jueves, enero 27, 2011

Los ciclos

Los días nunca son iguales, si te detienes en detalles de luz o simplemente en como da el viento, la hora que empieza a crecer el amanecer o la velocidad de crecimiento de esa luz, comprendes que no hay dos días iguales, que hay una ligera variación y que esa ligera variación es, y no otra cosa, el verdadero paso del tiempo. Así que el día comienza pronto, aún está todo a oscuras y va creciendo y variando la luz repentinamente y cuando menos te lo esperas, sin ser un acto definitivo hasta que ya ha sucedido, ha amanecido. Cuando el día está consolidado entran otros ritmos, pero hay una velocidad, una manera en todo que es única en el día, y como cada día es distinto, esa velocidad y esa manera son únicas en tu vida, sólo suceden una vez. Así que hoy, como cada día, el amanecer ha sido único. Tampoco hay que vivirlo de una manera especial, forzando una intensidad innecesaria. Lo sensato, al final, es ser honestos con la manera de percibir la realidad y forzarse a percibirlo de otro modo. Hay días que esa forma del amanecer pasa sin especial atención, te concentras en el sueño que ha marcado la noche o en algún asunto menor que sucedió el día anterior o simplemente piensas en algo fugaz, otras mañanas te emocionas con el color que se monta durante unos segundos entre la luz que crece y una nube amontonada sobre otra. Prefiero percibir eso, no obligarme a percibir cualquier otra cosa que me está negada en ese momento. Luego amanece, me lavo y me visto, salgo por la puerta a la calle. Voy por el camino de tierra hasta las periferias del pueblo más cercano. Generalmente tardo en encontrarme con alguna persona, hay veces que me cruzo con algún trabajador de la finca de al lado, le saludo y sigo. Cada vez me cuesta más caminar, mis piernas son cada día menos ágiles e incluso hay mañanas que mientras avanzo por el camino pienso que un día no me van a responder para volver, el día que eso suceda las cosas cambiarán mucho. En la periferia del pueblo hay un bar de carretera donde paran camioneros a tomar algo, entro y me siento en una mesa del fondo, pido café y tardo mucho en beberlo. Entra y sale gente y es entretenido, de alguna manera, ese flujo de viajeros también marca el ritmo del mundo. Si ellos se detuvieran, algo inevitablemente, cambiaría en el flujo universal. A veces pienso esas cosas, otras me quedo mirando a la chica que pone cafés, es tan agradable y tan lejana y me da por pensar que lo único que nos separa es el tiempo, cincuenta años de distancia, como si estuvieran superpuestas nuestras realidades. Ella me ve a mi como un anciano débil, yo a ella joven, pero a mi, inevitable, me sigo viendo joven, mis emociones están intactas, ancladas en su edad. Es rítmico verla, su piel de algún modo rejuvenece mi ritmo vital. Luego pago y sigo andando. Hay veces que voy hasta el pueblo, compro pan, hablo con alguien y vuelvo a casa. Las tardes las paso mirando la montaña, esperando el ciclo contrario del amanecer, el otro, el que cierra el día: entonces llega la noche. Por las noches ya es otra cosa. Por las noches la percepción roza la fantasía y me da por imaginar que vuelve, que vuelve el pasado, que vuelve mi otra piel, mis piernas fuertes, que todavía deambulan los muchachos por el salón, que aún está ella, que aparece por el pasillo despreocupada, como si todo fuera a ser eterno. Entonces trato de dormir y paciente, espero el amanecer.

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