jueves, diciembre 31, 2009
miércoles, diciembre 30, 2009
Sueño: la vida de otro
lunes, diciembre 28, 2009
La historia cruel de Comeperro
Yo no se si ficciona ahora la memoria, pero incluso recuerdo ver alejarse a los perros al paso de Comeperro. Ese andar pausado y mastondóntico que llevaba al caminar, como si cada pisada de ese hombre pesara y moviera levemente la tierra, agitaba a los perros del barrio. Recuerdo o creo recordar a Sami, el perro de Lupe, y a Lope, el perro de la cauchera, salir disparados cuando aparecía Comeperro por el fondo del callejón. Salían disparados hacía el patio de la bodega, donde parecían resguardarse. Más huelen los animales esos peligros que ese grupo de pseudo futbolistas que éramos en aquella época, sentados en el cemento desigual del callejón hablando de la última goleada recibida en el campeonato del edificio de enfrente. Disimulando la continuidad de la conversación al paso de ese individuo que sospechábamos insaciable en su maldad y en su violencia. A ese tipo del que nadie sabía la procedencia ni de él, ni de ese mote terrible que le acompañaba como una luz oscura y cegadora a cada aparición que hacía por el callejón del barrio, ese camino que sólo él volvía en un lugar temporalmente terrible.
Vivía en las casas de abajo, donde el cerro casi se juntaba con la autopista o allí vivía su madre porque Comeperro pasaba muy vez en cuando por allí. Momentos puntuales. De resto desaparecía por temporadas con una bolsa de plástico y un walkman que siempre llevaba enganchado a sus orejas. Y así existía Comeperro y la leyenda de Comeperro que crecía entre los integrantes del equipo de futbol, algunas vecinas y los perros cobardes del barrio. Para mi más que temor, que también había mucho, el mote de Comeperro venía acompañado de impresión y respeto, de horror y cierta mística. Y tanto crecieron en mi esas emociones y esa especie de atracción que terminé por perseguir a Comeperro. Decidí seguirle y espiarle. Comprender sus ausencias y ese halo de violencia y horror. Seguí a Comeperro y comprendí a Comeperro y lo que fue mas satisfactorio para mi investigación, conocí la anécdota, la historia que escondía el mote terrible de Comeperro.
Estuve pendiente esos días, le habíamos visto pasar de vuelta, volviendo de una de sus ausencias a principio de semana y desde entonces estuve pendiente. Desde el callejón de la licorería podía controlar la puerta de su casa. Pasé horas pendiente de esa construcción decadente y mínima donde no sucedía nada. No había ruido en casa de Comeperro, pero parecía no haber nadie. Tanto era así que llegué a dudar de si había salido de noche, cuando yo no vigilaba y la casa ya estaba vacía; pero no, Comeperro apareció una buena mañana por la puerta, con el gesto inmóvil que caracterizaba su cara, con la mirada dura y el caminar de dinosaurio. En otra vida o en otra época Comeperro podría haber sido jugador de baloncesto. Pasó a mi lado con su bolsa de plástico y el walkman enganchado a sus orejas. Los perros, creo recordar, habían abandonado la calle y sólo el Sol y el hombre temible atravesaban el callejón que salía a la parada del bus. Seguí sus pasos con la sensaciòn de estar cometiendo una locura y durante minutos mi instinto de supervivencia y mi curiosidad se enfrentaron en un debate terrible sobre lo oportuno o no de seguir a Comeperro, pero la curiosidad mató al gato, aunque aquí la frase acentúe el temor.
Comeperro caminó mucho rato y yo le seguí. Salimos del barrio, alcanzamos la avenida. Subimos la avenida, alcanzamos la autopista, por la autopista caminamos, siempre a una distancia considerable, por el arcén. El Sol era brutal aquel mediodía y yo aparte del temor y de la constante sensación de peligro, noté mucha sed. Comeperro avanzó kilómetros por el arcén, obviando esos cadaveres de perro que yacen en las carreteras, como si fueran vestigios de sus fechorías. Se desvío a la izquierda, por una carretera pequeña, estrecha y que atravesaba un paraje árido. Dudé entonces de mis intenciones y casi me convencí para darme la vuelta y olvidarlo todo, también a Comeperro, pero Comeperro se detuvo de repente. De la bolsa sacó un trozo de pan con algo que no logré identificar, lo masticó con pausa, deleitándose en lo que para él era un manjar. Sentí una nausea, convencido que Comeperro estaba ejerciendo la actividad que le otorgaba su mote. Sentí un pinchazo agudo en el estómago y la sensación de hambre y sed se diluyeron bajo el sol canino y brutal del principio de la tarde. Comeperro se puso en píe, encendió un cigarro y siguió caminando. No se cuántas horas tardamos en llegar a aquel pueblo lejano, pero atardecía lentamente y el calor había disminuido. No se en que momento llegamos a esa plaza y Comeperro se detuvo y saco de la bolsa unas marionetas y dibujó con tizas un escenario en el suelo. No se como no me reconoció cuando me puse justo enfrente de él, junto a otros chicos que como yo se fascinaron frente a las habilidades y las diferentes voces de Comeperro, no se como Comeperro no se percató de mis lágrimas cuando la historia que narraba con sus marionetas, musicalizada con su Walkman enchufado a un altavoz mínimo, llegaba a su fin y comprendías que Comeperro era la historia de una marioneta en la guerra, en cualquier guerra, que atravesaba la inmensa estepa nevada en Rusia, sin fuerzas, débil, hambrienta, moribunda y famélica y que por una necesidad superior asaba la carne de un perro en unas llamas agónicas en medio de la nieve y la noche y sólo al final, sólo cuando el Walkman de Comeperro dejaba sonar, con exceso de agudos, la melodía final y el héroe marioneta sobrevivía a la guerra y al dolor, comprendías que la violencia y la lucha y el horror eran el fracaso del hombre, el fracaso total de lo humano. Me levanté y miré a Comeperro y sin que el entendiera nada le abracé y salí corriendo a casa y durante horas caminé por la noche y la carretera. Y no dije nada, no cambié la historia, pero todos me respetaban más desde que Comeperro volvía a casa y me saludaba y me daba la mano a su paso.
De conciertos
Declaro la guerra
domingo, diciembre 27, 2009
El viaje de los Savir
.- ¿Y si vamos a esta exposición que hay en el museo? Aquí hablan muy bien de ella.
.- Un conocido hablo de ella el otro día en la sala de espera del médico y dijo que era muy aburrida.
.- Mira, aquí hablan de unas actividades musicales en la plaza del centro
.- Me duele un poco la cabeza y no estoy para músicas.
Plan tras plan, excusa tras excusa; mientras el frío y la nieve atravesaban el país, siguiendo una ruta que sólo los meteorólogos, y con bastante desacierto, saben interpretar. Una ruta que a su vez marcaba otras rutas, todas las rutas. Camioneros con mercancías paralizados a la salida de las ciudades, aeropuertos sufriendo retrasos, colas y ataques de histeria y los Savir enfrentados invisiblemente, uno empujando con sus deseos ese manto inmenso de nieve a través de las mesetas hacía el norte, hacia arriba, hacia otros lados. La otra aguantando con épica y heroísmo ese manto. Manteniéndolo intacto, inmóvil, sosteniendo con ese deseo feroz todas las capas de frío sobre el país entero. Así uno contra otro, cuando el presentador anuncia que hay ciudades que se van despejando y dejando atrás los días de colapso, ninguna atraviesa esos setecientos kilómetros, pero mientras en uno la esperanza se dispara en otra crece el desasosiego. Ella dice que es absurdo estar frente a la televisión, que porque no aprovechan los días libres para hacer otras cosas, él sale disparado a buscar el mapa de carreteras en busca de rutas alternativas a través de las ciudades victoriosas del temporal:
.- Quizá duplicamos los kilómetros, pero mañana estaremos allí.
.- Pero es una locura. Llegaremos agotados. No tenemos edad para un viaje como ese.
.- Que no, mujer. Nos pararemos a dormir en un buen sitio. Avanzaremos con calma.
Eso lo dice el señor Savir mientras imagina la carretera al otro lado del cristal de su coche, la sensación de movimiento, el volante en la mano, la aguja de la velocidad marcando la constante de su ritmo. Formas precisas de esa imprecisión que es la felicidad temporal. Eso escucha ella mientras imagina los saludos con su cuñada, con determinadas amigas de la infancia, la tarde obligada de visita en casa de su hermana, la calle del colegio, la fiesta en casa de los Urdan. Esas obligaciones que evocan una forma de tiempo a la que jamás volvería. Ambos viajan en el tiempo a través de los setecientos kilómetros, pero el año elegido en ese viaje es distinto en uno y otro.
Pasan las horas en esa lucha. Una insiste en salir el otro insiste en escuchar, casi como si fuera el anuncio del fin de una guerra, al presentador que las carreteras se abren y se reanuda la vida. Mientras, mapa en mano, se analiza las bifurcaciones posibles de ese viaje en el tiempo.
.- Si nos desviamos aquí, evitamos la parte más complicada.
.- Me niego a hacer tantos kilómetros. ¿Y si vuelve el temporal y nos coge en medio de la nada?
.- Pero no escuchas a este hombre. Están abriendo caminos, se acaba el temporal.
.- Los temporales no se acaban así, sin más. Los temporales duran y tienen consecuencias y traen colas y amagan con que se van y luego vuelven y es peor, vienen con más rabia.
.- Este hombre sabe lo que dice. Mira como se desplazan los frentes en ese gráfico. Mira como se ahuyentan las nubes. Como huyen acobardadas. Esto se acaba, querida. Esto se acaba y se abrirán las carreteras y funciona el mundo. Mira ese gráfico. Es hermoso. Míralo. ¡Que bien hacen las cosas ahora en la televisión! Se ve tan claro. Mira esas flechas como indican el norte. ¿No lo ves?
.- No está tan claro. Esos mapas son confusos. Mira, vienen más nubes, mas vientos, mas nieve, mas rabia, más dolor. Se desmorona. Ese hombre es irresponsable. ¿No lo ve? No ve que esos frentes y esos vientos anuncian tragedias y pasados que no hay que tocar, que hay dejarlos quietos. Que no avive las llamas del infierno. Que mantengan las carreteras cerradas, que lo mantengan todo así. ¿No ven las consecuencias?.
.- Pero, querida. Míralo. Mira el sol como se asoma por el este, mira ese gráfico que parece un cuadro. Ese gráfico es arte en si mismo. Esta gente de la televisión con que maestría nos hacen ver las cosas. Mira. Mira como se despeja. Mira como el país entero vuelve a despejarse, como aparece el Sol y todo vuelve a su curso. ¿No escuchas los aviones despegando otra vez, los camiones arrancando de nuevo? El país sonando hermoso ¿Lo puedes escuchar? Yo lo escucho, oigo la civilización en todo su esplendor. Mira como habla ese hombre, como usa el lenguaje meteorológico y nos lo hace llegar. Vete haciendo las maletas que nos vamos. Que viene a esperanza, que viene la vida. Que todo arranca de nuevo.
.- ¡Que insensatez! ¡Que locura! Se abre la anarquía, el caos, el miedo. Si que lo veo, si. Veo los camiones paralizados en las carreteras, veo el pánico en las ciudades, veo la tragedia en los aeropuertos porque este insensato y todo su equipo mienten. Los temporales saben más que los hombres y esto no se acaba aquí, detrás de estas nieves vienen más nieves y en esas nieves viene el dolor y la pena. Claro que lo veo, veo lo que viene y me produce tanto dolor. Viene el desorden. El miedo, querido. El miedo. No querrás ver todas las ciudades actuando bajo el miedo que sembrará ese temporal. No lo querrás ver, porque yo, créeme es lo último que quiero que pase.
Y los señores Savir en estados de animo enfrentados, antagónicos, bajan al coche empujados por el ánimo y el furor de él, y ella casi llora y argumenta que teme lo que hay por delante, en las carreteras, en ese mundo. Guardan las maletas atrás, abren las puertas. Cada uno se monta en su lado. Él mete la llave y ella cierra los ojos aceptando un destino que casi la salva de su viaje anual pero que finalmente la enfrenta a ese tiempo pasado al que no quiere acudir. Y ahí, mientras gira él la llave, ella nota la luz y el esplendor de una justicia que no esperaba ya y a él se le viene el mundo abajo y el destino, en ese giro de llave, la parece cruel y burlón. Gira otra vez y nada, el motor no responde, no hay ruido de arranque, no se escucha el sonido de la civilización en marcha. Ella sonríe ante ese silencio. El coche está averiado y, definitivamente, el viaje de los Savir se cancela hasta el año siguiente.
sábado, diciembre 26, 2009
Gestos
Ayer vi a alguien que hacia tiempo que no veía. Ha sumado una cantidad considerable de kilos a su cuerpo. El ensanchamiento descomunal de la cara y un luz turbia en la forma de mirar que antes, hace algunos años, no había. ¿En que momento lo externo va modificando la forma de la cara? ¿Qué instante es exactamente el que va a variar la dirección de la mirada? Claro que esto no debe ser un instante preciso. La forma de la cara, la pronunciación de la arruga irá avanzando invisible, inapreciable entre poros y tejidos invisibles a los ojos. Un río que se abre paso entre la inmensidad de la piel. Un rail que atraviesa ese paisaje en busca de una desembocadura que termina volviéndose gesto. Eso busca esa variación inapreciable a lo largo del tiempo, cambiar el gesto, acentuar esa mirada melancólica. Así avanza ese gesto que luego delatará el pasado. La cara que desvela una vida satisfecha o una vida sin demasiadas alegrías. Ahí está luego el desasosiego marcado en la comisura del labio. Hay va marcada la biografía, el pasado escrito en frases a lo largo de los gestos, de las formas, en la piel que son como las hojas de un libro que si se lee con atención desvela nuestra existencia.
martes, diciembre 22, 2009
Nieve
.- ¿Qué subsuelos, Gago? ¿Qué nieve? Aquí no nieva, aquí no hay subsuelos
.- Son los nórdicos, Leprince. Ahora son los nórdicos los que manejan este peo
sábado, diciembre 19, 2009
Los años del tigre
Con profundo respeto y admiración, a mi hermano Monod
viernes, diciembre 18, 2009
Aeroamor
Aeroamor
No sé si hay que culpar a los aviones o a las alturas, pero en el aire la amaba y en tierra la ignoraba. Yo no tenía decisión racional sobre eso, sobre ese sentimiento movedizo e incomprensible. Tampoco sobre que la empresa nos enviara cada semana a puntos geográficos tan distantes como equipo de control de proyectos extranjeros. La decisión venía desde arriba y la acatábamos como se acatan las decisiones empresariales, sin rechistar.
A mí Marina no me caía mal, pero la realidad apabullante de tener que viajar semanalmente con ella a lo largo y ancho del planeta me produjo cierta incomodidad al principio. Todo sucedió rápido. Marina es seria y eficaz y coordinamos y organizamos nuestras tareas con velocidad de crucero. Al poco estábamos haciendo nuestros primeros viajes de control.
El primero fue a Budapest. La empresa tenía una obra abierta en uno de los puentes del Danubio, un proyecto grande y ambicioso. Embarcamos un martes para estar en Budapest hasta el viernes. Acordamos, como siempre, tratar de pasar la mayoría de los fines de semana en casa, con nuestras familias. Ambos éramos ambiciosos y serios laboralmente, pero teníamos también un concepto elevado de la vida familiar y de su importancia.
En el viaje de ida noté los primeros síntomas. Según fue despegando el avión, noté que mi codo se deslizaba hacia el codo de Marina, pero lo atribuí a la tensión del comienzo de una nueva etapa laboral, a esa complicidad que se crea entre los miembros de un equipo cuando están implicados en proyectos largos y laboriosos. Sobrevolando Francia noté esa sensación vaporosa de taquicardia que genera la atracción, pero no la atracción sexual sin más, no. La atracción del olor, de la piel, de la persona, la atracción por ese concepto amplio e inmenso que hay tras un nombre, tras una persona, tras Marina.
Aterrizamos en Budapest y todo se diluyó, y en mi memoria quedó como un momento borroso y como un capricho de los nervios y de las emociones. El viaje fue productivo y efectivo. Las reuniones fueron largas y con resultados.
El segundo viaje fue a Roma y en el despegue ya noté lo mismo. En lo que el avión se deslizó por la pista y despegó como se despegan los dedos de una piel después de una caricia, noté a Marina. Marina al completo. Marina y un olor lejano, Marina y un gesto infinito de belleza, la belleza aérea, la belleza y el esplendor. En el aire noté la laxitud de un sentimiento que ha marcado la historia de la humanidad, las grandes y peores obras de los hombres. Marina y sus dedos pasando páginas de un libro, Marina que cierra los ojos o mira a través de la ventanilla el Mediterráneo ahí abajo. Un sentimiento que sobrevuela el planeta y todo lo abarca.
Luego el aterrizaje y con él todo se devuelve a tierra, toda esa luz, toda la inmensidad que se detiene y se apoya en el suelo. Roma y reuniones y papeles y soluciones y vuelta a casa.
Luego Londres, y en el avión Marina y mi codo contra su codo, la urgencia de la piel por chocar contra la otra piel, el grito químico interior que busca y exige ese olor, esa otra piel, ese concepto infinito que es Marina. Y Marina me habla en el aire y en el aire su labio suelta las sílabas como notas de flauta, como mariposas que se agitan invisibles, y Marina se queja de su marido, de una discusión la noche anterior, de la frialdad, de cómo el paso del tiempo distorsiona las relaciones y las desgasta, y yo que escucho a Marina mientras sobrevolamos el principio de la costa de Gran Bretaña, como nubes que se desplazan en un cielo que es el espacio que va de su boca a mis oídos.
En Londres, agitación laboral, carreras y mucha velocidad, resoluciones agitadas y algún encontronazo. Los ingleses barren para casa y conducen por la izquierda, acuerdos difíciles.
Luego de Londres fuimos a Lisboa y en Lisboa nada, porque viajamos en tren y ahí comencé a sospechar, porque el viaje fue largo y mi piel no pidió un contacto con su piel ni su olor y sus labios no parecían explosiones cósmicas en medio de una galaxia única.
Después de Lisboa, a Moscú. Un viaje más largo y, por lo tanto, un amor más profundo. Un amor más intenso. Marina y las bombillas de fiesta en sus ojos, las sombras de sus manos cerca de mis manos. Marina que duerme y sueña mientras el avión atraviesa el cielo de Europa y yo veo a Marina soñando y me quedo con los ojos cerrados y fuerzo, como cuando éramos pequeños y cerrabas los ojos deseando con intensidad, como si de ese modo se lograra que lo deseado se volviera realidad, que Marina sueñe conmigo, sueñe que estamos el uno frente al otro, que sus labios aterrizan en mis labios.
En Moscú, efectividad y negocio.
Tras Moscú, la tortura de un viaje intercontinental, un viaje muy largo a Nueva York. Horas de amor, horas de desasosiego, horas de fantasía que duran, como siempre, como cada viaje, hasta que las ruedas se apoyan en el asfalto del JFK. Y yo sigo sin comprender.
Hay más viajes, más desplazamientos, y es en el vuelo de regreso del viaje a Tokio que no me doy cuenta y me posee esa fuerza, como si ese amor estuviera empujado por las turbinas del avión, por esos motores que mueven el inmenso pájaro de acero, y cojo la mano de Marina y miro sus ojos y noto su olor y el tacto de su piel, y Marina, no me domino, no puedo, Marina. Sin ti no soy. Eres tú, Marina. Infinita y etérea. Aire de mi aire, oxígeno y combustión.
Y Marina no entiende y me mira y me abraza y me convence de que estoy confundido, de que es el estrés y el trabajo y los constantes cambios horarios. Y aterrizamos y todo pasa y en el aeropuerto, mientras recogemos las maletas, le digo que sí, que me disculpe el arrebato, que efectivamente es agitación y cansancio y que no me lo tome en cuenta.
Pero volamos a Dubái y al rato del despegue otra vez. Marina, no es confusión. Marina, esto es real. Y Marina cae y me mira y me besa, pero su culpa, y dice en un susurro hermoso que todo es un error.
Llegamos a Dubái y yo lo olvido todo, pero ella no. Ella viene a mi habitación de noche y a mí Marina no me agrada, no me atrae en tierra, y diluyo como buenamente puedo la situación.
El regreso es largo. Despegamos de Dubái y todo se complica y me lanzo a su boca como un desesperado se lanza desde un puente y yo insinúo el baño, pero Marina no, Marina se retiene. Al aterrizar está su marido, lo que agradezco, porque en tierra Marina no es Marina.
Y luego Buenos Aires, y hasta Buenos Aires, y como si todo fuera eso, un capricho del aire, de un amor que se sustenta arriba, lejos del suelo, besos y la boca de Marina, pero en Buenos Aires nada. Y Marina no comprende y pide explicaciones y yo que voy entendiendo que es arriba, que en el suelo Marina no es Marina, la Marina que flota, que sobrevuela cada emoción de mi cuerpo.
Y el regreso fogoso por el aire desde Buenos Aires, y al aterrizar yo ya entiendo, y en el siguiente viaje lo desvelo, lo confieso, y Marina al principio llora y me mira y desgarrada me dice:
—Pero yo no puedo vivir en el aire, entiéndelo. No puedo esperar a que todo sea en un avión.
Y no, claro que no. Y la decisión fue definitiva. Lo dejaríamos, no seguiríamos.
—Pero de despedida, Marina, de despedida regálame un fin de semana en ala delta.
Y así fue.
Después pasó el tiempo y nuestras vidas laborales cambiaron. Yo cambié de empresa, ella cambió de profesión. De vez en cuando, cada mucho tiempo, nos llamamos, quedamos y saltamos en paracaídas.
El amor, como decía aquella canción, está en el aire.
jueves, diciembre 17, 2009
La isla remota
Con sentimientos periféricos, a él.
miércoles, diciembre 16, 2009
Comic
martes, diciembre 15, 2009
Noche en el aire.
Guiándonos al azar fuimos viendo el amanecer desde arriba, casi sin gasolina, mientras la luz del Sol reventaba en el cielo y marcaba esa sensación de que todo empieza de nuevo. En un último giro nos miramos, nos despedimos y retrocedí hacia la ciudad, hacia la pista. Un rato después aterricé exhausto, agotado. Bajé de la avioneta y llegué a casa.
Los paseos nocturnos
Pasó el tiempo, estuve afectada, tratando de comprender y comencé a bajar a la hora que él lo hacía. Me ponía el abrigo, los guantes, la bufanda, cogía al perro y bajaba. Caminaba por la acera hasta el parque. La ciudad adormecida por fuera, recogida por dentro. Las casas encendidas, las televisiones emitiendo luces en los techos, en las paredes. El vacío, el perro correteando a su aire por los arbustos, yendo y viniendo a su antojo. Comencé a comprender las agradables sensaciones. El contraste, el silencio. Así fue a lo largo del invierno. Entonces le vi, una noche le vi tras los árboles del final del parque, donde la ciudad parece que termina. Me llamó. Tenía el pelo muy largo y con barba. Salí casi corriendo y me dijo susurrando que le siguiera. Miré atrás, el perro no venía y quise ir a buscarle, pero él me detuvo:"No quiere venir, lo conoce y no quiere venir". Ahora estoy con él allí, en aquel lado, en el otro lado. Seguramente jamás volvamos. No nos esperéis. Darle un beso muy grande a los niños e inventaros una excusa, una historia, un cuento para decirles porque es que los abuelos no están ya nunca en casa.
lunes, diciembre 14, 2009
Paseo en el parque
viernes, diciembre 11, 2009
La tipa de anoche
miércoles, diciembre 09, 2009
Maiquetía- Caracas
lunes, diciembre 07, 2009
El otro tren
domingo, diciembre 06, 2009
Otros viajes
jueves, diciembre 03, 2009
De vuelta
No volvió. No al menos hasta ahora. Descanse en paz el tiempo que pueda. Si es que el destino, jugador extraño, lo permite.
miércoles, diciembre 02, 2009
Los sonidos de la tierra
La primera página
Vengo desde Blanco.
Blanco es el primer momento. Ya luego vienen las tonalidades. Como si al principio viéramos algo compacto y ya lentamente empezáramos a identificar. En el blanco no hay descomposición. El blanco es el inicio. No hay filtro. En el blanco no hay mentira.
Blanco.
Apenas unos segundos de Blanco y voy volviendo.
Estoy en Blanco. Arranca todo. Despierto. Vuelvo de Blanco. Comienzo.
¿Dónde estoy? He dormido un buen rato, mucho rato. El tiempo es indescifrable más aún cuando volvemos del sueño. Entra esa luz blanca del amanecer por la pequeña rendija del techo.
Vuelvo. Voy volviendo. Salgo del blanco. Hay algo de volver a nacer cada vez que despertamos. Se vuelve, siempre, de un caos previo.
A mi lado el hombre que me trajo hasta aquí. Duerme.
Duermen también todos esos hombres que ayer no comprendí.
Están todos en Blanco
Me levanto.
martes, diciembre 01, 2009
Proyectados
Eso sucedió durante muchos años y mereció la pena.

