No nos dimos cuenta hasta que pasó algún tiempo. Era, sólo dejando pasar tiempo, la única manera de entender el conflicto, el problema irresoluble en el que habitaba mi hermano Ariel. Sólo una observación temporal de su comportamiento nos daría las claves para comprender que sucedía, y lo que sucedía era complejo e increíble.
Ariel era, aún es, un tipo atractivo, interesante, carismático. Capaz de arrastrar trás el a un ejercito de gente que se comprometiera a su causa, fuera esta cual fuera. Ariel podía llevar de excursión a medio colegio, organizar una fiesta repentina al lado de un rio a ochenta kilómetros de la ciudad. Todo lo que envolvía a Ariel llevaba algo de divertido, espontáneo y especial y su último año de bachiller todo sucedió a ritmo de fiestas, grandes celebraciones y momentos mágicos. Corría el año 93 y Ariel se sentía especial, único, casi impresionante. El año 93 fue el año para el que su vida encontraba sentido y según avanzaba el lo sabía. Sabía que llegaría Junio y todo se acabaría, aquella masa de seguidores cogería un nuevo rumbo, universidades distantes, ciudades lejanas, ruptura inevitable de un grupo gigante al que el dirigía como un mesias de la diversión irrepetible. Lo sabía y mientras avanzaba el año y su creatividad se centraba en organizar eventos disparatados que liberaban cualquier represión adolescente, en los ratos libres sentía la angustía de ese inevitable final, la cercanía de junio como un mes en el que su vida cambiaría de sentido y Ariel sospechaba que ese cambio, inevitablemente, era el principio de una vida a la que no quería acudir. Y así fue. Eso es lo que sucede con mi hermano Ariel. Descubrirlo fue tarea compleja, extraña y desconcertante, pero Ariel a través de un esfuerzo inexplicable, inalcanzable y sin solución, rompiendo la linea constante e infrenable del tiempo, se quedó haciendo bucle, repitiendo temporalmente su vida en el año 93. Mientras los seres humanos avanzábamos quisiéramos o no, año traas año, y ya habíamos alcanzado el año 2009, Ariel se quedó instalado, atemorizado y desprotegido, abandonado y sin comprender, en el año 93. Allí estaba. La primera muestra fue ver que yo, que era mas pequeño que Ariel, sufría cambios en los que sorpresivamente Ariel ya no estaba, lentamente me fui convirtiendo en un tipo mayor que Ariel. El hermano pequeño pero mayor de Ariel. Me gradué de Bachiller y Ariel aún seguía levantandose cada mañana a repetir las mismas clases, los mismos ritos. Llegué a la universidad, me hice ingeniero Astrofísico y Ariel seguía anclado en el ciclo en 93 del que , por repetitivo, sus íntimos y familiares íbamos conociendo la rutina. Empezaron a surgir frases insólitas en un núcleo familiar:
.- Hoy es dos de febrero. Ariel va a ir a una fiesta en la esplanada- Recordaba yo
.- Ahhh si- contestaba mi padre. Llegará borracho pero habrá conocido a Julia con la que estará nueve días
A lo que mi madre aportaba:
.- Por lo tanto mañana llegará tarde a clase y tendrá esa discusión con el profesor de historia.
.- Eso es- seguía yo- lo que motivará el viaje a la playa.
Los años pasaban e íbamos conociendo la secuencia repetida en los días de la vida de Ariel y Ariel seguía allí, instalado en el año 93. Yo me fui un tiempo fuera. Escribía cartas que Ariel no leía, cartas que Ariel no podía alcanzar a entender, cartas que al apoyar en la mesilla de Ariel se difuminaban en extraño efecto. Ariel estaba en el 93 y todo lo que ha sucedido después no rozaba ni la piel ni ninguno de sus sentidos. Eso producía extraños e hipnóticos efectos visuales. Cuando mi madre me contó lo de las cartas supe como había sido, como era esa desaparición de las cosas materiales que sucedían a años de distancia de su presente, de su vida. Un efecto visual donde algo parecido a una luz eléctrica intermitente desintegraba cualquier elemento físico. Era una frontera despiadada donde el documento a presentar era haber sucedido previamente al año 93.
Me casé. Formé una familia que Ariel no conoció. Todo eso sucedía entre fiestas y borracheras y diversiones de mi hermano mayor. Una navidad, la de 2007 para todos, menos para él, claro. Mi hijo pequeño, que ya tenía dos años se acercó a su tío Ariel (al que le teníamos prohibido acercarse por miedo a la desintegración temporal) cogió la mano de su tio y le miró inocente. Ariel entonces comprendió algo. El tiempo se había alterado y nos miró desde aquella lejanía insalvable de años. No superó el año 93, no, pero supo que fuera de él las cosas estaban sucediendo ya a años de distancia. Desde entonces a Ariel le sucede lo que a nadie le puede suceder, siente nostalgia, una terrible nostalgia por las cosas del futuro, por las que aún no han sucedido para él y que van sucediendo para nosotros.


1 comentarios:
Puf...por favor. Discúlpeme. Este post me acaba de volar las tapas...mal.
Sencillamente brutal.
CL
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