domingo, junio 19, 2011

632

Tampoco tenía mucha prisa. Bastaba con esperar y dejar pasar la tarde. No se en que momento tomé la decisión de sentarme en esas escaleras a ver llegar a los andenes todos los autobuses que iban llegando de las afueras, cargados de gente tan alucinantemente distinta. Al principio traté de hacer una forma peculiar de estadística con la gente que bajaba de los autobuses y salía disparada al metro o salían a la calle. A veces me entretenía con alguien que caminaba a ritmo peculiar o contaba chicas que me parecían atractivas. Otras veces, de toda esa gente, miraba posibles formas vitales: Detectives, Locutores, tipos con problemas de alcohol, consumidores de speed, conductores de camiones. A veces trataba de descifrar la nacionalidad de esa gente fugaz que bajaba de los autobuses buscando un destino que en el fondo, todos, saben que no existe. Miraba los números de esos autobuses y sólo cada mucho aparecía el 632 y siempre, en cada aparición por los túneles de un 632 , había un vestigio de esperanza, de capa cinematográfica, de épica. En mi cabeza sucedía la posibilidad de que detrás del último de los ocupantes apareciera ella, que parecía haberse evaporado. Eran las primeras tardes de verano y el aire acondicionado estaba alto. Jamás aparecía, y en el fondo yo lo sabía, pero tampoco comprendo porque me sentaba en la escalera a esperar la nada. Como si aquello, en el fondo, fuera una forma amable de compañía. Entre estadísticas extrañas y pensamientos poco concretos sobre la civilización iban apareciendo con cierta constancia, los 632. Ni siquiera una vecina, ni siquiera una amiga, nadie bajaba de la parte de atrás de los 632. Como si ese mundo, su mundo, todos aquellos meses se hubieran desmoronado y no quedara rastro en la tierra de aquella presencia. A veces pensaba que aquello no duraría mucho, que serían unas cuantas tardes llenas de una vacía esperanza sentado en esa escalera, contando gente, chicas, poetas, escuchando palabras sueltas de conversaciones que pasaban, pero al final fui mucho tiempo allí, a esperar los 632 apareciendo al fondo del túnel y empecé a reconocer a algunas caras que se repetían día tras día, gente que repetía horarios y rutinas en sus direcciones al bajar de los autobuses. Gente que veía una vez y jamás volvía a pasar. Empecé a adivinar la aparición de los 632, pero también de los 655 y de los 620. Jamás apareció ella o alguien que viera que yo estaba ahí y que remotamente le dijera que yo había estado sentado allí. Pasaron tardes e inexplicablemente ella jamás pasó, ella que tanto uso hacía de esa línea, de ese estación. Nunca pasó. Un día bajé las escaleras y cogí un 628 que llevaba casi a la frontera del estado por el norte. Un pueblo que no conocía, paseé por allí, dormí en un parque. Al día siguiente bajé a la ciudad, crucé la estación y no volví. Inexplicablemente no volví.

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