricho y los enredos de un ser humano caprichoso, un niño mimado que cumplió años y le salieron canas y no las aceptó. El gran problema es la intransigencia y determinadas formas de orgullo, también las máscaras. No podemos pretender, por mas que queramos, que en la vida todo suceda bajo el signo de nuestro gusto. Es obvio que la convivencia entre los seres humanos no tiene trucos. Esta suele ser compleja y variable. Cada relación abre universos desconocidos y no hay ciencia exacta para el trato entre los seres humanos, pero si hay una ley ésta es la de ceder y encontrar el equilibrio en ello. No es sano ceder a todo, mas insano no ceder a nada. Ese hombre del que ahora no encuentro la metáfora exacta se pierde en esa regla. En esa imposición en la que si vas en dirección de su corriente te hará sentir un gran amigo, pero al mínimo giro deseará que tu barco se hunda y se desmorone en medio de esa contracorriente. Hay algo más que egoísmo en ese gesto, hay algo más turbio y deshonesto que el egoísmo en ese deseo. No encuentro la metáfora para ese camino mental. No es un laberinto. Es menos enredado que un laberinto o las ramas de un árbol. Es mas evidente. El problema es que es demasiado evidente. Todos, o casi todos, hemos actuado para hacer sentir mal al otro. Todos hemos despreciado, hemos manipulado, hemos detestado. Yo lo he hecho, no una vez sino mil. He despreciado, he actuado para hacerlo saber. He mirado mal, he dicho frases duras, he manipulado realidades para hacer sentir culpable a otro. Miro a mi alrededor y veo que en general todos lo hacemos. Esporádicamente, con mas o menos frecuencia, pero todos lo hemos hecho. Este hombre sin metáfora vive en ese viaje. Ese viaje doloroso y mal oliente. Hay dos caras en su realidad. Cuando el viaje va a favor he visto un tipo amable, sensato, sensible, amable, entrañable, profundo, cálido, enérgico, reflexivo. Cuando va en contra he visto el gesto del daño, el daño que destruye todos los adjetivos anteriores y todos los paisajes de su alrededor. Me recuerda al mal olor. A ese olor que te lanza levemente hacia atrás. Me recuerda a eso, al mal aliento. Ese aliento que viene de una digestión terrible. Ese aliento que afecta la conversación con quien se habla. Ese aliento que rompe cada palabra del que te está hablando. Tratas de mantener el tipo pero ese aliento intenso te afecta y te mantiene desconcertado. Quieres ignorar ese aliento que te viene directamente mientras el otro habla, pero no puedes. He encontrado la metáfora. No es un laberinto, no es un árbol. La metáfora era mas desagradable. El texto debería empezar hablando de eso. Un olor terrible que te echa hacia atrás. Uno de esos olores que se rechazan.


Me hubiera gustado no escribir este texto

jueves, noviembre 19, 2009

Días sueltos

Fuimos juntos a un concierto. A mi me gustaban mucho los teloneros, a ella el grupo principal. El telonero no estuvo mal, arriesgado, solitario pero algo impreciso. Había en la figura de aquel tipo algo que me conmovía. Su estatura, su delgadez, el rostro marcado por un gesto infinito. Había algo tierno y triste en aquel individuo. Aquellas canciones aéreas y vaporosas sonorizaban toda una historia infantil que me imaginé sobre él mientras ejecutaba el repertorio. Me imaginé una infancia solitaria. Sospeché que la música había sido en aquel niño una especie de amigo invisible. Luego terminó su concierto y abandoné esas reflexiones. Me puse a hablar con ella de una web de videoclips y bebimos un par de cervezas. Apareció el grupo cabeza de cartel. En el primer acorde, ella se giró y me miró sonriente: " Me encantan" dijo con emoción. Durante esa primera canción la miré desde atrás, la perspectiva era hermosa. Su pelo, la forma de su cabeza, hacía contraluz con los focos movedizos del escenario. A ratos su pelo era azul, rojo, casi blanco. Movía la cabeza suave, y yo puse mis manos en sus hombros. Sospeché que aquello tenía buena pinta, ella era preciosa y sentía algo emocionante con ella. Durante toda esa canción, quizá las tres o cuatro primeras, sentí que volvía de esa anestesia emocional, de ese letargo sensitivo en el que vivía en los últimos tiempos, incluso en el arranque de la quinta o sexta canción, un autentico himno emocional, le di un beso suave en los labios, al separarlos ella me miró y sonrió de nuevo y en medio del estribillo dijo :"Me lo estoy pasando genial". El concierto luego fue perdiendo fuerza, la repetición de la formula hacía que aquello no entrara tan fácil sino que aquella canciones empezaban a generar una sensación parecida al hastío. Lo que era emocionante al principio se volvió predecible al final. Al terminar el concierto terminamos en su casa. Ella compartía piso con una alemana que escribía sobre moda y hacía poemas electropunks, lo cual nunca me quedó muy claro que tipo de poema encerraba aquella etiqueta. Nos acostamos e hicimos el amor por primera vez. Me quedé a dormir ahí. A medianoche me desperté de repente y me desvelé sin descubrir cual era el motivo. Ella dormía profundamente. La miré y sucedió ese juego extraño de la oscuridad, que la tiniebla me devolvía un rostro que no coincidía exactamente con el de ella. Esas variaciones de las sombras y la ausencia de luz que modifican nuestra visión y varían los rasgos creando un rostro semejante pero no idéntico al de la persona que realmente conocemos. Tuve ganas de ponerme en pie, caminar hasta el salón y acostarme en el sofá, pero la falta de confianza me producía inseguridad y me quedé quieto en la cama. Recordé al músico, la telonero del concierto. Ese rostro tiernamente triste, esa música onírica y lejana. Miré la hora y ví que aún quedaba noche por delante. Me puse en pie y caminé hasta el salón a oscuras. Me asomé a una de las ventanas del salón que daban a una calle. Me parecía raro percibir la ciudad desde ese lugar no habitual para mi. Escuché unos sonidos, venían de la habitación de la alemana. Apareció por el pasillo en ropa interior, encendió la luz y me miró con mala cara. Con una sonrisa dije que me había desvelado, pero ella no contestó, caminó hasta la cocina y se quedó allí un rato. No supe que hacer, si volver a la habitación y quedarme dando vueltas en la cama o quedarme en esa ventana pensando que todo era extraño, lejano, solitario, como la música del telonero. De la cocina venían ruidos y un reflejo de luz. Mucho rato después la alemana volvió a pasar, me miró y me pasó un papel. Escrito a mano había un poema, la miré y le dije que no sabía alemán, que con gusto lo hubiera leído. Ella recogió el papel, me miró y lo empezó a traducir en voz alta. El poema me pareció una mierda, pero según lo leía la alemana me iba pareciendo cada vez mas atractiva. Al terminar el poema, nos revolcamos en el sofá. Seguramente fue el peor polvo de mi vida porque ella apareció por el fondo del pasillo y nos vio desnudos y poseídos en el suelo a la alemana y a mi. Encendió la luz del salón y recobré el rostro que la oscuridad de su habitación había variado. Ella nos miró y dijo que podíamos haber sido ligeramente mas discretos. La alemana se puso en pie, todavía desnuda y la abrazó a modo de disculpa. Yo pensé que quizá aquella escena tenía mucho de poema electropunk o que seguramente había algo de cualquier tipo de poema en ese instante, también pensé que era bastante torpe y me recriminé a gran velocidad interior, bastantes actitudes y rasgos de mi personalidad. Minutos después estaba solo de nuevo en el salón. Me puse el pantalón y salí a la calle. Caminé mucho rato memorizando algunas frases sueltas que había oído del poema traducido de la alemana, también recordé su pelo en contraluz con los focos del escenario en el concierto. Mucho rato después, casi al amanecer, llegué a casa.

martes, noviembre 17, 2009

En el túnel

Llevábamos diez meses trabajando en el túnel. La obra se había complicado por muchos asuntos que nunca se aclaraban del todo. Al principio hicieron un corte muy brusco de personal y éramos realmente pocos para avanzar con cierta fluidez. Luego, incluso, estuvimos algunos días parados, sin avanzar nada. Luego nos dijeron que trabajáramos a la mayor velocidad posible, doblaron la plantilla y trabajamos con turnos de día y de noche para que la obra estuviera en constante avance. Nos pusieron una fecha para terminar, al menos el grueso de la obra, excesivamente apretada y el jefe de obra trasmitía con furia la presión a la que le sometían sus jefes que a su vez eran sometidos a mucha presión por alguien invisible que era sometido a presión por alguien aún mas invisible aún. A la altura del 17-8 hubo una complicación en la excavación porque la tuneladora se encontró con un muro metálico imposible de atravesar. Uno de los ingenieros apareció de urgencia y la primera orden que dio fue seguir cavando, ignorar el muro, atravesarlo y echarlo abajo, pero fue imposible. La tuneladora incluso sufrió una avería. El asunto del muro se complicó. EL ingeniero junto a gente de su equipo estuvieron una mañana sacando fotos y describiendo la posición y posibles usos. Aquella mañana a la hora del desayuno todos salieron pero yo me quedé comiendo el bocadillo junto al muro. A veces me gustaba quedarme en esa parte del túnel solo. Los túneles en plena obra y cuando están vacíos tienen un silencio que jamás he percibido en otro lugar. El silencio de los túneles en obra es parecido al silencio absoluto, que seguramente no exista. Pero hay una sequedad total, un apaciguamiento, un colchón invisible que condensa el vacío y lo extiende y tiene algo de enigmático quedarse a solas en un túnel en obras. Comí mi bocadillo sin prisas, frente al muro metálico, iluminado por una tenue luz de lámparas. Me puse en pie, no hubo eco, nunca hay eco cuando el túnel se queda vacío, y me acerqué hasta el muro. Toqué el muro con la mano y descubrí que ese metal reflejaba. El metal estaba lleno de arena, de polvo, pero reflejaba y vi mi reflejo en el muro. Me vi solo en el túnel, me vi de frente luego busqué alguna señal en el muro. Pensé durante un rato que ese muro contestaría algo, sería una respuesta, algún tipo de señal. Busqué una puerta, busqué un jeroglífico, busqué mas imágenes, otros reflejos, pero sólo me vi a mi y lo que llevábamos de túnel tras de mi. Empecé a escuchar a mis compañeros a lo lejos, el bullicio de todos. Guardé mis cosas en la mochila y les esperé encendiendo un cigarro. Cuando llegaron el superior me dijo que no debía fumar en el túnel, que la próxima vez no había más avisos. Lo apagué apretando la colilla contra el muro. Fue así que descubrimos lo que era aquel muro. Eso es todo lo que tengo que decir.

lunes, noviembre 16, 2009

Don Limpio

Después de esto nada volvió a ser igual. Quizá mi exceso con la higiene y la limpieza me llevó mas allá de lo previsible, pero aquella mañana me desperté y me sentía mas sucio de lo habitual, excesivamente infectado. Me levanté con la desagradable sensación de estar muy sucio. De oler mal. Casi corrí hasta la ducha y mas que frotar me rebañé. La esponja se convirtió con mis esfuerzos en un arma dura. Froté con intensidad, tratando de impregnar mi piel con el aroma de ese gel. Fragancia de Bosques, anunciaba la etiqueta del bote. Frote tratando de ahuyentar ese fantasma mal oliente que había en mi. LA esponja recorría cada esquina de mi piel, cada curvatura, cada forma. Restregué una y otra vez sin percibir lo que ocurría. A cada friega mi piel, mi cuerpo, todo, iba desapareciendo. Froté sin percibirlo, concentrado como estaba en hacer desaparecer el mal olor en mi. Salí de la ducha sin notar el cambio. Todas las partes de mi cuerpo que habían sido frotadas por la esponja se habían hecho invisibles. Me asomé al espejo y no ví nada, salvo una dentadura flotando en la nada. Una dentadura voladora. Asumí la invisibilidad total, pero aquel aliento no lo soportaba. Ahora nadie me ve, cierto, pero huelo a flores.

domingo, noviembre 15, 2009

La carretera

Existen miles, millones de metáforas sobre las decisiones. En general la que mas me gusta o la que, a mi modo de ver, representa mejor ese laberinto indescifrable, es el de una carretera con sus salidas y desvíos, pero sospecho que en la decisión hay algo mas que la imagen de un camino que se bifurca. El ser humano posee la impresionante y fascinante capacidad de imaginar y en general las decisiones son tomadas, por racionales que nos pongamos ante ellas, bajo la capa de la imaginación, la prefiguración y la fantasía. Decidimos porque fantaseamos con las posibilidades, con lo que seguirá por cada uno de las caminos que se abren ante nosotros. Podemos formular lo que viene, ajustarnos a algo relativamente real, pero jamás sabemos y no nos será contestado si ese fue el camino acertado, porque el camino acertado, cuando lo recorremos, también esta repleto de fantasía y prefiguración. Las decisiones son una especie de división de ti mismo, un yo se va por un lado, vive por otro camino y otro yo, que coincide conmigo, sigue por el que vas. Todo es, a cada decisión, una división de la misma persona. Sigues y en otro mundo desdoblado sigues, por donde tomaste la otra decisión. Cada decisión es riesgo, sea cual sea la opción, pero el valor que tiene la libertad de hacerlo merece la pena asumir los riesgos. El ejercicio de decidir es el acto que nos caracteriza, es lo mas humano a lo que nos enfrentamos y es, además, lo mas literario de nuestras vidas pues las decisiones se mueven con fuerza por la ficción de ese futuro que se abre en cada una de esas puertas. Hay que decidir, asumir lo que se deja y lo que se arriesga, esa es nuestra libertad y hay que asumir el riesgo, siempre, de decidir ser libres.

jueves, noviembre 12, 2009

Victoria

Sonaban unas campanas a lo lejos. Ese sonido, mientras seguía caminando, me parecía estar marcando no ya sólo el punto exacto del mediodía sino el punto exacto del comienzo de algo inapreciable. Mis pasos no iban acompasados con el irregular campaneo, cada campana marcaba un tempo distinto a cada paso mío. El pueblo estaba aún lejos y el sonido de las campanas me llegaba no del todo nítido sino mezclado con millones de cosas aéreas e invisibles. Partículas y elementos inapreciables para los ojos que golpearían y disminuirían las ondas sonoras hasta mis oídos. Seguí caminando pensando que ese mediodía algo cambiaba porque marcaba el mediodía que, después de años caminando, llegaba hasta el pueblo de Victoria. Y mis pasos no eran mas que eso, una reconstrucción lenta de mi memoria, un empuje épico de kilómetros y kilómetros pensando en ese mediodía en el que finalmente alcanzaba el pueblo de Victoria. Esa cara que por tantos pasos en mis piernas, por tantos años a pie, se había ido borrando en mi memoria. Ahora las campanas marcaban el mediodía en el pueblo de Victoria y Victoria y yo, después de tantos años escuchábamos algo a la vez. Yo escuchaba esas campanas mientras me acercaba y ella, en las calles de ese pueblo que veía tan cercano ya, caminaba por alguna calle, quizá sentada en algún lugar de ese pueblo, también escuchaba. Dejaron de sonar las campanas y pensé o imaginé la cara borrosa de Victoria pensando: "Son las 12. Es mediodía". Pasé al lado del letrero con el nombre del pueblo, entré por las primeras calles, atravesé la primera plaza, vi a gente yendo de un lado a otro, a unas mujeres hablando en la puerta de una casa, un hombre que con ánimo lanzaba un cubo de agua sucia contra la acera. Vi ese agua sucia deslizándose por el suelo, alcanzando el asfalto irregular, colándose por el alcantarillado. Miraba las caras de cada mujer de ese pueblo pensando en la poética posibilidad de encontrarme por fin con Victoria de frente, reconocernos en medio de una calle de esas y besarnos, por fin besarnos. Sentí mis piernas agotadas. A mi cabeza vinieron, a la velocidad de la luz, imágenes de los miles de kilómetros que llevaba en las piernas para llegar hasta ese pueblo lejano donde encontraría por fin a Victoria. Otras campanadas anunciaban los cuartos. Quince minutos pasaban del mediodía. Giré al azar en una esquina. Vi a dos niños jugando con un balón, el balón botó en la acera y saltó mas alto de lo predecible. Uno de los niños salió corriendo y lo cogió en el aire. Por alguna razón uno de los niños me recordó a Victoria. Al lado de los niños vi a Victoria y sentí una punzada. El tiempo no había pasado por su cara, por su piel. No había vestigio del paso del tiempo en su cuerpo. Mi memoria comparó el rostro recordado con lo que tenía enfrente, las diferencias que ahora comparaba. Me acerqué. Los niños efectivamente estaban con Victoria.

.- Hola Victoria. Soy yo, soy Aarón.

Entonces Victoria me mira y con una sonrisa que yo no recordaba me dice:

.- ¡¡Aarón!!. ¿Es usted Aarón? ¡¡Al final vino!! Ella tenía razón. Al final apareció. Cuantos días, cuantos años, medio siglo estuvo mi madre esperando aquí. Sentada, mirando la esquina por donde ha aparecido usted ahora. No era ilusión. Es verdad. Por esa esquina, al final, apareció Aarón.

Entonces Victoria, que no era Victoria, se levanta y me da un abrazo. Y Victoria llama a los niños que juegan al balón:

.- Venid niños. Corred. Venid a darle un beso al abuelo. Este es el abuelo Aarón.



.-

lunes, noviembre 09, 2009

Gasman

Nadie lo creería dicho así, sin aportes científicos. Pero el alma no es mas que un gas con poco olor. Esto posiblemente tiré abajo muchas creencias, muchas formas de vida, muchas esperanzas y muchos egos, pero el alma, esa a la que cargamos con tantas penas, con tantas historias, no es mas que un gas. Lo sé por ella, por aquella tarde en su casa, por aquella cita que terminó en su sofá y por aquel beso. Lo habíamos pasado tan bien. Hacía frío en la calle y habíamos quedado a comer y luego tomamos café en aquella mesa pegada al cristal que daba a la calle. Y luego íbamos caminando y paseábamos cerca de su casa y el cielo estaba gris y llevábamos la bufanda apretada y los abrigos abrochados, pero yo me había dejado los guantes y nos estábamos llevando tan bien y había tanta química (La palabra, ahora lo se, no es gratuita. Gases que entran en contacto y reaccionan), que ella me dijo que si subíamos a su casa, que estaría calentita. Entramos puso un disco de algo que parecía bueno pero que terminó siendo aburrido. Uno de esos discos que sueltan dos canciones épicas a las primeras de cambio y luego ocho de poesía de medio pelo. Entonces ella silbó y yo noté algo raro, un olor a globo, a gasolinera y la noté mas flaca, Bien mirado los pómulos mas huesudos, menos elaborados, en las manos mas piel y menos cuerpo. Luego me besó y noté un silbido desde atrás, como los globos pinchados pero que no se deshinchan de golpe sino poco a poco y hacen ruido de trompeta y me dijo algo que no comprendí porque su voz se hizo grave como la de un robot del siglo 27 y, honestamente, se volvió tremendamente fea. Entonces noté poco mas, sólo que me decía entre sonidos de trompeta y un olor como a butano: "Me quedo sin alma. Se me va el alma, amor" y se deshinchó del todo y se quedó aplanada y ausente de gestos y emoción en el sofá donde nos estábamos besando. Y sentí un pinchazo en el alma, un dolor, un punzón, una aguja y noté, claro que lo noté, que perdía peso y que perdía la forma y dije su nombre en voz alta y mi voz fue grave y también me quedé planchado, a su lado y en el último vestigio de alma, en el último gramo de gas a punto de irse de mi, encontré fuerza y cogí su mano y me fui hinchando de nuevo, volví a mi forma, me volvió el alma. La besé así, planchada, pero no reaccionó, pero el esfuerzo me daba aire y me hinchaba el alma y la volví a besar con emoción, con euforia aunque no conseguía nada y tal era mi esfuerzo que la besé y la besé y ella nada, pero yo me hinchaba mas, cada vez mas y si, claro, salí volando de allí y por eso lanzo este papel hasta tu terraza. Mira hacia arriba:

¡¡Ayúdame a bajar!!

sábado, noviembre 07, 2009

Esteárico

Quizá sea el tacto, seguramente sea eso. Me gusta lanzar mis dedos y sentir esas formas de tu piel. También tiene mucho que ver el color variable de esa piel. No hay un tono único, hay una variación que deja ver el principio de varios colores. A veces naranja, por ahí rojizo, marrón, blanco e incluso un azul leve. Me gusta esa forma de fragilidad, si te toco tu piel se hunde, se forma un hueco donde algunas de las tonalidades forman casi una nueva, me gusta porque te hace infinita. Tu forma es siempre variable y es sensible a cada contacto con otro y de cada contacto siempre surge otra forma de ti nueva, que ya no es la anterior, Pero lo que mas me agrada, lo sabes, es lo que siente mi piel cuando toco tu piel, ese tacto único. Esa delicadeza infantil, y no niego que en esta relación todo se mueva bajo esas percepciones infantiles. Pero toco tus formas que coinciden con las que yo te he ido creando con estas caricias, recreo tu cuerpo y también hay algo muy adulto, créeme. Aquí formo tus piernas, aquí tu pecho, aquí, aquí sigo formándote con antojo, aquí giro los dedos con precisión y formo lo que aparece y está, pero es recorriéndote, mientras paso la punta de mis dedos por todas tus formas donde percibo ese tacto único. Es el juego de siempre y te miro y casi te podría oír hablar, casi te puedo ver moviéndote, casi te puedo ver animada, real. Sigo dándote formas. Que no siempre es fácil, porque este material es moldeable, pero complejo. Los colores se mezclan enloquecidos, mi querido muñeco. Es fácil moldearte pero no culminarte, precisar. Y aquí estoy con mis dedos en tu piel, entre la plastilina, creándote, haciéndote casi real y cuando termine te quedarás aquí o te subiré a la estantería donde vivirás en silencio junto a mis otros muñecos de plastilina, mi amor.

jueves, noviembre 05, 2009

Primera frase

El principio siempre tiene enormes complicaciones. La primera frase, inevitablemente, ya va a marcar el curso de lo que vendrá. El texto es como un rio, la metáfora es fácil y mala, pero es a lo que mas se asemeja. Nada sabe ese cúmulo de agua de donde, realmente, irá a terminar. Que geografía recorrerá a partir de ese primer punto de deshielo, pero sin embargo marca trascedentalmente el curso. Se puede jugar al engaño, al despiste. La primera frase puede no tener nada que ver, expulsar para simplemente ya a partir de ahí ir hacia otro sitio, pero siempre marca, siempre condiciona, siempre es lo primero leido. la primera frase es la invitación, la puerta. Se sabe que comienza una ruta, pero ese primer paso nos da la primera imagen de ese paisaje a recorrer. Seguramente no es la que mas se piensa, pero seguro no es la que menos. Se piensa y mucho. Hay frases después que son una tortura, que son imposibles, pero la primera tiene su miga porque también es la que abre el fuego. Te puedes sentar con una idea clara, un argumento, un recorrido, pero sea como sea la primera frase, de algún modo, ya modifica el plan. Altera lo pnesando porque la prímera frase tiene algo de imposible y es siempre inexacta. Nunca es la primera frase la que engloba el principio. Hay mucho mas por detrás, pero eso no lo sabe el que lo lee. Es el juego, los primeros dados lanzados. Hay mucho de poker, se esconden cartas, se falsea, se manipula. Luego viene el resto, de lo que ya se tiene cierto control. La primera fase no, suele tener mucho de libre, de autosuficiente. Nace y lanza la cadena. El punto de partida, la primera luz o el nacimiento de la oscuridad. El principio. Luego está el final, pero ese es mas juguetón y mas domable. El principio es rigido hacia a ti pero libre en su existencia, hace un poco lo que le da la gana. El final obedece, aunque no sea un buen final. Sino siempre te da la opción de poner: FIN

miércoles, noviembre 04, 2009

Este texto

19:22

Lo único que motiva este post son las ganas de escribir, pero tras eso hay vacío. Ganas de escribir, nada mas, ganas sin mas, una fuerza considerable pero sin contenido, o sin imagen aparente. Estas cosas suelen esconder reflejos. Aquí los busco. Arranco este texto sin saber hacia donde va. Es otoño y oigo una conversación lejana, al otro lado de las ventanas. Oigo el ronroneo de la nevera, la luz muy baja de la lámpara que ilumina esta pantalla, estas teclas y algo de la mesa donde se apoya todo esto. No se que coño, en todo esto, me motiva a sentarme aquí a escribir. Hay, creo, un placer difuso, muy abstracto en escribir. Se asemeja a meterte en un laberinto. Como agradable es el tiempo mientras se escribe. Se amolda todo a otra velocidad. Puedes quedarte, como ahora, un buen rato con los dedos quietos, esperando a teclear. Ese gesto, en esa posición, hay algo que me gusta. Se quedan los dedos en el aire, apuntando sin apuntar a unas teclas que tu cabeza aún no ha decidido cuales son, como si los dedos ya supieran cuales fueran a ser esas teclas que se van a pulsar pero tu cabeza lo desconociera. Eso, claro, cambiaría el orden que se sospecha. Son los dedos los que deciden el texto y la cabeza va por detrás, con la lengua fuera. Siguiendo a unos dedos que saben como terminará el texto, mientras la cabeza se detiene a cada frase buscando lo que en realidad los dedos ya saben. Ese gesto, como ahora otra vez, es curioso. Pasan unos segundos con los dedos al aire, colocados indefinidamente sobre ese bosque de teclas. El meñique apunta entre la ñ, la l y la p y la cabeza busca la continuidad, al frase que se cree o se decide que debe ir a continuación. Los dedos avanzan. Tac, tac, tac. Aparecen letras, se va formando este texto que la cabeza persigue. El juego es curioso, porque aparecen las letras y uno sospecha que ha sido la cabeza la que ha decidido esta frase, sin embargo, la palabra aparece cuando yo aún la voy pensando. No pienso: "Escribo esta frase" y la escribo, sino que según escribo "escribo esta frase" voy pensando "escribo esta frase". Claro esto tampoco es del todo cierto, pero como juego me parece gracioso. Quizá es eso el motivo de sentarse cuando ya ha anochecido aquí a escribir, ese sensación de juego. Bien visto escribir tiene algo de disfraz. Al menos en mi caso. Y escribir tiene muchas veces, la forma de una fiesta tranquila. Hay juegos y disfraces. Nadie existe del todo y se puede ser transparente. Se puede ser invisible, como ahora, que miro mis dedos que conocen este texto y miro mis manos y mis pies y no están. No hay, no estoy. Esto aparece mientras me hago invisible, entonces freno este texto y salgo a la calle, quizá a tu casa, quizá a tu ducha. Eso, era, claro. Eso quería hacer cuando comencé a escribir este texto

Banco

Últimos minutos de esta tarde. Tengo la sensación de agua pero estoy lejos del mar, a unos cuantos kilómetros del río, no va a llover por mas que el cielo lleve todo el día grisáceo. Estoy sentado otra vez en el mismo banco. Si a mi me preguntaran este banco es el centro del universo, pero sospecho que cada uno tiene su centro ¿Dónde instalamos nuestro centro espacial? Esto es relativo, el banco lleva siendo mi centro un tiempo, antes habían sido otros, quizá ni siquiera había tenido centros espaciales. Ahora es el banco por muchas cosas, porque veo pasar a la gente por el parque, los corredores, los que pasean a su perro, las parejas perdidas, los turistas irreales y el tiempo no parece hacia adentro, sino que parece de todos, o del parque, de esos árboles, de esos pájaros, del cesped pero no se mueve hacia adentro que es como se mueve el tiempo cuando no estoy en el parque, sino que sale, se desplaza entre las hojas, entre las pisadas de los atletas que pasan a mi lado. Estoy en el banco, sentado como todos estos días de los últimos meses. He visto pasar las últimas estaciones, la variación solar a la misma hora a lo largo de los meses. Estoy en el banco al que no pertenezco. A veces fantaseo con la posibilidad de imaginar quien mas se ha sentado cada día aquí, que conversaciones ha habido mientras yo aún no llegaba, sino que estaba fuera, fuera del parque y aquí una pareja de italianos se han hecho una foto y han hablado de las percepciones de pasear por esta ciudad a la que quizá no vuelvan juntos o quizá si, una pareja que sigue su destino o como quiera que se llame ese juego de casillas invisibles ¿Quién ha pasado por aquí hoy, ayer, todos estos meses? ¿Qué invisibles instantes se han vivido en el banco antes de volverme a sentar a esta hora como todas estas tardes? Ese juego también me gusta del banco, imaginar que soy uno mas en ese vaivén de visitantes fugaces que tiene el banco en su día a día. También me gusta sentarme aquí y ver el parque desde esta posición. Ver a los atletas pasar, a esa niña que juega y lanza la pelota mientras su padre recibe el pase y la devuelve y la pelota se desliza como un planeta por el césped verde y la niña mira al cielo y le dice al padre algo que no alcanzo a entender y el padre la coge de la mano y se van. Me gusta el banco por eso, porque como todo en la vida, como cada cosa, es un extracto, una visión, un instante y todo cambia y gira y sigue. Soy otro visitante momentáneo del banco. Cae del todo la noche y me voy

martes, noviembre 03, 2009

Crónica

18:45

Entran en South Kensington, con la idea de montarse en un tren de la Circular Line dirección Barbican, pero cuando alcanzan el hall de la estación un letrero, escrito a mano, anuncia que durante todo el fin de semana esa línea tiene suspendido en servicio por problemas técnicos. Barajan opciones, calculan posibilidades mientras hacen cola para comprar el ticket que les da acceso al uso del metro. Ella, que en el momento de adelantarse hasta la ventanilla ha sospechado un ritmo interno parecido a una forma de vida, pregunta en un ingles único al tipo que atiende la opción mejor para ir, bajo estas circustancias, hasta Barbican. El espera mientras ve pasar una tipa con las medias rotas y sangrando por la cara, lo que le hace percibir un vestigio de susto, disminuido inmediatamente al recordar que es la noche de halloween, y que el asunto, mas que una tragedia, es un disfraz. Ella se acerca y le comunica a el la opción, entre todas, mas acertada, según el hombre de la ventanilla. Entran al metro. El anden está lleno de muertos vivientes e inmigrantes ilegales. Unos van de fiesta, otros salen de trabajar, una voz feroz, anuncia que esa línea debido a que la otra está averiada, está sufriendo retrasos.

19:10

El tren con dirección King´s Cross aparece. El anden, por el retraso estña reventado de gente, el tren tiene los vagones con mas muertos vivientes y chcias que recuerdan a Carrie. A ella todo eso le recuerda a un video del fallecido Michael Jackson y como buenamente pueden se montan en el tren.

19:25

El mira el reloj en la muñeca de una señora muy rubia, muy blanca y muy gorda que mira, sin mucho interés hacia la nada. El reloj a el le recuerda que lo que era un trayecto sencillo y rápido se ha complicado y que si antes iban con tiempo de sobra, ahora la hora es exacta, no sobran minutos según sus cálculos. Mientras el tren se detiene en medio de un tunel. La cosa podría parecer una comedia, pero si se mira con cierto grado de paranoia, el chiste de los muertos vivientes de repente puede parecer menos gracioso y convertirse en una malísima película de serie B. El tren arranca

19:32

El tren alcanza King´s Cross. Los dos, a paso mas que acelerado comienazan a recorrer el pasillo para cubrir el trasbordo. Cuando llegan al nuevo anden donde deben coger la Metropolitan Line, resulta que también está averiada. La decisión es rápida. Si no cogen un taxi, no llegan al Barbican.

19: 42

Se montan en un taxi negro y solicitan el viaje. En ese momento ella mira hacia afuera, ve una tienda donde un señor compra, tras unas luces de neon verdes, un dulce. A ella el asunto le recuerda que las últimas diez libras las habían gastado en un antojo de dulces un par de horas antes en una tienda del centro que parecía un decorado de una película infantil de los años setenta. Mira rápidamente la cartera y dice en alto:"No nos queda dinero"

19:50

A mitad de trayecto entre King´s Cross y el Barbican Centre cuentan las monedas que tienen entre los dos y suman 8 pounds. Ella le cuenta la notica al conductor del taxi y le solicita que por favor detenga el taxi, que no tienen mas que ocho pounds, el taximetro en ese instante marca: 7,80. El hombre adelanta e inolvidablemente amable, mira hacia atras y pregunta:"Pero ¿Saben ustedes llegar desde aquí al Barbican? La respuesta es inmediata: "No"

19:52

El taxista detiene el taximetro y dice: "No se preocupen, les acercó un poco"

19:55

Casi corriendo atraviesan la calle hasta la puerta del Barbican Centre, a medida que corren muchas manos les van entregando papeles publicitarios para fiestas de la noche de halloween. Ella saca las entradas, en la prímera puerta una chica muy amable les indica hasta que puerta deben ir para entregar las entradas y entrar al recinto. Cruzan esa puerta y ella, que va cargada de papeles, según pasa por una papelera se deshace de todos los papeles publicitarios, sin saberlo también está lanzando a esa papelera de metal, cerrada con llave, las entradas. Siguen y diez metros mas adelante ella le mira a el y dice:"¡¡Acabo de tirar las entradas!!"

19:59

Una mujer de la limpieza, después de varios ruegos aparece con la llave que abre la papelera. Entre millones de papeles, ellos dos, la chica de la limpieza y la chica de la puerta encuentran las entradas, lo que, sin saberse aún, tampoco es cierto, porque según avazan ella mira y descubre que son entradas de un evento, cuyo diseño de entradas es idéntico, pero sucedió dos días antes.

20:01

El la mira, sale corriendo, detiene a la chica de la limpieza mas adelante y le muestra lo que no son sus entradas: "Por dios, abre otra vez la papelera". Abren. Salen periodicos, revistas, entradas, recibos, una piruleta, una foto, publicidad de Halloween, una hoja escrita a mano y al final, entre esa selva imposible aparecen las entradas. Sale corriendo y en el último suspiro entran.

Arranca de ese modo un concierto inolvidable de un grupo inolvidable en un lugar inolvidable. Así y de ese modo ella, el y seguramente Daniela, escuchan ese emotivo concierto de Grizzly Bear.


Por prímera vez para las dos

miércoles, octubre 28, 2009

Bibliografía

Publicó su primer y único libro a los 27 años. El libro era malo bajo un criterio de calidad indefinible y abstracto que existe en la literatura. La mala literatura es mala por mala, no hay otro motivo. Hay tipos que usan la palabra con habilidad, manejan el lenguaje con mucha técnica, como técnica es la estructura de sus historias, pero sin embargo lo contado ser malo. Aquel libro era malo porque seguramente hablaba desde el resentimiento. Se puede usar la literatura como metafórico ajuste de cuentas, pero no como venganza. Esa es una batalla sucia y se puede ser sucio con la literatura pero no deshonesto, para eso está la política y el periodismo. Aquel libro no era malo en el sentido técnico, pero no había nada. Podría parecer un tópico pero hay quien escribe para los demás y quien lo hace por salvación, por grito, por enfermedad. Bien pensado escribir, la necesidad de escribir, es una enfermedad. Una enfermedad que te lleva a estar sentado durante horas frente a un texto, a símbolos. Darle forma al dolor o la que sea que se esconde y no se comprende en forma de letras. Eso es retorcido, es complejo, tedioso. Aquel libro sin embargo no estaba escrito desde esa necesidad imperiosa, estaba escrito para la rueda de prensa, para la presentación, para el padre. Sospecho que mucha gente hace su actividad pensando en el padre. Ser escritor es de alguna manera un brillo, o así lo vende esta sociedad. Aquel tipo, era evidente, tenía un conflicto paterno. Su ego extraño, su necesidad de mostrar una vida que objetivamente no tenía nada de atractivo, su necesidad de ser público escondían a un tipo que en el fondo buscaba conquistar al padre, el que seguramente no le prestó demasiada atención. Aunque, cierto es, que se puede escribir por ego, porque el ego no deja de ser dolor jamás debería ser esa la materia principal de esos símbolos indestructibles que son las letras escritas. El libro era malo, como malos fueron sus siguientes intentos de literatura. Los argumentos seguían siendo ajustes de cuentas en forma de venganza: Venganza con la hermana, con el hermano, con la ex-novia, con su padre, con viejos amigos, con el que se burló de él en el colegio. Está bien poner a caldo a los demás si se siente esa necesidad, pero ante todo hay que ser elegantes. La literatura es algo serio, no es un borracho al que contarle los problemas, tampoco la portera con la que cotillear de los vecinos. Se puede escribir, hay que escribir, un texto, un diario, un blog, hojas sueltas, letras de canciones, mails, pero no convertirlo en tu espectáculo. La aspiración no debe ser la presentación de tu libro. Ahí el texto ya no te importa. Al que escribe el texto sólo le importa en presente, aunque esté quince años escribiendo un texto. La literatura es presente, aquí, ahora. Lo demás, lo escrito, ya no es tuyo, no te pertenece. En lo que va escrito el que escribe ya está muerto. Y el busco la gloria en eso, en esos pedazos de él que ya estaban muertos y así, y de esa manera, fue que se encontró con el horror.

martes, octubre 27, 2009

Vox

Es la hora. Pasen, vayan pasando lentamente. Comienza este baile. He preparado todo delicadamente. La media luz precisa, las cortinas echadas, las persianas bajadas. He servido algunas copas por si quieren beber. Pasen pero no se sienten, pensaba en bailar así que lo conveniente será hacerlo, yo estoy dispuesto. Sonará el vinilo con esa antigua canción, la aguja atravesará los surcos y conociendo como conozco ese viejo vinilo se detendrá insaciablemente después del estribillo. Ese disco lleva años pinchado en ese mismo punto. Recuerdo aquellos años cuando de niño recorría esta casa ya de noche y desde esta sala donde no nos dejaban entrar salía como una brisa suave esa canción recorriendo el pasillo donde me escondía para escucharla. Me aprendí de memoria ese salto constante. Terminaba el estribillo y comenzaba el salto, la repetición enloquecida de esa sílaba, entonces algunos segundos después mi abuelo debía levantarse y levantar la aguja los milímetros precisos para dejarla caer algo mas adelante y proseguir con esa escucha accidentada. Sin embargo, para mi esa canción es inconcebible sin ese salto, sin esa detención repentina, pero... por favor, no se queden ahí pasen. No se cohiban. Nos conocemos desde hace tanto tiempo que aún sin conocer sus caras no me resultan ustedes desconocidos. Así que pasen, expándanse por el salón, dilúyanse entre la luz baja, entre las lámparas, entre las cortinas y déjense llevar ¿Les apetece bailar? ¿No quieren beber nada? No llevan hoy sus máscaras, han venido sin disfraces. Hoy no será una baile al uso, sospecho. Resulta sorprendente, siempre resulta sorprendente esta ceremonia, en el fondo, créanme, hay algo agradable, hay algo que se disfruta, un oscuro goce. Perdonen, no me entretengo mas. Que suene la música. Siguen aquí los vinilos, siguen aquí. Me veo repitiendo los gestos de entonces, los que escondido veía hacer a mi abuelo. Ahora la aguja comenzará el viaje y... ¡vengan! ¡bailemos!. Suelten sus voces, sus susurros que tantas veces he escuchado a solas. Entren y bailen ¿Quieren beber? Pasen, giren conmigo por este salón. Bailemos, suena esa música antigua, esa voz triste ¿Escuchan la letra, mis viejos fantasmas? Es tan desgarrada, viene de tan lejos. Pasen mis voces invisibles, pasen, vengan conmigo, comiencen otra vez a hablar, a acosarme de cerca, pero hoy, hoy díganmelo cantando, mientras bailamos ¿Están todas? Si, no parece que falte ninguna hoy. Aquí están en este viejo salón. Hablen, hablen, mis adorables fantasmas susúrrenme al oído, que ya falta poco para que termine el estribillo y se quede el disco enganchado en ese surco. Háblenme, háblenme susurrado como tantas veces, pero bailen, bailen que ya va a terminar el estribillo y ahí, hoy, hay sorpresa, les tengo preparado un regalito. Sigan con sus susurros y bailen, que ya está aquí, ya está aquí, quí, qui, quí, qui

lunes, octubre 26, 2009

Un limón, medio limón, dos limón.

Ayer estuve bebiendo conmigo mismo hasta bien entrada la madrugada. La situación es complicada porque hablar contigo mismo cuando estás ebrio es asunto enredado. Yo le decía a mi que estaba cansado del estado de las cosas con Carla, que se había perdido la motivación, que ya todo se arrastraba por una inercia que a cada segundo perdía fuelle. Una corriente que algún dia fue marea alta y ahora apenas empujaba olas minúsculas a la orilla. Y yo, o él, porque desde mi punto de vista yo era yo y yo, que era él, era él, me habló de Carla, claro, pero también andaba cabizbajo, existencialista, borracho común que declara que el mundo fue y será una porquería. Yo le hablé del mundo si, de sus miserias, pero sobre todo de Carla porque si había aceptado beber conmigo mismo era porque en el alcohol las penas de amor son menos. Cosa, que sospecho hoy, no es del todo cierta. Me parece que bebía conmigo porque lo de Carla ni yo mismo lo entiendo y si se lo contaba a yo, que era él, las cosas a lo mejor cobraban otra perspectiva, se veían diferentes pero como yo andaba existencialista apenas me escuchaba con lo de Carla y el sorbía Ron y hablaba del tiempo, de lo miserable y cruel que es la existencia en un mundo como este. Y yo callaba y le miraba tratando de entenderle, pero borracho es borracho y a mi me parecía que yo se enredaba y que la lengua le iba a trompicones con las palabras y que las palabras le podían y que además su conversación beoda había dejado de ser coherente y se arrastraba por ese lado incomprensible y laberíntico que es el jardín del ron. Le miraba, le miraba a mi y yo me miraba mirándole y en un silencio largo en el que ambos nos mirábamos pensando que el otro debería cambiar algunas cosas si se quería alcanzar determinada felicidad, yo me dijo que olvidara lo de Carla y entonces soltó un monologo largo y duro contra Carla, los defectos de Carla, los problemas de vivir cerca de Carla, lo que el sentía hacía Carla, que era tan parecido a lo que yo sentía por Carla, que le veía hablar y comprendí que yo además de estar jodido por el mundo y sus miserias tampoco llevaba nada bien lo de Carla y sentí, además de identificación con yo, cierta forma de tristeza. Le miraba, tan borracho, arrastrando las palabras como piedras pesadas, como cargas terribles y sentí que lo que hacía por Carla, lo que el tenía con Carla no tenía sentido y se lo dije. Mira yo, te veo hablando de Carla, del estado del mundo, tan borracho y creo que deberías ubicarte en otro espacio. Estás viviendo en una colocación que no te corresponde, de ahí tu incomodidad. Luego cerraron el bar y nos echaron. Nos fuimos hasta casa, los dos tratamos de abrir la puerta lo que realmente fue difícil porque yo tiene su casa medio centímetro sobre la mía y la ranura de su puerta está desplazada ese medio centímetro de la mía y ni el ni yo atinábamos a encontrar nuestras respectivas ranuras. Y nos fuimos a la cama y su cama, que está a medio centímetro de la mía hacia que su cuerpo estuviera casi sobre el mío y yo trataba de moverle, de desplazarle de encima de mi, pero yo seguía ahí instalado hasta que nos fuimos durmiendo y fuimos soñando y fuimos siendo el uno en el otro y yo o yo nos hicimos yo. Hoy me he despertado siendo yo del todo, me he jurado no volver a beber y sacando en claro que lo de Carla, eso si, para yo, que es él, no tiene ningún sentido. Aunque luego me ha llamado y hemos quedado a comer.

sábado, octubre 24, 2009

La tintorería

Empecé a venir a esta tintorería porque se me destrozo la lavadora una noche mientras veía una película muy mala de ciencia ficción. Lo recuerdo porque el sonido de frenada que generó aquel destrozo me pareció una invasión repentina de un comando de alienígenas borrachos llegando a tierra por equivocación. Me levanté a toda velocidad de la butaca y vi que aquel brutal sonido, efectivamente no era provocado por una aterrizaje forzoso de una nave que venía de un planeta inexistente, sino que la lavadora había aterrizado su existencia de manera violenta. La lavadora, y podría maquillarlo pero prefiero ser directo, se había suicidado y en aquel violento acto, había acabado con mi ropa. Así que descubrí esta tintorería porque me pillaba cerca de casa y porque no tenía mejor sitio donde lavar mi ropa. Me gusto por muchos motivos, entre ellos el económico pero también el artístico, y aquí seré preciso: Me gustó aquella vez y me sigue gustando, el movimiento que ejecuta la lavadora que siempre escojo, la número 5, mientras completa el proceso total de lavado de la ropa. Me gustan esos giros que recuerdan al cosmos, claro, pero también al masaje, al roce, a la caricia, al coito. Puede parecer una perversión pero veo algo erótico en ese vaivén que se trae la lavadora con mi ropa. También veo algo de baile, una pareja que se entrega a un baile hermoso, como esas parejas que bailan a solas, a media luz, una noche de viernes cuando han vuelto a casa y han dejado la semana atrás, el trabajo, el tedio del día a día y se entregan el uno a los brazos del otro y se mueven por el salón con desparpajo pero con ritmo, con libertad pero con precisión. Eso veo siempre, también ahora. Gira, gira a toda velocidad, se detiene, sale un chorro de agua con jabón, arranca de nuevo la ropa, salta enloquecida, motivada por ese ritmo que impone con sabiduría la lavadora. Distingo esos calcetines verdes que desaparecen de repente tras la aparición imponente de la camiseta de Andrew Bird. Salta en medio, casi manteniendo la posición la camiseta como medianamente puede, y entonces es cuando esa masa imponente que son las sabanas de repente copan la escena, el círculo en el que todo sucede de repente se vuelve ese blanco apagado, venido a menos por tantos lavados que llevan sus hilos. Esas sabanas que estaban tan sucias y que aún olían a Ana. Ahí las veo ahora, brincando, girando enloquecidas. Fantaseo con esas partículas invisibles que son el perfume de Ana diluyéndose en la lavadora, entre el agua y el jabón, desapareciendo en ese fenómeno bestial que es el centrifugado. Ahí se va el olor de Ana, esa presencia inevitable que aún quedaba cada vez que me metía en la cama. Eso pienso, ese es el arte que veo en la número 5. Su movimiento de Vals. Tres por Cuatro y giro. Un, dos, tres. Un, dos, tres y giro, he visto caer momentáneamente la camiseta que me regaló Paula. Bien visto la lavadora es un diario, una radiografía de tu vida. Ese baile de telas y algodón define tu existencia. Un, dos, tres la chaqueta del invierno pasado. Un, dos tres, gira y veo los calcetines que llevaba anoche en la cena con mi padre y su novia. Y de repente, como un fogonazo, como una explosión, incluso como el mismo orgasmo, aparece el chorro de agua con jabón y me imagino todos los restos de la ropa diluyéndose en un enfrentamiento químico precioso. El olor del restaurante donde cenamos anoche desapareciendo y confundiéndose con el olor de Ana que aún permanecía en las sábanas. Si, claro que si. Bien visto eso podría ser mi biografía, la esencia total de mi existencia. Por eso vengo aquí, porque es terapia y porque es erótico como se mueve y acaricia la lavadora a toda mi ropa. En un minuto se acaba el ciclo y no volveré hasta dentro de cinco o seis días, incluso una semana a que todo esto, todo lo que soy cobre sentido y parezca un baile, una pieza. Una lucha química del pasado, de lo sucedido, contra lo que vendrá que ya sucederá con la ropa limpia, esperando a adquirir las nuevas fragancias, la de Ana si vuelve, la de otras cenas, las de la oficina. Aquí gira mi vida, cambia de ciclo y paso los dias contando para volver y sentarme y ver la lavadora girando, moviéndome. Suena el timbre, acaba el ciclo y lo mejor, hoy lo mejor no será sacar la ropa, hoy lo mejor será abrir la pequeña compuerta y meterme yo dentro y girar, girar. Un, dos, tres y revolverme con los calcetines verdes, con la chaqueta del invierno anterior, con las sábanas donde tantas veces durmió Ana.

viernes, octubre 23, 2009

Ofelia

Ofelia era un desenfreno. Ofelia era frenesí. La primera vez que oí hablar de Ofelia fue por la famosa anécdota que tanto tiempo anduvo a nivel del susurro por los pasillos del edificio donde vivíamos en aquella época. Ella se acababa de mudar al primer piso y alguien contó que la muchacha se había asomado por la ventana y a gritos pedía sexo con urgencia. Nunca pude certificar si aquello fue real, lo que si pude comprobar mas de una vez era que Ofelia iba a dos mil o tres mil por hora. Un día Ofelia, sin conocerla, nos invitó a entrar en su casa a un vecino y a mi. Nos dio de beber, nos dio mucho de beber. A menudo estaba sola en aquella casa acompañada por dos personajes que potenciaban la sensación de estar entrando en una escena de una película de serie z, una era una mujer mayor que parecía mas que una mujer de servicio, alguien que se ocupaba de la complicada Ofelia. EL otro era un hombre muy mayor también que hacía las funciones de Chofer. Bebíamos descarnadamente mientras aquella peculiar pareja veía una película a dos o tres metros de nosotros. La actitud del chofer y de la cuidadora de Ofelia era llamativa porque a pesar de que Ofelia hablaba a gritos y nos ponía bebida a ritmo esquizofrénico, ellos se mantenían atentos a la pantalla, jamás giraban, aunque era evidente que ellos prestaban toda su atención a lo que sucedía entre nosotros tres. Yo estaba muy borracho y callado, mi vecino, sin embargo, trataba de seducir a Ofelia influenciado por la fama que tenía de ser adicta al sexo y por ser un tipo desagradable y sórdido. Si yo me mantiene callado era porque sus métodos me resultaban vomitivos y primitivos, y porque todo aquello me parecía extraño. Ofelia sin embargo iba a otro ritmo, Ofelia no tenía límites, pero Ofelia era lista. miraba al vecino con indiferencia y le driblaba con precisión sin que mi vecino se diera cuenta de que en aquel partido de futbol iba perdiendo por 9 a 0. Entonces Ofelia, que era caprichosa y tenía aquel micro reino surrealista creado por la madre ausente, decidió elegir al callado, se encaprichó con el vecino tímido con el que bebía y no hablaba y se lanzó encima de mi. Se sentó en mis piernas y comenzó con las primeras secuencias del rodaje de una mala película porno (En este caso sobra el adjetivo, esta por ver la primera buena película porno) en el que los espectadores eran mi vecino, el chofer y la cuidadora de Ofelia. El vecino miraba atónito, se puso en pie, abrió la puerta y se largó. La cuidadora y el chofer no miraban, mantenían la atención en una escena de acción donde Arnold Schwarzenegger se enfrentaba a un montón de gente. Mantuve el tipo un rato, aquello me parecía bien. Ofelia, y en eso todo el mundo estaba de acuerdo, era muy atractiva a pesar de su locura. Con cuidado le solicité un cambio de escenario y giré mis ojos hacia la pareja que seguía atenta a las aventuras y desventuras del gobernador, pero Ofelía no, a Ofelia no era, seguramente, yo lo que le atraía de la escena, sino que le atraía la escena en sí. Así que el desarrollo de lo que vino me mantuvo en un debate intenso durante bastantes minutos y Ofelia no colaboraba con mi pudor y sonorizaba con poca credibilidad todo lo que acontecía. No recuerdo como terminó aquello, estaba muy borracho y bastante desconcertado. Tuve mas encuentros con Ofelia. Siempre acompañados de mucho alcohol y de bastante irrealidad. Luego Ofelia se fue diluyendo, fue desapareciendo, la última vez que me crucé con ella me llevó a su casa y bebimos muchísimo, hicimos el amor en el suelo del pasillo, después llamó al chofer y le dijo que nos llevara de madrugada a un barrio, en el coche mientras el tipo atravesaba no hablábamos, entramos en uno de los barrios mas peligrosos de la ciudad, ella se bajo casi en marcha en medio de un callejón y tardó un rato en volver a aparecer. Traté de hablar con el chofer, pero el tipo apenas contestaba con monosílabos. Pasó mucho rato y Ofelia apareció de nuevo. Volvimos al edificio y yo me largué por otro lado. Al tiempo la vi en el ascensor, me miró como el que mira desde lo alto de una montaña una luz ínfima en la ventana de un edificio de la lejana ciudad. Estoy seguro que no me reconoció, no sabía quien era. Subimos varios pisos y cuando ibamos por el septimo yo caí en cuenta que Ofelia vivía en el prímero, la puerta se abrió en el decimo, que era mi piso y me despedí y me bajé. La puerta se cerró y no se si Ofelia seguiría bajando, subiendo o si tan sólo las puertas se cerraron y ella se quedó ahí.

jueves, octubre 22, 2009

Club silencio

Has vuelto. Aquí estás otra vez. No niego que te esperaba, que quizá llevo demasiado tiempo aquí sentado esperando ver que se abre esa puerta y que la cruzas. Has vuelto, aquí estás. No has cambiado o sólo has cambiado lo que el tiempo decide que cambie. Lo que el tiempo opera en nuestros gestos, la impresión lenta del dolor, del pasado, de las noches sin dormir, de las angustias. Si te miro desde aquí, iluminada por la tenue luz de la lámpara de pie, podría jugar a intuir cosas que desconozco de todos estos años. Sin embargo, y eso es lo sorprendente, apenas has cambiado. A eso juega el tiempo, a ir pacientemente y con muchísimo cuidado, variando las formas de las cosas, de nuestras caras, de nuestras manos, de la tierra, de las cordilleras, de las costas. Mantienes intacta, como lo diría... esa dulzura sensual. Odio usar las dos palabras. Dulzura, sensualidad, pero tenías entonces y mantienes ahora, esa inocencia animal. Uno sabe, o sospecha, que el sexo contigo sería el ejemplo exacto de eso que leí ayer: "Hacer el amor es un retorno, un impulso atávico que nos conduce a la caverna original, donde se bebe el agua que nos dio la vida". No me malinterpretes, ya estamos mayores para malinterpretarnos, no es que te vea ahora, tanto tiempo después y este llevándolo todo a un terreno sexual. Yo también se que eso es lo que menos va a suceder esta noche, que es lo menos interesante de toda esta reaparición. Nada mas emocionante que tenerte ahí, de repente, fantasmal. Ahora estás ahí, le llaman reencuentro, pero en nuestro caso es distinto. Estamos cercanos pero distantes.

Ahora llega la parte mas demoledora. Recordaré algo de aquellos años que seguramente tu tengas borrado, enterrado en las cajas de la memoria y tu hablarás de otras imágenes, de otros recuerdos que yo no tengo, que también están ocultos en mis cajas, en los almacenes subterráneos. Y nos sorprenderemos escuchando al otro contando eso que ni sospechábamos y nos conoceremos un poco mas, el uno al otro, pero también a nosotros mismos. Esa sorpresa de reconocerte a ti mismo en un pasado que para nuestra memoria no había existido. Y nos diremos, por dentro, mientras el otro narra "Caray, yo también soy ese. Lo que recuerdo pero también eso. lo que dejé de recordar". Somos eso, aquí estás otra vez. Has vuelto, sin volver, porque se que tu paso es fugaz, que pasas para dejar esa imagen, tu imagen bajo la luz de la lámpara. Si acaso esos recuerdos que el otro no recuerda. Solo eso. Ahora darás la vuelta, te veré cruzar la puerta de nuevo y extrañamente dejarás el olor que llevabas entonces, no ahora, porque desde aquí no alcanzo a olerte, pero lo huelo, viene otra vez aquel olor que no llevas ahora, sino que llevabas entonces. Girarás y desaparecerás en medio de esta noche y así, así hasta que nos veamos de nuevo aquí dentro de otros quince años, quizá mas. Quizá nunca, que es el tiempo definitivo. Quizá, y eso en el fondo es lo mas posible, nunca mas te vuelva a ver. Entonces guardo tu foto donde siempre ha estado. En ese álbum olvidado en el armario.

El principio

Me han servido de aperitivo un plato de yuca frita para mojar con una salsa de un sabor muy primario, un sabor vivo. Reconozco algunos ingredientes de la salsa, básicamente el aguacate, pero se me escapan las sumas, lo que forma ese sabor nuevo. Afuera cae una tormenta emocionante que va a hacer imposible seguir avanzando por esta carretera vieja y casi invisible, estoy bajo un toldo sujetado por unos oxidados hierros, sentado en una mesa con tres sillas mas, cada una desigual, pero todas de plástico. La mesa está coja y cada vez que cojo un trozo de yuca con la mano tiembla y se desplaza un poco el plato, también de plástico y de color chillón. No hay nadie mas en el restaurante y la impresión es que no ha habido nadie en los dos últimos siglos. Me atiende una chica muy tímida que habla con desgana con alguien que está tras la pared donde debe empezar la cocina. Hace muchos viajes innecesarios, a cada rato viene y sus viajes son muy poco productivos, pero esto tampoco parece importarle. En uno de sus viajes, le he preguntado por el estado de lo que me queda de camino hasta la costa de esa carretera. Me ha contestado sin demasiadas explicaciones, que la carretera es vieja y no ha agregado nada mas. Mi duda no ha quedado aclarada y la chica ha cogido la botella vacía de la cerveza y he aprovechado para pedirle otra. He escuchado el sonido de una sartén friendo, seguramente, mi comida. He sentido la punzada suave del hambre, del apetito abierto. La tormenta se ha ido frenando pero del techo seguían cayendo, como el recuerdo de esa tormenta, chorros de agua, olía con fuerza la tierra húmeda de alrededor y la frondosa vegetación que rodea el restaurante estaba, si cabe, aún mas verde. Me he entretenido escuchando el sonido de esos chorros de agua cayendo contra el suelo de tierra, la evocación de un río inexistente. En ese instante he sentido todo el viaje, lo que llevaba de viaje, lo que me quedaba. Como si en ese instante, en ese momento preciso, estuviera contenido el tarro con la esencia de ese viaje que llevaba días realizando. Ahí, justo ahí, mientras los chorros de agua del techo inseguro, el gato que pasaba mojado por la tierra, justo al lado de mi coche, mientras la chica venía con el plato en la mano hacia mi mesa y ese sorbo exacto de cerveza, estuviera comprendido toda la dimensión de ese viaje.

Lo demás, lo que vino después, ya te lo he contado mil veces, pero quizá la vida, a veces, si marca puntos de partida. El inicio de algo, de un recuerdo. Todo lo que vino después, para mi memoria, para mi recuerdo empieza justo ahí, en ese instante que recuerdo viví con peculiar atención, entrando, sin saberlo, en el principio del camino de ese recuerdo, de todo lo que sucedió. Ahí, justo ahí, empezó todo.

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