viernes, marzo 04, 2011

Vacaciones lejanas

Esas vacaciones fueron fútbol. Largos partidos de fútbol por la tarde noche que terminaban con marcadores imposibles, exageradamente abultados. Diecinueve a catorce. Metí goles de todas las formas, de tacón, de cabeza, de chilena poco estética, regateando a tres, de media volea, y sobre todo, mi favorito, desde más allá de medio campo. Ese gol fue importante porque habían venido las gemelas y unas amigas a ver el partido y para mi jugar bien tenía mucho de conquista, como si meter aquel gol me abriera las puertas a una seducción importante. Aquel gol fue iracundo porque íbamos perdiendo siete a tres y nos ponía con ciertas posibilidades de remontar el partido y porque la hermosa factura de mi chute me otorgaba una sexualidad que pasados los años concluyo que sólo yo debía comprender. El caso es que ese año jugué desquiciádamente al fútbol y por las noches nos emborrachábamos en aquel lugar donde pasamos tantas noches. Según bebíamos evocábamos jugadores, lejanos en el tiempo o cercanos, analizábamos los mejores goles de la historia, los equipos y luego encadenábamos la conversación con psicodelia extraña, psicodelia comprendida de un modo peculiar y al final simplemente fumábamos y bebíamos y nos íbamos a dormir y al día siguiente organizábamos de nuevo el partido de la tarde. Es fácil entrar en bucles, en ciclos. A mitad de vacaciones volvió La L. Volvió mayor, más mayor, había cogido cuerpo, había cambiado. Me crucé con ella, me habló de sus días en la playa, también del mar y de fiestas agradables y sensatas. Fiestas que yo imaginaba pausadas, lejanas, como si el mar estuviera metido en el lugar de la fiesta o la fiesta fuera en una plancha por encima del mar. Yo le hablé de fútbol, del golazo que había metido en los cuartos de final del campeonato que habíamos organizado, le hablé de Caniggia que corría como el viento, que era un futbolista maldito porque más que deportista parecía un poeta malo o un futbolista psicodélico y que le llamaban "el pájaro". Y ella me habló de su apartamento en la playa y de lo bien que lo había pasado y no se porque esa noche me lancé a su boca en las escaleras de su piso y ella me abrazó con lentitud, como si todo estuviera sucediendo en el área contraria, allí y nosotros fuéramos los porteros, que están ese rato solos, viendo el partido allí, jugando pero sin pertenecer a ese partido y yo me lancé con las manos a donde hubiera hueco, pase en profundidad, y ella no sabía de fútbol, pero parecía Baressi, cortando todas las jugadas y yo recordaba el consejo de "El conejo": "Insiste, insiste. Hay un momento que se cansan de estar en guardia" y yo lanzaba manos como si tuviera más de dos y ella que parecía tener el doble. Como si entre nuestros cuerpos sumáramos diecinueve o veinte manos, un poco como los resultados de nuestros partidos. Manos como goles. Y al final nos lanzamos al suelo y por las escaleras apareció un vecino y disimulamos malamente pero en aquel silencio hubo un acuerdo, ni él,ni nosotros hablaríamos nunca de eso y ella me dijo que se iba a casa y yo me bajé con los muchachos y hablamos de Kubala y bebimos una ginebra lamentable, porque yo creo que aquello no era ginebra. Al día siguiente ella me llamó a casa y yo cogí el teléfono sin saber a que atenerme, me habló de la playa y al final me dijo que por favor olvidara lo de anoche y habló de pactos de silencio y de cosas que sonaban trascendentes y no lo eran, me habló de su nuevo novio y de la gente y de su madre y de una prima y que no había pasado nada. Esa tarde metí un gol y fallé una oportunidad clarísima y perdimos el partido. Por la noche bebimos un Vodka de nombre mal puesto, un Vodka tropical con nombre caribeño y fumamos marihuana y yo cerré los ojos, y escuché música que puso ER en el Radiocassete. Los platos de la batería sonaban como si estuvieran sobrevolando por encima de un bosque y el bajo me recordaba a una forma gástrica, a un túnel orgánico. Luego me imaginé una chilena en el aire, me imaginé saltando mucho, muy alto y dando a una pelota gigante, de un tamaño desmesurado y mi golpeo mandaba el balón lejos y se iba perdiendo por el horizonte.

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