lunes, octubre 04, 2010

Viaje

Estoy en esta ciudad que recuerda a Tokio, aunque realmente esto es estupido porque no conozco Tokio. La vista es curiosa, frente a la ventana se amontonan edificios pero tras ellos, se ve la playa, el mar; hay un barco, a lo lejos, que me produce una sensación curiosa, de lejanía, incluso de nostalgia y de desconcierto. Algo de mi no entiende las moles en primer termino y el barco diminuto allí, navegando vaya uno a saber donde. El apartamento es pequeño y luminoso, abajo, muy abajo se ve una avenida, como toda vista alta, hipnotiza el ver pasar gente de un lado a otro diminutos, insignificantes. Suena el teléfono, pero yo no espero ninguna llamada, nadie en el mundo sabe que estoy ahora mismo en este apartahotel. Dudo varios segundos entre atender o dejarlo sonar, cuando descuelgo no se en que idioma responder y me quedo en silencio, una voz masculina dice algo intraducible, digo, únicamente: No. Cuelgo. Me asomo a la ventana, miro la hora, debo salir. En el descansillo me cruzo con unas señoras de la limpieza, me desconcierta hasta casi lo sobrenatural, ver que una de ellas es una señora que limpiaba en un trabajo hace años, en mi ciudad, a miles de kilómetros de aquí. La saludo:

.- Esta ciudad es rara, pero es el futuro. Esto es el futuro. Así, como lo ves. Llevo años viviendo aquí y no se entiende nada. El ritmo, la forma, la estructura de esto. Trabajo en estos edificios altos, limpio en las plantas de arriba y pienso que no se debería estar tan alto. Piso 45. No hay ocio como lo entiende uno, esto es otra cosa. Nunca hablas con nadie y cuando hablas ves que están obsesionados con que quizá todo se acabe. Se creen que el mundo se va a acabar. Disfrute de la ciudad, si sigue por aquí seguiremos charlando.

Bajo en ascensor, voy contando con el marcador el descenso hasta el cero. Se abre la puerta. Cruzo el hall y salgo a la calle. En cierto modo entiendo a la mujer, es el futuro porque no parece quedar vestigios del mundo en el que nacimos no hace tanto. Camino hacia la playa. Bajo por unas calles repletas de vendedores de comida callejera, huele a especias y a sartén gigante, he visto un gigante cartel publicitario donde se ve un reloj que cuenta las horas que quedan para un evento cinematográfico. Finalmente llego a la playa, está vacía, es ancha, muy ancha, hay algunas casetas grandes todas cerradas donde se sospecha que con buen tiempo hay agitación, comidas y bebidas. bajo unas escaleras hasta la arena, miro hacia atrás y veo las moles de edificios que terminan al borde justo de la playa, y sin embargo en la playa nadie, como si no fuera posible compatibilizar ambas cosas. Camino bajo el cielo gris. Alguien me dijo al aterrizar que la lluvia en esta ciudad escuece, que pica en la piel. Me quito los zapatos y vuelvo a ver el barco a lo lejos, me arrimo hasta la orilla y descubro que el agua está terriblemente contaminada, llena de plásticos y botellas. A mi izquierda a pocos metros viene andando un tipo con el pelo largo y muy sucio. Saluda y contesto. Me habla de repente:

.- Amigo, ¿Usted no es de aquí, verdad?

.- No

.- Se nota. Nadie de aquí baja hasta la playa, menos hasta la orilla y menos si me ven.

.- No entiendo porque.

.- Bueno, objetivamente no es un sitio agradable: este olor intenso, esta desolación a tan pocos metros, este agua.

.- Bueno, hay que conocerlo todo cuando se va a un sitio nuevo. También lo menos amable. Aunque en realidad he venido hasta aquí buscando lo contrario, un sitio amable para entrar mejor en esta ciudad que proponen los seres humanos. y que resulta difícil de primeras.

.- ¿Ve esas pelotas de corcho flotando?

.- Las llevo viendo desde que llegue y no las comprendo.

.- Traté de no que no le rocen, ¿ok? Traté de hacer lo que tenga que hacer aquí y váyase cuanto antes. Este lugar no merece la pena.

.- No se si merece la pena, pero es cierto que parece el futuro y quizá deba acostumbrarme a él.

.- Quizá es un futuro que no llegue a conocer. No haga el esfuerzo de comprenderlo. Se lo digo yo que soy el diablo.

Sonrío, me giro y vuelvo hacia la ciudad. Paso el día, me reúno con los del Norte. Firmo y a media tarde vuelvo al apartahotel. Desde la ventana veo anochecer, las extrañas pelotas de corcho que pasan siempre, una y otra vez, constantes y que no se que carajo significan. Llamo al servicio de comidas, sube un chico joven con una bandeja. Cuando le estoy pagando le pregunto por la playa:

.- Nadie baja allí. Nadie está convencido, pero hay un tipo que todo el mundo afirma que es el diablo. Las supersticiones de nuestro siglo. Yo no bajo porque huele a muerto, hace años que está en estado de abandono. Es un lugar desagradable y hasta casi resulta creíble que eso sea el infierno- y ríe con una carcajada infantil pero desagradable.

Por la noche, en un canal de la televisión local, veo una película lenta, muy lenta y creo que a ratos me duermo y confundo trama y sueños.

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