domingo, octubre 17, 2010

Los fines de semana

El horario de entre semana se destroza cuando llega el viernes. A las tres de la tarde sale de la oficina, coge el coche y suele ir hasta casa. Generalmente baja las persianas y duerme a cuerpo tendido hasta las seis o siete de la tarde. Enciende el teléfono y o bien tiene alguna llamada o bien la hace en ese instante. Queda a las nueve o nueve y media en casa de alguno. Se ducha, se viste y con tiempo coge el coche. Por la autovía dirección a la reunión conduce concentrada y sin pensar más que en un cúmulo de sensaciones no concretas que se han acumulado debajo del lóbulo izquierdo. Lee los letreros al paso, pero sobre todo su mirada se concentra en las líneas de la carretera. Pasan líneas, unas detrás de otras, como días, como las horas, como mensualidades de algo, de la tarjeta de crédito, del alquiler. A un lado de la carretera hay una gasolinera que está abandonada y que siempre mira con extrañeza, como esperando que algún día, en algún momento, se encienda una luz y recobre la vida. Se desvía en la salida correspondiente y recuerda un videojuego. Sube las calles precisas, las esquinas, los rincones. Llega a los edificios iguales, repetidos, de color uniforme que recuerdan una forma invisible y desconocida del error, de la libertad mal entendida. Aparca cerca del descampado eterno donde un edificio que se sumaría a los otros quedó a medio hacer. Cierra el coche, cruza y toca el telefonillo donde ya se escucha el sonido lejano de todos. Sube en ascensor. Se mira en el espejo y descubre un gesto nuevo, la reordenación de los rasgos, seguramente podría evocar con precisión su cara de adolescente, pero ahora ya no hay vuelta atrás. Está esa cara que tampoco durará mucho. Se abre la puerta, cruza el pasillo y en la puerta está uno de ellos, se saludan con poco respeto, con esa crueldad que da el exceso de confianza, de demasiados años de infelicidades y de inquietudes aniquiladas. Hay un bullicio que es común, voces sumándose , la música forzadamente actual del mismo que año tras año ha descubierto la música al colectivo. Entonces entra la primera línea que reconduce adecuadamente las sensaciones. De repente desaparece la apatía, los músculos se espabilan, aparece el empujón. Habla y ríe. Se meten con la forma de vida de X, que siempre es víctima de esos juegos. Segunda línea, aparece la luz al final del pasillo, bebe. Nuevas explosiones. Nuevas formas, ahora otros elementos, nuevas drogas de diseño. Nombres futuristas que dan un estilo. Y que bien cuando se está bien, cuando se difumina la nube y vienen esos vapores. Se pisa el suelo firme. La potencia, esa potencia que no hay luego, en esa decadencia. Hay un sonido alucinante en la canción que suena, un sonido que empuja y traslada, como que va y viene por el techo del salón, una especie de insecto invisible. Más nuevas sensaciones repetidas. Se repiten los ciclos. Hay voces, una risa desconcentada de la conversación. Y de repente todo está bien, siempre está bien. Es esta forma de optimismo que se afianza con potencia entre el codo y las rodillas. Hay una sólida forma de felicidad. Sabiendo de antemano, eso si, que la felicidad es un instante leve. Vienen nuevas formas, otros mejunjes. Ecos emocionales hechos de polvo. Polvo y euforia. Las horas van. Desaparecen las mantas pesadas de lo cotidiano. Viene la novedad, lo especial. El empuje casi motorizado de la noche. Entonces el cuerpo también gobierna y se libera. Formas de baile, saltos sobre el parqué. Y en el salto, en las formas imprecisas del baile, vienen caras a aniquilar. La tipa que se sienta al lado de lunes a viernes con toda su monotonía, con toda su esencia gris. Otras caras que ahora dirige a su antojo. Se cae. Ahora todo es río, que va decidido hacia la desembocadura. Así, en esa abstracción, en esa irrealidad autoimpuesta, elegida, falsa, se pasan las horas y viene la otra noche y todo sigue. Y luego domingo y luego lunes y lo que fue subida, todo lo que se ascendió sin esfuerzo ahora es descenso doloroso, lleno de arrugas, de pinchazos en el fondo del estómago. La tristeza descomunal del un despertador un lunes a las siete de la mañana. Vuelve la nube, las capas que ya se quitaran a punta de gramos, de formas de polvo. Ahí se viene, sin filtro, la droga más dura: La tristeza.

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