miércoles, enero 19, 2011

La montaña

Llegué a su apartamento absolutamente desgastado. Llevaba tres semanas de viaje y apenas había parado. Me ofreció un sofá cama muy cómodo, ducha y comida ligera, que era lo que más me apetecía después de haber comido tantos días en puestos callejeros de comida rápida. Me dijo que debía largarse todo el día a resolver asuntos laborales, pero que me quedara descansando y que por la noche quizá podríamos ir a cenar y tomar algo. Me tumbé en el sofá y encendí la televisión. Me quedé adormecido con una película pésima en la que una pareja va de luna de miel a Hawai y hacen una ruta caminando entre la selva en busca de un lugar increíble con la amenaza de que recientemente ha habido un asesinato y creen, paranóicamente, que la gente que se encuentran en esa ruta pueden ser sospechosos y ellos convertirse en nuevas víctimas, increíblemente al final es la pareja la que ha cometido los asesinatos. Al terminar la película me siento estafado y cansado pero no me duermo, cambio de canal y de repente en todos está la misma imagen: el presidente del país hablando sin pausa sobre cualquier asunto que pasa por su cabeza, parece un delirio, pero no lo es. De repente reflexiono sobre el futuro, sobre las proyecciones temporales. Nadie prefiguró de este modo el año 2010 y sin embargo tiene todos los elementos de una película de ciencia ficción serie z. Presidentes que van en ropa deportiva, un mundo interconectado de un modo casi caótico a través de páginas que recuerdan a los vecindarios, estado general de paranoia social como una forma normal de vida. Decididamente estoy agotado y me asomo a la terraza. Veo la gran montaña que emerge como un animal tremendo acabando con cualquier posibilidad de extensión de la ciudad, arriba hay niebla. Me quedo escuchando el ruido del tráfico y percibiendo esa forma de humedad única en esa zona del mundo. De repente, y a pesar del cansancio, salgo. Camino por las aceras envejecidas. Si algo me gusta de esa ciudad es esa mezcla de caos urbano y frondosidad casi selvática conviviendo. Cruzo un semáforo y veo un tipo en moto que se resbala y cae al suelo. Se forma un pequeño caos, una chica se acerca para ayudarle, comienza una serenata terrible de cornetas. El tipo de la moto se levanta desubicado, perdido. La chica le sostiene y le acerca hasta la primera acera, el se preocupa por su moto. Me acerco y la levanto y la desplazo a su lado, el tipo me da las gracias y sonríe. Su sonrisa es lejana, triste, cruelmente insignificante. La chica le dice que si quiere le acerca a alguna clínica, el tipo dice que no, que eso es caro, que ya se pondrá bien. Se pone en píe, arranca la moto y se larga. La chica me mira y hace un gesto de resignación. Vuelvo a caminar. Entro en una cafetería, pido un zumo de guayaba, lo tomo en una mesa al aire libre. Es justo en ese momento, justo ahí, que la montaña empieza a abrirse. El ruido es atroz, terrible. Alguien me mira y me dice que la imagen es aterradora. Una chica mira callada, le caen lágrimas pero está inmóvil. La imagen es terrible, pero el ruido, si cabe, me afecta aún más. Como si fuera interno, como si ese ruido estuviera sucediendo en mi propio tímpano. A mi lado dos tipos reflexionan nerviosos.

.- ¿Qué va a pasar? ¿Se caerá la montaña?

.- Se caerá. No se que será de esta ciudad sin la montaña. Siempre estuvo ahí.

.- Seguramente tampoco habrá ciudad.

.- Posiblemente tampoco mundo.

Y de repente todo se detiene. Todo. También las motos

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