lunes, enero 03, 2011

Año nuevo

Miré a los lados y nada. No había nada. Había cosas fugaces. Los coches pasaban de un lado a otro. A lo lejos se intuía la ciudad, comenzaba la noche y se sentía el frío y la humedad. Podría haber optado por bajar hasta el mar. Ese día, a esa hora, la playa seguramente hubiera estado absolutamente vacía a lo largo de sus kilómetros de largo, y hubiera sido una buena opción, pero me quedé ahí. Al lado de la autopista, en el punto exacto donde empiezan las cuestas que suben a la montaña. Los coches iban encendiendo luces y a mi me parecía, a veces, estar en el epicentro de una especie de universo extraño. Todo se mezclaba en mi percepción, las luces blancas viniendo, las luces rojas perdiéndose. Velocidad. Creo que sentí una gota en la frente y seguí quieto. Pensé en un paraguas. Si venía lluvia lo mejor era un paraguas. Uno grande, bonito, negro. Finalmente no llovió y seguí ahí sentado. Pensé en esas caras que no se distinguían de los coches que pasaban hacia la ciudad o en el otro sentido. Vidas dispersas. Y a las doce, inevitablemente, todos entrarían en el año nuevo, todas esas caras irreconocibles. A las doce el tiempo marcaría el paso de año. Yo había tomado la decisión de esperar el año ahí. No había ningún motivo, ninguna superstición. Era el lugar donde esperaría porque no quería ir a otro: Kilómetro 11 de la autopista. No había razón, ninguna trascendencia. Había pereza de trasladarme. Hubiera estado bien tener un coche y coger autopista adelante, pero no había coche. La opción era un autobús. Caminar hasta alguna parada lejana, esperar impaciente la aparición del bus preciso y comprar un pasaje con dinero que no tenía. Ese plan no iba a ser posible. Así que kilómetro 11 de la autopista y detener ahí el tiempo. Dejar abandonado ahí el año viejo. Me hubiera gustado tener fe. Tener fe en algo. Pensar que si me quedaba ahí, estático dejando ver el año pasar como un coche más, las cosas cobrarían otra forma. Creer que realmente que cuando se pasa de año se pasa de año, que es cierto, que algo cambia de verdad, pero no había fe, sabía de sobra que el año nuevo entraría y no sucedería nada. Podría bajar hasta la playa, en apenas unos minutos me podría sentar en la arena y contemplar el amable espectáculo de olas, del mar, del vacío honesto y hermoso de la playa sin gente. Luego anocheció, fue cayendo la oscuridad, también fue decayendo el paso de coches, seguramente todos cada vez más ubicados en sus casas, en sus fiestas de año nuevo. Cada vez menos transito, cada vez más vacío, también, en la autopista. No miré horas, no sabía de tiempo. Me negaba a recibir el año nuevo por pura obstinación, por entretenimiento. Ya de noche me dio por pensar que era extraño ese tráfico tan escaso. Cada cierto rato una luz fugaz de un coche pasando, un destino más. Imaginé la ciudad lejana en fiesta, las calles con el ánimo encendido, la gente mirando el reloj, llevando la cuenta atrás. Extraña celebración del tiempo, reflexioné. No fui crítico, nada más lejos de mis emociones. Simplemente era raro imaginar a todos esperando un minuto preciso en la línea abstracta del tiempo. Entonces me puse en píe. Me vi ahí y pensé que de algún modo debía cambiar lo sucedido. Me puse en píe y caminé por la autopista, cada un tiempo incalculable, aleatorio, pasaba un coche y yo levantaba mi dedo para pedir transporte. Pasaron varios coches, ninguno paró. Seguí caminando, caminé mucho rato. En un momento caí en que seguramente ya había entrado el año nuevo. Vi una cabina de teléfono, anclada ahí, a un lado de la carretera, cerca de una gasolinera a la que me iba acercando. Pensé en llamar, llamar por última vez, pero seguí de largo. Seguí por el arcén autopista adelante y curiosamente se fue diluyendo el dolor, la nostalgia. Esa sensación gigante, que todo lo abarca y mastique, por instantes, una leve felicidad. Mucho rato después, muy de madrugada, llegué a la ciudad, caminé a la fiesta a la que había sido invitado y entré como si nada. Bebí, estaba agotado, amaneció. Conocí a una portuguesa muy simpática y nos fuimos juntos. Bajamos a la playa y nos quedamos dormidos en la arena. Al despertar, rato después, la miré y pensé que siempre hay una forma de salvación.

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