lunes, enero 17, 2011

Despertar aquí

Despierto sobresaltado. Ese viaje siempre es desconcertante, el de la vuelta de un sueño. Estás instalado en una realidad absolutamente lejana y que nada tiene que ver con la del despertar y ese viaje, entre realidades y percepciones, se hace en décimas de segundo. No se bien donde andaba. Había una especie de lago y un tipo a lo lejos, en la orilla de enfrente, me hacía señas algo angustiado. El problema es que nos separaban unos doscientos metros de agua y yo le gritaba preguntándole si necesitaba ayuda, el hombre únicamente movía los dos brazos, la agitación en él era cada vez mayor. Durante unos segundos calculo el recorrido alrededor del lago, pero me supondría algo más de una hora, pienso en nadar. Doscientos metros a nado serían apenas unos cuantos minutos. En ese instante en el que casi me decido a lanzarme al agua unos tipos aparecen tras los árboles y le dan una paliza al hombre que me hacía señas, grito y me miran. Uno de ellos se lanza al agua a por mi, me giro y me interno en el bosque que desconozco corriendo. Cuando miro de nuevo atrás veo que sorprendentemente el nadador está ya casi en mi orilla, siento un golpe de pánico y corro sintiendo una especie de cosquilla en la sien. Despierto. Veo todo a oscuras. Percibo la madrugada aunque me siento realmente descansado, como si pesar de la pesadilla hubiera dormido muy bien. Cierro los ojos y trato de dormirme otra vez, pero me he desvelado. Me levanto para orinar y cuando enciendo la luz no hay fogonazo, se ha ido. Miro el reloj digital en la mesilla y no da la hora, miro mi móvil y está sin batería. Decido ponerme en píe y caminar a oscuras. Termino yendo a la cocina a beber agua. Abro el grifo, no hay agua. Me indigno e insulto al mundo en alto. El suelo está frío y eso también me perturba. Voy al salón, la calle está totalmente a oscuras, como si hubieran puesto un manto sobre las cosas. Me siento confuso. ¿Qué hora es?. Busco el reloj de muñeca que dejé en la mesa del salón. Lo miro varias veces: Son las diez de la mañana. Miro afuera, aún es de noche, miro el reloj marca las diez. Respiro profundo y trato de tranquilizarme. Abro la puerta de la calle, veo pasar un gato por la escalera. Cierro, me visto rápidamente y me pongo unas zapatillas. Salgo. En la calle está todo a oscuras, todo, pero no es oscuridad, es una nube de polvo. Finalmente acepto que la situación es extraña, que algo ha sucedido. Camino al azar, todo es polvo y noche, también silencio. No me cruzo con nadie, aunque me da la sensación de percibir ruidos, ambiente lejano, barullo. Trato de identificar la procedencia. Nada. No me ubico. Voy por calles, una tras otra. La visibilidad es nula, también se hace realmente complejo respirar. Busco un lugar donde haya menos polvo. A lo lejos intuyo una sombra. Viene hacia mi. Me alegro, casi me lanzo a correr. Esa figura me dará noticias. Finalmente acelero y corro, corro entre el polvo y esa forma extraña de noche, me voy acercando a la figura. Cada vez corro más, acelero y le veo cerca. Cuando le tengo justo delante me freno. Reconozco al nadador, al hombre que cruzó a nado y velozmente el lago del sueño. Me mira y me coge de los brazos:

.- Te encontré

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