lunes, junio 20, 2011

D en el agua

En D las escamas apenas son visibles. Se desliza por el agua con la sabiduría del que viene con la experiencia aprendida hace varios siglos, flotando por la superficie, adaptando con maestría las formas de su tronco a las volátiles formas del agua, subidas, crecidas, intensidades distintas. Para D la temperatura no es un problema, se adapta. No cierra los ojos porque no quiere perder detalle de cada suceso, de algunas revelaciones que parece ver en los reflejos del Sol reventando en el agua. D lee esos reflejos como si hubiera una narración milenaria que le estuviera siendo transmitida. Mira sin perder detalle, casi sin parpadear porque cada suceso acuático resulta reseñable para D. A veces sacude su cuerpo como esos peces que saltan y sacan el cuerpo fuera del agua, ella también refleja, entonces, el Sol y si se la mira, uno descubre la lectura de esa narración milenaria que ella tanto atiende insaciablemente, aprendiendo lo que no está escrito, lo que no es reflejado y uno ve esos reflejos hipnotizado, atraído por la inmensa belleza de ver el sol reventando en las escamas invisibles de D. Entonces D quiere entrar de nuevo al agua, ajena a la temperatura, concentrada y sintiendo la alegría inexplicable de sumergirse; y todo parece un espectáculo, un acontecimiento universal, porque resulta un prodigio el agua y el Sol y D, tan pequeña, metida en otro elemento. Como si todo, absolutamente, estuviera sucediendo ahí, en ese trozo de agua, en ese trozo de tierra, en ese lugar preciso del universo, iluminado por el Sol, en ese momento único de un verano en el que D se baña y disfruta. Entonces la recogo y la tapo y balbucea palabras intraducibles y me siento inabarcablemente feliz, en la plenitud.

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