miércoles, junio 22, 2011

Una tarde en la tierra

Compré un refresco de litro en la bodega de mi calle. Subí la calle, entré en el portal y llamé al ascensor. Al abrir la puerta apareció el vecino del quinto, que es un tipo extrañamente alto y flaco. No saludó, como siempre hace, y me miro como el que ve una abeja en mitad del desierto. Entré en el ascensor, me miré en el espejo. Pensé que debía cortarme el pelo, agité la cabeza, me apreté el pómulo izquierdo imaginándome como sería mi cara si no fuera exactamente esa cara. Luego pensé que cada vez me parecía más a mi tío L y en mitad de un gesto fugaz se empezó a abrir la puerta, me giré rápido por si al abrir la puerta había algún vecino, pero no había nadie y caminé el pasillo. Pasé las puertas de los vecinos. Abrí la puerta de casa, me quité las zapatillas en la entrada, pensé que había algo enigmático en casa en ese momento, un secreto de guarida. Abrí la ventana, abajo había poco tráfico y pensé en la remota posibilidad de haberme adelantado en el tiempo y verme, de repente, venir, minutos antes, por el mismo camino que lo había hecho yo; pero esas cosas, por suerte o desgracia, no suceden salvo en literatura o suceden y no lo vemos o no lo olemos, porque cabe la posibilidad de que en el fondo no seamos más que la representación visual de los olores. Me senté, abrí la botella de refresco, bebí un par de sorbos y eructé. Calculé el dinero que me quedaba, llegué a la conclusión de que o me buscaba otro trabajo o cambiaba de forma de vida. Me hubiera gustado que empezase a llover, una lluvia de esas torrenciales que duran poco más de cinco minutos, pero no iba a llover. Me quité la camiseta, un pensamiento anárquico me llevó a lanzarla por la ventana abierta. Imaginé el vuelo de la camiseta hasta el suelo, pasando fugazmente por las ventanas de mis vecinos. Sentí una forma de alivio, una forma rugosa de alivio, un alivio que parecía producirse revertido. Miré mis pies, pensé en los caminos que habían recorrido esos píes, pensé en las variaciones físicas de mis píes a lo largo de la vida; pensé que los píes, en cierta forma, son un libro, una autobiografía desgarrada. Los apoyé en el suelo y sentí distorsionadamente que tenía la capacidad de volar. Salté, me despegué del suelo y décimas de segundo después, los píes, mi autobiografía, se apoyaron en el suelo. Definitivamente no volaba.

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