lunes, octubre 25, 2010

Perdida

LLegamos a su casa incendiados. A mi me abrasaban las manos, a ella vaya uno a saber que pero echaba fuego por todas partes, nos fuimos corriendo en llamas por el pasillo y en medio de llamas y cenizas agitadas nos lanzamos a la cama. Allí nos fuimos enterrando entre las sábanas y el edredón pero el fuego no bajaba. Nos movíamos de un lado al otro como luchadores de Judo, casi como queriendo inmovilizar al otro. Giro entre una sábana, media vuelta con el edredón. Perdí los límites de la cama. Entre las llamas a toda intensidad y las sábanas con vida propia, perdí la noción del espacio. Lo mismo notaba una mano suya en mi codo que la otra más abajo. Lo mismo notaba su cara a medio metro de la mía, que sus rodillas en mi pecho. Sospeché a ratos que nos habíamos desarmado, que se había desmontado el puzzle corporal y aquello era caos de miembros. Las sábanas los mismo daban dos vueltas y enredaban mis tobillos, que se extendían entre ella y yo de manera elástica. Ahí se mezcló todo, los fuegos, los miembros y órganos y las sábanas y el edredón. Yo dejé de saber por donde andaba mi cuerpo, si incrustado en el edredón o en el Kolpos, pero me perdí en aquella agitación. SI mi pierna era la mía o era una extensión. Si había cuatro piernas o dieciseis. Sábana, sobre sábana siendo la misma enredada a su vez en el edredón. Así andaba como loco por esa cama cuando pensé que estaba solo, que era tal el enredo de las telas y de las pieles que me había quedado solo en ese cuadrilátero enloquecido. Así que respiré y me detuve. La llamé, dije su nombre un par de veces. Como respuesta silencio. Me separé como pude de las sabanas. Me costó. No encontraba todo mi cuerpo, envuelto como estaba de una sábana, la otra, el edredón. Me puse en pie sobre el colchón. Me quedé analizando aquellas montañas laberínticas de telas. El amontonamiento imposible. Acerqué la boca y la volví a llamar. Andaba por ahí dentro, claro que si y comprendí que debía ayudarla a salir. Metí una mano, la seguí llamando. ¿Dónde estaba, dónde se había metido? Giré la montaña formada donde yo hacía poco también estaba. No la encontré. Deshice las formas creadas, separé, como pude, un trozo de edredón, algunas partes de la sábana. Seguí sin encontrarla. La busqué, la busqué durante horas. La llamé, grité su nombre y jamás apareció. En recuerdo me llevé esa montaña de sábanas y edredón. Me las llevé a casa y aunque de vez en cuando busco, sigo sin encontrarla por ahí dentro. A veces me planteo el entrar con ella ahí, para siempre, pero cuando me decido siempre me termina dando claustrofobia y no me atrevo.

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