sábado, enero 29, 2011

Mejillón

La tristeza, en algunos casos, es un estado laxo, permanente, inmóvil. La tristeza puede parecerse a un mejillón. En la tristeza hay pocos sonidos, pero si un ruido casi inaudible permanente, una masa sonora que reverbera por detrás, escurriéndose en ese enigma que es la acústica. En la tristeza hay quien fuma o quien mantiene una actitud impasible y ni siquiera levanta la vista de un punto invisible en la pared. En su caso dejó de fumar previamente a toda esa marea, así que no había humos, pero si estaba la pared de enfrente, la miraba tanto, tantas horas esperando algún acontecimiento menor: El paso de un reflejo, la variación de luz diaria, la posibilidad de una hormiga ascendiendo pared arriba, el mismo paso del tiempo. Hay un momento, al que es difícil llegar, pero en el que se pierde toda la esperanza. El que llega ahí se queda detenido, como un coche parado en medio de una carretera gigante sin gasolina, una carretera por la que ya no pasa nadie y se hace de noche. Es tremendo, pero sucede, y a él le pasó, se detuvo todo y lo apostó todo a la pared. Entonces la miraba una y otra vez, no había suceso, sólo pasaban las horas y se iba haciendo de noche. Generalmente se acostaba sin sueño y tardaba en dormirse, si se dormía soñaba con una carretera estrecha que daba a un hotel, en el sueño él conducía y llegaba a ese hotel vacío y preguntaba por habitaciones libres, le acompañaban por unos pasillos y se quedaba alucinado escuchando una música que sonaba a través del hilo musical, cuando preguntaba que música era esa, siempre despertaba y empezaba el no ciclo. Se sentaba en el sofá a mirar la pared y poco a poco la piel se le llenaba de mejillones.

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