martes, octubre 12, 2010

Ficción

Durante 30 años trabajó para un canal de televisión. No destacó en su profesión, aunque nadie puede hacerlo en semejante oficio. Enterrada en un asiento más de un departamento de la empresa gigante, adquirió pronto la savia salvaje que adquieren los resentidos cuando intuyen a lo lejos su insignificancia, como una bola invisible que permanentemente amenaza con despojarlos de un paraíso inexistente. Usó el veneno por el subsuelo. Se arrastraba bajo tierra buscando envenenar, contagiar de su enfermedad a los otros. Claro, su veneno no era efectivo en los otros, porque cada uno lleva el suyo y se vacuna del de los otros. Durante 30 años buscó algún modo de aniquilar su insignificancia del modo más insignificante posible. Quiso sobrevivir en la guerra sin saber usar la recortada y como en esas escenas de películas de humor, apuntaba la bazuca contra su propia cara. 30 años viviendo en la paranoia de la amenaza permanente de la bola invisible. Una bola que ella creía ver venir, empujándola al otro lado del muro, donde habitan los desgraciados. 30 años batallando por no caer en aquel lado de donde sabía que no había forma de regresar, de escapar, el lado terrible. 30 disparando día tras día equivocándose, a cada tiro, en cada disparo, de objetivo, de guerra. Desgastando energías en una guerra que de momento nadie le había declarado. 30 años hasta el día que recogió la mesa, guardó sus objetos personales, vació los cajones con sus fotos y algún objeto que le resultaba cariñoso. Se despidió uno a uno de sus compañeros, 30 años después llegó la jubilación. Salió del enorme edificio comprendiendo, esta vez sin conscientemente, lo insignificante de su labor en ese tiempo pasado pero por fin se jubilaba. Se montó en el coche y volvió a casa, por ese camino que repitió tantas veces, cada día. 30 años después se equivocó con el volante y se acabó no sólo la vida laboral, sino toda su vida, todas sus guerras, todas sus batallas. 30 años después se acabó todo. Horas después sus hijos y su marido sentados en la funeraria recibieron el ramo de flores enviado por la empresa. Pasaron dos compañeras a dar un beso a la familia. Poco más. 30 años después se quedó sin tiempo.

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