jueves, septiembre 23, 2010

La piscina

Me quedé mirando la piscina, la superficie caótica, repleta de hojas, el color imposible que había tomado el agua. En medio de ese invierno tan frío la piscina parecía una utopía, un ideal al que jamás se llegaría. El recinto estaba entristecido, vacío, desolado. Traté de dibujar mentalmente el ambiente de ese lugar en medio del verano: Los bañistas concentrados en sus largos, las chicas tumbadas en sus toallas despreocupadas, el socorrista adormilado en su silla. Imágenes de un mundo que parecía irreal, imposible, inexistente. Me senté un rato bajo el sauce donde en verano siempre nos poníamos. El césped estaba frío, humedecido y no me era nada cómodo. Miré a la piscina desde esa perspectiva, los alrededores vacíos , grisáceos, silenciosos. A lo lejos, por la entrada a los vestuarios, vi pasar a alguien que se perdió por la puerta del de hombres. Pensé que sería alguien encargado del mantenimiento: dudé en esconderme o seguir sentado. El sauce goteaba gotas de lluvia aún. Me puse en píe y pensé en volver a saltar la valla y salir de la piscina, sin embargo me quedé sentado. Cerré los ojos, pensé que si me concentraba podía recrear con precisión el ambiente de los días del último verano: la llegada uno a uno, la colocación de las toallas, las chicas embadurnándose de crema, nosotros pateando desconcentrádamente el balón alrededor del sauce. LA carrera colectiva para el primer baño del día, el braceo y los juegos absurdos bajo el agua. Ellas saltando y E sonriendo y dulce, la más callada siempre. Mis intentos inútiles por ser hablador, por conversar con ella, la llegada de la noche, el recoger las toallas arrítmicamente y citarnos en la plaza para dar una vuelta. E silenciosa y amable, parte de ese grupo al que pertenecía por puro azar. Porque ellas eran sus compañeras de clase o vecinas de la misma calle, pero en nada se parecía E a ellas. Abro los ojos y la piscina vacía, no hay nadie, salvo la figura que otra vez aparece y se pierde por la entrada principal. Entonces me pongo en píe y salto la valla y vuelvo andando por el mismo camino que lo hacemos en verano. Imagino que escribo a E, imagino las frases que voy poniendo en esa carta, me imagino enviando el sobre, me imagino a E en esa ciudad, en esa habitación para estudiantes sorprendida al ver la carta, sonriendo amable a leerla, luego llego a casa y prolongo hasta la agonía el sentarme a estudiar para el examen del día siguiente.

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