viernes, junio 17, 2011

Brisa

No hay brisa, pero hay la sensación de brisa. Una brisa invisible pero de un color extremadamente azul. Roza la piel sin rozar nada porque, realmente, no hay brisa. La brisa, esta brisa, parece otra forma de piel, la piel de alguien que anda por ahí, deambulando. Va todo tan lento ahora mismo y entra esa masa cálida por la ventana abierta y se escuchan platos chocar fuera, el murmullo constante de una televisión encendida. Hay veces que parece que no está todo aquí, como si faltaran trozos o hubiera más trozos de lo que parece y se desperdigan, deambulan. La última vez que la vi llevaba cara de preocupación, una preocupación lejana, como el que recuerda algo que sucedió muchos años antes y aún no ha aceptado el acuerdo de la memoria. Si lo pienso lo que más me envuelve es el pelo. Hay algo en la forma de su pelo, en como lo usa, que esconde todo el juego. Lo usa para esconderse, pero no para esconderse de un modo evidente. Es simplemente un muro invisible que la aleja, irremediablemente, de los demás, como está brisa inexistente, que parece que está pero no hay tal brisa. Las noches de verano tienen ese lado cruel, parece que hay algo desenfrenado que está sucediendo lejos, en algún punto de la ciudad inaccesible. Aquí suenan los platos, una y otra vez. Chocan los platos, suena la televisión y sin embargo tengo una melodía en la cabeza, que suena y que es de una canción que no recuerdo. Me gustaría pensar que existen fantasmas, que aquí los hay, ahora. Pero no, lo que hay son trozos de cosas que no alcanzo a percibir. Como esa melodía que tarareo internamente, quizá venga de algún lugar inaudible y llega de otro modo, como la brisa inexistente. Maria se escondía detrás del pelo y tanto se escondió que no la encuentro. Una vez me habló de un chico que veía pasar por su calle todos los días, iba en bicicleta, le veía pasar todos los días. Describía con precisión el pedaleo. Me confesó que estaba enamorada de la manera en que aquel chico pasaba, cada día por su calle, pedaleando. Hablaba de la bicicleta con cierta fascinación. Una bicicleta fea, decía; poco estética. Colores saturados, formas bruscas, ruedas muy anchas. Sin embargo hablaba de la elegancia del pedaleo de aquel chico. Muchas veces hablaba de ese ciclista, de los segundos que duraba el paso de un lado a otro por su calle. Luego contaba que dejó de pasar, que el chico nunca más pasó. Que empezó a sentir una terrible nostalgia, incluso temor. A veces le costaba dormir pensando que quizá el chico había tenido un accidente en la bicicleta. Que de alguna manera aquel pedaleo sobrenatural debía de acabar con lo opuesto: una torpe y terrible caída. Cuando ella desapareció empecé a recordar las historias del chico de la bicicleta. También sus teorías dramáticas sobre la desaparición de aquel muchacho. La imaginaba pedaleando por el mundo, buscándole sin encontrarle jamás, porque yo solía pensar que aquel chico era una invención. Como esta brisa, que es tan agradable, pero no existe.

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