jueves, marzo 24, 2011

Antonio T.

Anoto para no olvidar la anécdota. También la anoto a modo de juramento. Jurando que en realidad sucedió, que es un hecho real y es tonto, casi un juego, pero tiene tanta gracia que a veces la vida juege así, tan tontamente, que me lo anoto a mi mismo, que es finalmente quien la vivio y quien le importa:

Entré en el metro esta mañana. Y ahora, según voy escribiendo, me percato que cambiaron algunos signos, que ya el azar jugo desde ese instante. Bajé corriendo el último tramo de escaleras porque ya casi se iba y por poco no entro. Aceleré e inevitablemente cambié el destino, si se hubiera ido, si no hubiera acelerado, no hubiera entrado en ese tren y mi vida, levemente, hubiera sido distinta. El acelerón me hizo entrar, pero a cambio me encontré el vagón atestado de gente, repleto. Había tanta gente que me moví de la puerta donde habitualmente me quedo. Necesitaba algo de espacio y un poco más allá, casi en la otra esquina del vagón, vi huecos para estar algo más cómodo. Crucé entre brazos y piernas ese trozo de vagón y me acomodé bastante más allá de donde lo suelo hacer. Me apoyé y saqué el libro que estaba apunto de terminar, me quedaban unas pocas páginas, muy pocas. Asegurándome casi que al final del trayecto, un trayecto corto, terminaría ese pequeño fragmento que había tenido que dejar, obligatoriamente, casi absurdamente, porque eran poco más de dos páginas. Lancé la mano a la mochila, saqué el libro y en ese instante, en ese mismo instante, veo el mismo libro, exacto, en las manos de la mujer que va sentada enfrente, que a su vez lo está sacando en ese mismo instante. Desvío rápido la mirada, sonrío. Busco la página marcada, tratando de no ser curioso y mirar a la mujer. Durante unos segundos, ya con el libro abierto, me pregunto si cabe la posibilidad de que ambos estemos en la misma página, que estemos leyendo el mismo párrafo. El pensamiento me despista y me obliga a retroceder en la lectura y volver a arrancar. En ese gesto logro ver que mientras mi vista se dirige a la parte derecha del libro, ella la tiene hacia la izquierda, lo que niega toda posibilidad de estar en la misma página. Leo, leo no del todo concentrado, porque me parece extraño estar leyendo lo mismo que la mujer de enfrente, en algún momento, absurdamente, siento que debo hablar con ella, decirle:"pero no ves que vamos leyendo el libro" como si ese acontecimiento nos uniera en algo. Luego reflexiono y comprendo que somos tantos los que han leído, leemos o leímos, leerán ese libro, que es absurdo sentirse unido por tal motivo a la mujer de enfrente. Avanzo las poco más de dos páginas que me quedan, las remato facilmente. La última frase es "Ahora todo estaba claro". Termino y levanto la cabeza. Mi curiosidad es más fuerte que mi discreción y debo saber a que altura del libro va la mujer. Levanto la vista y miro, ahora miro ya sin tapujos, sin verguenza, ya nada me une a ella. Yo ya soy ex- lector de ese libro. Cuando veo, comprendo que la mujer hoy, en ese instante, acaba de abrir el libro, que hoy arranca su lectura, que apenas acaba de empezar a leer "el tiempo envejece de prisa". El título juega con nosotros. Más aún: el relato que ella empieza a leer, que es el primero de ese libro se titula "El círculo". Y en círculo parece que vamos, ella y yo. Este juego.

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