miércoles, junio 29, 2011

Tablero

No sé si lo llamaría amor. Amor, esa palabra. No era amor, era una confusión, pero amor; tampoco estoy seguro de saber que es el amor. Hubo un desorden, una forma emocional de caos, una desubicación sensorial, la imposición extraña de una forma de realidad bastante obsesiva y fijada en otro ser humano, pero no amor. Yo creo que no fue amor. No sé que es el amor, no fue amor en cualquier caso. Fue otra cosa. Se ha ido. Dura poco eso que puede llegar a confundir, no se va del todo, es cierto, pero ya no está gobernando constantemente la percepción de las cosas. Se ha ido diluyendo esa forma desconcertante de obsesión. La ciudad se había convertido en un laberinto, un laberinto enrevesado, retorcido, perverso. Caminaba por las calles siguiendo, buscando que el azar, que siempre juega a su antojo y no al de mis deseos, me la cruzase de repente en cualquier acera, con su gesto desprevenido; pero nunca salió ese número. Cada esquina, cada instante era una posibilidad, el tablero me parecía inmenso y yo barajaba absurdas posibilidades, variaciones infinitas de un encuentro que jamás se dio. Nunca volvía a casa o volvía tarde, desgastado de andar buscando ese azar cabrón que jamás bajó la guardia, porque el azar, de repente, me parecía un espíritu burlón que me desplazaba por calles, por esquinas; sabiendo, bajo su sonrisa, que jamás la encontraría. Luego llegaba a casa, exhausto, fatigado, agitado, bajo una forma compleja y poco evidente de tristeza y me sentaba. Jamás sonó el teléfono, jamás. Jamás escribió desde aquella última vez. La casa permanecía a oscuras, caliente, irritante y me concentraba en esa ballena ajena que era el ritmo de mi respiración sonando. Podía perder mucho tiempo concentrado en ese ritmo que me terminaba pareciendo ajeno: la percusión remota de una celebración pagana. Mi cabeza se sumía en imágenes lisérgicas, frenéticas, tremendas y era imposible conciliar el descanso. Iba sucediendo como una nada la madrugada. Una nada cabalgando, una nada pesada, amorfa, pero una nada que se imponía en toda la casa. Amanecía, apenas percibía el físico. Miraba el reloj y esperaba. No sé que esperaba. Afuera la luz se iba imponiendo y algo trasmitía a mis sensaciones la ciudad despertando, el ritmo creciente de la mañana en la ciudad. Concebía la ciudad como una masa repleta de pequeños movimientos, de infinitas variaciones, decisiones que se enrevesaban y no llegaban a nada o llegaban, definitivamente, a la nada. Entonces me volvía su imagen, pero era una imagen difusa, no del todo concreta, la forma del pelo, la mirada lejana, esquinas inapreciables y algo modificadas. Volvía no su imagen sino una abstracción profunda de su imagen. Me ponía en píe. Barajaba posibilidades, me negaba reacciones, me prohibía acciones. Fumaba, tomaba café, me vestía concienzudamente, como el que espera el instante definitivo de su vida. Salía a la calle, a la desquiciante e inabarcable calle. Casi sorteaba la dirección a seguir. Ella no tenía una forma de vida fija y encontrarla no dependía de una ruta fija. La ciudad, toda, era parte del juego. Giraba en esquinas, volvía a plazas, miraba portales, coches, gente saliendo del metro. Jamás la encontré. Jamás descubrí el modo, la estructura a seguir para comprender aquel juego terrible. A veces, a media tarde, creía comprender. Hay una hora en que todo parece completamente nuevo, tiene que ver con el sol perdiéndose y la gente empezando una forma nueva de vida, repentina, liberada. Me entretenía con la luz del atardecer cayendo y dando un tono amable al asfalto, el ritmo de coches volviendo. Había algo que dejaba de pertenecerme corporalmente. Creí pensar que dejaba de ser yo o que volvía a ser yo antes, mucho antes, doscientos años antes, tres mil años antes o seis mil años después y me daba por sentir que ya no estaba, que había dejado de transitar. Alguna noche seguía andando. Buscaba algo para tomar. Me sentaba en terrazas vacías donde el camarero tardaba mucho en salir y era incomprensible que tardara en tanto en salir. Bebía cerveza y esperaba a que se consolidara la noche. Me imaginaba que el azar era un tipo, un tipo bien parecido, un tipo manipulador, poco honesto y bromista pero con poco sentido del humor hacia él. Una noche caminé por un barrio periférico, recién construido, vacío, poco arbolado. Creí verla pasar en un coche, en un coche azul, seria, con una mujer mayor al volante. Creí verla y pensé en correr, pero en seguida dudé. Me senté en un banco incomprensible, de forma extraña, y barajé todas las posibilidades, o muchas de ellas, repartí cartas mentalmente y concluí que no era ella. Seguí caminando. Subí a un autobús vacío, le pregunté al conductor si llevaba al centro. Contestó que sí. Conducía lentamente, como si estuviera evitando llegar a su destino. Iba oyendo algo inaudible en un radio pequeña. Apenas se distinguía un murmullo constante. Apenas había coches hasta que llegamos a la avenida ancha que baja del norte al centro. Había muchos más coches, muchos, todos adelantando al autobús. Al principio los conté, pero eran tantos que perdí la cuenta. Me bajé en un barrio cerca de casa. Caminé. Ese día pensé por primera vez que no era amor. Lo pensé mucho rato. Mientras por las aceras, esporádicamente pasaba gente, pensé que no era amor. Llegué a casa. Hubo algo, inevitablemente, de fin del juego. No obstante jugué algunas rondas más. Lo curioso, lo desconcertante es pensar que jamás la encontré y muchas veces me he preguntado como se encuentra a alguien, que truco, que camino hay para encontrar a alguien al azar. Cruzarse de repente, en una esquina, en cualquier calle. De repente y ya. Creo que con eso me hubiera bastado.

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