martes, mayo 31, 2011

Una tarde de conciertos

No me gustan esas cabinas que hacen función de baño en eventos al aire libre. Son terriblemente angustiosas y huelen mal, en seguida huelen mal. Hay tanto plástico, es un espacio tan abstracto, tan irreal, tan absurdo, que dentro se siente, inevitablemente, una leve crisis existencial: ¿Qué hago aquí, meando en este cubículo, en este espacio angosto que delimita el espacio exterior? Es inevitable. No obstante entré, entré varias veces porque los conciertos se prolongaban en aquella explanada y la música era agradable, la temperatura era fenomenal y la cerveza barata. Escuchábamos a aquellos delirados guitarristas acompañados de percusiones metálicas, tremendas, salvajes y aquellas voces en ecos que nos recordaban que habitamos un mundo exageradamente minúsculo, lejano, emotivo, épico. Alrededor la gente hablaba y caía el sol y la explanada iba cambiando de forma o las sombras aumentando con la caída de la tarde daban a la explanada otras dimensiones aparentemente menos reales. Y fui varias veces a las cabinas que estaban en un lateral de la explanada y al entrar siempre pensaba, inevitablemente, en mi existencia, en mi lugar y el lugar de todo en este mundo, la cabina recordaba, incesante, que este mundo es una acumulación exagerada de miniaturas. En la cabina, además, cada vez olía peor , pero el ser humano, guerrero, tremendo, desgarrado, es capaz de enfrentarse a cualquier batalla, a cualquier salvajismo, pero no al de orinarse, no hay quien no se venza ante ese dolor invisible, ese hilo que crece, somete y domina, como un torturador, todo el cuerpo. Así que cada vez que en mi vejiga se acumulaba la orina, acudía obediente a la cabina, ese lugar terrible. Anocheció, fueron desfilando grupos en aquel escenario desproporcionado, gigante, iluminado como una nave espacial en busca de odiseas extrañas, bebí más cervezas, como si no hubiera límite en mi capacidad de tragar y cada rato iba a las cabinas, escogiendo, maniáticamente, siempre la misma en una hilera de diez. De noche en la cabina no se veía nada y los dos sentidos que ubican la meada, desaparecieron: No veía mi pis caer por la oscuridad, no lo escuchaba reventar contra el agua, contra los otros pises, porque la música del escenario gobernaba el sistema auditivo, también dentro de las cabinas. La doceava vez que entré a la cabina, algo borracho, oriné prolongadamente. Terminé con la sensación de haber vaciado un universo repleto de ríos, sentí el ligero y leve placer de vaciar la vejiga, giré y la puerta de la cabina no abría. Giré la manivela una y otra vez, incluso violentamente, pero la puerta no se abría. Grité, pero un grupo de salvajes guitarristas haría inaudible mi voz al otro lado, en la explanada los borrachos estarían sumidos en un viaje lisérgico, imposible. Pateé la puerta, la pateé y la golpeé con mis puños, insulté a la cabina, a todas, al concepto general de cabina, a su inventor, a sus fabricantes. Se encendió una luz, una luz enferma y tremenda. La cabina parecía, de repente, un confesionario galáctico. Noté, por supuesto que noté, el despegué. La cabina comenzaba el vuelo.

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