miércoles, junio 15, 2011

Esquina

No hay reglas. No hay modos pre-establecidos. La veía pasar por la esquina que hay a dos calles de aquí, siempre la misma, siempre con el mismo ritmo, siempre de paso, caminando hacia algún lugar concreto, inaccesible para mi. Digamos que esos segundos breves que duraba el encuentro, en el que yo miraba y ella era ajena, me otorgaban una profunda estabilidad, una estabilidad imposible, extraña, frágil, pero profunda. La ciudad, de algún modo, se había convertido en un inmenso tablero y mi concentración se centraba en cruzarme con ella, en cualquier lado, en cualquier calle, aún sabiendo que ella desconocía al desconocido que la buscaba. Eso, llegado un momento daba igual. No había la lejana pretensión de querer hablar con ella, de querer conocerla, de presentarme, sabía de antemano que jamás haría eso, me bastaba verla pasar, verla a ese ritmo ligero, de cierta prisa, con la cara ladeada, mirando al frente como el que mira una pared de agua, una pared hermosa por la que escurren formas acuosas. Me bastaba con eso. No es necesario la ambición del más. La felicidad es un estado bastante más ligero que el poder. Lo agradable es suficiente con poco. Tampoco era amor o no era un amor con reglas. Si me quedaban dudas. Las dudas regulares, las dudas que se arrastran desde la infancia. ¿Ella sabe que yo miro? ¿Ella sabe que soy el mismo, cada día, en esa esquina? Pero incluso las dudas eran divertidas, incluso las dudas entraban a formar parte del tablero. Me hubiera gustado cruzarmela en otra esquina, una lejos de esa esquina, de la de siempre. Me hubiera gustado verla en otro lugar, en otro entorno, a otra hora, pero al final me fui conformando con esa cita no acordada, con ese encuentro suficiente. Fui conociendo sus ropas, los cambios en el pelo, las diferentes velocidades en su andar. Las prisas, las pausas, el sosiego, el nervio. La fui conociendo, porque también se conoce al desconocido. En esa esquina sucedía el milagro. Un milagro breve, relativo, pero un milagro y fue suficiente. Fui fiel, muy fiel. Ella también porque jamás dejó de acudir. Ahora el trabajo, el traslado, años después cambio de ciudad. Sigo dudando si despedirme. Si, al menos, ahora, decir adiós.

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