martes, junio 07, 2011

La firma

Ha amanecido lloviendo, no es una lluvia muy fuerte, pero no para. Son esas gotillas que son tan poca cosa y que mojan tanto. He fumado en la cama, sin abrir la ventana. No recuerdo en que instante empecé a fumar según me despertaba, hace mucho tiempo ya, pero creo que los que fumamos según despertamos somos la parta más alta de la escalera de fumadores. No concibo mi vida sin ese cigarro casi nauseabundo, generalmente me sienta mal o no me sabe tan bien. Realmente cuando fumas hay muy pocos cigarros que te sepan bien, pero lo que buscas todo el día es encontrarlo y aparece siempre de repente, sin sospecharlo. No hay uno ubicado en una franja horaria, en una situación determinada. El cigarrillo agradable aparece anárquicamente, de repente, sin avisar; los demás son el camino en busca de ese cigarrillo secreto. Generalmente el primero, el de la cama no lo es. Sin embargo da cierto sosiego, como si me levantara más relajada, menos acelerada. Como si el tiempo se detuviera un rato muy corto. He mirado por la ventana un rato para pensar como vestirme, llueve pero no hace frío, nada de frío e incluso si para de llover hará bastante calor. Los días así son complicados, sabes de antemano que no atinarás con la ropa. Me he ido a tomar café y luego me he duchado, en la ducha he pensado que lo ideal sería ponerme una falda nueva que compré hace un par de semanas y una camiseta colorida que combina bien con una chaqueta que me vendrá bien si sigue el clima húmedo y que me podré quitar si sale, definitivamente, el sol. Al salir de la ducha me he mirado desnuda en el espejo, últimamente tengo una relación complicada con mi cuerpo, hay veces que no me veo representada en el espejo, como si fuera otra. He tratado de recordar las otras formas que ha tenido este mismo cuerpo. Hace veinte años era distinto, igual, pero distinto. No lo pienso, no obstante, con nostalgia; lo pienso con fascinación, con incomprensión casi: ¿Cómo es posible que el mismo cuerpo vaya siendo tantos cuerpos? Es curioso, pero internamente visualizo mi cuerpo de un modo totalmente distinto, parecido, pero rematado de otra manera, con otros finales, con otras terminaciones. Me veo y soy esa, claro que soy esa, pero hay tanta fugacidad en el cuerpo, en ese que veo. Recordaré ese cuerpo más adelante, cuando sea anciana y veré la cadencia, el ritmo de variación que ha ido llevando ese cuerpo que ya no será este. Me he vestido finalmente y he salido algo acelerada porque siempre se me viene la hora encima. He caminado hasta el metro. Me ha sorprendido que no estaba el chico de la flauta, me gusta pasar y verle, es dulce lo que toca y es enormemente atractivo, es parte de la rutina, hoy no estaba y me ha recordado a las formas del cuerpo, las pequeñas variaciones que se van sucediendo casi inapreciables. El tren ha pasado rápido. He entrado, una chica iba leyendo concentrada y he mirado el título del libro, esos monumentales libros me aburren. He seguido hasta la parada de trasbordo. He sentido como si, de repente, fuera de noche. Me he visto reflejada en el metacrilato de un cartel. He seguido todo el camino pensando de forma periférica, como rodeando algo, como encerrando algo central, un pensamiento central al que no accedía. He salido del metro y he vuelto a fumar. No llovía, pero tampoco hacia Sol. He pasado por la estación de autobuses y he alcanzado el edificio de oficinas. He subido en ascensor, en recepción he preguntado y me han contestado amablemente, la chica me ha dirigido por un pasillo enmoquetado y ha abierto la puerta. Allí estaban los tres. He saludado, pero creo que a él no le he mirado, han leído los documentos pero no he atendido, he recordado otras épocas, he recordado el coche, nuestro coche, la música que oíamos en el coche, he recordado su miedo casi infantil cuando dormíamos y luego he recordado una amiga de la infancia a la que perdí el rastro, nunca quise a nadie como a ella, teníamos un amigo invisible al que también le perdí la pista. He firmado sin atender a lo que hablaban. Ellos tres se han dado las manos, yo he dicho adiós levantando la mano lentamente. He bajado con J. Me ha invitado a un café, le he agradecido su trabajo, nos hemos despedido y he vuelto al metro. En la entrada a la estación he decidido no entrar y me he puesto a caminar sin mucho orden. He fumado. He recorrido esa zona de la ciudad totalmente ajena para mi. Unos chicos hacían piruetas con los monopatines, uno de ellos ha saltado un banco y se ha caido, ha sido un golpe duro, sonoro, se ha quedado en el suelo y no he podido evitar acercarme rápido a ayudarle:

.- ¿Estás bien?

.- Si, no se preocupe.

Al chico le ha molestado que me preocupara por él, pero lo he entendido. He seguido caminando. He recordado al chico de la flauta. He pensando en una vida para el chico de la flauta y he sentido nostalgia por el chico de la flauta. He parado un taxi y he vuelto a casa.

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