viernes, septiembre 17, 2010

Pintor al margen

El tipo tenía una rulot en un descampado en la carretera de Extremadura. El espacio abierto alrededor de la rulot le servía para expandir todos sus encargos: Aparatos de feria que tenía que serigrafiar y adornar con ilustraciones generalmente de fuego o de elementos de fantasía barroca. Despertaba pronto, comía poco y al atardecer de verano, noche de invierno, se sentaba en la puerta de la rulot, fumaba opio y pensaba en asuntos agradables: en hipotéticos viajes al otro hemisferio, en músicas inexistentes y en formas de vida que se parecían al recuerdo. A menudo jugaba también, como en esos dibujos infantiles, a trazar una línea seguida entre estrellas del firmamento y formar un dibujo que no siempre era reconocible. No usaba teléfono, salvo cuando bajaba a la ciudad. Una tarde llamó a su casa, a su ciudad, a su país: Un hermano le dijo que su madre había muerto diez días antes y sintió que pocas cosas le ligaban ya al mundo. Volvió a la rulot y durante años se aisló. Recibía los encargos de unos rumanos que aparecían esporádicamente por allí, le dejaban los aparatos de feria y volvían al tiempo a recoger la mercancía y a pagar. EL opio se lo pasaba un tipo silencioso que había conocido hacía algunos años pero con el que apenas trataba. El hombre se acercaba una vez por semana, dejaba la mercancía y cobraba. De resto pintaba. A veces bajaba a la zona industrial por sus necesidades y compraba algún capricho alimenticio. Una vez cada dos o tres meses se iba a alivia sexualmente al "Placer", un burdel de carretera simple y de decoración trillada. Generalmente solicitaba los favores de Lore, una morena que le recordaba a una novia de la adolescencia con la que tuvo un hijo del que jamás supo. "El carajito tendrá trece años ya" le dijo una noche, confidente, a Lore. El opio le producía placer pero también unas ganas desaforadas de pintar. Una noche cambio los aparatos de feria por un trozo de madera donde dibujó una forma irreconocible. Desde ese momento, pensó que era en esas formas impresas en madera donde sentía que todo se anclaba. Como si si vida hasta ese momento hubiera sido un barco triste avanzando a pocos metros de un puerto donde no podía acceder. Compró más maderas. y la rutina cambió, ahora todas los atardeceres de verano, noches ya de invierno, pintaba esas formas indescifrables. Las obras las iba acumulando tras la rulot. Empezó a titular cada una:
.- Ligero 3, Margen, Islas autónomas, Agudo del 76, Botella epistolar, Cámara en mano, Biblia viva, Opio obvio, Una noria que gira sobre otro eje...

Quiso dedicarse, entonces, única y exclusivamente a eso. A sus maderas serigrafiadas. No cogió más aparatos a los rumanos. Los rumanos dejaron de aparecer, entre otras cosas porque insaciablemente fueron expulsados. Pintó más:

.- Mañana maraña, Habitaciones sin gente, libros y frases....

La última mañana aparecieron unos tipos presentando unas credenciales. Le pidieron amablemente desalojar, cuando pidió explicaciones bajaron unos policías, le esposaron y le trasladaron al aeropuerto. Muchos años después volvió a su casa, a su ciudad, a su país. Dejó la pintura, pero no el opio que le terminó devorando

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