viernes, diciembre 18, 2009

Aeroamor

Aeroamor

No sé si hay que culpar a los aviones o a las alturas, pero en el aire la amaba y en tierra la ignoraba. Yo no tenía decisión racional sobre eso, sobre ese sentimiento movedizo e incomprensible. Tampoco sobre que la empresa nos enviara cada semana a puntos geográficos tan distantes como equipo de control de proyectos extranjeros. La decisión venía desde arriba y la acatábamos como se acatan las decisiones empresariales, sin rechistar.

A mí Marina no me caía mal, pero la realidad apabullante de tener que viajar semanalmente con ella a lo largo y ancho del planeta me produjo cierta incomodidad al principio. Todo sucedió rápido. Marina es seria y eficaz y coordinamos y organizamos nuestras tareas con velocidad de crucero. Al poco estábamos haciendo nuestros primeros viajes de control.

El primero fue a Budapest. La empresa tenía una obra abierta en uno de los puentes del Danubio, un proyecto grande y ambicioso. Embarcamos un martes para estar en Budapest hasta el viernes. Acordamos, como siempre, tratar de pasar la mayoría de los fines de semana en casa, con nuestras familias. Ambos éramos ambiciosos y serios laboralmente, pero teníamos también un concepto elevado de la vida familiar y de su importancia.

En el viaje de ida noté los primeros síntomas. Según fue despegando el avión, noté que mi codo se deslizaba hacia el codo de Marina, pero lo atribuí a la tensión del comienzo de una nueva etapa laboral, a esa complicidad que se crea entre los miembros de un equipo cuando están implicados en proyectos largos y laboriosos. Sobrevolando Francia noté esa sensación vaporosa de taquicardia que genera la atracción, pero no la atracción sexual sin más, no. La atracción del olor, de la piel, de la persona, la atracción por ese concepto amplio e inmenso que hay tras un nombre, tras una persona, tras Marina.

Aterrizamos en Budapest y todo se diluyó, y en mi memoria quedó como un momento borroso y como un capricho de los nervios y de las emociones. El viaje fue productivo y efectivo. Las reuniones fueron largas y con resultados.

El segundo viaje fue a Roma y en el despegue ya noté lo mismo. En lo que el avión se deslizó por la pista y despegó como se despegan los dedos de una piel después de una caricia, noté a Marina. Marina al completo. Marina y un olor lejano, Marina y un gesto infinito de belleza, la belleza aérea, la belleza y el esplendor. En el aire noté la laxitud de un sentimiento que ha marcado la historia de la humanidad, las grandes y peores obras de los hombres. Marina y sus dedos pasando páginas de un libro, Marina que cierra los ojos o mira a través de la ventanilla el Mediterráneo ahí abajo. Un sentimiento que sobrevuela el planeta y todo lo abarca.

Luego el aterrizaje y con él todo se devuelve a tierra, toda esa luz, toda la inmensidad que se detiene y se apoya en el suelo. Roma y reuniones y papeles y soluciones y vuelta a casa.

Luego Londres, y en el avión Marina y mi codo contra su codo, la urgencia de la piel por chocar contra la otra piel, el grito químico interior que busca y exige ese olor, esa otra piel, ese concepto infinito que es Marina. Y Marina me habla en el aire y en el aire su labio suelta las sílabas como notas de flauta, como mariposas que se agitan invisibles, y Marina se queja de su marido, de una discusión la noche anterior, de la frialdad, de cómo el paso del tiempo distorsiona las relaciones y las desgasta, y yo que escucho a Marina mientras sobrevolamos el principio de la costa de Gran Bretaña, como nubes que se desplazan en un cielo que es el espacio que va de su boca a mis oídos.

En Londres, agitación laboral, carreras y mucha velocidad, resoluciones agitadas y algún encontronazo. Los ingleses barren para casa y conducen por la izquierda, acuerdos difíciles.

Luego de Londres fuimos a Lisboa y en Lisboa nada, porque viajamos en tren y ahí comencé a sospechar, porque el viaje fue largo y mi piel no pidió un contacto con su piel ni su olor y sus labios no parecían explosiones cósmicas en medio de una galaxia única.

Después de Lisboa, a Moscú. Un viaje más largo y, por lo tanto, un amor más profundo. Un amor más intenso. Marina y las bombillas de fiesta en sus ojos, las sombras de sus manos cerca de mis manos. Marina que duerme y sueña mientras el avión atraviesa el cielo de Europa y yo veo a Marina soñando y me quedo con los ojos cerrados y fuerzo, como cuando éramos pequeños y cerrabas los ojos deseando con intensidad, como si de ese modo se lograra que lo deseado se volviera realidad, que Marina sueñe conmigo, sueñe que estamos el uno frente al otro, que sus labios aterrizan en mis labios.

En Moscú, efectividad y negocio.

Tras Moscú, la tortura de un viaje intercontinental, un viaje muy largo a Nueva York. Horas de amor, horas de desasosiego, horas de fantasía que duran, como siempre, como cada viaje, hasta que las ruedas se apoyan en el asfalto del JFK. Y yo sigo sin comprender.

Hay más viajes, más desplazamientos, y es en el vuelo de regreso del viaje a Tokio que no me doy cuenta y me posee esa fuerza, como si ese amor estuviera empujado por las turbinas del avión, por esos motores que mueven el inmenso pájaro de acero, y cojo la mano de Marina y miro sus ojos y noto su olor y el tacto de su piel, y Marina, no me domino, no puedo, Marina. Sin ti no soy. Eres tú, Marina. Infinita y etérea. Aire de mi aire, oxígeno y combustión.

Y Marina no entiende y me mira y me abraza y me convence de que estoy confundido, de que es el estrés y el trabajo y los constantes cambios horarios. Y aterrizamos y todo pasa y en el aeropuerto, mientras recogemos las maletas, le digo que sí, que me disculpe el arrebato, que efectivamente es agitación y cansancio y que no me lo tome en cuenta.

Pero volamos a Dubái y al rato del despegue otra vez. Marina, no es confusión. Marina, esto es real. Y Marina cae y me mira y me besa, pero su culpa, y dice en un susurro hermoso que todo es un error.

Llegamos a Dubái y yo lo olvido todo, pero ella no. Ella viene a mi habitación de noche y a mí Marina no me agrada, no me atrae en tierra, y diluyo como buenamente puedo la situación.

El regreso es largo. Despegamos de Dubái y todo se complica y me lanzo a su boca como un desesperado se lanza desde un puente y yo insinúo el baño, pero Marina no, Marina se retiene. Al aterrizar está su marido, lo que agradezco, porque en tierra Marina no es Marina.

Y luego Buenos Aires, y hasta Buenos Aires, y como si todo fuera eso, un capricho del aire, de un amor que se sustenta arriba, lejos del suelo, besos y la boca de Marina, pero en Buenos Aires nada. Y Marina no comprende y pide explicaciones y yo que voy entendiendo que es arriba, que en el suelo Marina no es Marina, la Marina que flota, que sobrevuela cada emoción de mi cuerpo.

Y el regreso fogoso por el aire desde Buenos Aires, y al aterrizar yo ya entiendo, y en el siguiente viaje lo desvelo, lo confieso, y Marina al principio llora y me mira y desgarrada me dice:

—Pero yo no puedo vivir en el aire, entiéndelo. No puedo esperar a que todo sea en un avión.

Y no, claro que no. Y la decisión fue definitiva. Lo dejaríamos, no seguiríamos.

—Pero de despedida, Marina, de despedida regálame un fin de semana en ala delta.

Y así fue.

Después pasó el tiempo y nuestras vidas laborales cambiaron. Yo cambié de empresa, ella cambió de profesión. De vez en cuando, cada mucho tiempo, nos llamamos, quedamos y saltamos en paracaídas.

El amor, como decía aquella canción, está en el aire.

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