viernes, enero 21, 2011

Lejana

A los dieciséis años dejó de estudiar y se largó con un tipo de treinta a vivir a Cangas de Onís. En Cangas de de Onís, la vida fue aburrida, el tipo salía pronto por la mañana y volvía de noche. Ella se aburría y la vida le parecía enredada en el sentido de poco evidente, de matorral donde se embarullan las cosas y no se avanza con claridad. Por las mañanas veía la televisión y por las tardes dormía largas siestas. Cuando el tipo aparecía, generalmente borracho, hacían el amor con desgana, el se quedaba dormido y ella veía programas monótonos en los que se hablaba de la vida de otros. Se acostaba tarde. Una mañana despertó cogió un autobús a Madrid sin avisar y cambió de forma de vida. En Madrid empezó a trabajar en una cafetería de atocha. Entraba a las seis y media de la mañana, su trabajo consistía en estar en la cafetera poniendo cafés sin parar. Al principio llevaba la cuenta de cuantos cafés ponía al cabo del día, luego fue dejando de contar. A eso de las once y media de la mañana la afluencia de gente descendía considerablemente y siempre se quedaba quieta en la barra viendo pasar por los pasillos gente de un lado a otro. Salía a las dos de la tarde, caminaba hasta la pensión donde vivía y por las tardes paseaba por el centro viendo escaparates y entrando al Corte inglés para no pasar frío. Meses después conoció a un chico que quería ser fotógrafo, luego, pasados los años no recordaría como le conoció. El chico era pretencioso en su forma de arte. Ansiaba una poesía que le estaba negada, pero vio en ella a una musa. A ella le gustaba como él hablaba de su rostro, a él le gustaba mucho acostarse con ella. Pasaban las tardes en la habitación del hostal donde ella vivía. Él le hacía fotos que jamás revelaba, fumaban en el balcón y hablaban de Londres o París como quien habla de fe o devoción, también con entusiasmo y una forma peculiar de fantasía, como cuando los hippies leían encendidos el señor de los anillos. Pasó el frío, llegó el verano, que siempre impulsa y engaña. Con poco dinero y trece días de vacaciones que ella tenía, se fueron de viaje. Subieron a Cantabria, de Cantabria se fueron a Donosti. En Donosti se sintieron inmensos y cruzaron a Francia. En Francia se aterrorizaron con los precios y empezaron a dormir en playas. En San Juan de Luz tuvieron una discusión terrible en la que ella le confesó que sus fotos le parecían básicamente malas e incluso inexistentes y que ella no era una inspiración. Él no aceptó aquello, en el paseo marítimo se separaron. Durante media hora ella se quedó viendo la playa. Miraba a las parejas tomando el sol, a una familia que jugaba al Voley, a un grupo de amigos que reían con las gafas de sol puestas y a una chica que caminaba mirando el reflejo del sol en la orilla. Decidió que ella no volvía a Madrid. Al día siguiente buscó trabajo en restaurantes y en hoteles, pero no sabía francés. Dos días después llegó a Bilbao. Cinco días después estaba trabajando en un hostal de recepcionista, el mismo hostal donde empezó a vivir. Los días libres salía sola a pasear. Compró algunos libros con la intención de empezar a leer. No siguió un criterio. Compró libros por la belleza que le proporcionaba el título. La palabra del mudo le pareció que no sucedía nada. No llegó más allá del quinto cuento. El quijote le pareció de difícil lectura y se preguntó por su fama. Encontró una forma ambigua de placer, de dolor placentero, en un libro titulado "El túnel". Lo comprendía a pesar de su extrañeza. Se obsesionó con ese libro. Le pareció que ese libro era ella. Bilbao le parecía el escenario de una historia que ella narraba desde su cerebro hacia fuera. Lo leyó tres veces seguidas y llegó el otoño. Comprendió que no pintaba nada en Bilbao y cogió un autobús a Barcelona. En Barcelona estuvo cuatro días paseando al azar. Busco trabajo y encontró en una cafetería que hace esquina en la plaza Catalunya. tenía horario de mañana, salía a las tres y media. Al salir caminaba Rambla abajo y pasaba la tarde en la Barceloneta. Vivía en la carrer del Llull. Compró otros libros y una libreta donde escribía cosas. Escribía sobre imágenes que veía en la playa, también sobre los clientes de la cafetería. Jamás sobre ella. Se hizo amiga de una chica de Tarragona que trabajaba en la cocina. Salían a la vez y bajaban juntas hasta la playa. Fumaban sentadas en un banco viendo a los patinadores pasar. Un día ella le confesó a la cocinera que le gustaría patinar, pero que si llegase a patinar ella viajaría con los patines, la cocinera le dijo que viajar con patines era sumamente peligroso. Entonces se compró una bicleta. Usaba mucho la bicicleta y se dio cuenta que mucha gente la usaba. Así conoció a un francés que llevaba dos años viviendo en Barcelona. Se enamoró, le gustaba su bicicleta y paseaban juntos toda la tarde. Dos semanas después la cocinera le dijo que estaba obsesionándose con el francés y que llevaban dos semanas sin bajar juntas a la playa. Ella decidió quedar con el francés y con la cocinera y bajar los tres a la playa. Pasaron toda la tarde juntos hablando de futbol. Cuando anocheció ella les dijo que fueran al hostal a cenar algo en su habitación. En el hostal bebieron un Vodka que había traído el francés y se emoborracharon profundamente. A las dos de la mañana ella les propuso hacer el amor y el francés se puso en un estado insoportable de euforia. A nadie le produjo satisfacción la experiencia. El francés ansioso y beodo no se enteró de nada, la cocinera se dejó llevar por el egoísmo y ella pensó que de la experiencia ella era la que más había perdido. A las tres de la mañana el francés cogió la bicicleta y se fue a su casa, la cocinera y ella durmieron poco para despertar pronto. Al despertar la cocinera estaba ida, le pidió perdón por la noche rara y ella no entendió porque pedía perdón. Decidió entonces dejarlo con el francés. Esa tarde no bajó a la playa. Caminó por un barrio que le pareció muy tirste y que no conocía. A las siete de la tarde le sonó el teléfono, era su hermana. hacía años que no sabía de nadie de su familía. La hermana le contó una historia compleja sobre como había conseguido su teléfono. Dos semanas después se vieron la playa. Comieron un menú en un bar en el paseo de Joan de Bordó. Hablaron poco. La hermana le confesó que toda la familia estaba muy dolida con ella pero que estaban dispuestos a perdonarla. Ella no dijo nada, media hora después le dijo que ser hermanas no las hacía comunes, que ella sentía que nada le vinculaba a la familia, que la miraba y sentía que era de otro país, un país distinto que estaba en otra capa del suyo. Que no les odiaba, que no sentía nada malo hacia ellos, pero que tampoco bueno, que simplemente no sentía nada. La hermana la llamó desgraciada y ella le dijo que por favor no la insultara. A las siete y media se separaron, antes de irse le dijo que su padre estaba muerto y ella le dio un abrazo extraño, insulso, sin sabor. La hermana se fue caminando y ella la vio irse. Reconoció la forma de andar y recordó una época perdida. Giró y pensó que quizá era hora de dejar Barcelona y viajar al extranjero.

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