jueves, junio 02, 2011

Ida y vuelta

Raro. Un estado permanente de rareza. No fue una época bonita. Todo parecía feo. Mal puesto. Tenía pensamientos raros, como esos días fríos en medio del verano que no sabes, que son como si no se estuviese, se está pero en otro sitio, como si por debajo de ese frío imposible hubiera algo, algo tapado, algo que alguien sabe pero ese alguien no está. Todo era raro, pensaba cosas, cosas nada amables, pero tampoco eran cosas concretas, no pensaba pensando, sino que había capas de pensamiento, como lagos artificiales que se iban superponiendo unos a otros, y los reflejos de esos lagos eran los pensamientos, un poco como si soñase despierto. Me resultaban raras las cosas: Los olores químicos me resultaban agresivos, invasivos. Un engaño de la ciencia. Pensaba en la ciencia y pensaba que se cometen barbaridades en el nombre de la ciencia. Que se asumían cosas como verdades cuando nadie sabía que eran, entonces todo resultaba enormemente frágil, como esos olores químicos, esos olores de los suelos recién fregados que huelen pero no huelen. Olor a fresa: barbaridad en el nombre de la ciencia. A veces me hablaba a mi mismo mientras caminaba. Compré un cuaderno, un cuaderno de cuero negro, rectangular, preciso, con la intención de anotar las cosas que pensaba pero si caminaba y hablaba conmigo y me detenía para escribir se me olvidaba lo que estaba pensando o lo anotaba y los pensamientos que habían sucedido en segundos rellenaban muchas hojas y además era impreciso lo transcrito. Entonces dejé el cuaderno pero seguí hablando conmigo y a veces pensaba que no hablaba conmigo sino que hablaba con otro que era yo pero otro, una proyección invisible de mi mismo. El ritmo de las cosas, había algo que me seducía en el ritmo de las cosas. Un tipo pasando por la acera llevaba un ritmo y lo veía como parte de otra cosa, como cuando escuchas unas notas decrecientes de piano en medio de una canción en tres por cuatro o miraba a unos muchachos juguetear alrededor de los columpios y ese ritmo entre ellos, en sus interactuaciones, en sus lanzamientos de columpio, parecían llevar una cadencia externa y me preguntaba: ¿Qué siente una nota de viola en medio de una canción? ¿Se sabe parte? Esa época duró un tiempo indefinido. Esas sensaciones de estar al otro lado del espejo no fueron permanentes, fui volviendo a asumiendo que había que volver. Volví con los animales: con los tigres en las aceras, con los leopardos de los bares, con los cerdos de los restaurantes, con los rinocerontes del metro, con los monos apoyados en las farolas, con leones enjaulados en las plazas, con los gatos de museo, con los perros de los edificios, volví sin saber porque caminaba a cuatro patas.

1 comentario:

cayoyin dijo...

Siempre me he preguntado si todos los cerebros registran los colores como los registra uno. Si el azul que yo veo, en otros ojos, para mí es el rosado. Me parece que pasa igual con los olores, pero más obviamente. Por ejemplo, el sabor a sandía en los chicles y caramelos...nunca un sabor artificial estuvo más lejos del original.

No sé por qué terminé hablando de esto.

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