Terminamos en su casa a las cuatro de la mañana. Subimos unas largas escaleras que crujian y que dejaban ver el hueco de los años en las grietas de la madera. Alcanzamos el último piso, ese que parece no sólo el final del edificio a lo alto sino el final de más cosas, o el principio del resto de la ciudad, ella sacó las llaves con algo de torpeza y entramos. Noté el olor propio que tiene cada casa y aquel, como no, era un olor lejano. Yo me encendí un cigarro y ella me dijo que en su casa no se fumaba, que saliera a la terraza. Hacía algo de frío, pero me apoyé en la barandilla y me quedé viendo la avenida de abajo por donde pasó, muy de vez en cuando, algún coche. Fumé pausadamente porque sospechaba que ese sería el último cigarro hasta el día siguiente o esa forma de día siguiente que hay al amanecer cuando ya se está, realmente, en el día siguiente. Miré la punta donde se libraba una batalla hipnótica entre la mecha, el papel y el inicio de la ceniza. Hay tantas metáforas en un cigarro que por eso es tan difícil dejarlo, porque fumar es lo más parecido a aspirar filosofía. Se pegan tantos elementos en un espacio tan reducido, ceninzas, fuego, papel, humo y oxigeno que va y viene de un pulmón humano, que una de las grandes sensaciones de fumar es contemplar esa guerra de consecuencias inmediatas; sin contemplarlo concienzudamente, en un cigarro se mira y no se mira esa decadencia inmediata, ese volverse cenizas velozmente y ya luego, como ceniza, ir cayendo a la nada, y la nada puede ser el precipicio que hay desde la barandilla hasta la acera allí abajo. En cualquier caso la ceniza ya cae y hay tantos enigmas en ello, hay tanto del tiempo y de las formas de ese paso del tiempo en fumar. Seguí fumando. Ella trajinaba por dentro de la casa, yo estiré el momento del cigarro lo más que pude. Levanté la vista y traté de ubicar algunos edificios que se amontonaban al frente. Esa zona de la ciudad es poco común para mi y esa perspectiva novedosa, así que tardé unos segundos en comprender como y de que se componía esa vista que se extendía desde la terraza hasta el fondo. Solté humo. Lancé la colilla como un kamikaz hacía el abismo y me di la vuelta, durante segundo y medio visualicé mentalmente la caída de la colilla y entré en la casa, ella me miró y sin hablar nos empezamos a besar, recorrimos el pasillo enfurecidamente y entramos en su habitación, donde yo jamás había estado, la luz se quedó encendida mientras nos lanzamos a la cama. Había un cuadro en la pared que me resultó muy llamativo y que parecía una forma producida por el humo, una forma de algo que siempre permanece, por más que nos acerquemos lejano. Mientras, mi mano recorría con poca precisión, las líneas no dibujadas de sus piernas. Había una librería al otro lado de la cama, en la mesilla una pila de libros amontonados y unas hojas esparcidas que parecían una carta. Ella trató de apagar la luz desde la cama, pero no lo logró, hacerlo hubiera supuesto despegarnos y ninguno de los dos estábamos para semejante esfuerzo. Hicimos el amor con la torpeza con la que se hace el amor cuando se ha bebido mucho. Nos quedamos callados y ella apagó la luz y se metió debajo del edredón. Me dormí unos segundos, quizá unos minutos y volví a abrir los ojos, ella estaba absolutamente dormida y yo absolutamente desubicado. Encendí la lamparilla de la mesilla, revisé los libros que había esparcidos y termine cogiendo las hojas que parecían una carta. A pesar de mi esfuerzo por no hacerlo la terminé leyendo.
Febrero de 2017, Praga
Luisa;
Retomo la sabía costumbre que impusiste de escribirnos a carta, ese medio legendario que desapareció en los abismos de la evolución, de la forma de evolución habitual para los demás, no para ti, claro. Escribir a carta tiene tanto de detener el tiempo. Escribo aquí y todo permanece intacto; luego mientras viaja encerrado en el sobre hasta que tu la abrirás allí y el tiempo detenido, a una velocidad muy distinta a la que lleva el tiempo habitual, vuelve a arrancar en el momento justo que tu comiences a leer esta carta. Por eso escribo como tantas veces nos escribimos. Ya ni siquiera es fácil encontrar folios, hojas en blanco. Luego el rito de pegar los sellos, de lanzar el sobre al enigma del buzón, donde se entremezcla con notificaciones bancarias y facturas de la luz y quien sabe si alguna otra carta. A su modo, un buzón es un espacio físico atemporal. Una forma física digna de estudio por científicos minuciosos que observan y tratan de comprender un fenómeno. Cada buzón es un universo ajeno a este. Y esta carta terminará en un buzón donde todo se condense de una forma impredecible. Pero no es a ti o sobre todo debe ser a tí, a quien hay que hablarle de tiempo y de espacios físicos incomprensibles. Yo aún fecho las cartas, se que es una broma, pero lo hago, me hace mantener la esperanza de que sucederá. No lo tomes a mal pero le conté la situación a una amiga. Una chica que conocí en un café. Obviamente no me creyó. He vuelto a quedar con ella tres veces y siempre me pregunta por "lejana". Me gusta ese apodo, realmente eres eso, lejana. Le conté que lo último que supe es que habías pasado por 2008, que la última carta que encontré tuya fue de las primeras que me dejaste, en diciembre de 2013. Ella no entendía y le expliqué: "Lejana se desplaza temporalmernte, cada poco amanece en un lugar distinto, un fecha distinta; ella me va escribiendo y avisando donde fue que dejó la última carta. Hay cartas que jamás leeré, por que las ha dejado en días a los que nosotros ya no podremos acceder, pero hay cartas que aun tengo que encontrar. Por supuesto sus cartas no me llegan en orden cronológico. Quizá lejana ya no me ama, pero eso a lo mejor me lo comunicó en una carta que está en mi cama en el año 2002 o quizá Lejana me ha pedido que vivamos juntos pero no lo sabré hasta el 2023. Con lejana nada es habitual, no ya sólo porque una separación temporal nos mantenga tan distantes sino porque las cartas me llegan desordenadamente y mi relación con Lejana es muy distinta de la relación de ella conmigo. Para ella todo es cronológico, a pesar de desplazarse caóticamente y sin secuencia por el tiempo, para mi todo es desordenado, a pesar de vivir en el tiempo regular" pero mi amiga no entendía nada, o imaginaba que era una broma, Pero a pesar de no creerme me preguntaba "Y cuando os conocisteis" y yo le hablé de esa noche que llegamos a tu casa y que tu me dijiste que en tu casa no se fuma y yo fumé aquel cigarro mirando los perfiles de la ciudad desde tu terraza y terminamos en tu casa y nos lanzamos a la cama y sólo ahora se, siete alos depués, que mientras tu dormías yo ya leía esta carta, esta carta que sin darme cuenta ahora me escribo, era el año 2010. Desde aquí envío esta carta para darte un beso y para saludarme de nuevo, como tantas veces, en ese principio eterno al que siempre volvemos y para ayudarme, acostado en esa cama mientras tu duermes, a comprender.
Y giré, giré despacio y Lejana ya no estaba y comenzó de nuevo, como tantas veces, esta historia tan lejana.
NOTA: Mucho rato después de publicar este post, seguramente prescindible, como tantos otros, caigo en cuenta de cierta semejanza de esta torpe historia de amor atemporal, con un maravilloso cuento de Julio Cortázar titulado "Lejana". La coincidencia no es tanto en el argumento, sino en el carácter lejano de los dos personajes, tanto de este pseudo cuento, como del prodigioso relato de Cortázar. Mientras tecleaba este texto no recordé en ningún momento aquella lectura. Fue varias horas después que caí en cuenta. Eso me hace pensar en los juegos ocultos de la memoria; en como, sin conciencia de ello, mantenemos recuerdos pululando a su antojo por ahí dentro. En como la memoria y ciertos recuerdos a su vez tienen ese carácter lejano y algo atemporal que es la caracterísitica principal de todo este asunto y de esta forma de plagio lejano.
domingo, abril 18, 2010
sábado, abril 17, 2010
Un viaje extraño
Me bajé del autobús en Morón. Caminé entre el bullicio de la vía principal sin mucho sentido. El cielo estaba espeso y la humedad estaba disparada. La realidad pesaba unos cuantos kilos más. Entré en una tienda a comprar unas bermudas y un protector solar. Sentí que me estafan, pero no lo supe pues apenas me manejaba con la moneda y con los precios del país. Pregunté por la licorería donde me habían citado, un tipo sin dientes me dio unas indicaciones casi incomprensibles de las que lo único que saqué en claro es que debía seguir avanzando. Entré en una panadería, pedí un café, saqué el cuaderno y traté de anotar en el una descripción del pueblo, de Morón. No lo logré. Humedad y desorden, asfalto. Olor a asfalto y alquitrán. Apenas he caminado por una vía central, repleta de todo tipo de negocios a los lados, un cúmulo incomprensible de autobuses que llevan con carteles escritos a mano el nombre de su lugar de destino. A lo lejos se ve el perfil de la planta petroquímica, era la única referencia que tenía de la población. Bebí el café, que era buenísimo y salí de nuevo a la vía donde parecía converger todo. Volví a preguntar por la licorería New ofertón. Un tipo delgado, mulato, sin camiseta y que caminaba algo destartalado me indicó con el dedo y sin hablar el letrero, a lo lejos, de la licorería. Aceleré el paso y me quedé en la puerta. Miré a los lados y esperé. Pasó media hora. Reconstruí mi viaje hasta la puerta de la licorería New ofertón desde el aviso, desde que me llegó a comunicación. Lo leí, hice la mochila velozmente, guardé el pasaporte y algo de ropa. Salí de Castellón en autobús hasta Madrid. Me bajé en Méndez Álvaro. Cogí el metro hasta el aeropuerto. Tras varios intentos y varias discusiones, logré comprar el billete para Caracas. Algunas horas después estaba sobrevolando el atlántico. Aterricé en Maiquetía. Desde allí subí en taxi hasta Caracas. En Caracas, tras un sin fin de problemas y conflictos y muy poca información voy en autobús hasta Valencia. En el terminal de Valencia es de noche cuando llego y todo está cerrado. Una mujer de tamaño descomunal, con voz de ultratumba me dijo :"No mijo. A Morón hasta el amanecer no hay nada" Me senté en un banco del terminal, un vigilante armado como Rambo se me acercó y me aconsejó que no estuviera ahí, pero le dije que no tenía donde ir, que quería coger el primer autobús que saliera a Morón: "entonces véngase conmigo a la caseta, aquí es locura quedarse" en la caseta saca una botella de medio litro de un aguardiente lamentable, pero bebo. Me cuenta su vida. Le cuento algo de la mía, con voz de ensoñación me pregunta como es España, como estoy borracho le digo que es una piedra gigante con forma de vieja, pero que de la vieja la cara no nos pertenece, que la cara es Portugal. Somos como los pensamientos y el pañuelo que cubre la cabeza de la vieja. Se ríe pero se queda pensando y yo a su vez trató de imaginar que es lo que él está imaginando. Seguimos bebiendo y saca marihuana. Fumamos y a mi me da la risa, porque en mi vida había fumado una marihuana tan potente. Le pregunto porque va tan armado y entonces me dice que Venezuela es peligrosa, que hay mucha violencia. Levanto la vista y veo el terminal vacío y siento una sensación parecida al eco. Hay muy poca luz y una de las bombillas hace intermitencias, en ese instante un chico muy joven aparece en mi campo de visión, le sigue otro. Se detienen, el vigilante se pne en pie, muy alerta. Me mira y me dice: "agáchese, compadre" y eso hago, me meto debajo de la mesa del puesto de vigilancia, el tipo sale, pero no escucho nada. En ese rato que estoy debajo de la mesa me da por pensar que mi vida, como tal, ha perdido hace tiempo el rumbo y me viene la cara de Emma y el cuello de Emma y las manos de Emma. Debajo de la mesa huele a madera plástica, si es que eso existe. Aparece Rambo y me dice que ya pasó, pero yo no se que es lo que ya pasó. Me vuelvo a sentar a su lado y volvemos a fumar marihuana. La luz del amanecer revienta de repente en todo el terminal, hay gente que va y viene. Rambo me dice que el autobús a Morón ya está ahí, nos abrazamos y me monto. EL viaje hasta Morón me resulta agradable, al otr lado la vegetación me hipnotiza casi todo el camino.
A las 11:44 de la mañana aparecieron dos tipos, me preguntaron si yo era quien soy y me dijeron que fuera con ellos. Nos subimos a una pick up. Yo voy atrás, al aire libre. Atravesamos Morón, lo dejamos atrás y empezamos a ir por una carretera paralela al mar. Me emociono al ver el caribe. Veo palmeras y mar, palmeras y mar. Avanzamos a toda velocidad y el viento me marea, Me termino agachando para no aturdirme en la parte de atrás de la pick up. Veo el mar, playas vacías, miles de casas de madera donde anuncian comida. Llegamos a otro pueblo. Me siento de nuevo en el borde. Llegamos a una zona de talleres mecánicos, Entramos en uno con un letrero lleno de grasa en el que sólo puedo leer "Cauchera". Es un taller al aire libre, lleno de grasa y de ruedas de todos los tamaños tiradas por el suelo. Un tipo embadurnado en grasa y con un mono que ya no es azul indica donde deben detener la pick up. Cuando ya se detiene, salto de la pick up al suelo. El tipo grasiento me saluda y me da la mano, hubiera querido evitarlo pero le doy la mano y siento el tacto desagradable de toda esa inmundicia en su mano:
.- Henry S., ¿Verdad?
.- Si. Mucho gusto
.- Yo soy Erwin Machado. Pasemos a la oficina.
La oficina es una caseta en total deterioro, con una mesa y dos sillas del año, pero con un Mac recién comprado:
.- Siéntese, Henry.
Me siento. En ese momento siento todo el agotamiento del viaje, la diferencia horaria.
.- Se lo podría decir de otro modo, pero le tenemos que matar.
.- Carajo. Me hacen ustedes cruzarme medio planeta con una urgencia agotadora, para según llego, decirme que me tienen que matar. Espero que el argumento y la justificación para tal fin sea bastante contundente.
.- Le tenemos que matar porque estamos exterminando a todos los bloguers con tendencia literaria. Nuestra función es la de salvaguardar la buena literatura. Desde la aparición de Blogger, ha habido una vertiente de pseudo escritores que han aprovechado esos espacios para juguetear con la posibilidad de ser literatos. Nuestra función es precisa y consideramos que excesivamente importante. Hay que cuidar a la buena literatura de falsos y pretenciosos pseudo autores que utilizan los blogs para fantasear con ser escritores al uso. Lo siento, Henry S. Se acabó.
Lo que sigue es de difícil narración, pero si escribo esto en el el blog, es porque logré escapar y salir vivo de la terrible situación.
A las 11:44 de la mañana aparecieron dos tipos, me preguntaron si yo era quien soy y me dijeron que fuera con ellos. Nos subimos a una pick up. Yo voy atrás, al aire libre. Atravesamos Morón, lo dejamos atrás y empezamos a ir por una carretera paralela al mar. Me emociono al ver el caribe. Veo palmeras y mar, palmeras y mar. Avanzamos a toda velocidad y el viento me marea, Me termino agachando para no aturdirme en la parte de atrás de la pick up. Veo el mar, playas vacías, miles de casas de madera donde anuncian comida. Llegamos a otro pueblo. Me siento de nuevo en el borde. Llegamos a una zona de talleres mecánicos, Entramos en uno con un letrero lleno de grasa en el que sólo puedo leer "Cauchera". Es un taller al aire libre, lleno de grasa y de ruedas de todos los tamaños tiradas por el suelo. Un tipo embadurnado en grasa y con un mono que ya no es azul indica donde deben detener la pick up. Cuando ya se detiene, salto de la pick up al suelo. El tipo grasiento me saluda y me da la mano, hubiera querido evitarlo pero le doy la mano y siento el tacto desagradable de toda esa inmundicia en su mano:
.- Henry S., ¿Verdad?
.- Si. Mucho gusto
.- Yo soy Erwin Machado. Pasemos a la oficina.
La oficina es una caseta en total deterioro, con una mesa y dos sillas del año, pero con un Mac recién comprado:
.- Siéntese, Henry.
Me siento. En ese momento siento todo el agotamiento del viaje, la diferencia horaria.
.- Se lo podría decir de otro modo, pero le tenemos que matar.
.- Carajo. Me hacen ustedes cruzarme medio planeta con una urgencia agotadora, para según llego, decirme que me tienen que matar. Espero que el argumento y la justificación para tal fin sea bastante contundente.
.- Le tenemos que matar porque estamos exterminando a todos los bloguers con tendencia literaria. Nuestra función es la de salvaguardar la buena literatura. Desde la aparición de Blogger, ha habido una vertiente de pseudo escritores que han aprovechado esos espacios para juguetear con la posibilidad de ser literatos. Nuestra función es precisa y consideramos que excesivamente importante. Hay que cuidar a la buena literatura de falsos y pretenciosos pseudo autores que utilizan los blogs para fantasear con ser escritores al uso. Lo siento, Henry S. Se acabó.
Lo que sigue es de difícil narración, pero si escribo esto en el el blog, es porque logré escapar y salir vivo de la terrible situación.
miércoles, abril 14, 2010
P.S.H.
Aquella mañana despertó, miró a su mujer y rotundo, contundente y sin ningún atisbo de duda le dijo:
.- Quiero que a partir de ahora me llames Philip Seymour Hoffman
No era por un motivo de admiración, no. El actor de mismo nombre no le resultaba un tipo carismático o una personalidad a seguir. Tenía grandes papeles y los ejercía con enorme precisión. Se intuía un tipo con capacidad para dirigir su carrera y escoger papeles en buenas películas, de buenos guiones, pero era demasiado rubio para su gusto, demasiado blando en un sentido físico. El sentía más atracción por esos galanes del siglo 21. Encontraba, por ejemplo, mucho más atractivo en George Clooney o Ewan Mcgregor. Si hubiera sido por un motivo de atractivos o de carismas hubiera escogido esos nombres, pero quería ser Philip Seymour Hoffman porque aquella noche soñó que ese nombre, esas palabras precisas, escondían algo que le estaba oculto y sólo a él, bajo esa nueva identidad le sería revelado.
.- No preguntes, no indagues, amor; pero soy Philip Seymour Hoffman.
.- ¿Cómo el actor?
.- Exáctamente, pero sin serlo. Soy otro Philip Seymour Hoffman. El mismo nombre para otra identidad. La mía tiene un fin. Seguramente la del actor también, ser oscarizado, ser reconocido; un tipo con una carrera brillante. Mi fin es otro.
.- ¿Cual, Philip?
.- Otro que sólo a mi, como Philip Seymour Hoffman, me será revelado. Y no vale que digas sólo Philip. Hay que pronunciar el nombre completo, cariño. Philip, Seymour y Hoffman. No descartar ninguna de las tres partes del nombre, de mi nuevo nombre. Que coincida con el actor no es más que una mera casualidad.
Entonces Philip Seymour Hoffman se levantó. Siguió los ritos de cada mañana. Orinó con poca puntería, preparó café, encendió la radio. Se sentó en la silla de la cocina donde siempre se sentaba, pero algo había cambiado para siempre, de momento sólo tenía conciencia de los cambios en su nombre, pero sabía que ya vendrían más, unos detrás de otros . Tomó el café con algo más de urgencia de la habitual. Se duchó, comprobando sin embargo que su cuerpo seguía siendo exacto. Las carnes colgando en el abdomen de manera caótica, las piernas estrechándose de manera incomprensible desde los muslos a los tobillos, el bello muy oscuro contrastando brutalmente con su piel blanquecina, el pene colgando como el vestigio de un mundo que resplandeció y ahora sobrevive agónico y melancólico tras el apocalipsis. Cerró el grifo, el vaho recorría como un fantasma todo el baño. Salió de la ducha, alcanzó la toalla y se empezó a secar. Trató de mirarse en el espejo pero el vaho lo cubría. Lanzó la el dedo y trazo una P, una S y una H. El hueco de las tres letras dejaba ver partes de su cara, que aparentemente sigue siendo la misma. El vaho se deslizaba por el espejo y deformaba las letras. Al otro lado de la puerta, la mujer, con voz preocupada y lejana, dijo.
.-Philip Seymour Hoffman, ¿Va todo bien? Estás tardando mucho. Escúchame cariño. ¿Estás bien?
Entonces Philip Seymour Hoffman contesta que si. Que todo está bien, que simplemente anda buscando el secreto, que busca pistas. Que ahora simplemente trazaba las sílabas de su nuevo nombre sobre el vaho del espejo, pero que nada aún le ha sido revelado.
Sale del baño y todo sigue igual que cada mañana. Se viste, se despide con el beso rutinario pero no exento de cariño, de su mujer. Sale a la calle, camina hasta el metro. Desciende en las escaleras mecánicas, en el andén ve un cartel anunciando una película. La duda (Doubt), protagonizada por el actor de mismo nombre que su nuevo nombre. Se queda mirando el cartel, lo mira mucho rato. Lee su nuevo nombre, lee el de Meryl Streep, el del director, John Patrick Shanley; Deja pasar un tren, deja pasar otro tren, mira obsesivo el cartel. Lee cada frase, cada detalle. El título de la película, los nombres, los colores del cartel. Frases de críticas de periódicos americanos repartidas a lo largo y ancho del cartel, adaptación de la obra teatral. Detalles que le puedan dar pistas, pero nada le es revelado tampoco en el cartel. Se monta en el metro y mira a los otros ciudadanos.
Avanza el tren por los túneles cavados por el subsuelo de la ciudad.Se ve reflejado en el cristal den enfrente, en el reflejo ve al tipo que tiene sentado a su lado y que sólo puede ver en el reflejo. Es un tipo trajeado, de mediana edad, con algo de barba, bastante atractivo. Trata de adivinar su nombre por la forma de su cara, pero todos los intentos le parecen absurdos. Se gira, le mira y le pregunta:
.- Perdone el descaro, pero sería tan amable de decirme su nombre
.- Soy Philip, Philip Seymour Hoffman. Como usted, como todos
Entonces Philip Seymour Hoffman, que somos todos, funde a negro.
.- Quiero que a partir de ahora me llames Philip Seymour Hoffman
No era por un motivo de admiración, no. El actor de mismo nombre no le resultaba un tipo carismático o una personalidad a seguir. Tenía grandes papeles y los ejercía con enorme precisión. Se intuía un tipo con capacidad para dirigir su carrera y escoger papeles en buenas películas, de buenos guiones, pero era demasiado rubio para su gusto, demasiado blando en un sentido físico. El sentía más atracción por esos galanes del siglo 21. Encontraba, por ejemplo, mucho más atractivo en George Clooney o Ewan Mcgregor. Si hubiera sido por un motivo de atractivos o de carismas hubiera escogido esos nombres, pero quería ser Philip Seymour Hoffman porque aquella noche soñó que ese nombre, esas palabras precisas, escondían algo que le estaba oculto y sólo a él, bajo esa nueva identidad le sería revelado.
.- No preguntes, no indagues, amor; pero soy Philip Seymour Hoffman.
.- ¿Cómo el actor?
.- Exáctamente, pero sin serlo. Soy otro Philip Seymour Hoffman. El mismo nombre para otra identidad. La mía tiene un fin. Seguramente la del actor también, ser oscarizado, ser reconocido; un tipo con una carrera brillante. Mi fin es otro.
.- ¿Cual, Philip?
.- Otro que sólo a mi, como Philip Seymour Hoffman, me será revelado. Y no vale que digas sólo Philip. Hay que pronunciar el nombre completo, cariño. Philip, Seymour y Hoffman. No descartar ninguna de las tres partes del nombre, de mi nuevo nombre. Que coincida con el actor no es más que una mera casualidad.
Entonces Philip Seymour Hoffman se levantó. Siguió los ritos de cada mañana. Orinó con poca puntería, preparó café, encendió la radio. Se sentó en la silla de la cocina donde siempre se sentaba, pero algo había cambiado para siempre, de momento sólo tenía conciencia de los cambios en su nombre, pero sabía que ya vendrían más, unos detrás de otros . Tomó el café con algo más de urgencia de la habitual. Se duchó, comprobando sin embargo que su cuerpo seguía siendo exacto. Las carnes colgando en el abdomen de manera caótica, las piernas estrechándose de manera incomprensible desde los muslos a los tobillos, el bello muy oscuro contrastando brutalmente con su piel blanquecina, el pene colgando como el vestigio de un mundo que resplandeció y ahora sobrevive agónico y melancólico tras el apocalipsis. Cerró el grifo, el vaho recorría como un fantasma todo el baño. Salió de la ducha, alcanzó la toalla y se empezó a secar. Trató de mirarse en el espejo pero el vaho lo cubría. Lanzó la el dedo y trazo una P, una S y una H. El hueco de las tres letras dejaba ver partes de su cara, que aparentemente sigue siendo la misma. El vaho se deslizaba por el espejo y deformaba las letras. Al otro lado de la puerta, la mujer, con voz preocupada y lejana, dijo.
.-Philip Seymour Hoffman, ¿Va todo bien? Estás tardando mucho. Escúchame cariño. ¿Estás bien?
Entonces Philip Seymour Hoffman contesta que si. Que todo está bien, que simplemente anda buscando el secreto, que busca pistas. Que ahora simplemente trazaba las sílabas de su nuevo nombre sobre el vaho del espejo, pero que nada aún le ha sido revelado.
Sale del baño y todo sigue igual que cada mañana. Se viste, se despide con el beso rutinario pero no exento de cariño, de su mujer. Sale a la calle, camina hasta el metro. Desciende en las escaleras mecánicas, en el andén ve un cartel anunciando una película. La duda (Doubt), protagonizada por el actor de mismo nombre que su nuevo nombre. Se queda mirando el cartel, lo mira mucho rato. Lee su nuevo nombre, lee el de Meryl Streep, el del director, John Patrick Shanley; Deja pasar un tren, deja pasar otro tren, mira obsesivo el cartel. Lee cada frase, cada detalle. El título de la película, los nombres, los colores del cartel. Frases de críticas de periódicos americanos repartidas a lo largo y ancho del cartel, adaptación de la obra teatral. Detalles que le puedan dar pistas, pero nada le es revelado tampoco en el cartel. Se monta en el metro y mira a los otros ciudadanos.
Avanza el tren por los túneles cavados por el subsuelo de la ciudad.Se ve reflejado en el cristal den enfrente, en el reflejo ve al tipo que tiene sentado a su lado y que sólo puede ver en el reflejo. Es un tipo trajeado, de mediana edad, con algo de barba, bastante atractivo. Trata de adivinar su nombre por la forma de su cara, pero todos los intentos le parecen absurdos. Se gira, le mira y le pregunta:
.- Perdone el descaro, pero sería tan amable de decirme su nombre
.- Soy Philip, Philip Seymour Hoffman. Como usted, como todos
Entonces Philip Seymour Hoffman, que somos todos, funde a negro.
sábado, abril 10, 2010
Animales
Por la mañana podría ser una cebra, era lo menos habitual, pero también se daba esa opción. Generalmente me movía más entre los delfines o las marmotas. Me gustaba despertarme delfín porque el día se abría como un océano ante mi y yo me deslizaba por las primeras horas de la mañana con una cadencia agradable, avanzando entre las primeras horas bajo esa amable compenetración, en una armonía total con el arranque del día. Otras veces según despertaba era marmota y todo se me hacía espeso y lento y mi andar no era tan fluido. La mañana era un lugar que estaba lejos y yo avanzaba hacia ella con pesadez. Luego el día podía deparar cualquier cosa. A mediodía podía ser culebra, vaca o elefante, puma o incluso jabalí; salía de la oficina y penetraba en la selva de los menús a cazar mi almuerzo y no siempre se daba bien la caza. Caminaba por las calles acechando cualquier esquina para saltar a una manada de filetes o de platos de lentejas. Luego, dependiendo de la época, podía haber lugares en los que me convertía en pinguino, esto habitualmente sucedía en los locales mal llamados climatizados en los meses de verano, en algunos autobuses y en el coche de algún amigo. En verano las transformaciones eran muy veloces y muy variadas, caminando por la calle, respirando los perfumes de las chicas con ropas livianas al pasar, me podía convertir en gorila, orangután, conejo o cualquier macho de la pirámide alimenticia. Soy León en el despacho, enfrentado a las dificultades y el agotador enfrentamiento contra los otros animales. Atacar sin ser visto, defenderte y estar alerta a cada minuto, manejar a los tuyos con dureza y sin debilidad. A veces llego a casa exhausto y me sorprendo mirando a la vecina desde mi ventana convertido en girafa. Me siento en el sofá y ahí o me vuelvo perro y me quedo acostado pasando canales de televisión ante mis ojos o me da por volverme gato y las patas se van solas y se lanzan a la calle a merodear por mi barrio o por otros barrios, como gato uno jamás sabe donde están las gatitas. Entonces me voy por las calles al azar y a lo mejor entro en un bar y bebo algo escuchando algo de música y entonces hablo con alguien y generalmente, dominado por los efectos del alcohol me convierto o en loro o en pavo real, en cualquier caso en un ave de pluma colorida. Entonces suelto frases y soy tigre y termino en un taxi con una tigresa y subimos a casa y abrimos la puerta y nos lanzamos a la cama y ahí, entonces ahí soy tigre, pero también león, serpiente, elefante y conejo, liebre, puma, girafa, perro, gato y canguro o cualquier roedor. Soy animal y me vuelvo un animal. La vida, siempre, es una selva.
miércoles, abril 07, 2010
El último año de la carrera
Corría septiembre de 1966. Acabábamos de llegar a Salamanca. Era la segunda vez que cruzaba el atlántico, el viaje desde Lima había sido entusiasta y repleto de fantasías. Habíamos leido obsesivamente "On the road" y algo de Hemingway, así que de algún modo Salamanca y la facultad de medicina nos abrían la posibilidad de protagonizar nuestra propia generación beat. Peruanos pseudo burgueses en la Iberia franquista recreando una historia no escrita y que queríamos escribir. Estábamos dispuestos a vivir desde cero. Nos bañamos en la inocencia salvaje y quisimos creer que Salamanca sería el epicentro de nuestro movimiento literario, pero Salamanca era otra cosa. España en general era otra cosa y no lo supimos ver. No era el escenario de unos artistas liberados, actuando sin reglas. Las cosas eran más bruscas, menos modernas. Nosotros veníamos de la Lima burguesa, teníamos un pensamiento avanzado, moderno y España aún viajaba en carreta. En cualquier caso estábamos dispuestos a vivir cualquier cantidad de instantes salvajes, los forzabamos, los buscábamos, husmeabamos cada esquina en busca de experiencias traducibles a literatura. Nuestra idea, siempre, fue poder ser literatura en vida. Ahora, tantos años después no veo nada excesivamente reseñable, salvo lo que no nos dimos cuenta que era la verdadera literatura. Buscábamos salvajismo, extremos y los extremos y la literatura de nuestras experiencias sucedían donde no sabíamos verlo. Sin embargo, de todo aquello que buscábamos, siempre he guardado una anécdota especial, la única reseñable y realmente literaturizable. Un episodio que seguramente nos superó y nos trasladó a la verdadera inocencia y no la que forzabamos. Un episodio raro e inexplicable y que nos dio oportunidades que nos vimos porque íbamos disfrazados de lo que no éramos. Bajámos desde Salamanca hasta la Sierra de Madrid, estuvimos varios días caminando por las montañas de las que un sueco nos había hablado los primeros días en la residencia de estudiantes donde vivimos en Salamanca. Viajamos hasta allí en busca de no se que mística que nos prometió el sueco. En Salamanca cogimos un autobús proletario que nos dejó en Segovia. De Segovia caminamos horas ascendiendo hasta un pico del que no recuerdo el nombre. Desde allí fuimos recorriendo rutas indicadas por aquel sueco bastardo. El camino lo aliñamos fumando marihuana hasta el hastío por aquellas montañás resecas, con lo difícil que era fumar marihuana y conseguirla en España en aquella época, pero el sueco insistió tanto en el viaje y su recomendación que para motivarnos nos consiguió una marihuana excelente traída de no se que modo desde Tetuan. A los dos días caminabamos Marquito, el Chumi, El indio y yo, por un camino arenoso y seco, nada parecido a la vegetación a la que estábamos acostumbrados. El Chumi leía enfervorizado y narcótico a Machado en voz alta, avanzando por aquella arena reseca y árida. Atardecía y nos habíamos perdido, llevabamos horas, casi los dos días sin cruzarnos con gente y la excursión había tenido cualquier adjetivo menos el de la mística. En eso nos apareció un tipo uniformado y nos llamó amablemente:
.- Muchachos. ¿Que hacen por aquí tan alegres y dicharacheros?
Al ver al guardia civil, abandonamos con enorme facilidad cualquier espíritu de rebeldía y fuimos forzosamente amables con aquel individuo extraño que nos abordaba solitario en medio de la montaña:
.- Paseando, Sr, por las hermosas montañas de su hermoso país.
Y el agente sonrió, y el Chumi que andaba con Machado a cuestas, soltó para puntualizar nuestra veneración al paisaje y la península y sus poetas y a modo de guiño y para hacer énfasis en nuestra amabilidad ante la tierra que nos acogía dijo:"Ancha es Castilla"
.- Caray- dijo el acento- que los jovenes no son nacionales, que son extranjeritos y ¿de donde vienen los simpáticos chavales?
.- Somos peruanos, señor.
.- América, América y España encontrándose de nuevo. Cualquier lugar es idóneo para un encuentro entre los dos lados. Ahora aquí en la sierra.
.- Así es, señor- Dije yo, pues a pocas cosas temía más que a la guardia civil, los perros del régimen
Entonces la conversación fue rápida y el cambio de tono del guardia civil aún más. De repente se puso confidente con nosotros. Mareaba la perdiz sin seguir en línea recta hacia donde quería ir. Hasta que tras varios regodeos nos pidió casi susurrando el favor de seguirle. Que no era nada importante, un pequeño favor:
.- Verán, jovenes. Aquí, un poco más adelante en este camino, nos vamos a encontrar en seguida con una casa de piedra. La única construcción en toda la montaña. Es, como verán en seguida, una casa grande a la que acude alguien muy poderoso una vez a la semana. Necesito que entren conmigo y charlen con él. Les propondrá jugar al poker, beber algo de alcohol e intercambiar anécdotas. Nada más. Si ustedes lo hacen, a él le harán feliz, a mi me harán un impagable favor y ustedes sacarán algún beneficio a posteriori, creánme.
Guiados por la curiosidad y la inquietud, seguimos al guardia civil. Avanzamos por camino, atravesamos un repentino bosque de pinos y jaras y nos encontramos con una valla de piedra que efectivamente, delimitaba la finca de la casa de piedra. Una casa que bien podría recordar a la de una película de terror que quizá en aquella época aún no se habría rodado. Atravesamos la finca siguiendo al guardia que constantemente nos miraba y sonreía nerviosamente. LLegamos a la puerta donde un coche negro estaba detenido. El guardia civil abrió la puerta de la inmensa casa y nos invitó a pasar. Cruzamos la puerta y en el hall inmenso, sentado en una butaca ostentosa y de tamaño desmesurado, vimos sentado a Franco. No recuerdo como reaccionaron los demás, recuerdo que yo pensé, con una bola de nervios en el estómago "pero si es un jodido enano". Franco se puso en píe, se presentó uno a uno y nos invitó a pasar a un salón con unas ventanas que tenían unas vistas impresionantes. El guardía civil había desaparecido y ahora hacía presencia un mayordomo a un tipo, bastante torpe, que hacía las funciones de mayordomo.
.- ¿Que queréis beber, chicos?- dijo Franco, en un tono, levemente amanerado que resultaba extraño
Agarrotados por la impresión y por el nervio, EL Chumi contestó que agua, pero Franco sonriente le miró y le dijo:
.- No, Chumi. No. ¿Que alcohol? Aquí nada de agua, hombre. Tengo un whisky formidable. ¿Queréis un whiskicito?
y todos, contestando con movimientos de cabeza exclusivamente, dijimos que si. A los pocos minutos apareció el pseudo mayordomo con una bandeja repleta de whiskys y una baraja de poker. Franco nos propuso, entonces, jugar una partida. Nos sentamos en la mesa y en un silencio extraño repartimos las cartas.
.- Verá, Señor Franco- Dije yo azotado por un bloqueo emocional- yo no se jugar casi al poker
.- Por favor, amigo. No me llames Señor Franco. Llámame Paco, como me llaman los íntimos. Y no te preocupes, olvidemos el Poker, entonces. El poker es una excusa. Y el mayordomo apareció, de repente, con una bandeja llena de cocaina. Puso la bandeja cerca de Paco y este se lanzó poseido a meterse una raya.
.- Adelante, chicos. Esta mierda es cojonuda. Me la trajo un ministro de un viaje a Colombia.
La cosa siguió mas o menos así: Consumo desenfrenado de cocaína. Conversaciones deliradas dirigidas por el dictador. Primeras confianzas físicas de Paco. Paco que le toca el hombro al Chumi. Paco que me lanza la mano a la rodilla. Paco que sonríe y cada vez tiene más amaneramiento no sólo en el habla, también gestuálmente. Paco que roza su hombro constantemente con el hombro del indio. Paco que se quita la chaqueta. Paco que propone disfrazarnos. Paco que se bebe los Whiskys como agua. Paco que le dice al pseudo mayordomo que ponga algo de Mambo a todo volumen. Paco que coge a Chumi y se ponen a bailar por todo el salón. Paco que trata de besar al Chumi y el Chumi lo evita como puede. Paco que dice que porque no bailamos todos. Paco que hace trencito y se coloca de locomotora, dirigiendo los pasos por todo el salón. Paco que agarra al indio por la cintura y le da un beso en el cuello. Paco que bebe y nos hace beber. Paco que pide más cocaína para todos. Paco que se quita la camiseta y baila como si le fuera la historia en ello. Paco que se cae redondo al suelo y se queda traspuesto. El mayordomo que se lleva a Paco a una habitación, vuelve, nos da unos sobres con dinero y nos dice que como hablemos de esto, ya sabemos lo que hay. Salimos de la casa. Vemos al guardia civil apoyado en el capó del coche negro. Nos sonríe y dice:
.- Muy bien muchachos. Ya sabeis- y el dedo indice lo hace recorrer a lo ancho del cuello.
Las cosas nos quedan claras, nadie habla jamás de Paco. Como buenamente podemos terminamos la excursión. Cogemos un bus a Salamanca. El sueco nos pregunta sobre la mística de la sierra y le decimos que si, que nuestra vida es otra desde la sierra y nos fumamos un porro con el Sueco. Pasamos el año estudiando nuestro último año de medicina y volvemos a Lima. Se han diluido lentamente, nuestras intenciones de ser beatniks
.- Muchachos. ¿Que hacen por aquí tan alegres y dicharacheros?
Al ver al guardia civil, abandonamos con enorme facilidad cualquier espíritu de rebeldía y fuimos forzosamente amables con aquel individuo extraño que nos abordaba solitario en medio de la montaña:
.- Paseando, Sr, por las hermosas montañas de su hermoso país.
Y el agente sonrió, y el Chumi que andaba con Machado a cuestas, soltó para puntualizar nuestra veneración al paisaje y la península y sus poetas y a modo de guiño y para hacer énfasis en nuestra amabilidad ante la tierra que nos acogía dijo:"Ancha es Castilla"
.- Caray- dijo el acento- que los jovenes no son nacionales, que son extranjeritos y ¿de donde vienen los simpáticos chavales?
.- Somos peruanos, señor.
.- América, América y España encontrándose de nuevo. Cualquier lugar es idóneo para un encuentro entre los dos lados. Ahora aquí en la sierra.
.- Así es, señor- Dije yo, pues a pocas cosas temía más que a la guardia civil, los perros del régimen
Entonces la conversación fue rápida y el cambio de tono del guardia civil aún más. De repente se puso confidente con nosotros. Mareaba la perdiz sin seguir en línea recta hacia donde quería ir. Hasta que tras varios regodeos nos pidió casi susurrando el favor de seguirle. Que no era nada importante, un pequeño favor:
.- Verán, jovenes. Aquí, un poco más adelante en este camino, nos vamos a encontrar en seguida con una casa de piedra. La única construcción en toda la montaña. Es, como verán en seguida, una casa grande a la que acude alguien muy poderoso una vez a la semana. Necesito que entren conmigo y charlen con él. Les propondrá jugar al poker, beber algo de alcohol e intercambiar anécdotas. Nada más. Si ustedes lo hacen, a él le harán feliz, a mi me harán un impagable favor y ustedes sacarán algún beneficio a posteriori, creánme.
Guiados por la curiosidad y la inquietud, seguimos al guardia civil. Avanzamos por camino, atravesamos un repentino bosque de pinos y jaras y nos encontramos con una valla de piedra que efectivamente, delimitaba la finca de la casa de piedra. Una casa que bien podría recordar a la de una película de terror que quizá en aquella época aún no se habría rodado. Atravesamos la finca siguiendo al guardia que constantemente nos miraba y sonreía nerviosamente. LLegamos a la puerta donde un coche negro estaba detenido. El guardia civil abrió la puerta de la inmensa casa y nos invitó a pasar. Cruzamos la puerta y en el hall inmenso, sentado en una butaca ostentosa y de tamaño desmesurado, vimos sentado a Franco. No recuerdo como reaccionaron los demás, recuerdo que yo pensé, con una bola de nervios en el estómago "pero si es un jodido enano". Franco se puso en píe, se presentó uno a uno y nos invitó a pasar a un salón con unas ventanas que tenían unas vistas impresionantes. El guardía civil había desaparecido y ahora hacía presencia un mayordomo a un tipo, bastante torpe, que hacía las funciones de mayordomo.
.- ¿Que queréis beber, chicos?- dijo Franco, en un tono, levemente amanerado que resultaba extraño
Agarrotados por la impresión y por el nervio, EL Chumi contestó que agua, pero Franco sonriente le miró y le dijo:
.- No, Chumi. No. ¿Que alcohol? Aquí nada de agua, hombre. Tengo un whisky formidable. ¿Queréis un whiskicito?
y todos, contestando con movimientos de cabeza exclusivamente, dijimos que si. A los pocos minutos apareció el pseudo mayordomo con una bandeja repleta de whiskys y una baraja de poker. Franco nos propuso, entonces, jugar una partida. Nos sentamos en la mesa y en un silencio extraño repartimos las cartas.
.- Verá, Señor Franco- Dije yo azotado por un bloqueo emocional- yo no se jugar casi al poker
.- Por favor, amigo. No me llames Señor Franco. Llámame Paco, como me llaman los íntimos. Y no te preocupes, olvidemos el Poker, entonces. El poker es una excusa. Y el mayordomo apareció, de repente, con una bandeja llena de cocaina. Puso la bandeja cerca de Paco y este se lanzó poseido a meterse una raya.
.- Adelante, chicos. Esta mierda es cojonuda. Me la trajo un ministro de un viaje a Colombia.
La cosa siguió mas o menos así: Consumo desenfrenado de cocaína. Conversaciones deliradas dirigidas por el dictador. Primeras confianzas físicas de Paco. Paco que le toca el hombro al Chumi. Paco que me lanza la mano a la rodilla. Paco que sonríe y cada vez tiene más amaneramiento no sólo en el habla, también gestuálmente. Paco que roza su hombro constantemente con el hombro del indio. Paco que se quita la chaqueta. Paco que propone disfrazarnos. Paco que se bebe los Whiskys como agua. Paco que le dice al pseudo mayordomo que ponga algo de Mambo a todo volumen. Paco que coge a Chumi y se ponen a bailar por todo el salón. Paco que trata de besar al Chumi y el Chumi lo evita como puede. Paco que dice que porque no bailamos todos. Paco que hace trencito y se coloca de locomotora, dirigiendo los pasos por todo el salón. Paco que agarra al indio por la cintura y le da un beso en el cuello. Paco que bebe y nos hace beber. Paco que pide más cocaína para todos. Paco que se quita la camiseta y baila como si le fuera la historia en ello. Paco que se cae redondo al suelo y se queda traspuesto. El mayordomo que se lleva a Paco a una habitación, vuelve, nos da unos sobres con dinero y nos dice que como hablemos de esto, ya sabemos lo que hay. Salimos de la casa. Vemos al guardia civil apoyado en el capó del coche negro. Nos sonríe y dice:
.- Muy bien muchachos. Ya sabeis- y el dedo indice lo hace recorrer a lo ancho del cuello.
Las cosas nos quedan claras, nadie habla jamás de Paco. Como buenamente podemos terminamos la excursión. Cogemos un bus a Salamanca. El sueco nos pregunta sobre la mística de la sierra y le decimos que si, que nuestra vida es otra desde la sierra y nos fumamos un porro con el Sueco. Pasamos el año estudiando nuestro último año de medicina y volvemos a Lima. Se han diluido lentamente, nuestras intenciones de ser beatniks
martes, abril 06, 2010
Laura Martín
No llegaba autobús hasta la colina de los almendros. La urbanización lujosa y exclusiva era de difícil acceso sino se contaba con automóvil. Yo me bajaba en una parada que había donde la entrada de la carretera, allí me dejaba un autobús de línea que contaba con muy pocos servicios al cabo del día, luego el camino en ascenso hasta la mansión de los Martín era largo y muy empinado, pero aún así acepté aquel trabajo porque el sueldo era bueno y porque desde la entrevista había algo en aquella casa, en aquella familia invisible, que me resultaba atractivo, hipnótico. Había una sala de planchado cerca de la cocina y de las habitaciones de servicio. Yo llegaba y Lourdes, la encargada principal, me había dejado toda aquella ropa para planchar. Casi nunca hablaba con nadie, casi nunca me cruzaba ni con otros empleados ni con nadie de los Martín. Mientras planchaba, a través de la ventana, veía a veces al jardinero entregado paciente a sus labores. El trato con Lourdes era frecuentemente muy veloz y distante, me pagaba puntualmente y me citaba para la siguiente jornada. Solía ir tres veces por semana, planchaba grandes cantidades de sábanas, de ropas elegantes, deportivas, uniformes de servicio. Pasaba mis horas concentrada, porque el ambiente silencioso y el buen pago invitaban a hacer tu trabajo con esmero. Una chica muy joven llegaba al mediodía y me avisaba para acercarme a una mesa de la cocina donde me habían dejado algo para comer. Comía y volvía a la sala de planchado. A las seis o seis y media, Lourdes se acercaba con el sobre del dinero, me lo daba y me preguntaba siempre por si podría venir el siguiente día indicándome día y hora. Yo contestaba siempre que si, cogía el sobre, salía de la gigantesca sala, en la puerta me abría el vigilante y salía a la soledad de aquella urbanización gigante. Descendía por las cuestas solitarias entre otras casas igual de gigantes y de silenciosas. En el camino sólo escuchaba de vez en cuando algún perro ladrando al otro lado de las vallas. Mucho rato después llegaba a a la carretera donde estaba la parada y esperaba paciente la llegada del autobús que me llevara hasta la ciudad. Siempre era así, pero una tarde Lourdes se acercó con el sobre y me dijo que si alguna vez podría contar conmigo como apoyo para fiestas, le dije que si, que ya había servido y que también había realizado trabajos de hostelería y de cocina en alguna ocasión:
.- Necesitamos que vengas este sábado para ayudar en una fiesta que da el Sr Martín. Es una fiesta importante para el Señor, no ya sólo por lo que celebra sino por que los invitados son especiales. Hay que hacer un trabajo excelente ¿podrías encargarte de servir bandejas de bebidas y de aperitivos?
Por supuesto acepté. Aquello me pareció una oportunidad única y al enterarme de lo que me pagarían aún me pareció mas acertada mi decisión de trabajar aquel sábado. Lourdes me dio las indicaciones, horas y algunas normas importantes para el servicio de aquella fiesta.
Llegué a media tarde, un poco retrasada porque si habitualmente era complicado llegar, los sábados el viaje a la colina de los almendros era aún mas inaccesible y difícil. Subí las cuestas de la colina casi corriendo, pero tratando de no sudar. El vigilante me abrió la puerta, llegué a la sala donde me esperaba Lourdes. Pedí mi avergonzada disculpas por el retraso, pero Lourdes no estaba molesta, contestó que era normal que el sábado hubiera tardado más en llegar. Era obvio que yo no llegaba en coche, pero me sorprendió que supiera como venía yo hasta la casa. Luego me entregó un uniforme y me dijo que me vistiera y que me fuera al jardín. Me cambié en un baño muy amplio y salí al jardín donde nunca había estado. Vi a lo lejos una piscina y una pista de tenis. Allí había dos chicas jugando. Una de ellas era hermosísima y golpeaba la pelota con enorme precisión. Me quedé unos segundos mirando porque había algo de espectáculo en como aquella muchacha giraba la cabeza de la raqueta para devolver la pelota al otro lado de la red. Seguí de largo hasta el porche. Por alguna razón en el momento que pasé al lado de la pista me puse nerviosa. Las muchachas me ignoraron. Entre punto y punto la otra chica dijo algo que no alcancé a entender.
Nos explicaron la organización de nuestro trabajo, como debíamos repartirnos las bebidas y los aperitivos, que zonas abarcar cada una y como debía ser nuestro trato. Una hora después sonaba música en directo, un cuarteto interpretaba al fondo del jardín. Una multitud conversaba entremezclada. Tras muchos paseos entre la gente con mi bandeja logré descifrar quien era el Sr Martín, también a la Sra, que se acercó para saludar y agradecernos nuestro trabajo. Seguí entregada a mi labor. Una de las veces alargué la bandeja entre un grupo de jóvenes, allí vi a la muchacha hermosa que jugaba al tenis muy arreglada y elegante, era la hija de los Martín charlando con un chico de aspecto desagradable y antipático. Una de las veces que fui a recoger más bebidas para poner en la bandeja. Lourdes, me llamó aparte y me dijo:
.- ¿Puedes acercarte allí, al fondo del jardín? Hay una fuente de piedras enterrada de un montículo, detrás podrás entrar en una sala. Lleva esta bandeja con esto
y deposito una caja granate. Caminé por todo el jardín con la bandeja repleta de bebidas siguiendo las indicaciones de Lourdes. Cruce una puerta que efectivamente había detrás de aquel montículo y me encontré con seis tipos sentados en una mesa de cristal. Nadie hablaba, cogieron las bebidas y uno de ellos cogió la caja. Me giré para irme, pero el que había cogido la caja me dijo:
.- No, por favor. No puede irse. Pase y quédese allí.
Avancé hasta la posición que me indicó. Me quedé quieta. Los seis hombres se agarraron de las manos haciendo el círculo alrededor de la mesa. La caja la colocaron en el medio justo. No hablaron pero se cogían las manos con muchas fuerzas. Uno de ellos abrió los ojos y dijo en alto y con un tono muy serio, muy dramático:
.- No puede salir otra vez. Es día 12. No va a salir.
.- Pero hay que intentarlo. Por favor, cerremos los ojos e intentémoslo de nuevo.
Estuvieron algunos minutos muy concentrados. Miré la caja varias veces esperando que se abriera o que saliera un rayo o un humo o algo. Esperé que saliera algo, una señal, pero no sucedía nada. Abrieron todos los ojos, se soltaron las manos. El más alto lanzó la mano hacia la caja y la abrió. Miró a los otros con solemnidad:
.- Lo tomaré yo.
De la caja sacó una especie de seta o champiñón y se lo tragó.
.- Esto nos va a costar el despido.
.- Vamos, por favor. Vamos. Hagamos el esfuerzo.
El que había tomado el champiñón se separó de los otros y cerró los ojos. Pasados unos segundos empezó a hablar:
.- Las señales son confusas. Veo las vibraciones angulares a lo lejos.
.- ¡ Dios mio! Otra vez las vibraciones angulares. No puede ser
.- Si, las vibraciones angulares, pero esta vez vienen acompañadas del frenesí amorfo. Las ondas se repiten. Todo se confunde con la cara de Laura.
.- ¿De Laura?- Gritó otro- ¿La hija de Martín?
.- Si- contestó- Laura entre vapores, Laura aumentando de tamaño
Los demás le miran absolutamente concentrados y atentos a cada una de sus frases. Al escuchar el nombre de la hija de Martín pienso en la imagen de la tarde cuando la vi jugando al tenis. Laura Martín jugando al tenis y luego Laura Martín hablando con ese joven nefasto. Sigo observando la extraña escena.
.- Laura juguetea con planetas. Laura navega sólida entre mares fosforescentes...
.- Martín nos va a matar a todos. No puede ser que Laura aparezca en todo esto.
Yo encadeno pensamientos. De repente me parece ver conexión entre las palabras inconexas del hombre del champinón y la imagen de Laura Martín jugando la tenis por la tarde y hablo, sin saber muy bien por que lo hago:
.- Laura jugaba al tenis esta tarde y había algo mágico y enigmático en como golpeaba la raqueta
Todos me miran incredulos, sin comprender. Uno de ellos me habla:
.- ¿A qué hora?
.- No se, atardecía. Hubo un momento que dio un golpe que no parecía un golpe, parecía poesía, pero no me haga caso, no se muy bien que me digo- trato de excusarme, pero por otro lado no he podido evitar hablar. Me averguenzo de haber hablado y tampoco entiendo que digo.
.- Entonces es Laura
.- Si, es Laura- contesta el del champiñón.
Uno de ellos se acerca, me coge de la mano y me dice que nada hubiera sido posible sin mi ayuda:
.- Gracias- dicen todos a coro
Me unen a ellos. En ese instante entra en Sr Martín y muy serio pregunta:
.- ¿Ya se sabe algo?
Hay un largo silencio. Todos miran al suelo. Estamos los seis y yo cogidos de la mano en círculo. Sin saber porque miro al Sr Martín y digo:
.- Es Laura Sr Martín. Es Laura. Lo siento
El Sr Martín se queda estático, totalmente conmovido, a punto de llorar. Se da media vuelta y desaparece. Yo cojo la bandeja y salgo al jardín. Trabajo el resto de la noche como si nada hubiera pasado. A las dos de la mañana me acerco hasta Laura con la bandeja. Me mira y sonríe. Doy, en ese momento, por acabada mi jornada.
.- Necesitamos que vengas este sábado para ayudar en una fiesta que da el Sr Martín. Es una fiesta importante para el Señor, no ya sólo por lo que celebra sino por que los invitados son especiales. Hay que hacer un trabajo excelente ¿podrías encargarte de servir bandejas de bebidas y de aperitivos?
Por supuesto acepté. Aquello me pareció una oportunidad única y al enterarme de lo que me pagarían aún me pareció mas acertada mi decisión de trabajar aquel sábado. Lourdes me dio las indicaciones, horas y algunas normas importantes para el servicio de aquella fiesta.
Llegué a media tarde, un poco retrasada porque si habitualmente era complicado llegar, los sábados el viaje a la colina de los almendros era aún mas inaccesible y difícil. Subí las cuestas de la colina casi corriendo, pero tratando de no sudar. El vigilante me abrió la puerta, llegué a la sala donde me esperaba Lourdes. Pedí mi avergonzada disculpas por el retraso, pero Lourdes no estaba molesta, contestó que era normal que el sábado hubiera tardado más en llegar. Era obvio que yo no llegaba en coche, pero me sorprendió que supiera como venía yo hasta la casa. Luego me entregó un uniforme y me dijo que me vistiera y que me fuera al jardín. Me cambié en un baño muy amplio y salí al jardín donde nunca había estado. Vi a lo lejos una piscina y una pista de tenis. Allí había dos chicas jugando. Una de ellas era hermosísima y golpeaba la pelota con enorme precisión. Me quedé unos segundos mirando porque había algo de espectáculo en como aquella muchacha giraba la cabeza de la raqueta para devolver la pelota al otro lado de la red. Seguí de largo hasta el porche. Por alguna razón en el momento que pasé al lado de la pista me puse nerviosa. Las muchachas me ignoraron. Entre punto y punto la otra chica dijo algo que no alcancé a entender.
Nos explicaron la organización de nuestro trabajo, como debíamos repartirnos las bebidas y los aperitivos, que zonas abarcar cada una y como debía ser nuestro trato. Una hora después sonaba música en directo, un cuarteto interpretaba al fondo del jardín. Una multitud conversaba entremezclada. Tras muchos paseos entre la gente con mi bandeja logré descifrar quien era el Sr Martín, también a la Sra, que se acercó para saludar y agradecernos nuestro trabajo. Seguí entregada a mi labor. Una de las veces alargué la bandeja entre un grupo de jóvenes, allí vi a la muchacha hermosa que jugaba al tenis muy arreglada y elegante, era la hija de los Martín charlando con un chico de aspecto desagradable y antipático. Una de las veces que fui a recoger más bebidas para poner en la bandeja. Lourdes, me llamó aparte y me dijo:
.- ¿Puedes acercarte allí, al fondo del jardín? Hay una fuente de piedras enterrada de un montículo, detrás podrás entrar en una sala. Lleva esta bandeja con esto
y deposito una caja granate. Caminé por todo el jardín con la bandeja repleta de bebidas siguiendo las indicaciones de Lourdes. Cruce una puerta que efectivamente había detrás de aquel montículo y me encontré con seis tipos sentados en una mesa de cristal. Nadie hablaba, cogieron las bebidas y uno de ellos cogió la caja. Me giré para irme, pero el que había cogido la caja me dijo:
.- No, por favor. No puede irse. Pase y quédese allí.
Avancé hasta la posición que me indicó. Me quedé quieta. Los seis hombres se agarraron de las manos haciendo el círculo alrededor de la mesa. La caja la colocaron en el medio justo. No hablaron pero se cogían las manos con muchas fuerzas. Uno de ellos abrió los ojos y dijo en alto y con un tono muy serio, muy dramático:
.- No puede salir otra vez. Es día 12. No va a salir.
.- Pero hay que intentarlo. Por favor, cerremos los ojos e intentémoslo de nuevo.
Estuvieron algunos minutos muy concentrados. Miré la caja varias veces esperando que se abriera o que saliera un rayo o un humo o algo. Esperé que saliera algo, una señal, pero no sucedía nada. Abrieron todos los ojos, se soltaron las manos. El más alto lanzó la mano hacia la caja y la abrió. Miró a los otros con solemnidad:
.- Lo tomaré yo.
De la caja sacó una especie de seta o champiñón y se lo tragó.
.- Esto nos va a costar el despido.
.- Vamos, por favor. Vamos. Hagamos el esfuerzo.
El que había tomado el champiñón se separó de los otros y cerró los ojos. Pasados unos segundos empezó a hablar:
.- Las señales son confusas. Veo las vibraciones angulares a lo lejos.
.- ¡ Dios mio! Otra vez las vibraciones angulares. No puede ser
.- Si, las vibraciones angulares, pero esta vez vienen acompañadas del frenesí amorfo. Las ondas se repiten. Todo se confunde con la cara de Laura.
.- ¿De Laura?- Gritó otro- ¿La hija de Martín?
.- Si- contestó- Laura entre vapores, Laura aumentando de tamaño
Los demás le miran absolutamente concentrados y atentos a cada una de sus frases. Al escuchar el nombre de la hija de Martín pienso en la imagen de la tarde cuando la vi jugando al tenis. Laura Martín jugando al tenis y luego Laura Martín hablando con ese joven nefasto. Sigo observando la extraña escena.
.- Laura juguetea con planetas. Laura navega sólida entre mares fosforescentes...
.- Martín nos va a matar a todos. No puede ser que Laura aparezca en todo esto.
Yo encadeno pensamientos. De repente me parece ver conexión entre las palabras inconexas del hombre del champinón y la imagen de Laura Martín jugando la tenis por la tarde y hablo, sin saber muy bien por que lo hago:
.- Laura jugaba al tenis esta tarde y había algo mágico y enigmático en como golpeaba la raqueta
Todos me miran incredulos, sin comprender. Uno de ellos me habla:
.- ¿A qué hora?
.- No se, atardecía. Hubo un momento que dio un golpe que no parecía un golpe, parecía poesía, pero no me haga caso, no se muy bien que me digo- trato de excusarme, pero por otro lado no he podido evitar hablar. Me averguenzo de haber hablado y tampoco entiendo que digo.
.- Entonces es Laura
.- Si, es Laura- contesta el del champiñón.
Uno de ellos se acerca, me coge de la mano y me dice que nada hubiera sido posible sin mi ayuda:
.- Gracias- dicen todos a coro
Me unen a ellos. En ese instante entra en Sr Martín y muy serio pregunta:
.- ¿Ya se sabe algo?
Hay un largo silencio. Todos miran al suelo. Estamos los seis y yo cogidos de la mano en círculo. Sin saber porque miro al Sr Martín y digo:
.- Es Laura Sr Martín. Es Laura. Lo siento
El Sr Martín se queda estático, totalmente conmovido, a punto de llorar. Se da media vuelta y desaparece. Yo cojo la bandeja y salgo al jardín. Trabajo el resto de la noche como si nada hubiera pasado. A las dos de la mañana me acerco hasta Laura con la bandeja. Me mira y sonríe. Doy, en ese momento, por acabada mi jornada.
martes, marzo 30, 2010
C, ciudad capital
Cielo de plomo, luz cobriza. Parece que fuera a caer lluvia sólida. Esas nubes parecen metálicas. Media tarde espesa y húmeda. Desde esta azotea se ven algunos de los límites de la ciudad. La montaña gigante en todo su esplendor. el ruido del tráfico parece el acompañamiento musical de una escena de intensidad. Se empiezan a encender las primeras luces, se entremezclan los primeros neones con la caída paulatina del la luz diurna. No he anotado nada en mi cuadernillo en todo el día, lo hago ahora para recordarme que ha sido otro día introvertido, entendiendo por día introvertido ese que pasa sin dejarse notar, sumándose a otros días sin aspavientos, obediente. En realidad me agradan los días introvertidos, vivimos con la intención de que cada día sea extrovertido, pero los días así pasan de largo y se suman del mismo modo que los otros, nada los obliga a ser especiales, llamativos y de siempre he sentido predilección por lo que aparenta ser común, puesto que nada es común, eso me hace pensar que estos días en el fondo esconden enormes peculiaridades. No pienso más en este día, ahora me atrae ese juego casual que se forma entre el neón de Sony que tengo casi en primer termino con aquel de HP que está a kilómetros, a la altura de las torres centrales. Colocados en días y horas diferentes en lo alto de sus edificios. No sospechaban los operarios que los instalaron que aquello generaría una especie de coreografía o curioso juego de luces para ser observado desde esta azotea ¿O si? ¿Es posible que si estuviera planificado? ¿cabe la posibilidad de que fuera intencionado este juego hermoso que se crea entre el neón de HP allí a lo lejos y el de Sony aquí cerca? No, estoy seguro que no. Esa intermitencia regulada, ese efecto de caída cuando se enciende la Y y que parece reverberar en la P allí, no es intencionado; es la atracción del azar. Se va la luz del día, se acaba la luz cobriza, ahora el cielo de plomo se vuelve oscuro, reventado por el resplandor de la urbe encendida. La montaña que todo lo vigila se lanza a la oscuridad, se deja de identificar su perfil. Siempre he fantaseado con la idea de que hay gente que habita en la montaña y por las noches hay actividades enigmáticas a media altura. Se de fiestas en lo alto, de gente que excursiona y sube y pasa la noche, pero me refiero a la posibilidad de que haya grupos secretos que viven en zonas inaccesibles de la montaña y maniobran y realizan actividades misteriosas mientras la ciudad abajo sobrevive a la noche y a su laberinto de violencia. Hay veces que miro horas la montaña y recuerdo aquel tipo que se enamoró de ella. Su apartamento miraba hacia ella. Me confesó, en aquellos arrebatos que le daban a la hora de hablar de la montaña, que llegó a masturbarse mirando el perfil. Luego sacaba un cuaderno y leía cartas que escribía como si fuera una mujer. Una noche decidió subir absolutamente borracho. Cogió el coche y se quedó en el parking que hay en la ladera central, cuando apagó el motor unos malandros entraron y le mataron. Dejaron su cuerpo tirado en el aparcamiento y se llevaron el coche. No tenía familia y fuimos muy pocos a recoger sus cosas, yo tuve la osadía de quedarme con el cuaderno de cartas a la montaña pensando en la posibilidad de publicarlo. Llegué a pensar en buscar subvención institucional, promover aquellos textos como una forma para vincular literatura a la montaña ese símbolo inevitable de esta ciudad, pero a nadie le atrajo el proyecto. Era un autor underground en una ciudad que toda ella, de por sí, es underground como forma de existencia, pero aquí nadie mira a los lados. Hay veces que ni siquiera miramos la montaña. He llegado a creer que esta ciudad existe por contraste a esa montaña sublime ¿Cómo es posible que exista esta ciudad desmembrada a los pies de semejante accidente geográfico? Esa ladera inmensa y potente y a sus pies este caos insostenible, la violencia por la violencia. Hay algo místico en la ubicación de esta ciudad. Como si esa montaña fuera un ser mitológico y esta ciudad parte de su leyenda. Debe haber una explicación así para comprender esto o quizá no sea mas que como el neón de Sony y el de HP, que hacen un juego de reverberaciones y contrastes, ajenos. Unidos por un azar y por el punto de vista que da esta azotea. Quizá sea eso y no haya más. Eso sólo la montaña lo sabe.
domingo, marzo 28, 2010
Historia de un texto
Buenas tardes (¿tardes? ¿noches?¿días? ¿Qué hora es en un texto atemporal?) Soy el personaje de este texto que comienza. Entre otras muchas características, para mi, la primordial, es que puedo ser absolutamente variable y transformarme a cada instante, virtud que poseo por ser texto o literatura, si a esto que aquí se escribe se le puede llamar literatura. Puedo ser por ejemplo, Caballero psicodélico de campos galácticos y estar batallando en guerras lejanas y seguidamente, como ahora ocurre, ser enfermera de un hospital de pocos recursos en el medio de la selva. Eso sucede, y esa es mi principal virtud, que puedo ser una cosa y variar, si el texto lo justifica, a cualquier otra. Pensaba, por ejemplo, que podría ser el muñeco verde que indica el paso en un semáforo, que este texto podría narrar las aventuras y desasosiegos de mi vida en ese espacio cerrado pero creado sólo para mi y pasar seguidamente a ser el escritor en blanco en busca de un argumento que le obsesiona pero que no encuentra. Eso soy, aunque no siempre sea fácil, sin ser nada del todo o ser a tiempo parcial. Esto sucede, claro, porque soy personaje de literatura, en otras épocas fui personaje de cine o teatro, pero estas variaciones no se daban del mismo modo. En cine o teatro producción ponía peros, eran caras las transformaciones del personaje, destrozaban la credibilidad o la verosimilitud de la trama. Había que ser generalmente el mismo personaje de principio a fin de la trama. En literatura no. Nadie te niega nada por dinero, puedo ser uno y ser otro por simples variaciones surrealistas. Por eso me gustan las narraciones sin orden ni normas. Como personaje puedes traspasar fronteras, no ser lineal. En este texto por ejemplo son narrador, pero el que escribe puede empezar a hablar de mi en tercera persona, sin aviso. Y así sucedió, el personaje orgulloso de ser transformable dejó de narrar su vida, y traspasó determinadas barreras argumentales para ser un triste personaje atado a una biografía cruel. De repente y sin saberlo, el personaje apareció caminando en medio de un campo desolado, aquel paraje en el que apareció, le resultó extremadamente frío y apenas llevaba abrigo para cubrirse. Miró a los lados, quizá esperando cierta compasión del autor que le escribía, miro a un lado, a otro. A lo lejos el cielo espeso anunciaba nieves, sus pies descalzos y su pantalón corto le prometían una jornada durísima. De repente gritó:
.- ¿Por qúe me haces esto? ¿Acaso quieres demostrar tu poder sobre mi? Yo sólo narraba mi agradecimiento a la literatura por dejarme ser muchas cosas.
y empezó a caminar hacía un horizonte vacío. No sabía donde estaba, aquella estepa helada le atemorizaba a cada segundo un poco más y fue desapareciendo por puro capricho del autor. El autor a su vez, siguió tecleando orgulloso de su poder y de toda su capacidad para manejar el destino del personaje a su antojo, sin explicaciones. Sentado en su silla, escuchando a cada palabra el sonido de las teclas, notó de repente un tacto suave alrededor del cuello. No se detuvo, pensó en corrientes de aire, pero ese tacto era frío, casi como el del hielo. Marco un punto. Giró la cabeza. No vio a nadie. Volvió al texto y notó de repente un escozor agudo en el cuello, una gota de sangre manchó el teclado. Se asustó. Se tocó el cuello. Estaba sangrando y así lo escribió. Escuchó un último susurro que no pudo anotar. Esta frase, que fue la última que escuchó en vida la dejo anotada su asesino en este texto:
.- No menosprecies el poder del personaje. Al fin y al cabo está en sus manos el destino de tu texto.
.- ¿Por qúe me haces esto? ¿Acaso quieres demostrar tu poder sobre mi? Yo sólo narraba mi agradecimiento a la literatura por dejarme ser muchas cosas.
y empezó a caminar hacía un horizonte vacío. No sabía donde estaba, aquella estepa helada le atemorizaba a cada segundo un poco más y fue desapareciendo por puro capricho del autor. El autor a su vez, siguió tecleando orgulloso de su poder y de toda su capacidad para manejar el destino del personaje a su antojo, sin explicaciones. Sentado en su silla, escuchando a cada palabra el sonido de las teclas, notó de repente un tacto suave alrededor del cuello. No se detuvo, pensó en corrientes de aire, pero ese tacto era frío, casi como el del hielo. Marco un punto. Giró la cabeza. No vio a nadie. Volvió al texto y notó de repente un escozor agudo en el cuello, una gota de sangre manchó el teclado. Se asustó. Se tocó el cuello. Estaba sangrando y así lo escribió. Escuchó un último susurro que no pudo anotar. Esta frase, que fue la última que escuchó en vida la dejo anotada su asesino en este texto:
.- No menosprecies el poder del personaje. Al fin y al cabo está en sus manos el destino de tu texto.
jueves, marzo 25, 2010
A solas con D
Onceavo día de vida de D. Es mi primer rato absolutamente a solas con ella. M salió por primera vez, y por primera vez se han separado desde que D nació. La tuve un rato en brazos al principio de esta soledad compartida, y la tendría el resto de mi vida, pero noté que iba cerrando sus ojos y la acosté en su cuna. A su vez me senté en el sofá a pocos metros de su cuna y empecé a leer. Me levanté inmediatamente a mirarla de nuevo. D movía anárquicamente sus brazos, a ratos bostezaba, a ratos provocaba con sus labios algo que se va asemejando a una forma de sonrisa, luego emitía sonidos callados, luego gesticulaba y resultaba fascinante porque a mi me parecía ver gestos lejanos de M y también míos o gestos que arrastran también mis hermanos, esas frases del libro invisible de la genética. Entonces pensé que este rato a solas con D era perfecto para oir música juntos. Estuve un buen rato pensando que le podría gustar a D cuando casi ya dormía. Me alejé del cliché de la música clásica, me la han recomendado tanto desde el embarazo que he preferido no ponérsela por pura rebeldía y me he decantado por un disco muy ambiental y atmosférico y tremendamente emotivo: Riceboy Sleeps de Jonsi and Alex, que me recomendó hace ya muchos meses Illot, un tío de D. Entonces me he sentado porque D se estaba quedando definitivamente dormida. He jugado a descifrar que imágenes o sensaciones podrían producir en D esos sonidos. Me he vuelto a levantar y la he mirado de nuevo. Soy adicto a mirar a D. Sus ojos estaban casi cerrados pero aún mantenía una mínima rendija. La escena me ha desmoronado del todo, afuera anochecía y se colaba ese azul grisáceo de la tarde casi agónica. Estaba a solas y me he dejado llevar y me he puesto a llorar. La música, D entrando lentamente en el sueño, el privilegio de ser el padre de esa niña. Todo eso me ha producido sensaciones muy limpias, absolutamente puras. Desde que la vi hace 11 días, tiendo a pensar que mi vida cobra sentido en el momento en el que D nace. He dicho una frase en alto y me he girado. Luego, por esa vicio de escribir, he sentido la necesidad de dejar anotado esto y eso hago, mientras avanza lentamente este disco y me asomo cada muy poco a ver desde aquí a D. He jugado, mientras tecleaba este texto a imaginar que D, en algunos años, influenciada quizá por esa curiosidad que se tiene cuando uno se libera de los viejos y trata de conocer la personalidad que hay detrás de ese personaje que es el padre, lee este blog y lee este texto y se lee a si misma, dormida, con 11 días de vida, arropada por una música suave y soñando el sueño indescifrable del recién nacido y lees esto, D. Y lees que levanto la cabeza y te veo de nuevo. Estás ahí, ahí mismo, y es hermoso mirarte.
Otra rama
A las 11:30 de la mañana (hora en la que se empieza a escribir este post) del 25 de marzo de 2009, murió por causas desconocidas. A las 11:31 (hora en la que arranca esta frase) cobra una nueva forma de vida en la rama de un almendro del Parque del Retiro. Hasta las 11:32 vive en absoluto desconcierto. Durante los siguientes dos minutos trata de comprender. Está colgando y ve el suelo como un lugar lejano e inalcanzable, a los lados otras ramas que junto a él dan la forma definitiva del árbol. Un corredor urbano pasa a pocos centímetros y por la velocidad que produce, le agita levemente. En ese instante empieza a comprender su nueva situación. Observa la organización y estructura del árbol al que ahora pertenece. Le sorprende que, al contrario de cuando era ser humano, hay menos independencia, la vida como rama depende más de los ciclos de todo las partes del árbol. Sin embargo esto no le parece negativo, de repente aquella falsa individualidad humana le parece exagerada y bastante irreal. Siendo rama comprende que de algún modo siempre se es una cadena. A las 11:38 comienza a llover y nota una forma muy peculiar y absolutamente novedosa de éxtasis. La rama que está a su izquierda le dice que pronto empezarán a florecer y que el esfuerzo merecerá la pena. Desde la altura ve como la lluvia va formando minúsculos ríos en la arena del suelo. SIn comprender, comprende algo que no detiene y suspira o hace algo parecido a lo que era suspirar cuando era humano. Las nubes avanzan a velocidad de vértigo en el cielo y eso le hace pensar en el tiempo ¿Cuánto ha pasado desde que dejé atrás mi vida humana? ¿Qué será en este instante de aquel cuerpo en el que habité 28 años y medio? Bajo esas reflexiones descubre también que el tiempo y su percepción es radicalmente distinta bajo la existencia de rama. Un viento frenético sube desde la cuesta del Moyano y empuja con violencia todo su cuerpo, las hojas, la estructura completa del árbol. Escucha las quejas de las ramas de los otros arboles y él se suma a esa queja inaudible para los jardineros que pasan organizando a su antojo los jardines de todo el parque y quejándose a su vez de la climatología y de lo que dificulta la lluvia y el viento sus labores. Trata de comprender y adaptarse, la nueva forma de vida tiene dificultades y enormes diferencias con la de cuerpo humano. La lluvia genera éxtasis, el viento desasosiego sin embargo en un eco de su existencia humana, y justo cuando el Sol, pasado un rato, vuelve a salir, al ver apoyarse en el tronco a una mujer que de su mochila saca un libro y empieza a leer, cubierta por la sombra que da su rama o su nueva forma corporal; siente la necesidad de descender y de hablar de ese título o de las lluvias pasajeras y enloquecidas de la primavera. SIn embargo la chica lee y no atiende, como es normal, a la rama que la cubre y la rama que la cubre que es él, la observa desde esa posición privilegiada pero le está negado, sin embargo el privilegio de hablar o tactar su piel. Esto al principio le produce cierta frustración, pero pasado un rato y mientras la chica avanza poseída por la lectura, siente que los nuevos placeres están sujetos, por ejemplo, en esa amabilidad de cubrir esa piel inaccesible con los beneficios que produce su sombra. La imagen, desde fuera, también le parece romántica. La chica lee apoyada en el tronco y sobre ella, él que es todo rama y la cubre. Así va pasando el día. Ella se ha ido y jamás volverá. Eso le hace descubrir, por ejemplo, la inmovilidad, pero sin embargo según avanzan los días llegan las flores. El almendro en flor y su espectáculo. También los árboles tienen ego, descubre cuando la gente pasa y mira e incluso aquello produce y genera un montón de poéticas sensaciones en los que van y vienen. A su manera el Almendro en flor tiene mucho de concierto, de espectáculo, de arte. Tantos pasan y observan y son invadidos por agradables sensaciones que él siente la responsabilidad del que crea e inventa. Así, y porque la flor es breve y se va rápido, caen las hojas, van perdiendo esa blancura casi onírica y junto a las otras ramas se van sumiendo en esa melancolía inevitable de la resaca que deja en las ramas el esplendor de la flor. Así pasan algunas semanas nostálgicas, silenciosas y la primavera avanza. Así, lenta y rápidamente como siempre pasa el tiempo, hasta esa mañana de junio que la chica que lee aparece de nuevo y se apoya en el tronco y él, de nuevo amable, ofrece y cubre con su reducida y casi invisible sombra la lectura concentrada de la chica. Y desde arriba mientras ella va pasando páginas observa y disfruta de la imagen de su piel, de los dedos que con cuidado van pasando las páginas. Así durante mucho rato hasta que ella se pone de pie, casi a su altura y el siente que casi la pueda hablar y ella guarda el libro en la mochila y le mira y de algún modo el vuelve a las percepciones humanas y casi agita sus hojas y casi se desplaza para alcanzar su boca, pero evidentemente no lo logra y ella mira, como si pudiera percibir que esa rama insignificante está atraida, mira tanto que el sospecha que la chica percibe, pero evidentemente no. Lo que sucede es que ella se da la vuelta y se larga cuesta abajo y el se queda en el árbol, colgado como buena rama, viendo pasar el tiempo, esa otra forma de tiempo y así se lo cuenta a otra rama que no entiende o que piensa que esa rama ficciona más de la cuenta su propia vida y así se lo hace saber:
.- Deja de soñar. Yo te vi crecer, tu siempre estuviste aquí. No es verdad que llegaste de golpe. Nunca fuiste humano. nunca saliste del árbol. Eres rama. No fantasees más. Rama es rama y una rama no va y vuelve. No aparece de golpe ¿Lo entiendes?
.- Deja de soñar. Yo te vi crecer, tu siempre estuviste aquí. No es verdad que llegaste de golpe. Nunca fuiste humano. nunca saliste del árbol. Eres rama. No fantasees más. Rama es rama y una rama no va y vuelve. No aparece de golpe ¿Lo entiendes?
miércoles, marzo 24, 2010
Enmedio
Enmedio Martínez, tenía la peculiaridad, aparte de su enorme mediocridad, de estar siempre donde no se le deseaba del todo. Enmedio estaba casi siempre, de repente, a tu lado. Aquello era una constante. Cuando no imaginabas que podía estar, aparecía en los bares colándose en conversaciones ajenas, opinando en lugares donde no estaba invitado a opinar y emitiendo juicios con una ligereza desmedida. Enmedio Martínez era de estatura media, de clase media y vivía en la mitad exacta de su calle, su apartamento el Tercero C, estaba a la derecha del A y el B y a la izquierda el D y el E, el edificio de cinco plantas en el centro de la ciudad tenía la peculiaridad de estar pintado en dos mitades, lo que hacía que, exteriormente, el apartamento de Enmedio estuviera justo atravesado a la mitad por la línea que separaba los dos colores. Enmedio salía siempre a mediodía a trabajar en su oficio mediocre donde era uno del montón, pasaba las horas midiéndolas en medias horas y a mediatarde salía porque concluía su jornada, porque Enmedio trabajaba la mitad de la jornada. Comenzaba su tiempo de ocio y ejercía en plenitud, y esto era lo único que no hacía a medias, a ponerse en el medio de los sitios donde no era deseado. Iba al cine y , lo habrás visto, Enmedio es ese que se pone justo delante de ti, colocado de modo que no te deja ver algún trozo de la pantalla o tapa, con la mitad de su cabeza la mitad exacta de dos palabras de los subtítulos. Enmedio iba en busca de amigos y se colocaba en las mesas donde ellos bebían cerveza y fumaba esas colillas largas que hay en los ceniceros y que son casi la mitad del cigarrillo y sorbía esos vasos donde alguien había dejado la mitad de la última cerveza. Porque entre otras cosas Enmedio siempre sacaba la mitad del dinero que iba a usar porque como buen mediocre era usurero y rácano y hacia las cuentas con 50 céntimos como base. Sus expresiones de cantidad eran curiosas porque Enmedio no decía esto vale 200 euros, sino que decía esto vale cuatrocientas veces cincuenta céntimos, así que para Enmedio todo tenía que costar la mitad o sólo ponía la mitad de lo que tenía que pagar. Así que la molestía que generaba no era sólo por meterse en medio de todo sino que además se multiplicaba todo lo que el dividía. Enmedio se sentía orgulloso de su sinceridad y su sentido crítico, cuando en realidad sus frases siempre se colaban en mitad de conversaciones a las que no había sido llamado, pero además, según se giraba y dejaba ese medio tufo desagradable de las personas molestas había que poner la mitad de su dinero y seguramente la mitad de su vida, esa que no tenía porque la ahorraba o la guardaba vaya uno a saber para que. Enmedio estaba en el medio de todo. En el medio de la nada, en el medio de donde no debía estar. Atravesado, cruzado, en la línea donde las cosas cambian a otra cosa. En ese terreno se colaba Enmedio. En la mitad de la conversación, en la mitad de la vida de los otros, en la mitad de una frase, en la mitad de un concierto, en el medio de tu ángulo de visión, en medio de todo. En la mitad exacta donde las cosas no son nada, sino mera transición. En ese hueco vivía Enmedio y por eso resultaba desagradable, porque en el fondo nadie quiere esa presencia en mitad de todo. No hay nadie capacitado para habitar ahí sin resultar desagradable, Enmedio. Entiéndelo. Entiéndelo de una vez, aunque sólo sea la mitad del texto.
lunes, marzo 22, 2010
Vuelo
A las 10:23 despegó el avión. El vuelo, que duraría algo más de 8 horas, sería relativamente cómodo. Se quedó dormido a la hora y media del despegue, cuando el avión sobrevolaba el atlántico. Soñó con un león enjaulado y con un tipo que decía ser Robert de Niro pero que se parecía a su médico de cabecera y que afirmaba conocer el desierto. Despertó 56 minutos después, bebió zumo de naranja y comió pollo en una bandeja plástica con arroz. El tipo de al lado bebía vino y cada rato suspiraba y cerraba los ojos. Cogió su libro, leyó algunas páginas con las que se sintió sorprendentemente identificado, de vez en cuando giraba la cabeza, el sol era potente al otro lado de la ventanilla, le producían un efecto casi hipnótico los reflejos sobre el atlántico e imaginó travesías épicas a través de ese oceano. Por su cabeza pasó la bestial sensación del tiempo, 200 años, 300, 518; imaginó barcos, biografías anónimas que atravesaron de un lado al otro, personas con vidas cortas en busca de alguna forma inexistente de destino, de gloria. Imaginó inmigrantes medio siglo atrás, escritores que fueron y volvieron. Luego metaforeó ese mar en un inmenso libro de historias y biografías tremendas. El Atlántico como una novela infinita de destinos de ida y vuelta. Volvió al libro, el protagonista se reencontraba con su pasado, ese reencuentro con los lugares que empuja descarnadamente a los recuerdos. La memoria es un laberinto o un océano, pensó y siguiendo con esa reflexión pensó que en realidad el océano a su modo es un laberinto, por lo tanto memoria, laberinto y océano vienen a ser elementos semejantes, comparables. Sacó su cuaderno de notas, escribió algunas frases sobre esa realidad temporal. Un avión que sobrevuela el atlántico y su propia memoria. En ese instante recuerda la vez, cuando 18 años antes hizo ese mismo camino, porque aunque sea en avión, aunque sea volando, aquello también es un camino. Recuerda a su madre con ese impulso del instinto del que avanza y está a horas de empezar una nueva vida. Ese vuelo 18 años antes y de repente la memoria y el presente se adhieren una a la otra y todo se vuelve oceano, el laberinto del recuerdo. El tipo de al lado pide whisky, suspira y cierra los ojos, en una mano lleva un libro del que no alcanza a leer el título. Mira a los lados, una tipa con el pecho exagerádamente operado habla con el tipo que está a su lado. El acento y las expresiones le trasladan a esa vida anterior, a la que ahora acude a revisitar, a reobservar con la nueva perspectiva que da el tiempo, la memoria, el océano de por medio. La tipa habla de internet y de una fiesta, el tipo la escucha. Descubre, por la conversación, que se han conocido en ese vuelo, que su charla arranca y que hay cierto juego de seducción. El avión es un experimento social y la imagen de 100 o 100 tipos sobrevolando conjuntamente el mar le parece, de repente, un absurdo absoluto. "Los aviones no se caen, es la tierra la que viene hacia arriba y los oculta" piensa y mira los reflejos del sol en el océano. Pasan las horas pero al ir de este hacia oeste, mientras pasan a su vez se reducen lo que deberían ser las 3 de la tarde va siendo horas menos. El ejercicio le parece extraño, y las diferencias horarias incomprensibles, cuando aterrice estará horas por detrás. Piensa rato en eso, en esas horas perdidas mientras el vuelo avanza, en esa diferencia horaria que quizá se explica en el oceano, en el laberinto, en la memoria. Que todas a la vez se comen el tiempo, porque finalmente laberinto, memoria y océano, de eso se alimentan: de las horas de los que vuelan
sábado, marzo 20, 2010
Mateo Page
No había truco y, a su modo de entender, tampoco había trampa. Internet es vasto como el cosmos. Se puede encontrar las instrucciones de uso de una olla express fabricada en los setenta o la explicación física a los acontecimientos más insólitos de la climatología mundial. La red es como el caos y cada uno lo ordena a su antojo y como la vida de las personas hay algo de azar en cada movimiento. No es fácil recordar como fue que uno llegó a dar con ese escondite en el que se encuentran las claves para algo útil o la lectura de un cuento inédito y casi secreto de uno de sus autores favoritos. Este ejercicio de búsqueda tiene mucho de juego mitológico, de ese barroquismo fantástico del tipo "El señor de los anillos". Como buscador las batallas y los lugares a recorrer son dispersos y titánicos. Google es la puerta principal, pero no la única. Hay otros accesos menos evidentes, más ocultos. Hay emisarios que te dan claves para seguir :"Evita cruzar por X lugar. Atraviesas los blogs precisos y llegarás a la tierra prometida" Bien mirado Internet es la perfecta fábula Borgiana. Juegos de espejos, realidades inabarcables, desiertos que son laberintos para terminar encontrando esa forma de falso Aleph. El uso que cada uno hace de todo esto es muy preciso y muy personal y nos define. Mateo Page era simplemente un internáuta más. De esos de perfil blog: Tendencia literaria, algún texto publicado sin mucho éxito de comentarios, alguna página de fotos, comentarista en blogs de ficciones y textos de viajes. Por perfil Mateo Page era una oveja en esa manada infinita de ovejas que somos los internautas. Así fue hasta que en una larga sesión de navegación y búsqueda fue a dar con aquella enigmática página cuya dirección era www.textosparaserpublicados.net. Mateo Page, sin ser capaz de completar el camino trazado que le había llevado hasta esa dirección, pinchó y entró en aquel lugar de fondo azul oscuro y estética simple, repleto de títulos que al ser pinchados enviaban a un texto literario de altísima calidad. En distintos movimientos al azar, Mateo pinchó en varios títulos, desde "Música para la memoria" un cuento donde se narraba la obsesión de un músico checo enamorado de su ciudad natal, que pretende crear la melodía precisa que alcance el inaccesible epicentro de la memoria y lograr borrar los recuerdos de los turistas que visitan Praga para que no la recuerden y no la recomienden visitar nunca más , hasta "El café de Elisa" donde se lee el extraño caso de un lugar en el centro de Bruselas donde la gente nada más entrar logra soñar despierta o el que le fascinó "Melancólica historia de un hombre melancólico" historia que nos habla de un hombre tan melancólico que termina volviéndose lágrima deambulando sin rostro por el que correr. Al terminar hojear varios títulos, leyó de nuevo la dirección de la web y comprendió, sin saber muy bien por que, que esa página era un lugar al que se podía acceder para copiar textos y publicarlos en los blogs propios. Así Mateo Page comenzó diariamente a entran en www.textosparaserpublicados.net seleccionar uno de los títulos, darle a ctrl a, ctrl c, dirigirse a su blog, pinchar en publicar nueva entrada y pulsar ctrl v. Fue así, sin darse cuenta, a una velocidad de vértigo, que Mateo Page se convirtió en un popularísimo bloguer. Cada texto era comentado por miles de personas, la admiración hacia esos textos era unánime. Copio sin selección conceptual, un día escogía "Música para la memoria" y al día siguiente copiaba "Semejanzas de Lupe con Madame Bovary", textos sin conexión estilística ni temática. Cada texto que Page copiaba de www.textosparaserpublicados.net se volvían en su blog un acontecimiento sonoro en la red. Tras la fama del boca a boca o del click a click, llegaron las primeras ofertas editoriales."Sr Page le proponemos publicar una selección de 100 cuentos con buenos beneficios" y Mateo no veía ilegalidad ni trampa en su juego porque la dirección de la página lo dejaba muy clarito www.textosparaserpublicados.net. Y salió a la venta "Las páginas de Page" (100 textos del bloguer más famoso de internet) y a Mateo los beneficios le vinieron como del cielo porque la hipoteca se empezó a pagar solita. El problema fue cuando comenzó la prensa a solicitarle "Sr Page quisieramos hacerle una entrevista para la sección de libros" y el inconsciente Mateo fue, claro que fue, porque Mateo no hacía trampa, no engañaba, no negaba porque nunca le habían preguntado, pero aquel periodista curioso, intrépido le cosió a preguntas, pero fue ya en la segunda donde cayó, donde se desveló, donde su fama se acabó:
Entrevistador: ¿Dónde encuentra Mateo Page la inspiración? Si hay algo sorprendente en su literatura es la variedad estética, la gama inmensa de estilos que recorre.
Mateo Page: Realmente el proceso es sencillo. Acudo diariamente a www.textosparaserpublicados.net, una página que encontré hace poco tiempo. Es un lugar infinito, lleno de miles de textos. No hay fin. Accedo, busco algún título peculiar, lo copio y lo pego en mi blog. Realmente tengo poco mérito en esto.
Evidentemente Mateo Page pagó caro la honestidad. Un juicio durísimo, una condena de plagio sin acusación, porque ¿Quién se escondía detrás de aquellos textos? ¿Qué autor dirigía y gobernaba aquella página engimática llena de cuentos para regalar? Nunca se supo, sólo quedó para la posteridad la última frase que se escucho de Mateo Page. No se quien es, nadie lo sabe. Si algo se es que yo, a su vez, soy otro texto copiado para publicar en tu blog.
Entrevistador: ¿Dónde encuentra Mateo Page la inspiración? Si hay algo sorprendente en su literatura es la variedad estética, la gama inmensa de estilos que recorre.
Mateo Page: Realmente el proceso es sencillo. Acudo diariamente a www.textosparaserpublicados.net, una página que encontré hace poco tiempo. Es un lugar infinito, lleno de miles de textos. No hay fin. Accedo, busco algún título peculiar, lo copio y lo pego en mi blog. Realmente tengo poco mérito en esto.
Evidentemente Mateo Page pagó caro la honestidad. Un juicio durísimo, una condena de plagio sin acusación, porque ¿Quién se escondía detrás de aquellos textos? ¿Qué autor dirigía y gobernaba aquella página engimática llena de cuentos para regalar? Nunca se supo, sólo quedó para la posteridad la última frase que se escucho de Mateo Page. No se quien es, nadie lo sabe. Si algo se es que yo, a su vez, soy otro texto copiado para publicar en tu blog.
viernes, marzo 19, 2010
Poemópolis
Despertaba a medianoche, fumaba opio que le traía desde Chefchaouen, un amigo marroquí con el que algunos fines de semana también mantenía relaciones sexuales y escribía, tuviera ganas o no, un poema. Pasada la una de la madrugada se vestía y salía a la calle. Caminaba durante horas sin destino fijo y casi siempre a un lugar opuesto al de la noche anterior, hasta que alcanzaba las zonas donde la ciudad se va diluyendo. A su modo de entender la ciudad de madrugada es una ballena que atraviesa el océano infinito de la nada y sólo así uno es capaz de comprender algo, si es que realmente hubiera algo que comprender de las ciudades. Los poemas que escribía, siempre, tenían que ver con lo que había ocurrido en la caminata de la noche anterior. Así su literatura era un catálogo de extrañas y curiosas situaciones y personajes: Viejos que habitan en naves abandonadas, escritores que caminan buscando historias con las que se obsesionan, parejas aparcadas en callejones oscuros haciendo el amor desesperadamente, vigilantes con discursos delirados sobre la delincuencia, chicas de la periferia que quieren alcanzar el centro de alguna forma de vida inexistente. Cada noche el encuentro con formas de vida en esquinas lejanas le hacían descubrir la inalcanzable y formidable magnitud de la personalidad de una ciudad ¿Por qué que es una ciudad? se preguntaba muchas veces ¿Que es si no un encuentro al azar de destinos no elegidos sumándose históricamente unos a otros como una maraña amorfa de edificios y direcciones? Y bajo esa interrogante enigmática recorría ese boceto de laberinto que era su ciudad, cada ciudad. Avanzaba a ritmo constante, sin detenerse demasiado salvo cuando encontraba algo que era poemizable para la noche siguiente cuando despertaba y escribía su poema diario. Calle a calle, en ese silencio creciente que va en aumento desde el centro hacia las periferias, donde la ciudad se deshace y se vuelve silencio atronador:
Más que poeta soy investigador del alma de esta urbe. Mi fin no es la estética, mi fin es algo parecido a la sociología, aunque en el fondo no sea más que otro asunto metafísico. No escribo poemas para expresarme, los escribo para transformas esas visiones nocturnas en algo casi tangible. La verdad, al contrario de lo que se cree, es mas concreta en un poema que en la realidad misma. Mis poemas se pueden tocar y se pueden repetir, aquel muchacho extraño de ayer a las 3 de la madrugada en el el barrio 2 de la zona C es irrepetible y seguramente su alma a esta hora ya no exista o su visión desconcertante en esa esquina jamás se vuelva a repetir, esa realidad ya es, para siempre, inalcanzable.
Y era cierto, no era poeta, aunque su búsqueda fuera una autentica poesía: Investigador de la personalidad de una ciudad. Su obra pues recoge ese catálogo casi delirado de lo cierto, de las calles, de nuestros conciudadanos. Poemas como "Travestí que confiesa ver ovnis" o "Borracho que proyecta puente sobre el río" son joyas para comprender los escondites de esta ciudad que a veces creemos que no existe. Si, somos el parque de las maravillas y el palacio de la plata, joyas arquitectónicas que aman y fotografían compulsívamente los turistas que nos visitan, pero también somos "El Bar de Lucho Lozano, el Boxeador" ese tugurio que podemos leer en aquellos versos memorables que terminan rotundamente con: "Lucho lozano golpea todavía, pero golpea desde esa mirada que viene de 30 años antes para instalarse en ese olor nauseabundo que hay en la barra de ese bar horrendo". No dejemos de leer la obra de este peculiar autor. Poeta underground para unos. Guru del postindustrialismo para otros, yo me conformo con ver una escritor sublime. Oscuro, terrible, doloroso, pero sublime. Que narró con dedicación los delirios de esta ciudad a la que tanto quiso comprender que le terminó matando. La pregunta que queda abierta, la duda es: ¿Como hubiera sido el poema que habría escrito la noche siguiente sobre aquel ladronzuelo? ¿Como hubiera titulado aquellos versos donde narraría las peripecias de aquel delincuente que le mató por unos cuantos centimos? ¿Que nombre le hubiera puesto a su asesino? Ese hombre cruel que acabó con su vida en una esquina cualquiera de esta ciudad a la que, seguro, jamás hubiera llegado a comprender.
Más que poeta soy investigador del alma de esta urbe. Mi fin no es la estética, mi fin es algo parecido a la sociología, aunque en el fondo no sea más que otro asunto metafísico. No escribo poemas para expresarme, los escribo para transformas esas visiones nocturnas en algo casi tangible. La verdad, al contrario de lo que se cree, es mas concreta en un poema que en la realidad misma. Mis poemas se pueden tocar y se pueden repetir, aquel muchacho extraño de ayer a las 3 de la madrugada en el el barrio 2 de la zona C es irrepetible y seguramente su alma a esta hora ya no exista o su visión desconcertante en esa esquina jamás se vuelva a repetir, esa realidad ya es, para siempre, inalcanzable.
Y era cierto, no era poeta, aunque su búsqueda fuera una autentica poesía: Investigador de la personalidad de una ciudad. Su obra pues recoge ese catálogo casi delirado de lo cierto, de las calles, de nuestros conciudadanos. Poemas como "Travestí que confiesa ver ovnis" o "Borracho que proyecta puente sobre el río" son joyas para comprender los escondites de esta ciudad que a veces creemos que no existe. Si, somos el parque de las maravillas y el palacio de la plata, joyas arquitectónicas que aman y fotografían compulsívamente los turistas que nos visitan, pero también somos "El Bar de Lucho Lozano, el Boxeador" ese tugurio que podemos leer en aquellos versos memorables que terminan rotundamente con: "Lucho lozano golpea todavía, pero golpea desde esa mirada que viene de 30 años antes para instalarse en ese olor nauseabundo que hay en la barra de ese bar horrendo". No dejemos de leer la obra de este peculiar autor. Poeta underground para unos. Guru del postindustrialismo para otros, yo me conformo con ver una escritor sublime. Oscuro, terrible, doloroso, pero sublime. Que narró con dedicación los delirios de esta ciudad a la que tanto quiso comprender que le terminó matando. La pregunta que queda abierta, la duda es: ¿Como hubiera sido el poema que habría escrito la noche siguiente sobre aquel ladronzuelo? ¿Como hubiera titulado aquellos versos donde narraría las peripecias de aquel delincuente que le mató por unos cuantos centimos? ¿Que nombre le hubiera puesto a su asesino? Ese hombre cruel que acabó con su vida en una esquina cualquiera de esta ciudad a la que, seguro, jamás hubiera llegado a comprender.
jueves, marzo 18, 2010
D
D recibe los primeros rayos de Sol y suspira. Tiene los ojos cerrados y percibe algunas formas de sombras amables en su visión. D tiene las manos semicerradas, sus gestos son los gestos de la humanidad reducidos en sus dedos y la piel que los cubre siente la luz solar del principio de la primavera como otra forma de alimento. D intuye los beneficios de esa luz y se entrega a ellos, pero el efecto es curioso porque D al ser, a su vez, una forma muy peculiar de luz, hace que luz solar y su propia luz reboten con la gracia de un efecto preciso de fotografía artesanal en toda la habitación. D es muchas cosas que parecen concentrarse en esa precisión incalculable, sobrenatural de la forma de su labio. En ese labio se juntan y salen al mundo la intraducible literatura que fluye de sus pulmones hacia el mundo. Hay algo más que arquitectura sublime en las formas de D; si se la mira, uno concluye que no es posible semejante precisión en tan reducido tamaño. D podría no ser real de tan mágica que resulta, pero pocas cosas lo son más que ese sueño en el que anda sumido. Un sueño que nadie recordará, al que nada accederá jamás. Sueña D, pero ¿Qué es lo que sueña? ¿Que luces y formas recorre D en ese sueño secreto mientras la luz solar rebota con maestría en su propia luz? ¿Que misterio total se esconde en el sueño de D, en ese juego de luces? ¿Sueña D con la primavera, con esas formas y calores que deben ser en su piel su primera primavera? Da igual, en cualquier caso D lo es por si sóla; es un juego de luces que vuelven esta habitación la primavera absoluta.
Las cartas del Tio L.
Querida,
La mañana entró hoy lentamente por la ventana de nuestra habitación. Con el aumento de la luz fue subiendo la intensidad del tráfico ahí afuera, esas señales del ritmo de la ciudad. El silencio de esta habitación que tantos años compartimos ahora es invadida constantemente por todos esos elementos externos a los que ya no pertenezco. La casa vacía me recuerda constantemente que ya nada queda de mi tiempo en el mundo. El vacío está lleno de ti y no te lo escribo con nostalgia. Si te escribo todas estas cartas es porque yo no batallo por anclarme a esta realidad ajena, sino porque asumo que mi realidad pertenece a la tuya, donde sea que esta suceda. Que mi vida pertenece a ese tiempo perenne que es el de la memoria propia, el de los recuerdos de una existencia grata a tu lado. Yo no espero la gloria de unas puertas abriéndose, espero el encuentro contigo, yo ya sólo espero eso. Mientras la luz entra y aumenta esa intensidad de la ciudad en la que yo habito como un trozo de recuerdo vivo de otra época, voy recordando las mañanas en las que si pertenecíamos, en las que al abrir los ojos me encontraba con tus ojos y todo parecía normal y eterno. Luego los rituales diarios son cada vez más escasos. Me tomo el café sentado junto al balcón, pasan los trabajadores de un lado al otro de la acera, el tráfico intenso y enloquecido de la calle. Respiro profundamente como si en esa inhalación fuera a encontrarte y me pongo en pie. Tengo pocas tareas salvo la de ir escribiendo al otro lado, donde habita ese mundo diluido del que vengo y que poco tiene que ver con eso que veo desde el balcón. La mayor actividad se centra en la memoria. Los recuerdos pasan una y otra vez con diferentes perspectivas. La memoria es infinita y cada recuerdo puede durar millones de minutos en tu cabeza. Recordar es amoldar el tiempo a una forma incomprensible y hermosa de atemporalidad. Puedo recordar, por ejemplo, la mañana de lluvia en aquel bosque, puedo escuchar aquella frase tuya junto a aquellas piedras que dijiste que tenían las formas que tienen los sueños, puedo escucharla y repetirla mil veces mientras avanza la mañana ahí afuera, mientras ese flujo va y viene ajeno a estos recuerdos. No es ya nostalgia o una derrota. No es ni siquiera infelicidad, manteniendo esta correspondencia contigo aún sabiendo que nunca hay respuesta, soy delicadamente feliz, porque mientras escribo estas cartas que no envío (porque desconozco la dirección inexistente donde debo dirigirlas), voy viendo tu rostro, todas las formas que tuvo tu rostro a lo largo de los años que vivimos juntos. Con eso me conformo, con ir viendo tu cara tras estas frases que de algún modo espero que leas, aunque estas cartas nunca se envien porque no hay dirección donde enviarlas, porque esa dirección se recibe en el último instante y es el lugar donde espero reencontrarte y habitar definitivamente en esa agradable, entrañable y mágica invisibilidad del recuerdo de un tiempo que ya sólo existe en la memoria.
La mañana entró hoy lentamente por la ventana de nuestra habitación. Con el aumento de la luz fue subiendo la intensidad del tráfico ahí afuera, esas señales del ritmo de la ciudad. El silencio de esta habitación que tantos años compartimos ahora es invadida constantemente por todos esos elementos externos a los que ya no pertenezco. La casa vacía me recuerda constantemente que ya nada queda de mi tiempo en el mundo. El vacío está lleno de ti y no te lo escribo con nostalgia. Si te escribo todas estas cartas es porque yo no batallo por anclarme a esta realidad ajena, sino porque asumo que mi realidad pertenece a la tuya, donde sea que esta suceda. Que mi vida pertenece a ese tiempo perenne que es el de la memoria propia, el de los recuerdos de una existencia grata a tu lado. Yo no espero la gloria de unas puertas abriéndose, espero el encuentro contigo, yo ya sólo espero eso. Mientras la luz entra y aumenta esa intensidad de la ciudad en la que yo habito como un trozo de recuerdo vivo de otra época, voy recordando las mañanas en las que si pertenecíamos, en las que al abrir los ojos me encontraba con tus ojos y todo parecía normal y eterno. Luego los rituales diarios son cada vez más escasos. Me tomo el café sentado junto al balcón, pasan los trabajadores de un lado al otro de la acera, el tráfico intenso y enloquecido de la calle. Respiro profundamente como si en esa inhalación fuera a encontrarte y me pongo en pie. Tengo pocas tareas salvo la de ir escribiendo al otro lado, donde habita ese mundo diluido del que vengo y que poco tiene que ver con eso que veo desde el balcón. La mayor actividad se centra en la memoria. Los recuerdos pasan una y otra vez con diferentes perspectivas. La memoria es infinita y cada recuerdo puede durar millones de minutos en tu cabeza. Recordar es amoldar el tiempo a una forma incomprensible y hermosa de atemporalidad. Puedo recordar, por ejemplo, la mañana de lluvia en aquel bosque, puedo escuchar aquella frase tuya junto a aquellas piedras que dijiste que tenían las formas que tienen los sueños, puedo escucharla y repetirla mil veces mientras avanza la mañana ahí afuera, mientras ese flujo va y viene ajeno a estos recuerdos. No es ya nostalgia o una derrota. No es ni siquiera infelicidad, manteniendo esta correspondencia contigo aún sabiendo que nunca hay respuesta, soy delicadamente feliz, porque mientras escribo estas cartas que no envío (porque desconozco la dirección inexistente donde debo dirigirlas), voy viendo tu rostro, todas las formas que tuvo tu rostro a lo largo de los años que vivimos juntos. Con eso me conformo, con ir viendo tu cara tras estas frases que de algún modo espero que leas, aunque estas cartas nunca se envien porque no hay dirección donde enviarlas, porque esa dirección se recibe en el último instante y es el lugar donde espero reencontrarte y habitar definitivamente en esa agradable, entrañable y mágica invisibilidad del recuerdo de un tiempo que ya sólo existe en la memoria.
miércoles, marzo 17, 2010
Encuentro del escritor fantasma con el rayo
El escritor fantasma descubrió el rayo. No un rayo al uso, sino una forma descomunal y alucinante de forma de vida. No vino en la tormenta,ni en los reflejos del sol, vino en una pausa insospechada, en una parte del camino, del camino que jamás estaba trazado. El escritor fantasma vio el rayo y se quedó durante horas mirándolo. Jamás, nunca, había visto una forma de luz semejante, una pausa donde todo se detiene de un modo casi irreal, donde todo avanza a una velocidad casi inapreciable y no hay sino la hermosa nitidez de los objetos detenidos. Así que el escritor fantasma se quedó mirando todo aquello que el rayo tocaba y comprendió que aquella experiencia era intraducible, que no había modo de sacar palabras de aquel instante prolongado, sino que todo lo que sucedía en aquel momento rayo era, de por si, lo escrito. Lo más sorprendente no era aquella hermosa laxitud, aquel lento y preciso avanzar de las cosas, de los gestos del universo, lo más sorprendente era, como sucede con todas las experiencias sublimes, que el rayo traspaso todos los elementos de su vida, incluso los ya vividos. Como si el pasado cobrara un sentido absoluto en el instante en el que descubre el rayo y el futuro existiera por primera vez. El escritor fantasma vio en el rayo una manera de revelación o el epicentro de su existencia. Hasta ese punto del camino había sido empujado por sus propios pies, iluminado por una forma invisible y poderosa de esperanza. Ahora el rayo transformaba la esperanza en algo casi cierto y cada paso ahora era movido por ese alud enérgico del rayo. El rayo todo lo había transformado con su vital potencia, con su infinita energía. El rayo era la base eléctrica de todos sus pasos y todo lo volvía hermoso, alucinante, gigantesco. El rayo era blanco y blanco era para el escritor fantasma el resto del camino, un camino que se miraba con detenimiento, era infinito. El rayo abría, pues, la galaxia de la existencia. Lo anotó en su diario a modo de recordatorio, sin la idea de hacer texto, literatura o poesía. Todo eso estaba en el rayo, en cada instante del rayo...
Y caminó
Y caminó
martes, marzo 09, 2010
Tren nocturno
Antes de llegar a la tercera estación donde hacía parada en ese trayecto pensé, infantílmente, que no era el tren lo que se desplazaba, sino lo otro, el paisaje y la noche al otro lado de la ventana, esos pueblos insignificantes que formaban grupitos de luces en el medio de la nada, esos árboles que como referencias temporales iban pasando fugazmente, esas construcciones solitarias en medio del campo, iluminadas con una bombilla de baja intensidad. Pensé eso, que era todo lo que se empujaba y que el tren era el que estaba quieto y bajé la cabeza al libro, leí una frase y lo cerré. En la oscuridad del compartimento nadie hablaba, la mujer que había subido en la segunda estación miraba desde nuestra oscuridad, la oscuridad de la noche al otro lado, sus rasgos se confundían y no podía descifrar esa cara que apenas había visto en el momento de entrar, cuando el revisor picó su billete y volvió a apagar la luz. El anciano que venía desde el arranque conmigo respiraba fuerte, a punto de roncar, viajaba en ese otro tren que es el sueño, el otro lado de paisajes también móviles, también inalcanzables y fugaces. Me puse en píe y me fui fuera al pasillo a fumar, me balanceé torpemente y me apoyé en la puerta cerrada por donde horas antes había subido a ese tren, abrí un poco la ventana y entró una ráfaga bestial de viento y frío. Encendí el cigarro y traté de no pensar en ese destino hacia el que avanzaba el tren, o hacia donde lo demás empujaba al tren, y en mi propio destino. Luego el tren entra en la tercera estación cuando yo ya me siento de nuevo, en la oscuridad que se verá alterada por la luz vacía y melancólica del andén, donde una mujer abraza a un hombre con desgarro pero silenciosamente, una joven avanza ausente andén adelante con una maleta elegante en la mano y un uniformado solitario espera en el punto preciso el momento en el que el tren se frena. El tren se detiene y se oyen los sonidos del rito, frenos, silencio previo, apertura de puertas, las voces de los que suben y buscan el número de compartimento, el número de asiento. El arranque torpe, la oscuridad que crece de nuevo y el avance del tren, o de lo otro, de nuevo. He aprovechado esa parada para estudiar y memorizar los gestos de la mujer que tengo enfrente, ahora que todo está oscuro de nuevo recreo, rememoro como una lección aprendida cada gesto de su cara. El recorrido de rasgos y formas lo hago varias veces para dejarlo bien marcado en mi memoria, para tatuarlo y dejarlo inmóvil en el recuerdo al que tendré que acudir en todos esos kilómetros y kilómetros de noche y sin luz, donde ella está de frente como una silueta misteriosa, cercana pero a miles de kilómetros de mi. Duerme el anciano otra vez, sus ronquidos van subiendo de volumen, como si los kilómetros nos fueran dando una confianza irreal y se abandonara al sueño y olvidara los pudores iniciales que le mantenían despierto cada vez que se relajaba y cabeceaba y comenzaba a respirar fuerte. Miro otra vez por la ventana, luces lejanas que me recuerdan a todo lo que está inaccesible, la noche como una masa sólida al otro lado de la ventana. Muevo mis piernas buscando acomodarme, una nueva posición. En ese espacio reducido rozo sin intención mi pierna con la pierna de la mujer, un vestigio de cariño en ese frío, en ese silencio, en esa noche profunda y vuelvo a rememorar su rostro que ya viene sin dificultad a mi memoria. No digo nada, me pongo de nuevo en píe y salgo al pasillo con otro cigarro. Mientras fumo ella aparece tambaleándose por el pasillo y me dice que si le puedo dar un cigarrillo, que habitualmente no fuma pero que no puede dormir y que ya no sabe como pasar el tiempo. Se lo doy y mientras lo extiendo es cuando veo el tatuaje en su mano, casi inapreciable, casi invisible, pero reconozco, claro que lo reconozco; el símbolo. Me mantengo, externamente, sereno. Le acercó la cerilla hasta el cigarro, ella inhala y arranca la mecha. No hablo, ella tampoco. Miro por la ventana, luego miro su reflejo en la ventana y distingo de nuevo el tatuaje en la mano. No hay duda. El símbolo. Fumamos a ritmo dispar, pero cortesmente espero a que ella termine para ir juntos hasta el compartimento. Recorremos el pasillo a trompicones, uno detrás de otro, tengo la posibilidad de apuntarla al cuello, pero no lo hago. Entramos en el comparimento, volvemos a la oscuridad. La noche y el tren avanzan, me siento de nuevo frente a su silueta, durante kilómetros pienso en la manera de escapar, pero ninguna cárcel más segura que un tren avanzando veloz en la nada, en ese momento cualquier intento de saltar sería una locura. Respiro, me acerco hasta su oido y le pregunto:
.- ¿Están en la siguiente estación?
Con voz suave y lejana me contesta que si, que salvo que cometa la locura de saltar, estoy sin salida. Entonces la beso cuando asumo que está todo perdido. Nos besamos silenciosamente en la oscuridad mientras el viejo ronca. Me siento de nuevo y cierro los ojos poco antes de llegar a la siguiente estación le propongo fumar de nuevo. Salimos al pasillo. Fumamos. Lanzo la colilla por la rendija de la ventana. El tren comienza a frenar. Ni siquiera nos despedimos. Se agotan mis últimos minutos de fuga. El andén, la luz triste y blanquecina, algunas figuras. EL tren se detiene completamente. Se acaba mi historia.
.- ¿Están en la siguiente estación?
Con voz suave y lejana me contesta que si, que salvo que cometa la locura de saltar, estoy sin salida. Entonces la beso cuando asumo que está todo perdido. Nos besamos silenciosamente en la oscuridad mientras el viejo ronca. Me siento de nuevo y cierro los ojos poco antes de llegar a la siguiente estación le propongo fumar de nuevo. Salimos al pasillo. Fumamos. Lanzo la colilla por la rendija de la ventana. El tren comienza a frenar. Ni siquiera nos despedimos. Se agotan mis últimos minutos de fuga. El andén, la luz triste y blanquecina, algunas figuras. EL tren se detiene completamente. Se acaba mi historia.
domingo, marzo 07, 2010
Maqueta
No soy maquetista. Me gusta ese cambio de dimensiones, esa representación, pero no soy maquetista. Soy otra cosa. Puedes pensar que soy un maniático o un manipulador. No lo niego. Hay una enorme atracción en ver todo desde una perspectiva reducida, donde todo es pero es en una escala menor y resulta todo tan manejable. En mi caso no hay representación. Mi maqueta bien mirado no es una maqueta, no pretendo que esto que he creado se termine convirtiendo en algo de tamaño real. Me gusta así, no proyecto. Prefiero estas dimensiones. Esto que he ido formando pacientemente no es el proyecto de algo que será o que ya es a tamaño real. Mi maqueta sólo existe en estos volúmenes, en estas medidas. Puede ser que por inmensa esta maqueta sea la maqueta más grande del mundo, es posible. Aún recuerdo los principios, las decisiones primeras, aquí la montaña que terminé llamando Mágica, por homenaje; desde ahí comenzó a crecer todo, los parques, esa avenida prolongada que da a las casas encantadas, ese barrio milagroso que creé al norte del centro donde construí los túneles y las cavernas. La maqueta, como un país encantado, debía tener enigma, magia, parecer un sueño, todo debía ser irreal dentro de esa realidad minúscula de mi maqueta. Luego las lagunas silenciosas con ese agua cristalina y azulada, el parque de los espejos donde todo se refleja y distorsiona. Cada elemento nuevo debía, debe, potenciar esa irrealidad precisa que construyo día a día. Nada es gratuito en este laberinto reducido e inabarcable. Es gigante mi maqueta, construida para ser recorrida, para ser habitada. Mi fantasía final podría ser proyectar esto en tamaño real, pero no, casi prefiero esto, estas dimensiones que controlo y manejo con precisión, sin fallos, con acierto. Este tamaño es perfecto para gobernar porque desde aquí lo veo todo, apago la luz y enciendo las luces infinitas que iluminan toda la ciudad y me recreo en paseos imaginarios. Hoy por ejemplo, ya de noche, bajaría hasta el parque de los espejos a reflejarme en distintas formas distorsionadas, atravesaría la avenida del oboe donde suena siempre esa melodía lejana, caminaría despacio dejándome llevar por ese sonido que termina dando a la esquina de la avenida del agua; me montaría en una de las barcas y bajaría por esa avenida río hasta la calle colchón para caminar descalzo y dando saltos. Hasta las cuevas. Las cruzaría a oscuras y en silencio para salir al pie de la frontera donde todo termina y comienza lo gigante las dimensiones desproporcionadas y cansinas, estas, donde habitamos; allí hay un mirador para apreciar lo contrario, la no maqueta desde la maqueta. Ese mirador da a esta habitación, desde allí, se puede ver la gigantesca puerta que abre hacia el pasillo. Allí me quedaría esperando a que salieras de una vez por todas de las cavernas. Si creé esto fue para ti, si te reduje fue para tenerte siempre en mi mundo, en mis dimensiones. No se porque aún no lo aceptas, cada cosa de esta maqueta está creada para ti, es mi mundo que quiero que habites, yo sólo lo dirijo desde arriba, desde las dimensiones desmesuradas de los hombres. No te ofendas, no estés triste. Lo hice todo para ti.
viernes, marzo 05, 2010
Anónimo
Le llamaremos Anónimo, porque desconozco su nombre y porque no me imagino nombre más apropiado. Le podría poner un apellido, pero tampoco es necesario. Era anónimo sin más, anónimo como tantos, como todos lo hemos sido alguna vez en la vida sin saber que lo somos. ¿Quién sabe acaso cuando es anónimo y cuando no? Hemos sido anónimos entre la masa, anónimos en el metro, en aquella mesa del café, entremezclado en el bullicio, donde una pareja te mira con distancia porque eres anónimo; y el anonimato nos iguala y nos hace únicos. Pero él, nuestro anónimo personaje, era absolutamente anónimo, casi invisible y sin serlo. Ser anónimo requiere de unas cantidades muy precisas, de misterio y de invisibilidad. Para ser anónimo apenas hay que ser visto sin embargo se te tiene que ver. Uno no es anónimo si no existe completamente, el anónimo existe, existe poco, pero existe. Le vi pocas veces, las suficientes. Siempre solo, siempre escurridizo y enigmático. Podría hacer el chiste fácil de atribuirle obras y frases anónimas de toda la historia, pero para ser realmente anónimo no puedes ni medio intuir a que se dedica el personaje, no puedes saber si es escritor o camionero. Lo difícil de anónimo es describirle porque su anonimato es su única característica. Es anónimo y ya. No hay más que hablar. Anónimo es una presencia, casi un fantasma, uno de esos dibujos mal trazados de un comic que aparece en segundo termino, muy atrás de donde sucede la acción del protagonista. Una de esas cabezas que camina en bloque por la avenida, entre tantos y tantos otros. Hay veces que uno sospecha que los demás, en los que no nos fijamos, son siempre los mismos. Anónimo tiene la función, imaginé a veces, de rellenar las calles. Anónimo estaba ayer en el bar mientras el Barsa marcaba el 2-1, en el fondo, junto a la barra, donde jamás miré, pero anónimo también eran esos pies que vi por debajo de la puerta en el baño de la estación de tren o esa cabeza escondida tras otras cabezas en el vagón de al lado a las siete de la mañana en el metro. Anónimo estaba a la derecha del escenario en aquel memorable concierto mientras yo estaba a la izquierda y giré y vi en la oscuridad permanente a la que está sometida el publico ese cúmulo de cabezas entre las que estaba él, anónimo y su permanente anonimato. Anónimo está ahora tras aquella ventana, del edificio del otro lado de la calle, esa silueta que se marca tras la cortina o pasa en ese coche que sigue calle arriba, conduciendo y perdiéndose en giro con la avenida. Anónimo escribe en su blog y deja comentarios y aprovecha su anonimato para hacerlo. Anónimo es un pseudo dios, porque es omnipresente. Está aquí cerca, en el bar tomando café para salir corriendo hacia el trabajo, pero está en tantas otras ciudades, en tantos otros destinos. Anónimo está en mi cuando intencionadamente me escondo en su forma o cuando sin saberlo soy él. Anónimo ejecuta su obra permanente, la obra de arte más sublime y profunda: Sostener a todos lo que nos son desconocidos. Dime anónimo, dime: ¿Quién eres realmente?¿Quién al final de tantos otros se esconde en ti? ¿Quienes somos cuando somos tu? ¿Quien soy si en el fondo todos somos anónimo?
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