martes, marzo 01, 2011

Freire vuelve a la finca

Freire detiene el coche en la salida abandonada de la azucarera. Recuerda aquel año excesivamente cálido en que pasaba por aquella carretera y veía, a última hora, salir a los trabajadores caminando a ritmo de elefante hacia el autobús de la fábrica que les acercaba a la ciudad. Entonces su padre seguía carretera adentro, silencioso y se iba haciendo de noche. Ahora recuerda eso con el coche detenido, pensando en ese recuerdo. Luego arranca el coche y trata de recrear aquel viaje que, durante meses, cada tarde, hacía con su padre. Era una época en la que todo estaba colgado de las ramas, unas ramas invisibles y prolongadas que pertenecían a árboles de una extensión fronteriza y seca. Era una época en la que todo parecía extrañamente perdido, pero perdido de nada, porque todo estaba, se veía. Su padre fumaba con desasosiego. Hay fumadores, unos pocos, los menos, que usan el tabaco como una forma casi consciente de suicidio, de lenta agonía. Su padre fumaba así, sabiendo que cada cigarro disminuía, considerablemente, segundos de vida y enganchaba un cigarro con otro, como si fuera haciendo la suma de segundos en su haber. Sin embargo, al final de aquella carretera detenían el coche y se bajaban en una carretera sin asfaltar, abrían la puerta y observaban la evolución de los conejos, un negocio, se viera como se viera, ruinoso de partida, ruinoso económicamente, pero que sin embargo a su padre le daba unos beneficios intangibles, beneficios en forma de paz, una paz extensa, laxa, peculiar, inaccesible y lejana para el resto. Su padre proyectaba en aquellos conejos una forma de vitalidad y evolución, un sosiego y una forma de tormenta de calma. Observaban y anotaban los cuidados de los conejos, se sentaban un rato en aquella parcela en medio de la nada, pegada a una vía de tren desconcertante, en un país en el que no había ningún uso ferroviario, salvo esa vía que a Freire le daba la sensación que cabalgaba hacia la nada. Freire avanza por esa carretera, se detiene en la puerta de la finca, ahora en deterioro, pero deterioro sutil, ese deterioro de las cosas que están inanimadas y percibe esa forma lumínica de la memoria cuando volvemos al lugar donde estuvimos tiempo atrás, que empuja y trae ese tiempo anterior casi delante de tus narices estando, no obstante, en este tiempo. Freire ve de nuevo la vía y durante algo más de un segundo piensa en la posibilidad de caminar sobre ella y ver donde "carajo es que termina esa vía", pero luego se gira y ve la finca y los árboles y recuerda a su padre observando a los conejos, anotando sus estadísticas vitales comidas, cópulas, infecciones. Freire no fuma, pero si hubiera un momento en su vida para fumar sería ahí, justo ahí, y ver como el humo, invisible, si sigue el camino de la vía.

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