miércoles, septiembre 30, 2009

El archivo

Otra vez la misma hora, apenas una variación prácticamente inapreciable de minutos. MI labor sigue en el mismo estado, no avanzo. Oigo, esporádicamente, suspiros. Son mis compañeros que siguen el curso de las cosas, si es que este departamento forma parte de las cosas. Tecleo las fechas, selecciono las noticias y las voy archivando en un trabajo que se sabe de antemano caduco, nadie en todo el periódico buscará información de este modo, nadie recurrirá a este archivo para documentarse. Desde hace no mucho también trabajo con las fotos. Es la parte mas mecánica de la realidad. El asunto, tanto con las noticias como con las fotos , es ir colocándolas por carpetas, seleccionando un tema o personaje donde guardarlas manualmente. Es como ser parte de un programa informático. Hay algo de micromundo en todo esto. Cuatro seres humanos realizamos esta tarea tediosa cuya filosofía es exacta a la de los programas informáticos. Entonces no es difícil sentirse dentro de ese metafórico universo digital, ser parte de un entramado autómata, preprogramado.

La misma hora, apenas varían los minutos en mi reloj. Queda casi toda la jornada por delante. En mis manos el periódico de hoy desmenuzado por noticias. Recorto y archivo, de vez en cuando leo, pero pocas veces pienso aquí, mentalmente para mi todo sucede en algún lugar lejano a este archivo de este periódico regional, lejos de este departamento, de esta disección del pasado común de los hombres. He oído mi propio suspiro. Debería largarme de aquí. Corto las noticias del periódico una a una, las voy pegando en hojas, escribo la fecha y la temática. Luego, cuando el periódico de hoy este desmenuzado por completo iré atrás y me perderé entre carpetas donde voy metiendo estas hojas. Ahí perderé mas tiempo, aunque el tiempo en este archivo no exista por varios motivos, porque aquí el reloj no avanza y porque todo se hace conservando el pasado para el futuro. Ahí atrás entre carpetas el tiempo se pierde algo mejor que aquí, donde el jefe del departamento nos vigila y no nos deja hablar. Ayer silbé. Creo que ni siquiera fui consciente de que silbé. Seguramente estaba recortando noticias y pasó esa melodía por un trozo de mi cabeza y la expulse con un silbido leve. Hoy me han exigido que no lo vuelva a hacer, que en el archivo no se silba. Cada vez que levanto la cabeza veo su mirada sobre mi, también sobre los otros. Mi trabajo es aburrido, el suyo es infernal. Yo recorto las noticias de hoy para archivarlas y nadie, jamás, las lea mañana. El nos mira obsesivo para que hagamos esa labor incansablemente. A su modo se siente dueño del futuro, también del pasado. En sus manos, eso cree, está enseñarles a aquellos lo que ha ocurrido hoy. Sin embargo hay algo que me sacude, en el fondo se que la labor es hermosa, pero no en este periódico, no en este departamento, no aquí. No bajo la mirada enrojecida de ese individuo. Llevo unos meses aquí, nadie entra a investigar. Nadie. Los periodistas buscan las fotos, que es la parte mas agradecida de este departamento nunca en los archivos de las noticias, pocas veces consultan sus propios artículos o los de los otros sobre los mismos temas. Trabajar con las fotos es una recompensa, un ascenso. Todos quisiéramos trabajar sólo con las fotos. Con las fotos hablas con los periodistas, les entregas unas cuántas para que seleccionen y mañana ponga "foto de archivo", es la parte mas meritoria, con mas renombre de nuestro trabajo. Además viene ella, silenciosa y amable, no hablamos, recorremos el pasillo, buscamos las fotos, selecciona, firma y se va, pero logra hacer que espere cada día ese instante. También espero, cuando salgo de aquí, encontrármela en la calle, pero jamás sucederá, eso lo se porque han pasado catorce años y no sucedió, tampoco llegué a hablar con ella. Sucedió, eso si, que unos cuántos meses después me largué, deje el tiempo detenido de ese archivo suceder a esa velocidad extraña, apática, desesperante. Salí por la puerta. Eso si, que nadie busque jamás, la carpeta de noticias de Julio Cortázar, yo se quien la tiene, yo se quien se la llevo, pero seguramente, aún nadie se ha dado cuenta.

martes, septiembre 29, 2009

El truco final

A su manera, Laura, ha desaparecido. Otra de sus trucos, aunque esta vez sea distinto. Laura lo mismo saca un terrón de azucar de mis oídos que sobrevuela con precisión por la copa de los árboles del parque. A Laura la vi hacer todo tipo de magia, también conmigo. Porque si para algo tenía habilidad era para dejarme con la boca abierta. Giraba las manos, las rotaba y el escenario ya era distinto. Tantas veces me vi en otros lugares a los que llegábamos transportados por la infinita habilidad de Laura para la hechicería. Laura hechicera lograba hacerme levitar a casi un metro del suelo o hacía aparecer luces, de forma caleidoscópica, en la escalera de sú edificio, cuando ya de noche nos despedíamos. También la vi llegar a lo lejos, mientras esperaba en la esquina del parque, en ese banco donde pasábamos algunas tardes, sin tocar el suelo. Desplazándose por el aire como el que pone los pies en esas cintas transportadoras y se desliza. Así la veía llegar, cuando ponía en practica, casi sin quererlo, todos esos trucos y poderes, con esa habilidad natural que tiene para la magia. A veces juntaba los dedos y salía un destello o me daba un beso en la mejilla y aparecía un dibujo, un dibujo que hacía una forma y se desplazaba entre sus labios y mi piel y salía disparado hacia arriba y el dibujo, que había cobrado vida, se largaba y yo me quedaba imaginándole una vida. Otras veces jugábamos a cambiar las formas de nuestros cuerpos. Si Laura movía su mano por mi piel, mi cuerpo iba variando de forma, se estiraba y se encogía amablemente. Me quedaba mirando la mano de Laura por mi brazo, por mi cuello, por mi pecho como si estuviera moviendo la luz de una linterna y veía como por donde pasaba su mano el cuerpo cambiaba de forma, incluso de textura. Laura lograba convertirme en otros personajes, en otras cosas digamos menos concretas que el cuerpo de los hombres. Mi cuerpo se hacía a veces transparente, otras traslucido. Entonces ella me miraba y me decía que lo intentara yo y movía mi mano por su piel y sucedía que también su piel, sus formas, variaban. Pero ayer, ayer nos vimos, como tantas tardes en el parque y entonces la estaba viendo callada, mientras yo hablaba de algo sin demasiada importancia y me giré y la vi transparentándose lentamente, iban desapareciendo sus manos, su pies, sus piernas y algo me hizo sospechar que estaba largándose sin regreso, que este truco era definitivo y según se hacía invisible o pasaba a otro lugar traté de despedirme, ella me miró por última vez y vi que desaparecía, que ya no volvería y como bien pude dije su nombre. Dije:"Laura" y me miró y no dijo nada, sólo se hizo completamente transparente. Miré a mis lados, miré el parque vacío, miré el banco en el que ya sólo estaba yo y me puse en píe y no caminé levitando, no hubo destellos en el regreso a casa. Simplemente silbé una canción que tanto me gusta de Tom Waits.



domingo, septiembre 27, 2009

Libélula y Jilguero

La conocí en locutorio donde iba todas las tardes a conectarme en internet. Yo repetía el locutorio, porque enigmáticamente, el reloj que contabilizaba el tiempo de conexión, y por el que luego te cobraban de acuerdo a unas tarifas que había colgadas al lado del mostrador del dependiente, se detenía siempre en el minuto trece. Así que pasaba dos o dos horas y media conectado y al pagar, pagaba trece minutos de conexión. Aquello era extraño, porque el locutorio era pequeño, tenía cinco o seis teléfonos y dos ordenadores para conectarse a internet, uno en el que siempre me ponía yo y otro en el que siempre coincidía ella. Y cuando iba a pagar los trece minutos que habían sido ciento cuarenta o ciento cincuenta, siempre pensaba que era increíble que aquel hombre no percibiera que yo no llevaba trece minutos ahí, que no se percatara del verdadero paso del tiempo. Siempre era el mismo acto, te levantabas y el casi sin mirar, manteniendo la mirada en la pantalla, decía "trece minutos". Aquello daba mucho que pensar sobre el tiempo, incluso si aquel hombre estaba en el mismo tiempo que nosotros, si no permanecía en un lugar físico distinto o si simplemente el tiempo es mucho mas relativo de lo que insistimos en repetirnos. Con ella hablé un día que fuimos a pagar a la vez y escuché que también le cobraban trece minutos, salí detrás de ella y ya en la calle me acerqué y le comenté lo de los trece minutos, ella se rió y dijo que si, que ella también iba siempre ahí por lo de los trece minutos y contó algo que a mi me pareció increíble y por lo que sospecho comenzó aquel profundo, y también enigmático, sentimiento de amor. Contó que un día se lo comentó a unas amigas que también usaban internet en ese locutorio y que ellas decían que no, que a ellas siempre le cobraban el tiempo real, que a ellas no les sucedía lo de los trece minutos. Mientras lo contaba reía y yo pensaba, porque siempre me pasa, que por alguna razón ella y yo estábamos predestinados y le dije que quizá éramos los únicos en el mundo a los que nos sucedía lo de los trece minutos y ella rió aún mas y yo le propuse ir a tomar algo, aunque fuera sólo durante trece minutos y tanto se rió que aceptó y nos fuimos. Ese día nos liamos y en seguida nos hicimos novios. No teníamos mucho que ver o esa pensaba yo a veces, yo quería ser poeta y me sentía como tal, ella quería ser peluquera o libélula. Siempre decía lo mismo, lo de peluquera lo entendía pero a la tercera cita le pregunté lo de libélula y ella me dijo que no sabría describir muy bien una libélula, que no sabía exactamente como eran, pero que le encantaba esa palabra y la repetía varias veces li-be-lu-la. Entonces yo contesté que en ese caso yo quería ser poeta o jilguero, porque a mi me encantaba la palabra jilguero y que en realidad aquello me parecía un poema hermoso, un jilguero y una libélula paseando una tarde de sábado por un centro comercial de un barrio periférico y ella reía.

Pasábamos las tardes yendo a ese centro comercial al que yo nunca había ido hasta que me hice novio de libélula. Ibamos y recorríamos repetidas veces sus plantas. Siempre entrábamos en una tienda de teléfonos móviles a ver un modelo que ella quería comprar. "Un día tendré este móvil" y lo cogía y lo miraba con un anhelo que yo jamás había visto antes. El dependiente siempre nos dejaba probarlo, juguetear por los menús y sus posibilidades y Libélula lo manejaba con precisión, conociendo cada recoveco de aquel aparato extrañamente barroco. A mi me gustaba ir a la tienda a juguetear con el móvil porque tenía una función que te permitía hacer música electrónica. Realmente era una aplicación que repetía loops pre-programados en el que tu ibas agregando sonidos apretando los botones, modificando aspectos rítmicos y algún que otro tono, pero me encantaba crear música, si aquello era crear o si aquello realmente era música. Me gustaba perder nuestros dedos en aquel huerto de botones, apretando aleatoriamente teclas para que saliera aquello que considerábamos nuestras canciones. Luego salíamos de la tienda y seguíamos caminando algunas horas hasta que nos íbamos a la habitación en la que yo vivía en aquella época y hacíamos el amor. A mi me encantaba, evidentemente, hacer el amor con libélula. Digamos que en el cuerpo de libélula se escondía el olor mas amable del planeta, un olor a fruta pero una fruta no existente o una fruta que yo no conocía. Libélula tenía un olor increíble, a piel pero a piel de fruta. ¿De dónde sacaba libélula aquel olor? Hacíamos el amor y luego ella me preguntaba que porque quería ser poeta, que sino me gustaba mi trabajo en la fábrica de sombreros y yo contestaba que en el fondo si me gustaba pero que hubiera preferido vivir de mis poemas y entonces me pedía que le leyera alguno y yo lo leía y comprendía la verdadera dimensión de mis poemas y me daban ganas de llorar y libélula se reía y me decía que estaban bonitos pero que no los entendía, pero que aún sin entenderlos le parecía que sonaban agradables y luego hablábamos del mar o de la peluquería donde hacía practicas. A mi sin embargo lo que me preocupaba con libélula no era tanto la distancia o esa distancia que yo veía entre los dos sino la duración de nuestros polvos. Una duración que a mi me pareció siempre exacta, obsesivamente repetitiva, como la música que creábamos en la aplicación del móvil que le gustaba a ella. No se porque me fijé desde el principio y tanto me fijé que, sin que ella se percatara, siempre cronometré nuestro sexo y siempre era igual, como si aquella cifra nos estuviera marcando algo que había que saber interpretar. Siempre trece minutos, siempre. Trece minutos desde que nuestros cuerpos se soldaban el uno al otro. Como si el dependiente del locutorio mantuviera el reloj clavado sobre nosotros. Como si el contador se detuviera ahí para todo, para la conexión a internet y para nuestro viaje físico conjunto. y tanto fue que un día se lo dije, no sin transpirar angustia por los poros y libélula me miró y dejo de reírse y se levantó se vistió y me mandó a la mierda y claro, se acabó, se acabó en menos de trece minutos. Me quedé un par de días roto en la habitación, sin salir, pensando en el lo relativo que es el tiempo o lo exageradamente relativos, si es que algo relativo puede ser exagerado, que pueden ser trece minutos. A partir de ahí pensé en escribir poemas que tardara trece minutos en escribir. Ponía el reloj en marcha y comenzaba. Sentía la presión del tiempo pero me activaba el ingenio. Luego fui olvidando aquel extraño método. También fui olvidando a libélula, también fui cambiando de vida, pero siempre, siempre sentía que las cosas sucedían trece minutos después.

viernes, septiembre 25, 2009

Mañana hoy

Abro los ojos. Despierto. Oigo un pájaro fuera. Noto la luz delicada del amanecer. Pienso en algo que me cuesta traducir en palabras. Algo así como la percepción de la velocidad de la luz en el amanecer y la semejanza que eso tendrá con seres minúsculos cuando nosotros encendemos una bombilla. El amanecer hoy va algo lento. La luz es casi oscuridad en la habitación. Mucho rato después ya es de día. Cierro los ojos porque creo que es mas pronto de lo que es e intento dormir. Pienso en el sueño que de repente he recordado. Un sueño en el que iba con mi vecina en un coche de pedales. La imagen además de absurda es potente. Trato de descifrarle un sentido a esa imagen. Abro de nuevo los ojos, la luz se cuela menos azul y mucho mas clara en la habitación. Me pongo en pie. Pienso en un tipo, que no creo que exista, en Nueva York. Un tipo que despertará dentro de cinco o seis horas y hará gestos parecidos a los míos. Pienso o visualizo la imagen poderosa del despertar de todo el planeta. Imagino personas, una detrás de otra despertando. Me hago café, huele el café saliendo. Pienso en Mali. Quiero ir a Mali. No hay un motivo verdaderamente racional por el que quiero ir a Mali, pero es una idea que me persigue desde hace tiempo. Mientras sale el café me imagino Mali, me imagino Bamako. Me imagino caminando por una calle que imagino en un Bamako imaginado. Echo el café en la taza, pongo azúcar. La luz ya se ha instalado, es de día. Empiezo a escribir este post en el que narro algunos minutos que van por detrás de mi presente. Me quedo un rato quieto en la primera palabra. Manejo varias opciones para escribir hoy. Un texto telenovelero que he imaginado en el que un padre y un hijo que viven en una hacienda en medio del llano venezolano tienen una rivalidad pasional. El padre se enamora de la novia del hijo. Cuando lo pensé, el argumento no me pareció tan jodidamente malo como es según lo recuerdo. Pensé también en un argumento en el que el personaje, finalmente, es el personaje de un cuadro. La intención de ese texto sería ir narrando a alguien que siente su vida estática, que se siente constantemente observado, al final descubrimos que es un cuadro. La idea sería narrar a modo de monologo interior ficcionado a algún personaje de un cuadro famoso. No lo hago, escribo finalmente esta narración cuya finalidad ni yo mismo comprendo. Arranco con "Abro los ojos". He empezado así porque realmente hoy he notado mucho ese abrir de ojos, la sensación de despertar. He estado muy activo mentalmente al despertar. Ahora termino el texto. EL texto termina porque ese pasado anterior inmediato alcanza al presente. La narración hasta ahora ha ido unos minutos por detrás y aquí justo aquí se alcanzan presente y texto. Se juntan y esto se acaba.

jueves, septiembre 24, 2009

La isla circular

Recorrimos la isla. No tardamos mas de una semana. Lo hicimos de manera circular, sin profundizar demasiado el centro. Siguiendo básicamente el camino que traza el litoral. Al terminar la vuelta completa yo pensé que el viaje había sido corto, mis otros dos compañeros sin embargo estaban agotados y decidieron volver a casa. Yo me detuve en el punto que marcaba la primera vuelta y decidí dar otra vuelta. Arranque en solitario. Una semana después había completado la segunda vuelta y aún así sentía que me había dejado cosas por ver. La isla, como toda isla, tenía algo inabarcable. Como si en su esencia cerrada,su territorio definido, marcado, hubiera zonas invisibles. La isla se extendía mas allá de su territorio. Como si su frontera constante con el mar, se alargara bajo el agua. Había algo de indescifrable en su geología violenta, también en su frondosidad. Sus paisajes prolongaban su impresión en la memoria y durante mucho tiempo parecía que la visión quedara afectada por ese territorio, también el estado interior, las emociones, la percepción de la realidad. Comprendí cosas nuevas en la segunda vuelta, pero comprendí también que su misterio era mas inaccesible. Dudé un tiempo, quizá dos días, al tercero emprendí la tercera vuelta. En esta tercera vuelta noté cambios en la naturaleza provocados por el leve cambio estacional. Dos semanas se habían dejado notar en la vegetación, también en la luz. Aprecié algunos paisajes que habían pasado inadvertidos en las dos primeros vueltas, contemplé los que ya había visto, afectados por las leves variaciones climatológicas. El cambio de colores, la diferente frondosidad. A mitad de la tercera vuelta me detuve en un acantilado y vi algo que aún no comprendo, vi a unos metros de mi a mi mismo y a mis dos compañeros que ya estaban en casa. Ajenos a mi presencia. Ajenos, si cabe, a todo. Decidí seguirles. La segunda mitad de la tercera vuelta se convirtió en una persecución a mi mismo y a mis dos compañeros. Al completar esa tercera vuelta empecé a comprender. Mis dos compañeros se retiraron, mi yo duplicado continuó. Entonces concluí. El estaba empezando su segunda vuelta, por alguna razón, yo que empezaba mi cuarta, iba por delante. Así que mi cuarta vuelta se convirtió en una observación meticulosa de mi segunda vuelta. Ví de nuevo lo que vi en la segunda vuelta en mis ojos nuevos. Vi esa segunda vuelta desde mis ojos de la cuarta vuelta. Ciertamente saqué conclusiones que no había sacado entonces. Cuando di aquella vuelta que ahora me veía dando de nuevo. Al terminar se repitieron en mi yo duplicado las reflexiones y los actos que me llevaron a repetir la tercera vuelta, sin embargo yo empezaba la quinta vuelta a la isla. Al llegar a la mitad de la quinta vuelta, mi yo duplicado tuvo la revelación que yo había tenido previamente, se encontró en el acantilado con el mismo duplicado y mis dos compañeros. Demás está decir que el repitió lo que yo ya había repetido, pero fue en ese instante preciso, que comprendí el abismal problema, miré atrás y allá, trás unas piedras había otro yo que no había visto. Comprendí. Si, yo estaba en la quinta vuelta viendo al de la tercera encontrase con el de la primera, pero el que me miraba desde allí, desde atrás era yo mismo en una vuelta por delante. Me acerqué, le di la mano y paramos el tiempo.

miércoles, septiembre 23, 2009

Una historia casi real

Suena el timbre.

.- ¿Quién es?

.- Hola, soy el cartero, traigo un sobre para usted

Aprieto el botón y abro la puerta. Está subiendo.

Suena el timbre.

.- ¿Si?

.- Hola venimos a ver uno de los tubos del patio. Perdone la molestia.

Aprieto el botón. Están subiendo.

Suena el timbre de casa, abro es el cartero, mientras saca de su amplia cartera unos sobres y arranca una hoja que debo firmar aparecen los de los tubos. Son cuatro, el dueño del restaurante culpable del lío de los tubos en el patio, un tecnico del ayuntamiento, su ayudante, el complice del tipo del restaurant que es su "encargado" de los asuntos del aire acondicionado y demás. Suena el timbre.

.- Un segundito, señores ¿Si?

.- Buenas. Soy el fontanero. Por lo de la tubería del baño

.- Adelante. Perdonen. Si, miren, los tubos al fondo

El cartero, que quiere ejercer el derecho de turno de llegada saca veloz el sobre, pero por las prisas saca el que no corresponde y abro un sobre que va destinado a Eva Suarez. El del restaurante me dice que si hacen mucho ruido los tubos, mientras el cartero me mira perplejo mientras abro el sobre.

.- Mire, ruido brutal no hace, pero si un ruido que agota, por prolongado. Recuerda a las señores rezando el rosario, que se esconde en ese susurro una cierta angustia ¿Me comprende?

.- Y ¿Qué hago yo ahora con el sobre?- Me regaña el cartero

Aparece el fontanero y suena de nuevo el timbre.

.- ¿Si?

.- Hola, somos de inspecciones del ayuntamiento, queremos ver el estado del patio.

.- Si, adelante.

Aprieto el botón. Están subiendo.

.- Buenas- Saluda el fontanero. Contestan casi todos menos el del restaurante que para ese momento me mira como un enemigo. Acabo de denunciar ruido de sus tubos frente al tecnico del ayuntamiento.

.- Hola- le miro yo

.- EL baño ¿Que le pasa?

.- Un segundito, por favor, que termino con los señores y me pongo con usted.

El cartero saca mi sobre y me lo entrega.

.- Firmeme esto, por favor. Dice con un tono de voz nada amistoso.

Aparecen los tecnicos de fachadas y estructuras del ayuntamiento.

.- Hola- saluda simpático uno de ellos. Son otros cuatro.

Tenemos, en ese momento. Al cartero, al del restaurante y su cómplice, a los dos del ayuntamiento por los tubos, al fontanero y los cuatro nuevos del ayuntamiento encargados de fachadas y estructuras.

.- Que me firme- Casi grita el cartero

.- ¿Entonces dice usted que los tubos generan ruido molesto? Habrá que medirlo- dice uno de los técnicos del ayuntamiento al del restaurante.

.- Un momento señores, organicemonos- trato de gobernar la puerta de mi casa. Suena el timbre.

.- ¿Si?

.- Mensajero

Abro, es un paquete de trabajo que llevo toda la mañana esperando. Está subiendo.

.- Mire, sino me va atender me largo. Que tengo muchas cosas que hacer- argumenta el fontanero

Los tecnicos de fachadas y estructuras se suman al debate de los tubos:

-. uff. Esos tubos son ilegales. Va a tener que quitarlos

.- Pero ¿Que dice usted?- Se violenta el del restaurante.

.- ¿Me firmas? ¡¡Coño!!- grita el cartero.

Aparece el mensajero con cara de prisas.

.- Buenas, tengo la furgoneta en doble fila, toma. Me firmas rápido.

.- Un momento- Le mira el cartero- ¿Qué coño es esto?

Suena el timbre, es mi novia, que viene a casa. Abro. El de fachadas habla legislativamente acerca del asunto de los tubos, el técnico de los tubos se indigna porque el técnico de fachadas se mete en su trabajo. El fontanero, se da la vuelta y salgo a detenerle porque la reparación del baño no puede esperar. Suena el timbre, es la vecina:

.- Por favor ¡Que estás haciendo que hay tanto ruido!. Un poco de respeto

Aparece mi novia, se coloca detrás del mensajero que amenaza con irse. Le digo a mi novia que le detenga y que firme y coja el sobre, que es de trabajo y que es urgente. El de fachadas discute con el del restaurante. El cartero se pone aún mas violento. Suena el timbre. Es el técnico de las antenas de la TV. Abro, está subiendo. Suena el timbre. Los del supermercado que traen la compra que he hecho por internet. Abro, están subiendo.

Hago tapón en el pasillo para que no se vaya nadie. De repente a mis espaldas aparecen los del supermercado y la antena de TV. Les dejo pasar. Suena el timbre, pero no puedo acercarme hasta mi casa porque se me fugarían el mensajero, el cartero y el fontanero. Le digo a los del supermercado que dejen las bolsas y al técnico de tubos que si me hace el favor de ateneder el telefonillo.

.- Son del gas- Me grita

.- Abreles.

El tecnico de fachada dice que le dejo salir del pasillo o que me denuncia. El cartero me mira:

.- Aquí el primero que sale soy yo. Si no tu y yo vamos a tener un problema.

.- Orden. Eso es lo que necesitamos. Orden. Veamos. Respetemos el turno de llegada y siendo así, es al cartero al primero que debo atender. Si me dejan hacer mi trabajo saldremos todos ganando

.- ¡¡ Que tengo la furgoneta en doble fila!!- grita el mensajero

.- Son ustedes ingobernables. Lo son. No puedo atender a cada uno de sus caprichos. Sólo en el entendimiento podremos sostenernos, avanzar. No es fácil gobernar este pasillo. No lo es. No deseo que se vean en esta dificil misión. Propongo pero no hay salida en el laberinto del capricho y de la urgencia. Este tablero sin solución, esta partida cargada del vil egoismo no tiene final, no concluye. Somos seres sociales, esa es nuestra esencia. Hagamos estado, gobernemos para todos sacrificandonos y recibiendo. Esa es la verdadera libertad. La de participar en esto que juntos hemos formado. No hagamos de esto una tiranía. Nadie eligió...

Suena el timbre y abandono mi casa. Que se le queden....

domingo, septiembre 20, 2009

Rande

Se viene el otoño, se viene. Hoy he visto una imagen del puente Rande y claro, otoño y puente Rande se parecen tanto. Recuerdo cruzar el puente un día de lluvia, llovía como fin de mundo o con nostalgia y cruzábamos el puente en el R18 y la lluvia caía sobre la ría y a lo lejos no se distinguía nada. EL viento era fuerte y el coche se agitaba leve cruzando el puente. No se porque recuerdo ese día cruzando el puente Rande. En general era emocionante cruzar el puente sobre la ría, esa fascinación infantil ante las obras mastodónticas o de apariencia imposible. Atrevesar el puente moderno, solemne sobre la ria, otorgaba a los paseos en coche un aire de ciencia ficción, como si de algún modo el R18 de repente fuera una nave surcando la galaxia. Había algo de eso. Había cierta emoción en ver al viejo conducir sobre el puente Rande, incluso te preparabas el kilómetro previo, el anticipo a cruzar el puente. El coche venía recorriendo la carretera pegada a la costa, las mejilloneras formando archipiélagos de mentira por toda la ría, y tu mirabas el puente acercándose mientras el coche avanzaba. Cogías un poco de aire, ese aire que se coge antes del giro duro en la montaña rusa y el coche entraba en el puente y mirabas a los lados, hacia abajo, tratando de descifrar la altura, de percibir toda la altura que había hasta el agua. El puente no es un gran puente, es un puente modesto, pero entonces cumplía las expectativas imaginarias de un gran puente. Si en aquella época me hubieran dicho que era el puente mas grande del mundo me lo hubiera creído. En cualquier caso era el puente por donde cruzábamos con el viejo los fines de semana que nos llevaba algún lado. Generalmente sin dirección, avanzando hacia donde fuera que nos llevara el día. Podría ser invierno, el mas profundo y lluvioso invierno o un día de calor en medio de mayo que cogíamos el coche y cruzábamos el puente y nos íbamos lejos, muy lejos. Mi viejo conducía insaciable, sin prisa. Sentía placer en conducir. Al tipo le gustaba llevarnos atrás. No llevaba dirección, cogía desvíos al azar y terminábamos a veces en cualquier pueblo, horas después, en medio de Galicia. Recuerdo días lluviosos metidos en el coche como una caravana que nos protegía del invierno, de la nostalgia y el paisaje era profundamente melancólico o yo ahora mismo lo recuerdo profundamente melancólico porque estoy recordando todo aquello, pero el coche avanzaba ajeno a esa nostalgia poderosa del paisaje verde y frondoso y de la lluvia infinita. Recuerdo tantas veces las manos del viejo al volante, la mirada del que va conduciendo pausado y sin prisa, recuerdo tantas veces aquellos breves viajes que a veces sólo duraban un día pero eran infinitos, largos, realmente emocionantes y muchas horas después volvíamos a casa, deshaciamos el viaje en sentido contrario y cruzábamos el puente Rande de vuelta. Y ahora creo que eso es lo que he ido recordando, la vuelta a casa en un día de lluvia profunda. La sensación de felicidad. Eso recuerdo, viejo. La felicidad

Quibor

Anoche soñé con Quibor. Realmente no soñé con Quibor sino que soñé con la carretera que va a Quibor o una carretera que no existe, pero que en el sueño iba a Quibor. Al despertar he recordado la carretera real a Quibor, tramos de aquella carretera que empezaba en un terreno extrañamente árido e iba convirtiéndose en otra cosa. Me cuesta recordar el lugar, me vienen imágenes sueltas, algún recuerdo impreciso. Una tarde lejana que llovía desquiciádamente que fui a llevar algo con otra persona en un coche. Yo esperé en el coche. Era una mala época emocional y recuerdo que pensaba que me quería largar, la lluvia y estar dentro de un coche en Quibor potenciaban la sensación de desasosiego de entonces. No es difícil pensar: "¿Que coño hago en Quibor?" en aquella situación. Acompañé a aquel tipo a ese recado en Quibor porque no tenía nada que hacer una tarde jueves, mi novia de entonces me acababa de dejar e ir a Quibor me pareció que era perfecto para no pensar en aquella sensación de vacío, pero el vacío es jodido, porque aunque no lleva nada siempre va. El vacío es como un agujero negro, y si tiene que ir hasta Quibor te persigue hasta Quibor. El vacío se alimenta también de la carretera que sale por el oeste de la ciudad y come de lluvia y crece, el vacío se instala en Quibor, en una calle de Quibor y cuando el coche arranca de nuevo para volver a la ciudad el vacío no se queda en Quibor, sino que se viene de nuevo a la ciudad, recorriendo la carretera de vuelta, el paisaje árido, la entrada del oeste, el obelisco a lo lejos. El jodido Obelisco que era el símbolo de aquella ciudad a la que yo culpaba del vacío. El Obelisco que salía en cada símbolo de la ciudad y a mi, claro, me parecía el símbolo del vacío, así que de buena gana hubiera echado abajo aquel monumento. Lo cual no hubiera estado mal. Llegar una noche y ponerte a derrumbar aquella mole que estaba en el oeste de la ciudad, donde se llegaba cuando se venía de Quibor. Derrumbarlo con vacío, con aquella masa de vacío. Echar abajo el Obelisco hubiera sido el final del vacío pero seguramente el final de mi vida, porque sospecho que un montón de habitantes adoradores de aquel monumento hubieran deseado acabar conmigo por terrorista. Claro, impulsado por el vacío uno puede tener visiones anormales, fantasías terroristas pero no se actúa. Vuelves de Quibor, pasas por debajo del Obelisco y quizá lo piensas, de pasada, pero por supuesto no lo haces. A los años, sueñas con Quibor. No, sueñas con la carretera que va Quibor, vas en un coche y eres agradablemente feliz. QUizá sabiendo que de algún modo aquella tarde en Quibor el vacío se empezó a extinguir. Porque el vacío también se extingue o al menos esa forma de vacío.

sábado, septiembre 19, 2009

Cintas caseras

En el minuto diecisiete de la cinta entra un plano que realmente no tiene continuidad con toda la grabación. Hasta el minuto diecisiete se ve parte de la noche en plano fijo, como si alguno de ellos hubiera decidido dejar la cámara ahí para grabar la naturalidad, la espontaneidad de los que están. Nada destacable. Una noche cualquiera en casa de alguien, conversaciones que se superponen, frases que se pisan. Es sorprendente porque realmente el ser humano se comunica a pesar del dialogo. No hay una continuidad en lo que se habla. Alguien habla de un asunto de trabajo, esto se enlaza con un recuerdo común, alguna noticia del día, la recomendación de una película. Hay quien habla mas, quien permanece mas callado, oyentes. Hay algo que me gusta de la cinta. Al no conocer a ninguno de los protagonistas trato de descifrarles. Tiene algo de película, de escena guionizada. Hay roles, pero esto no es nuevo. Lo interesante es el juego de las miradas, donde se desplazan los ojos de cada uno. Mientras uno habla los otros tienen activa la otra comunicación. La observación animal de los otros. Bien visto no hay diferencias entre una manada y este grupo burgués de adultos que cenan una noche de fin de semana en un apartamento moderno. Los comportamientos animales son mas evidentes cuando desconocemos a los que observamos. El salón y los sofás bien podrían ser una sabana con un grupo de mamíferos apoyados en el suelo, observando el lento caminar del sol sobre la esfera celeste. Ahora alguien habla sobre las formas de un edificio que vio en el último viaje a un lugar en medio de Europa, la conversación se enfrasca en el análisis de las proporciones y de ciertos errores evidentes para uno y cierta brillantez para otro en ese edificio. De repente llega el minuto diecisiete, el plano fijo desaparece durante unos quince o dieciséis segundos. La cámara se mueve sin descanso, un movimiento nervioso, ansioso. Se escucha una voz y se ven cuatro pies en el suelo. La conversación sucede caótica:

.- En serio, mírame. Mírame bien. Creo que no estoy. Dime la verdad ¿Estoy muerto?

.- No entiendo ¿Estás hablando en serio?- contesta una voz femenina que reconozco de las conversación, es la chica castaña que está sentada a la derecha - Por eso no hablas- Y ríe con nervios. Una risa despropocionada.

.- No estoy. Estoy casi seguro

La cámara vuelve al plano general estático. Ahora miro a la chica castaña y miro al que sospecho debe ser la otra voz, un tipo delgado, que está a la izquierda, apenas entra de perfil en el plano. La cinta avanza en la misma tónica, alguien bebe, alguien habla. De las once personas nadie cambia excesivamente su actitud. Vuelvo a ver la cinta una y otra vez. La escena del minuto diecisiete siempre me sorprende y siempre me quedo mirando, eso si, un reflejo que hay en la ventana del fondo que a la altura del minuto quince desaparece. He congelado el instante, lo he mirado mil veces. Es cierto que el reflejo mira siempre hacia la cámara, como si fuera ese reflejo el que estuviera grabando, quien dirige esa escena común. Esa una mujer y desaparece de repente. El instante en el que desaparece, coincide justo con un giro hacia cámara del hombre que luego se cree muerto. Ese hombre mira un rato desconcertado, sin interrumpir la conversación. Luego sin aviso entra siempre la escena del minuto diecisiete.

Yo creo que si está muerto.

jueves, septiembre 17, 2009

Caballo sin nombre

No es ahora una cuestión de metáforas, un juego de dibujos animados, la humanización animal de una película de disney. Esto es serio. Más que serio profundo, inquietante. Sigue ahí. Ahora permanece callado, pero desde que ha entrado no ha parado de hablar. Pausado si, despacio, con una voz grave, de locutor antiguo. Mira sin mirar o mirando desde un tiempo atrás, porque de ahí parece venir, de la lejanía imposible del pasado. Tiene intenciones o eso me parece, y son directas y ya las ha logrado. Dejarme fuera de sitio.

Ha sonado un golpe en la puerta, era de noche ya, estaba en la cama con la lampara encendida, leyendo los últimos párrafos de ese capitulo que tenía a medias. Ha sonado varias veces ese golpe seco que me ha producido primero extrañeza, por la hora, luego cierta tensión, por el mismo motivo. He caminado descalzo, el suelo ya va estando frío, se anuncia el otoño en cada pisada. Abro la puerta y comienza el asunto, esta historia. El visitante saluda y siento que mi vida cambia. El de raza Arabe, frente amplia, ojos grandes, su capa es oscura, las crines lisas. Mantiene las cuatro extremidades quietas antes de solicitarme que le deje pasar. Le miro cruzar la puerta al paso. Ese ritmo acompasado, musical, que tanto recuerda a un metrónomo. Voy detrás de el, que va firme hacia el salón, le observo la cola ligera, que se balancea a cada paso, como si bailara la música que marcan sus extremidades. Se detiene en medio del salón. Miro al caballo elegante, ese caballo árabe hermoso, solemne en medio del salón. Me pide que me siente:

.- Esta noche va a ser larga para ti- me dice

En ese instante noto su inevitable olor animal, mi casa huele a camino en medio del monte. Miro algo en el. No es un caballo, no lo es. Es otra cosa, pienso o trato de hacerme creer que es otra cosa. Una alucinación, un sueño, parte del capitulo del libro que me estoy leyendo, pero no. Esto está ahí. Esta sucediendo. El caballo habla sin preámbulos, sin cortesías:

.- Ahora podrás recordar aquella ventana en las madrugadas del verano. Aquella ventana en la que tu temías que apareciera aquella mujer. Aquella sombra que creíste algunas veces que vendría ¿Recuerdas? ¿Recuerdas que era en verano cuando ibais a casa de tu abuela y tu dormías en el salón y como era un bajo la ventana daba a la acera, tu temías que en la ventana apareciera ella? Y te recreabas en aquel miedo, porque mirabas la ventana y escuchabas pasos en la acera e imaginabas lo que jamás sucedió, aquella cara que se perfilaba tras la cortina, como una sombra. Y seguías imaginando, cuando en tu fantasía ya estaba la cara tras la cortina imaginabas su voz diciendo tu nombre, que te llamaba y sentías, justo ahí sentías el temor mas profundo.

Miro al caballo que me habla, estoy sentado en el sofá y frente a mi está la imponente figura. Su boca se abre a ritmo extraño cada vez que habla, como si fuera un doblaje. Oigo ese recuerdo en boca del caballo. Oigo aquel instante, aquellas noches, aquel temor y casi lo siento de nuevo, lo rememoro.

.- ¿Te acuerdas? Claro que te acuerdas. Es el mismo temor que otras veces. La sensación es igual a otras noches. ¿Recuerdas aquella noche de luna llena, que miraste la luna un buen rato ahí posada sobre el mar? Habías viajado con aquellos amigos a la playa, era otoño y había llovido todo el día y el viaje a la playa parecía otra cosa menos un viaje a la playa. Parecía un anticipo del invierno. Y paseasteis con chaquetas por la orilla y la playa estaba tan vacia. Por la noche miraste la luna desde la terraza y sentiste el golpe de miedo ¿Recuerdas? Quisiste hablar del tema, pero tu temor fue creciendo, mientras alguno de ellos hablaba de otras cosas, tu sentiste miedo de la luna o no de la luna, sentiste miedo de la inmensidad. Mirabas la noche, la luna y ese laberinto cósmico que se abre ahí, justo ahí. Te sentiste tan reducido. Sonaba el mar abajo, desde la terraza veías el brillo de la luna llena y el mar que era un espejo del universo al que de repente temiste ¿Te acuerdas? Claro que si, era el mismo miedo que el otro. Un miedo oscuro y profundo.

No hablo, miro al caballo y ahora siento aquel miedo, los miedos, mi miedo. Habla el caballo, recuerdo aquella noche, recuerda la luna, también la ventana en casa de mi abuela. El mismo miedo. Caballo, luna, ventana

.- ¿Te acordarás de mi? Me verás cuando venga otro miedo, el mismo miedo. Recordarás a este buen caballo. Mírame las crines, mírame las patas, recuérdame cuando venga ese miedo en medio de otra noche que sientas ese vacío. ese vértigo.

Ahora está callado, pero ha hablado de otras noches, otras épocas. Luego ha cambiado, no han sido ya los miedos. Iba desmenuzando trozos de mi vida, recuerdos enterrados y un flujo incesante de sensaciones corría por mi, por debajo, por dentro, por mi. No se donde, pero por mi. Luego, mucho después, cuando ha recordado y yo me he cansado de recordar y seguía y no quería oir mas mi vida pasada el seguía y yo trataba de cerrar los ojos y no escuchar mas hasta que ya si, hasta que se ha detenido y se ha quedado quieto, mirando de lejos, sin saber muy bien si me mira o que mira. Si está mirándome a mi o al pasado de mi. Luego me ha hablado una vez mas y ha dicho:

.- Bien, déjame quedarme hasta que aparezca la primera luz del amanecer. Luego me iré y no volveré.

Y por alguna jodida razón he sentido nostalgia de no volverle a ver y le he preguntado su nombre.


martes, septiembre 15, 2009

Reflejo en el piano

Estoy solo ante el piano. El piano brilla y refleja el salón. El salón es amplio, con lo cual el reflejo del salón es doblemente amplio en el piano. Imagino su sonido aunque se que no me voy a atrever a tocarlo. Me imagino como sonará y como atravesarán esas notas el reflejo del salón y luego el salón. Do, Sol, La. Imagino la pulsación, una pulsación intensa, rabiosa que queda colgada en la nada, una reverberación que continúa aun cuando el acorde es inaudible. Una nota alargada, colgada en el tiempo. El tiempo, el acorde y el reflejo. El trío me parece acertado. El acorde es tiempo y reflejo, el reflejo es un acorde del tiempo, el tiempo es un acorde que refleja. Me giro, no hay nadie en el salón, sigo esperando. Me veo de pie, reflejado en medio de ese espacio. Soy un brillo en la tapa del piano. Detrás de mi aparece el reflejo de la mujer y me giro. No saluda, sentencia:

.- Los pianos son infieles. Juguetean con todas las manos, a ninguna se niegan. Sin embargo mantienen una extraña fidelidad con cada mano. Ninguna suena igual. A cada mano, a cada individuo, le tiene deparado un sonido especifico.

Me quedo pensando y sonrío. La mujer extiende su mano y dice que es un placer conocerme. Miro a sus ojos y me imagino esos ojos reflejados en el piano, me imagino a los dos en ese mismo instante reflejados allí detrás, donde ahora no puedo mirar porque lo tengo de espaldas. Me presento, digo mi nombre.

.- Hace rato que se de usted. Tenía ganas de conocerle

.- No me traté de usted, por favor- solicito mirando a los ojos.

Ella camina hasta el piano, discretamente mira su reflejo en el piano, certifica el estado de su peinado, también la gravidez de su trasero. De repente me parece que las cosas están sucediendo de cara al piano. Percibo el piano como un individuo que gobierna la sala. La mujer levanta la tapa, se coloca pero no llega a tocar. EN ese instante veo mi reflejo en la tapa, estoy detrás de ella, ella me mira en el reflejo, mira hacia adelante viendome venir desde atrás, lanzo mis manos a su cuello, percibo el olor de su perfume, el suave tacto de su chaqueta, el roce de su pelo. Aprieto con intensidad, con rapidez, casi con devoción. El instante es breve, apoyo con suavidad su cuello en el piano que suavemente deja sonar unas notas. En ese instante pienso en la posibilidad de no tener reflejo en el piano, pero si, veo mis manos reflejadas en el instante que toco Do, Sol, La. Me giro y abandono el salón. Aún hoy reverbera el acorde, aún veo su reflejo, por mas que pase el tiempo.

lunes, septiembre 14, 2009

Aeropuerto

Lo miro fijamente. Hay en esos paneles algo obsesivo y atractivo. Se mueven las ciudades, las horas, el número de vuelo. Van pasando destinos a los que jamás iré, ciudades a las que me gustaría ir, algunos sitios que conozco. Debajo de ese panel el movimiento es infernal. Se paran cabezas miran, buscan y se largan. Yo me quedo con los ojos fijos ahí. Buenos Aires, Londres, Los Angeles, vuelo ibemn-7657, britxc-0987,oceanmn-6574, México DF. Bien visto eso es un poema: La ennumeración incesante de ciudades, destinos, horas, terminales de salida. La metáfora es hermosa. Tengo los pies sobre la mochila y saldré muy tarde. Pienso en el viaje, pienso en la gente que pasa, pienso en Brian Eno. Pienso en el panel, en el movimiento de ciudades. Un rato permanece una ciudad, luego ha desaparecido. Vuelo despegado. Me da por imaginarme cualquiera de esos vuelos. De aquí a Johannesburgo ¿Quienes van en ese vuelo? Insisto en pensar en el poema infinito que forma ese panel que anuncia vuelos. Soy incapaz de percibir toda la vida que trasmite ese montón de información objetiva. Imagino ese vuelo que ha despegado a las 20:35, terminal 2 a Johannesburgo, ya han despegado, ya se ha borrado ese destino del panel. Una mujer que vuela a ver a su hermana que lleva trece años viviendo allí, un tipo que trabaja en algo imporsible y que tiene asuntos que resolver. No conozco Johannesburgo e imagino calles, recuerdo alguna imagen que he visto de esa ciudad, recuerdo trozos de historia, un par de libros maravillosos que leí hace no mucho y que suceden en Johannesburgo. Ahí esta el panel, ajeno a mi fijación. Cambian las ciudades, saltan las casillas, suenan los cambios. De vez en cuando alguna cabeza que se detiene, que busca y mira y se larga ¿Encontró su destino? Lo habrá encontrado, claro que si. Se despliegan nombres y busco escoger una ciudad a la que iría ahora, muy diferente de la que voy a ir. Entre todas esas que van moviéndose, ciudades a las que accedería por el número de un vuelo, escogo casi al azar, desplazo la vista por el panel y me detengo en Nantes. Se que no iré a Nantes, mi destino ahora es otro, pero podría coger ese vuelo oceanptr-765 y dejar de estar viendo el panel. El azar juega a eso, lanzo la vista por esos rótulos y decide que de mandarme a algún lugar me mandaría a Nantes, aunque se que no iré a Nantes. Ahí esta mi vuelo, ahí esta mi destino, lugar de embarque, terminal 2. Mantengo los pies encima de la mochila, apuraré el tiempo antes de despedirme del panel, de dejar este sitio desde el que diviso ese poema. En un par de minutos despegará ese vuelo a Roma, a mi me queda un poco mas, algo mas, pero no muevo los pies de la mochila. Roma no estaría mal, tampoco estaría mal, aunque de irme obedecería al azar y me iría a Nantes. Se acerca la hora, lo dice el panel. Aguanto los segundos, los últimos segundos. Ahora recorreré el largo pasillo, alcanzaré la puerta de embarque, subiré a ese avion y volaré a ese destino al que no debería ir, al que no quiero ir y voy. Despegaremos y se borrará del panel el vuelo, el nombre de mi ciudad, donde está mi casa, mi calle, mi barrio, pero donde está el, donde se acabará todo. Como en el panel, como en ese metáfora interminable que es el panel. Un poema de largo recorrido.



domingo, septiembre 13, 2009

Bestias

Enfrentarse a esa bestia invisible que eres tu mismo. Mirarle con calma a los ojos y mantener un buen rato la vista sobre los suyos, que son los tuyos. Mirarle que es mirarse. Un asunto enredado visualmente, un juego de espejos sin que exista el espejo, porque en ese enfrentamiento no hay derecho al reflejo. Un combate de boxeo donde todos los golpes los das y te los llevas tu. Derecha al hígado, el dolor de una vena que revienta, el dolor que sube hasta la boca y que no tiene sabor. Puño al estómago y un golpe de aire que sale de la boca y un leve gemido, el gemido mas honesto porque viene de la boca del estomago que es el único que se queja en esta pelea. Hay están los combatientes que son dos pero son uno. Hay estás dándole al otro que eres tu mismo. Unos segundos pasan, ves sus ojos, sus ojos que te hieren. Sus rasgos, todos los rasgos que te molestan. Sus gestos, esos que no aceptas. Y te suelta una mano a la ceja. El conflicto es viejo, pero ¿Dónde nace? Ahí están sus ojos vidriosos que son los tuyos ¿Así es como miras? La única mirada que desconoces, la única mirada que no sabes como mira te está mirando porque te estás mirando. En eso consiste. Estos son sus ojos, estas sus expresiones. Los ojos se encogen cuando ríe irónicamente. Otro golpe, este es en el pecho. El dolor otra vez, el eco del dolor. El eco de una costilla que emite dolor hasta algún lugar invisible. Sigue la pelea, el enfrentamiento descarnado. No hay tiempo para las recriminaciones, ni siquiera. Aquí es batalla física, golpe a golpe. La naturaleza de la violencia. Uno contra uno, y ambos son lo mismo. Derechazo a la mandíbula. EL gesto transformado de la cara por el golpe. La cara desencajada. Golpe, golpe. La lona es infinita, no hay cuadrilatero, aquí el espacio no se cierra. Termina el combate. Es de noche. Se le cierran los ojos a uno, se le cierran los ojos al otro, que son el mismo. Se acaba el combate, se acaba el insomnio

viernes, septiembre 11, 2009

Trece años después

Estaba escribiendo un texto sobre aquella chica pero cuando llevaba unas cuantas líneas he borrado lo que llevaba. Ella ahora vive en Florida con sus dos hijas y ficcionaba una realidad que desconozco absolutamente. En trece años poco se de su vida salvo el encuentro veloz a través de internet que tuve anoche con ella. Con frecuencia recurro a la ficción para dibujarme realidades que desconozco y dibujaba una situación a partir de cuatro datos superficiales que tengo sobre su vida ¿Que hace ella en Florida?¿ Por qué dijo Florida y no una ciudad exacta? Me habló de Venezuela, de lo díficil que le resultaba vivir en Venezuela, la violencia, el peligro, la inseguridad. Ahora aprende inglés y cría a sus hijas. Fue madre joven. Su marido va y viene al país. "Es duro" dijo, "pero mejor así". He imaginado una vida, la he imaginado conduciendo por una carretera de alguna parte de Florida, por alguna razón la he puesto al volante de una cuatro por cuatro gigante de estas, de las que desconozco los nombres, con los cristales ahumados. No suena la radio, va sola y se para a comprar algo para la casa, para las hijas. Esta en medio de algún lugar de lo que yo imagino que debe ser Florida. Hay un letrero alto que anuncia el nombre del supermercado, ella aparca el coche en un estacionamiento al aire libre, debajo de una palmera que sale de la acera. Hace calor o eso percibo, siento humedad y la hago a ella sentir esa humedad. Con torpeza recuerdo su voz de hace trece años, cuando me hablaba con dulzura. Ahora, mientras charlo a través de las teclas con ella, recuerdo rasgos de su personalidad que vienen difusos. Ella recuerda mi guitarra y dice que incluso recuerda canciones que yo tocaba. El recuerdo me da pudor. Soy incapaz de no sentir distancia hacia ella. Pasé tantas horas con ella, tantas y ahora tecleo y no se quien es. Veo una foto, ha cambiado poco. El alargamiento invisible de algunos rasgos, el gesto mas serio, las marcas ocultas de los giros vitales, la existencia que va dejando rastros mudos pero que sin embargo modifican aquel rostro adolescente. Está con su hija que ahora me cuenta que le gusta la música "como a tí". La niña se parece a ella, ella se parece a la madre, aquel rostro de su madre que ahora recuerdo difícilmente. Le preguntaría mil cosas, charlaría sobre el pasado, pero se que ella no va a entrar ahí, seguramente ni a ella misma se permita en la soledad entrar a aquellas imágenes. Me habrá guardado con la guitarra, algunas canciones, algunas frases, pero no entrará a mas. Yo peco de lo contrario, de entrar en exceso en todas esas cosas, en el recuerdo, pero hoy no lo voy a hacer. Ella está en Florida, yo en Madrid. Siento un golpe parecido a la fascinación, veo rutas, líneas que siguen trayectos. Me veo acostado en el sofá de su salón, sobre ella y ahora me veo tecleando con pudor a alguien que realmente desconozco. Luego me pregunto otras cosas. Hay tanta gente que se fue a Florida, a Miami y trato de imaginarme esas vidas allí, el porque termina tanta gente en ese lugar que me imagino la capital mundial del no-lugar. El error mas profundo. Una ciudad hecha de periferias, que no tiene epicentro, una abstracción. Por eso la imagino a ella en ese coche, con los cristales ahumados. Recorre calles y no está, no se que es lo que no está, pero no está. No está el reflejo. Hay almas nomadas que van, un haz de luz que pasa prefigurando en ese lugar la fantasía que quiere realizar. Espectros, eso es. Espectros que van sobre el asfalto. Recuerdo la sensación de un plató cuando nadie graba, que las luces están apagadas, el set un poco descolocado y se ve el truco, el truco infinito de la televisión. No hay alma, está el plató vacío y ni siquiera hay fantasmas. Los fantasmas se aburren en un sitio así. Eso es lo que imagino. Ella escribe desde un lugar que desconozco ¿Me habla desde su casa? Muestra curiosidad por mi vida, pero siempre con distancia, pero una distancia en ella misma. Conversación de ascensor en la era de internet. Y yo cuento las superficialidades de la vida, las que menos interesan, el trabajo y cuatro gilipolleces mas. Debajo, aunque ella lo evite, está la bomba. Me quedo con las ganas de preguntar escenas, recuerdos que han estado viniendo esporádicamente estos trece años, pero el plató esta vacio, nadie graba y las luces se apagaron. Quizá por eso la ficción me lleva a ese cuatro por cuatro que avanza sobre el asfalto de una carretera de Florida. El simbolo de nuestra conversación. Un coche que avanza por un no-lugar sin destino fijo ¿Quien nos lo iba a decir?

jueves, septiembre 10, 2009

La compleja inaccesibilidad del ahora, del aquí.

Estoy tumbado en el suelo. Es de noche y se abre el techo invisible del patio hacia el cielo. Veo la capa de ese trozo de cosmos, estrellas de las que no se el nombre, estrellas distantes, trozos de nubes que pasan. Pienso en algo de mi, pienso en otros, pienso en este texto que no lleva la forma que esta llevando. Veo las nubes, los trozos de nubes teñidas de un suave naranja por el resplandor de las luces de la ciudad sobre ellas. Van pasando las nubes y me pierdo en ver caras, formas. Un niño meando, una cara de un fauno, una flor imposible, el mapa de un país que no existe. Las formas son breves, cuando creo ver una en seguida pasa a otra. Me entretengo en eso cuando sucede que veo una nube y no veo forma. No hay metáfora. Mi cabeza no compara, no busca ver en lo que se ve algo que no está. No hay evocación, veo una nube que me recuerda a esa nube. La nube por si sola. La veo y me parece hermosa. Se va transformando, la nube va variando de forma mientras se desplaza en el cielo nocturno sobre la ciudad. Ahí va la nube, avanzando sin destino, ahí va esa masa de vapor. Ahí va ese cúmulo de viaje, un viaje extraño como todo viaje. Ahí va deshaciéndose en formas, encogiéndose, estirándose. La miro y no miro sino la nube y el momento, que dura poco, me parece mágico. No hay mas allá de la nube. Miro la nube y no la transformo en otra cosa, no metaforizo. No veo formas que evocan otras formas, ni siquiera veo sus ángulos. veo, únicamente, su movimiento y las variaciones de sus formas. El instante, se va acabando, la nube se pierde por una esquina del techo invisible del patio. Vuelvo a las formas, vuelvo a pensar en mi, en otros, veo otras caras imposibles en esas nuevas nubes que pasan.

miércoles, septiembre 09, 2009

Cine de verano

No estamos ¿Cómo te lo explico? Yo estoy aquí, tu ahí pero estar ya es otra cosa. No hablo ahora de distanciamiento físico, tampoco hablo de otros distanciamientos, pero lo jodido es que tu estás ahí y yo aquí pero no estamos. No se si es un juego de reflejos, superposiciones de cosas que parece que están pero no están, no se si nos estamos proyectando. Una película que viene de otra parte, algo que alguien ha grabado previamente y ahora reproduce. No estamos, somos protagonistas de esto en lo que no somos. Si te toco, toco un haz de luz, mi mano aumenta en luminosidad pero no hay carne, tu carne. Si te toco, además, tampoco toco porque lo que yo mando no es mi mano, sino otra capa de luz que se proyecta sobre esta pared. Mi carne no toca tu carne. No estamos, no somos huesos y carne. A decir verdad no nos dirigen, quizá nos grabaron, no lo niego pero lo que yo hago es real, cuando te miro estoy buscando verte, no es una imposición. Si lanzo mi mano, a pesar de no encontrar sino un vacio iluminado lo que pretendo es tocarte, tocarte la cara, tocarte los labios. Pero asumámoslo, somos imágenes proyectadas, yo quisiera no serlo, pero estamos superpuestos en esta antigua pared. Siguiendo con nuestra piel sus rugosidades, sus grietas. Aquí donde me siento, a la altura de mi pecho me atraviesa una humedad, a la altura del cuello esa grieta que se confunde con la proyección de mi cuello y que parece una arruga, una marca. Tu te proyectas en ese trozo limpio, apenas se te marca la textura del cemento donde estamos proyectados. Te tengo tan cerca y tan inaccesible. Quisiera, sobre todas las cosas, no ser proyección, lanzarme desde aquí y tocarte, tocarte aunque fuera las manos, alejarme de este universo de partículas de luz. Estar así, igual que ahora pero con la carne y los huesos, con las vísceras, con las sangre que recorre enloquecida por dentro cavernas curvas. No quiero ser esta proyección ¿Quién nos ve desde allí? ¿Quien es ese de tres dimensiones que nos observa y analiza nuestro drama? Acercate. Acércate un poco. Juguemos a que esta luz intermitente no es luz intermitente sino que es respiración, que son nuestros pulmones, fantaseemos que salimos de esta pared y estamos ahí, separados de la pared, pegados pero separados, juguemos a que te lanzo mi mano y sentimos. Que esta luz en forma de mano tiene volumen y recorre tus volúmenes. Que apaguen el proyecto y nos dejen, que podamos jugar a inventarnos nuestros volúmenes y que fantaseemos con que hoy si, que saltamos y cuando no hay luz también estamos. Dame tu mano, ponla justo aquí, en esa marca de la pared, lánzala ahí, déjame imaginar que la percibo. Juguemos a que también podemos ser reales.

domingo, septiembre 06, 2009

Luz y sonido

Fui la primera vez porque aquel sonido que venía del fondo del pasillo del rellano de la planta en la que vivo era llamativo, suave, repetitivo y extraño. Fui sin encender la luz, acto que he repetido todo este tiempo, para no provocar un alejamiento de lo que fuese que emitía aquel enigma. Me acerqué, en la esquina donde esta la puerta de luces vi una luz minúscula que era difícil de ubicar porque un efecto visual la hacía desplazarse extrañamente en el espacio. Esa primera vez pensé en la infancia y en algunas formas de la fantasía, también pensé en los sueños. Concluí que aquella luz no era nada, sino una luz que emitía un sonido. La segunda noche volví llamado por el mismo sonido y encontré lo mismo, una luz mínima difícil de ubicar al final del largo pasillo. Miré la luz y escuché ese sonido. Pensé en referencias, también pensé que estaba viviendo en una metáfora. Era extraño, pero ese pensamiento me generó desasosiego. Estaba viviendo una metáfora. Me giré y volví a la cama, me costó dormir. La tercera noche volví, escuché el sonido, fantaseé con la posibilidad de que ese fuera el sonido que emitió el universo en el instante primero de su creación. A la luz no le hice caso. Por alguna razón el sonido me generaba sosiego, la luz desasosiego. Seguí yendo todas las noches, cada noche. Sospecho que a la misma hora, nunca miré el reloj. La luz, pasado los meses había crecido levemente, el sonido era el mismo, pero cabía la posibilidad que se hubieran agregado tonalidades que no se apreciaban en las primeras escuchas. Noté, también, un cambio de actitud en mis visitas. Los primeros meses me quedaba un tiempo breve, pero fui aumentando mi estadía al final del pasillo en aquellas visitas de madrugada. Me fui familiarizando con la luz, con el sonido entable algo parecido a una amistad. En la luz lograba ver lo que yo quería. No se proyectaba nada, proyectaba yo lo que quería, el sonido me aportaba serenidad. Una noche se quedó a dormir en mi casa Salvador, venía de Viena y seguía hacia Lisboa. Le conté lo que sucedía al final del pasillo y esa noche me acompañó. La visita fue breve, Salvador quiso encontrar explicación en la zoología, me habló de animales, de insectos pero todo ese discurso se desmoronaba con el nerviosismo que mostraba. Aquel terror mostraba que lo que acontecía al final del pasillo era algo extraordinario. Se fue a la mañana siguiente y me dijo que debía volver en mi mismo y dejar de jugar a la ciencia ficción. Seguí mis visitas, hasta ayer que por primera vez decidí lanzar mi mano para tactar la luz. Lancé la mano y la cerré, dejo de oirse el sonido y desapareció la luz. Desde anoche, también, se me ha abierto un hueco en el medio de la mano. Por ahí, cuando pasa el aire puedo recuperar el sonido que se ha dejado de escuchar al fondo del pasillo

viernes, septiembre 04, 2009

El proyector

No recuerdo el momento exacto en que empecé a hablar con aquel hombre. Aunque hasta eso puede ser comprobado. No recuerdo si me lo presentaron entre una copa de vino y otra, entre una y otra conversación banal. Recuerdo si ya un momento en el que ya estamos metidos en conversación, el hombre me habla de las fotografías de la exposición, del poder irrepetible de una foto precisamente porque repite un momento hasta el hastío.

.- Bien visto la fotografía es lo mas parecido a la magia. Efectivamente están todas las explicaciones técnicas, la ciencia que explica que un instante se detenga, pero por mas que pienso, no hay sino misterio en esa parálisis ¿Cómo es posible que un instante se quede estático? ¿Como se explica que hayamos logrado detener el tiempo con máquinas al alcance de todos?

.- A mi me sucede con la fotografía lo mismo que con los aviones- dije yo para continuar por ese lado la conversación- mantengo esa fascinación infantil, me resulta tan enigmático volar por mas que ya sea un acto cotidiano y habitual, como enigmático me resulta ver un instante breve representado en un trozo de papel. Congelado. Supongo que es mi naturaleza nostálgica.


.- ¿Es usted nostálgico?- me preguntó el hombre, mirándome con algo mas de atención desde ese instante

.- Tengo tendencia a ello. Mi cabeza suele ir con frecuencia hacia atrás.

.- ¿Sabe?, busco gente como usted. Me gustaría que viniera a mi casa. Vivo en la sierra. Tengo una casa antigua, ideal para nostálgicos. Recuerda otro época. Curiosamente mi casa evoca un tiempo lejano pero que se sabe no existió.

La cita la cerramos rápido como rápido llego el sábado que subiría hasta la sierra a media tarde para cenar con aquel hombre que algo tramaba y que a mi me despertaba curiosidad. Seguí las indicaciones, pasé el pueblo y siete kilómetros después tomé el desvío en medio de la estrecha carretera. Avancé por el camino de tierra y vi la casa al fondo, enterrada entre árboles. Salió a recibirme, detuve el coche y me bajé. Nos dimos la mano y pasamos al salón. Hacia frío y dentro la chimenea daba un calor agradable. Tomamos una copa frente al fuego y durante un rato hablamos de asuntos menores. Esas conversaciones previas de algo que sabemos tendrá mas importancia.

.- Ahora bien. Supongo que sabe que el motivo de la invitación no es esta copa, no es esta charla. Lo que pretendo enseñarle es importante y cambiará su vida.

.- Si no no hubiera venido.

.- Eso me imagino. Usted dijo que era nostálgico. También me atrajo su fascinación ante la fotografía o ese poder obvio de las máquinas fotográficas para detener el tiempo. Mi máquina es mas feroz, mas fascinante. Su fascinación será mayúscula.

No me perderé en detalles. Es mas importante lo que vino después que cualquier explicación previa. Subimos la elegante escalera. Alcanzamos el segundo piso de la casa, recorrimos el pasillo hasta una habitación. El hombre me miró justo antes de abrir la puerta y me tocó el hombro como el que prepara anímicamente a alguien para lo que vendrá. Abrió la puerta y en medio de la habitación vi una mesa y una luz intermitente sobre un cristal circular que colgaba del techo. Nos acercamos. El hombre me colocó, moviéndome como a un muñeco justo enfrente del cristal. Se dio la vuelta y salió de la habitación. Entonces en aquel cristal me vi, me vi con seis años corriendo por una plaza abierta, llevo un balón en el pie que pateo y se pierde a lo lejos, al fondo distingo la imagen de mi hermano, es pequeño en ese reflejo, sonríe y recibe el balón, hace un gesto. Las imágenes son difusas, muy desenfocadas, están muy contrastadas y no siempre son nítidas. Veo a amigos de los que ya no recuerdo el nombre, calles de ciudades en las que viví, habitaciones de casas en las que habité, mi madre mucho mas joven tomando el sol en la playa, comidas familiares, mi padre conduciendo, aquella chica morena que besé por primera vez en esas escaleras de un edificio a oscuras una noche de verano. Veo el mar, me veo viendo el mar, me veo borracho, en clase, corriendo por una playa, me veo en bici, hablando con Carlos, en el metro de otra ciudad.Mi vida de nuevo. Sin sensaciones, sin emociones. Imágenes unas detrás de otra. Pasa el tiempo, también pasa el tiempo frente al cristal, tanto como una vida o como unos cuántos segundos. Se abre la puerta, mientras las imágenes se siguen proyectando el hombre se acerca:

.- Ahí está. El tiempo irrecuperable. Tu vida proyectada. La esencia de tu nostalgia. Tu vida, tu propia vida, ese montón de imágenes en secuencia, los segundos unos detrás de otros. Ahí estás y ya no. La efímera existencia. Lo que fue. Ahí lo ves, tal cual, sin filtro, sin idealización de la memoria. La imagen de lo que sucedió. Esta es la máquina que cuando se activa en tu cabeza llamamos recuerdo. Por eso la he llamado así "Proyector objetivo de la memoria individual". Es tu vida otra vez sin análisis, sin ausencias, sin reconstrucciones. Eso fue lo que pasó. Ya luego viene la memoria que condimenta, que sazona la existencia. Mírate besando otra vez por primera vez a aquella chica, mira otra vez a tu padre otra vez conduciendo, míralo otra vez como lo miraste por primera vez y no como lo recuerdas ahora. Le ves conduciendo no le recuerdas conduciendo. Es curioso, es tan diferente. Ahí está, toda tu vida en el Proyector objetivo de la memoria individual. Ahora sal y recuerda de nuevo tu vida. Vuélvela a recordar porque ya todo lo que has vuelto a ver tendrás que recordarlo de nuevo y tu vida, desde hoy será nueva. Reconstrúyete otra vez. Eso es, finalmente, lo que hacemos cada día.


miércoles, septiembre 02, 2009

Pet Sounds

Llovía con la intensidad del demonio, caían gotas de tamaño desmesurado y reventaban en los cristales de su coche formando una maraña imposible de agua que se desplazaba neurótica empujada por el desquiciado movimiento del parabrisa . El efecto visual, eso si, era hermoso, cinematográfico, psicodélico. El termino psicodélico vino, quizá, a su cabeza ayudado por el disco que iba oyendo. Otra vez el hermoso Pet Sounds de Beach Boys, esa música que se desliza como un barco hecho de humo por un mar en calma total. Llovía y tarareaba el Pet Sounds y afuera la carretera vacía al borde del mar. Las palmeras agitadas por el viento con violencia le hicieron volver un poco en sí y pensó que lo sensato sería detenerse porque aquello tenía todas las características de un huracán. Avanzó los kilómetros necesarios para alcanzar la primera población, se detuvo en un bar, aparcó, salió del coche corriendo y entró. Sonaba Machín en ese bar donde había dos camareros mirando hacia la lluvia, hacia los golpes de la lluvia contra el asfalto afuera y un hombre que comía y bebía un refresco con cierta ansiedad que parecía ajeno a la violencia climatológica de ese momento. Preguntó por un sitio para pasar la noche, dando mas explicaciones de las necesarias les contó a los dos camareros melancólicos que pronto se haría de noche y que era peligroso seguir conduciendo con ese tiempo tropical desatado. Uno de ellos le dijo que justo al lado. Agradeció la información. Salió del bar, giró y corriendo alcanzo la puerta de una casa, tocó, en el rato hasta que le abrieron se empapó absolutamente. Una mujer abrió la puerta. La mujer le miró y el preguntó por una cama para dormir. La mujer tardó en contestar porque se había quedado ensimismada mirando la lluvia reventar contra el suelo. Del fondo de la casa venía el sonido de la televisión. Una voz hablaba con amarillismo de las lluvias que caían en la parte oriental del país. La mujer le hizo pasar, subieron un piso y abrió una habitación. Le dijo que esa era la habitación que tenian libre. Que tendría que pagar por adelantado. Pagó. Se metió en la habitación y desde la ventana vio la carretera. Se quedó mucho rato mirando, llovía y el viento era huracanado, vio pasar un camión. Salió al baño. Se cruzó con la hija, seguramente, de la mujer que le había atendido. Saludó pero la chica no contestó. La miró de arriba abajo, deteniéndose un rato largo en las piernas, ella giró la cabeza y sintió el pudor de quien es descubierto mirando lascivamente. Entró en el baño. Le sorprendió que al lado del retrete estaba abierto por la mitad EL Quijote. En el suelo había unas fotos muy borrosas que estuvo un rato viendo y no supo que retrataban. Detrás de las fotos había escrito con tinta roja unos textos que leyó confundido. Frases bruscas que hablaban de violencia, del dolor. Volvió a ver las fotos. Volvió a leer los textos. "Nuestra verdadera identidad emerge en el dolor. La sangre es la mayor de nuestras expresiones", " Amor, llévate mis visceras, yo me quedaré con el alma". Dejó las fotos donde estaban y salió, se sintió, de repente, protagonista de una película Gore. Que en el pasillo la chica de las piernas de porcelana le abriría en canal y el sería la siguiente foto de la serie abstracta de las fotos del baño. Mientras caminaba nervioso hacia su habitación pensó que frase acompañaría su foto. La paranoia se diluyó. Se hizo de noche. Le entró hambre y bajó. La lluvia había parado y el viento se había ido por el fondo derecho de la carretera. Le dijo a la mujer que iba a salir a comer algo. La mujer contestó con un "Está bien". Salió, el suelo estaba lleno de charcos. Vio su coche aparcado donde lo había dejado. Se acercó para ver, abrió la puerta y se sentó, lo arrancó, se miro en el espejo retrovisor y pensó:"¿Qué coño hago yo aquí?. Arrancó, saltó Pet Sounds en el punto donde se había quedado y se puso a conducir. Esa noche, por primera vez en su vida, creyó ver un Ovni.

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