viernes, julio 17, 2020
Camino de la ermita
No sé de dónde salió aquel perro. Apareció de golpe en medio de ese camino empedrado. Vino a por mí y sentí un terror desbordado. Grité, como si fuera una persona y pudiera entender mi gritó, de hecho creo que lo comprendió, y me puse en posición de boxeo. Yo, que seguramente sea el peor púgil del mundo, pero el miedo hace poner buenas posturas hasta al tipo más torpe para el combate. El perro saltó, vi su rostro en primer plano, vi esa dentadura salvaje y pensé que ahí se acababa todo, pero el perro seguramente estaba más aterrado que yo, lo que no era fácil. ¿Cuánto miedo había ahí, en ese instante primitivo? El perro avanzaba y retrocedía y ladraba sin demasiado control. Yo decía frases disonantes, con poco sentido y me mantenía en esas posiciones de combate que aún hoy no sé de dónde sacaba. Al rato, seguramente fueron pocos segundos, pero yo percibí como medio siglo, apareció un tipo de detrás de unos matorrales, algo agitado, con carrera torpe y llamando al perro por su nombre. Me miró, con cara de susto pidió perdón y le puso la correa a Santos, que así se llamaba el perro. Me quedé quieto, miré al hombre y no supe qué hacer. Me justifiqué en mi desmedida reacción y dije: "les tengo miedo desde pequeño", al tipo pareció darle igual. Me da rabia tenerle miedo a los perros, de mis grandes debilidades, el miedo a los perros es el que más rechazo de mis miedos. No lo comprendo. Comprendo otros miedos o los acepto, mi miedo a los perros me da rabia porque los perros en general me caen bien. No sé si vale lo de "caer bien", pero en mi miedo a los perros el fallo está en mi y no lo entiendo. Tengo una fobia atroz a las ratas, pero ese miedo, esa fobia la entiendo, puede estar justificada, las ratas son lucifer en forma de roedor. El tipo se dio vuelta y se fue por otro camino, yo me puse en marcha de nuevo y respiré. Seguí camino adelante, porque mi idea era llegar corriendo a una ermita que había en medio de la montaña. Olía a tierra seca y se levantaba de nuevo el viento de levante, aunque no se anunciaba duro, parecía un ensayo de algo que sería más fuerte algunos días más tarde. Avancé trotando y más adelante me encontré con un caballo. Estaba quieto, mirando hacia arriba. La postura me pareció rara. Pasé de lado, nos miramos como si nos miráramos desde lugares no mezclados. Entonces empecé a correr. Corrí a buen ritmo hasta que llegué a la ermita. Entré. Esa ermita es un lugar hermoso, era la segunda vez que iba. Saqué mi teléfono para hacer fotos del lugar abandonado y que se ha ido tratando de mantener o restaurar con pocas ayudas de la junta autonómica, pero que no parece arrancar una. El lugar está medio abandonado, poco cuidado y desgraciadamente tiene algunos grafitis torpes y molestos. Fotografié unas ventanas, unas plantas que emergen desde algunas paredes, la luz entrado por unos agujeros. Una vez hechas esas fotografías que no sabía muy porque las hacía, decidí salir, al girar en lo que debía ser una especie de capilla volví a ver a Santos, está vez me asusté menos. Santos me miró con despreció, esta vez el miedo, el susto me lo dio su dueño. Venía hacia a mi. Sin nervio, sin prisa, pero según le vi, super que venía hacia mi. Fue así como empezó todo.
lunes, julio 06, 2020
No volverá
No volverá. Nada de aquello será otra vez. Todo lo que fuimos fue y no será. Las raíces de los árboles se moverán de sitio. La arena se ha ido desplazando y se colocará en otros lugares. Diría que hasta los desiertos se irán también. Todas las células de nuestros cuerpos, todas las partículas de nuestro entorno. Las hojas que caen caerán ya en otros suelos. El asfalto, los nombres de las calles, el césped, los parques y aquellos edificios. Todo se desvanecerá silentemente. Como se desvanece la primavera en el verano y el verano en el otoño. Será otro el tiempo y ya ni siquiera lo llamaremos "nuestro tiempo" ya no será nuestro, porque como dirían los niños: el tiempo y el aire no es de nadie. Ya nada volverá por más que lo rehagamos una y otra vez. Cada vez que lo vamos rehaciendo nos van faltando elementos. Un escenario incompleto que queremos ver rehecho, como si nunca se hubiera desmontado. Ya se ha ido o se está yendo permanentemente. Nada volverá. El supermercado y la caja. Las neveras y las estanterías con sus cosas. La ferretería de más allá. La tienda de muebles de diseño. El restaurante amable que parecía parte de tu día a día. La farmacia cuyo dueño te parecía un impertinente. El pequeño local de comida caribeña regentado por esa pareja amable y sosegada. El portal de al lado con el portero siniestro y de otro tiempo. La calle entera, las calles que desembocan en esta calle. Los locales de esas calles, las calles que dan a otras calles y a otras avenidas. Las avenidas que salen de la ciudad, las carreteras que llevan a otras ciudades, ciudades y regiones, países enteros, continentes desmesurados evaporados en el tiempo. Mares y océanos. Islas, islas remotas inhabitadas. Islas habitadas por pájaros exóticos. Piedras, formaciones rocosas, arrecifes de coral, plantas que flotan en el Mar Caribe, poblaciones abandonadas, torres eléctricas en esas poblaciones abandonadas, faros que miran a ese mar que se va, que se está yendo. No volverá, nada de eso volverá. Deja de mirar, entonces, y de una vez por todas, los números del PIB mundial. Eso es, sin duda, lo primero que se fue, lo primero que se está yendo.
miércoles, julio 01, 2020
Humo
Sacó un cigarrillo del paquete que tenía escondido debajo del asiento del coche. Activó el mechero y esperó a que saltara. Bajó la ventanilla y comenzó a fumar mientras avanzaba por esa carretera costrosa. Había boquetes del tamaño de un cráter. Hacía una temperatura agradable y la brisa entraba sosegada por la ventanilla y movía el humo del cigarrillo. No sabía muy bien el camino.Tenía unas indicaciones anotadas en un papel. Esa zona de la región es menos árida y comienza a parecerse más a la región vecina, popular por su vegetación. Zona de transición entre paisajes. La tierra es roja, pero el verde se va mostrando cada vez más exuberante. Pasa por dos pueblo pequeños. En el primero, unos niños juegan con un balón penaltis, hay un perro caminando con desgana y una mujer lleva una cesta con verduras. Las casas son muy humildes, no hay, salvo el breve tramo de carretera que atraviesa, nada asfaltado. En el segundo no hay nadie y le parece extraño que a es ahora todo el mundo esté metido en su casa. La luz de esa hora en el país es hermosa. Los atardeceres son pulcros. Una vez pasado el segundo pueblo sigue avanzando algunos kilómetros por esa carretera terrible. Cada poco más de 100 metros hay que evitar algún socavón. Piensa en el tabaco, se encendería otro. Durante años, durante varias décadas incluso, ha encendido muchas veces un cigarro con el final del otro, pero siente que ya no resiste igual. La capacidad pulmonar se ha reducido a niveles grotescos. De repente ve aparecer el pueblo. Está llegando. Detiene el auto al lado de una tienda de abastos, pregunta por Doña Lucía a una mujer que parece enfadada. Es una mujer joven, hermosa y triste. Le mira con desgana y le indica como llegar. Avanza andando. Para él, caminar 200 metros, se parece a competir en la maratón de Nueva York: un esfuerzo extenuante. Llega a una casa azul. Toca una puerta que parece que se va a caer. Para esto, sería mejor no tener puerta, piensa. Abre una mujer muy mayor, parece no mirarle, o le mira desubicada. No sabe porque mira así, como sin mirar, hasta que descubre, y se siente culpable por ello, que la mujer es ciega. La mujer dice su nombre, habían hablado por teléfono: Llega tarde, le dice a modo de reproche, pero como si no le importara demasiado. El saluda sabiendo de antemano que no será contestado. Le invita a pasar, le dice que se siente en una butaca que hay debajo de una lampara de tela con forma de pulpo o de animal acuático mitológico. Se sienta, mira a los lados, le sorprende la poca luz exterior que tiene la casa. La mujer desaparece y durante unos minutos largos, no se escucha nada. De repente siente miedo y se arrepiente de haber ido hasta ahí. La desesperación y la desesperanza, que no siempre conjugan bien, nos llevan a caminos confusos y ese momento, esa ruta, estar ahí es, sin duda, un camino confuso al que ha llegado empujado por su desesperanza y desesperación. La mujer vuelve con un bote metálico algo oxidado en la mano. Se sienta en una silla de plástico frente a él y le pregunta algo que él no entiende. No se atreve a pedirle que repita la pregunta. Durante segundos se siente abrumado, siente ganas de levantarse y salir de ahí, pero por otro lado se siente bloqueado, incapaz de levantarse o de enfrentarse al violento acto de escapar. La mujer no espera respuesta, agita las manos suavemente y de repente cambia de gesto. Todo viene de tu padre, le dice. Todo está en tu padre, repite. La mujer emite un sonido raro. Todo falla en la linea paternal, continúa.
- El desorden está ahí. Nada diferente, siempre es así. El problema del mundo viene de ahí. Ustedes los hombre son el fallo. Están mal hechos. Todo viene de ahí. En tu caso, obviamente, también. Tu padre no puede pasar. Tienes que ayudarle a pasar.
.- ¿A pasar dónde?
- A pasar, a seguir. Imagínate que te has quedado eterno en un instante. Hay muchos que se quedan ahí. Atemorizados. En una zona de no conexión. Imagínate que te quedas eternamente en las siete y cuatro de la tarde, como ahora, con esta luz.
.- Tampoco me importaría- contesta él con cierto cinismo.
.- Tu padre se ha quedado ahí. Si no le ayudas a pasar, estás condenado a repetir su mismo camino- la mujer habla como si no le escuchara. Como si no estuviera.
.- Poco puedo hacer por mi padre ya. Mi padre se murió hace demasiados años.
.- Las relaciones siguen, por más que uno de los dos muera. Tu sigues relacionándote con tu padre, de hecho la relación sigue, ha cambiado. No se parece en nada a cuando murió.
Él ha ido perdiendo el interés. Todo esto, de repente, le parece innecesario, una pérdida de tiempo, se siente ridículo. La mujer entonces se pone de pie. Se va. Tarda. Él se pone de pie, dispuesto a irse de ahí. La mujer aparece, se queda en la puerta, a unos cinco o seis metros de él.
.- Es difícil contigo. Eres extranjero e incrédulo. No puedo ayudarte. No entiendes. Transita el poco tiempo que te queda. Morirás joven. No dejes de fumar, eso tampoco te salvará y al menos eso lo disfrutarás. Es lo único que disfrutas en la vida. No vuelvas aquí. Tampoco al pueblo.
La mujer se da la vuelta y desaparece. El siente miedo, está profundamente aterrorizado. En ese instante, intenta recordar la car de su padre que cada vez más le cuesta reconstruir con facilidad. Hay rasgos que ya no aparecen cuando recuerda. Zonas de la cara que ya no se dibujan en el recuerdo. Sale de ahí, el día muere, la tarde cae y se han encendido dos farolas tristes en ese alumbrado publico escualido. Unos tipos le miran desde la cada de enfrente, uno de ellos fuma, pero no parece tabaco. Un joven hace piruetas con una bicicleta. Parece hábil. Se siente extranjero de nuevo. Siempre se siente extranjero en ese país, pero en ese momento se siente extranjero en el mundo, en la galaxia, en el cosmos. Se siente el extranjero total. Durante unos diez segundos piensa que ese es el día de su muerte, pero en seguida lo olvida. Va hasta el coche. Coge un cigarrillo y fuma. Que más da, piensa. Yo también sé que voy a morir joven.
- El desorden está ahí. Nada diferente, siempre es así. El problema del mundo viene de ahí. Ustedes los hombre son el fallo. Están mal hechos. Todo viene de ahí. En tu caso, obviamente, también. Tu padre no puede pasar. Tienes que ayudarle a pasar.
.- ¿A pasar dónde?
- A pasar, a seguir. Imagínate que te has quedado eterno en un instante. Hay muchos que se quedan ahí. Atemorizados. En una zona de no conexión. Imagínate que te quedas eternamente en las siete y cuatro de la tarde, como ahora, con esta luz.
.- Tampoco me importaría- contesta él con cierto cinismo.
.- Tu padre se ha quedado ahí. Si no le ayudas a pasar, estás condenado a repetir su mismo camino- la mujer habla como si no le escuchara. Como si no estuviera.
.- Poco puedo hacer por mi padre ya. Mi padre se murió hace demasiados años.
.- Las relaciones siguen, por más que uno de los dos muera. Tu sigues relacionándote con tu padre, de hecho la relación sigue, ha cambiado. No se parece en nada a cuando murió.
Él ha ido perdiendo el interés. Todo esto, de repente, le parece innecesario, una pérdida de tiempo, se siente ridículo. La mujer entonces se pone de pie. Se va. Tarda. Él se pone de pie, dispuesto a irse de ahí. La mujer aparece, se queda en la puerta, a unos cinco o seis metros de él.
.- Es difícil contigo. Eres extranjero e incrédulo. No puedo ayudarte. No entiendes. Transita el poco tiempo que te queda. Morirás joven. No dejes de fumar, eso tampoco te salvará y al menos eso lo disfrutarás. Es lo único que disfrutas en la vida. No vuelvas aquí. Tampoco al pueblo.
La mujer se da la vuelta y desaparece. El siente miedo, está profundamente aterrorizado. En ese instante, intenta recordar la car de su padre que cada vez más le cuesta reconstruir con facilidad. Hay rasgos que ya no aparecen cuando recuerda. Zonas de la cara que ya no se dibujan en el recuerdo. Sale de ahí, el día muere, la tarde cae y se han encendido dos farolas tristes en ese alumbrado publico escualido. Unos tipos le miran desde la cada de enfrente, uno de ellos fuma, pero no parece tabaco. Un joven hace piruetas con una bicicleta. Parece hábil. Se siente extranjero de nuevo. Siempre se siente extranjero en ese país, pero en ese momento se siente extranjero en el mundo, en la galaxia, en el cosmos. Se siente el extranjero total. Durante unos diez segundos piensa que ese es el día de su muerte, pero en seguida lo olvida. Va hasta el coche. Coge un cigarrillo y fuma. Que más da, piensa. Yo también sé que voy a morir joven.
domingo, junio 28, 2020
Huella de gigante
Ella se detiene en medio del camino. Hay varias huellas, algunas de su tamaño, otras de adulto y otras más pequeñas e imprecisas. Se detiene y yo me detengo y la miro hacia atrás, para observar que hace. Veo que mueve el pie entre la arena del camino, no sé si remarca una huela o hace un círculo. Los dos metros que nos separan son la distancia precisa para no entender eso que dibuja en el suelo. Al cabo e varios segundos, sin levantar la vista, y concentrada en esa tarea que consiste en mover su pie de un modo indescifrable sobre la arena, me dice que está dibujando una huella grande, muy grande, para que los que pasen después, sospechen o duden, de que por ahí ha pasado un gigante. Y sonríe. Y no sé si sonríe porque sabe que nadie pensará jamás en eso, no logrará engañar y simplemente el dibujo se lo hace a ella, como un juego, o si la sonrisa es picara, pensando en el triunfo de su engaño. Seguimos andando, ella pasa a otro tema, me cuenta algo que vio un día en clase sobre renacuajos, yo la escucho, pero me quedo pensando en las huellas, en las huellas gigantes, en su juego anterior. Por algún motivo la proyecto de mayor y de repente siento una profunda nostalgia. Hay una luz hermosa de atardecer, una luz de verano suave, la temperatura es agradable y durante unos cuantos segundos, todo me parece eterno o fugaz. No sé, algo así o las dos cosas a la vez y de repente pienso que eso es exactamente la nostalgia, un debate entre lo eterno y lo fugaz. Las huellas del gigante inexistente me han llevado a una forma de nostalgia. Dos horas antes había leído la noticia del fallecimiento de una mujer que no conocía, pero que sigo hace tiempo en twitter, una mujer que trasmitía permanentemente mucha amabilidad y sospecho, por segundos, que esa es la nostalgia que siento. Me gustaría que el tiempo fuera eterno junto a mis hijas.
viernes, junio 26, 2020
Polvo
Yo creía escucharle entrar. Entraba invisible por las rendijas de la puerta y se quedaba ahí, al lado de de la cama. No hacía nada, solo mirar. O ni siquiera mirar, porque no miraba. Estaba. Estar así no más. Estaba como está el aire, como dicen que están los virus, como el polvo que flota cuando entra la luz del sol por la ventana. Estaba ahí y se quedaba ahí. Ni escuchaba, ni hablaba, ni miraba, porque si eres mota de polvo no puedes mirar. A veces le hablaba, a susurros, porque no quería que desde fuera de la habitación se me escuchara la voz. Le contaba cosas de esos días. De la nieve inmensa de ese invierno y del silencio de aquel tiempo. Fue una época de silencio y calma. Se instaló una especie de tiempo nuevo a medida que fue entrando la primavera. Y yo le hablaba de los días y de las cosas que había ido aprendiendo, algunos ríos, algunas normas ortográficas, el ciclo del agua, los pesos y balanzas. No escuchaba, porque lo invisible no escucha, ni mira, ni habla. Pero yo le hablaba susurrando para que no se escuchara mi voz más allá de la puerta. A veces pasaba la mano por el aire, que era una manera de abrazarle o de besarle o de saludarle. A veces recordaba cosas que me inventaba, porque cuando se fue, yo aún no tenía recuerdos y ahora recordaba cosas que en realidad no recordaba. Eso debe ser la ficción, le contaba. "Esto que te cuento debe ser la ficción" Aunque en el fondo yo creo que lo recuerdo, aunque sé que no viene de mi memoria. A veces le preguntaba sobre eso: ¿Qué es la memoria? ¿Qué son los recuerdos? Y pensaba que todos era como ese aire invisible, como esas motas de polvo, como esa invisibilidad que son los virus, las cosas que flotan y que no se ven y que condicionan nuestras vidas. Algo así debe ser el recuerdo y la memoria. Y aunque no recordemos o no creamos recordar, están ahí, flotando invisibles, a tu lado, como las motas de polvo atravesadas por el Sol.
lunes, junio 22, 2020
Esenciales
Un tipo de mediana edad atraviesa una larga y estrecha carretera de una zona no muy poblada. Conduce una furgoneta de marca popular cargada de alimento. Amanece y hace una temperatura que entra en la zona de perfección. Hay unos grados, con un nivel de humedad exacto, donde la piel vive su máximo estado de relajación y ligereza, unos pocos grados donde la piel vive su esplendor. La OMS entre otras muchas cosas, dice que la temperatura perfecta para habitar son 22 grados. Todo es leve en esa franja poco amplia de temperatura. El tipo, durante unos segundos, siente una indescifrable sensación parecida a la soledad y la felicidad. Es difícil atrapar eso que percibe o siente. A veces, pocas veces, sentimos que el tiempo va más lento o que no pasa o que el tiempo no existe, lo cual es imposible. El tiempo lo es todo, pero es una ficción o fantasía o irrealidad donde todo parece ajeno al tiempo. Curiosamente, una sensación ajena al tiempo, pero que dura poco, como mucho unos pocos minutos. La carretera está rodeada de buena vegetación, la primavera ha sido prodigiosa. ¡Qué extraño animal somos! Piensa el tipo mientras en el arcén ve un animal aplastado. La tierra es ajena a nuestros conflictos y a nuestras fragilidades, los animales ignoran lo que sucede estos días en las noticias y en la sobreinformación en la que habitan los humanos. El coche suena raro desde hace unos días y durante unos segundos echa un humo blanquecino por delante. Frena suavemente y se detiene a un lado, sin miedo al tráfico. No existe el tráfico: ojalá no vuelva a existir, piensa mientras frena. Baja de la furgoneta, abre el capó e investiga. No ve nada raro. Se queda de pie unos segundos, como si se hubiera olvidado de sus tareas, de su trabajo, de dónde está e incluso de la angustia que esos días atraviesa el mundo. Escucha el silencio, el silencio absoluto. Luego recordará que durante ese instante no pensó en nada. Quizá aquello era el fin del mundo y eso es lo que sucede cuando todo se acaba: el sosiego final, el sosiego eterno. El Apocalipsis finalmente sólo era una inmensa quietud. Vuelve en sí o vuelve a ese momento. Cierra el capó. Arranca el coche y se pone en marcha. Aun quedan unos kilómetros para llegar a la fábrica, donde recargará para seguir llevando cajas. La ruta del alimento seguirá su extraño curso.
jueves, junio 18, 2020
Río
El río cerca de la casa a veces suena y a veces no. Sé que eso no es así, que siempre suena, pero ese proceso invisible de selección auditiva, del que no somos conscientes y que toma decisiones ajeno a nuestras apetencias, hace que el río suene a ratos y que otras veces no suene. Cuando abro los ojos a primera hora, lo escucho ahí, sonando como si estuviera más cerca de lo que realmente está. Desde que me instalé aquí, me levanto antes de que la luz del amanecer haya aparecido del todo. Aún hay oscuridad. Abro los ojos y escucho el río. ¿Lo escucho mientras sueño? Me quedo un rato en la cama. algunos minutos, no creo que sean muchos. ¿Por qué viví esa vida hasta decidir no seguir viviendola?¿Cómo puedes aceptar una vida que no es la tuya? También pienso en eso. En si somos o no dueños de nuestro destino: creo que esa es otra de las falsas ilusiones bajo las que vivimos. Decides algunas cosas, pero el rio pasa. ¿Decide el agua avanzar? Llegué aquí con el firme proposito de rehacer mi vida y lo cierto es que vivo algo más sosegado, pero sigo sin ser dueño de mi vida y eso es quizá lo que debo aprender: no soy dueño de mi mismo. Soy algo que transita. Llegué aquí siendo consciente que toda aquella vida previa no debía seguir intentando sostenerla y me sorprende haber creido que aquello era una vida que yo hubiera decidido. En realidad no decidimos nada, pero si cabe la posibilidad de descartar. Tampoco demasiado, no puedes descartar el sistema social bajo el que vives y eso ya lo condiciona todo. Pero, ¿cómo pude creer que aquello podía ser una forma de vida elegida? Suena el río, pero a ratos ya está dejando de sonar. Me levanto y camino por la casa. La luz entra ya con ganas en este verano nuevo. Nunca el verano había sido como este verano. Es el primer verano nuevo. Como si hubiera cambiado el orden absoluto de las cosas. Se repiten los patrones, pero todo es nuevo y no terminamos de entenderlo. Avanza el río. Amanece en este verano nuevo. Dentro de un rato sé que no lo escucharé, estaré en otra cosa, en otro tiempo. Nunca el agua es la misma.
sábado, mayo 23, 2020
Imbécil
Los fascistas salen hoy a la calle a manifestarse en automóvil. Exigen, entre pitidos, cacerolazos y humo, su libertad. Es imposible resumirlo de otra manera y no se puede ser más conciso. Estamos en medio de una pandemia mundial, llevamos confinados ocho semanas, atravesando como generación, uno de los momentos más desconcertantes y extraños que hemos podido vivir y siete semanas después, los fascistas salen en automóvil a exigir su libertad. Nadie podía haber previsto un futuro tan absurdo, disparatado y tan mediocre. Tú, fascista, si lees esto, tengo poco que decirte, salvo algo muy preciso: imbécil.
jueves, mayo 21, 2020
Ideas
Hay una idea sobre la música que es por la que me siento más atraído: la música es un lenguaje previo a la palabra. Las palabras son cárceles a veces. No en cuanto a comunicación, que ahí no lo es, sino en cuanto a pensamiento. El pensamiento abarca más que la palabra, llega más hondo y más lejos. Cuando haces la traslación al verbo, se van quedando cosas y en esta cantidad gigante de restos que se van perdiendo, yace parte importantísima del pensamiento. Lo que hablamos no refleja con perfección el pensamiento. La metáfora sería, claro, la fotografía. La fotografía no es la realidad. Es otra cosa: incluso puede reflejar cosas distintas y novedosas, también ocultas y escondidas de la realidad, pero no es la realidad. La palabra es una fotografía del pensamiento. Refleja y muestra cosas, pero no muestra todo el pensamiento. La música abarca zonas que la palabra no puede abarcar y en general, creo, que abarca más, muestra más, va más allá. No es esto un desprecio por la palabra. Claro que no. Es un elogio del pensamiento y de su amplitud y de lo difícil que es abarcarlo. La idea de un cuento, de un texto o una historia , esconde otra idea. Si te nombran un libro que has leído, a tu pensamiento puede venir, de golpe y casi instantáneo la oleada absoluta que fue el proceso de leerlo, un tiempo que sumo varias horas y que sin embargo tu pensamiento atrapa en décimas de segundo, pero si tratas de hablar sobre él, el proceso se ralentiza. No recuerdas fragmentos, has olvidado personajes, el desarrollo de la trama, las hipótesis o reflexiones no las cuentas todas con precisión, sin embargo en tu pensamiento si puede estar entero, ahí, como un paisaje que observas. El creador a veces tiene un proceso similar. Hay un pensamiento, una masa repleta de cosas que trata de identificar. Empieza a traducirlo, aparecen las dificultades técnicas, el desarrollo de las cosas, los laberintos de la palabra, pero no es inmediato, de hecho, la mayoría de las veces, en el viaje, la idea o ese pensamiento agoniza, y e creador se da por vencido o acepta el resultado por puro agotamiento: no era la idea, no era el pensamiento, pero se ve incapaz de traducirlo tal cual.
miércoles, mayo 13, 2020
Los días
7:56. Me despierto más tarde que antes de todo esto. Antes sonaba el despertador y sentías el planeta entero subiendo al colchón. Ahora no suena y sin embargo preferiría que sonara. Siempre pasa así. Necesitaríamos conocer la trama entera para disfrutar cada secuencia de la vida. Sin embargo, en general, tiendes a disfrutar del pasado.
En la casa no entra luz. A eso de la 17:30 se adivina un cambio, por ese ventanuco que da a ese patio extraño, pero no sabemos qué hora es si no tenemos el reloj. En realidad no sabemos nada. Preferiríamos que nada de esto hubiera pasado. W está nervioso. Yo no tanto. Le escucho hablar con su familia por llamadas que me resultan caóticas e incluso molestas. Esas voces filtradas del ordenador producen un efecto parecido a la ansiedad. Son voces sin matices, como las de tu pensamiento cuando todo te preocupa. Habla mucho y se queja de todo y yo le digo que quejarse aquí encerrados no es la mejor medicina. A veces bebemos, a veces estamos un par de días sin hablarnos. Él piensa que a mi no me preocupa la situación. Pero y ¿qué puedo hacer yo aquí, W? ¿Qué podemos hacer desde aquí? Sin luz y sin sueldo Estamos gobernados por una cosa invisible. Siempre son invisibles los gobiernos, pero esta vez es microscópico y domina el planeta. Yo ya no creo en nada, le digo siempre a W, pero extrañamente no me altera. No es siquiera que haya aceptado la situación, es que no sé cómo se resuelve. No he abandonado. Hasta abandonar me parece un privilegio. Simplemente he ido aprendiendo de esta casa sin luz, de esta casa que no tiene horas. W prefiera hablar con su familia allá. Se escuchan las voces. Yo no descifro lo que van hablando. Escucho ese sonido metálico. Voces agregadas. "Si al menos hubiera futbol" es la frase que define a W. Otras veces bebemos y conspiramos. Pensamos en teorías imposibles y nos damos la razón. W habla de vídeos que le mandan al teléfono. A mi me cuesta creerlos, pero porque en realidad todo, también la casa, me parece mentira. Yo no sé cómo vamos a salir de esta. W y yo hacemos cuentas. A veces me altera, pero en ese momento crítico siempre me dice que su cuenta es mi cuenta: "o comemos los dos o pasamos hambre juntos". Otras veces me da la sensación que en pocos días estaremos de nuevo en el lío. En esos turnos infinitos. Sirviendo en las mesas a ritmo de mediofondo, pero escuchas las noticias y todo se retuerce. El gobernador invisible nos tiene arrinconados. Dicen que deja sin aire, pero a mi este sin aire también me tiene medio ahogado. El gobernador invisible deja a todos sin respiro. Y si al menos en esta casa entrara algo de luz, sabríamos qué hora es, en qué lugar del dia nos encontramos. Sin embargo parece siempre de noche y las voces metálicas en la computadora de W, parecen las voces de un sueño extraño.
martes, mayo 12, 2020
Despertares
No ha amanecido aún, se anuncia con un ligero cambio de tonalidad en la luz que entra por la ventana, pero no ha amanecido aún, técnicamente no. Hace los movimientos para levantarse y se queda sentado unos segundos en el borde de la cama. El silencio le sigue abrumando a esa hora. Lleva ya un par de años viviendo solo y sin embargo ese silencio le sigue sorprendiendo o desconcertando. Se pone de pie. Camina torpe hasta el baño y orina con desgana. Bosteza. Camina por el pasillo. Durante medio segundo piensa que los pasillos no deberían existir: son espacios robados a las casas, los pasillos nunca se habitan. Llega a la cocina y se prepara el café. Le frustra hacerse el café porque a él el café no le sale bien. No lo entiende, no es capaz de explicárselo, pero a C, usando las mismas cantidades, le quedaba mucho más sabroso. La luz ya va cambiando. Entra el ruido de un coche pasando por la calle, queda, oficialmente, inaugurado el día. Abre un libro por la pagina 126. Lee unos párrafos y nota el olor del café saliendo. Deja el libro en la mesa, saca una taza y se sirve. La rutina es la linea invisible que te hace saber que sigues vivo: la rutina es el esqueleto de la vida, piensa. Hace no tanto le dejaron de interesar las experiencias, de hecho empezó a detestar las experiencias, todo eso que el mundo de hoy recopila bajo la palabra experiencia. Los viajes, las cenas, una vida social forzada, todo aquello que nos convierte en consumidores y nos hace menos personas. Sigue leyendo, pero siente un golpe de tristeza, una tristeza que generalmente no se permite. En realidad no es tristeza, es una forma diferente de cansancio, de fatiga. Los sorbos del café, el libro abierto y el silencio son el presente, que es a lo único que tenemos acceso, lo demás es ficción y fantasía. Prefiguración o incluso paranoia. Sólo hay eso, realmente solo es eso. NO es esfuerzo por hacer desparecer lo demás, porque son mentira esas falsas y vacías filosofías de hoy en día que te intentan convencer de vivir solo en el presente: eso no se puede, eso no es verdad. Si algo nos caracteriza como especie es que nuestra cabeza vive en tres tiempos a la vez, y el promedio de esos tres tiempos es nuestra vida. Nadie habita el presente, porque no hay manera de habitarlo, entre otras cosas, porque el presente siempre va más deprisa. La luz ya entra grandiosa. La ventana de la cocina, que mira hacia el este, deja entrar una luz imperial. Viva el día que empieza, piensa. No por optimista, que no lo es, sino porque es imposible, a veces, ser insensible a la gran belleza de despertar en el mundo cada día. La tristeza volverá ya luego, esa tristeza invisible, casi inexistente, pero constante. La tristeza de la vejez. La tristeza de saber que el tiempo, cada segundo, es menos.
martes, mayo 05, 2020
Ficción
No cabe la ficción (qué frase de mierda), pero el caso es que no cabe. Estos días me sucede algo, soy incapaz de la hipotesis o del pensamiento a futuro. No entiendo lo que pasa, no lo entiendo de verdad. No entiendo el presente. No sé si el verbo es entender. Pero además me pasa que es que tampoco me interesa entender. Leí algo sobre este momento y en una parte del texto aparecía la palabra transitar y basicamente es lo que creo que se puede hacer en este momento: transitar. Por eso creo que tampoco estoy preparado para cierta forma de ficción. No es rechazo, es que es un momento mentalmente nuevo, supongo que parecido a lo que sucede cuando estás "transitando" la ficción. Que atraviesas algo nuevo y lo vas descubriendo y quiza este momento vas descubriendo, el presente, de por sí, es ficción, porque es nuevo y no hay referencias absolutas de lo que sucede. Vas hilando los fragmentos de realidad y vas trazando algo que parezca una realidad coherente. Si en algún momento, en la vida, la realidad es coherente. Transitamos también porque hay algo satisfactorio en todo esto, nuestra forma de vida y sus ritmos se han desmontado con una sola patada. Seguimos actuando como si aquello existiera cuando en realidad ha dejado de existir y actuamos como si hubiera necesidad de que volviera, cuando se ha demostrado absolutamente innecesario. No hay necesidad, en realidad lo sabíamos, de todo aquello, pero ahora lo hemos visto. No se necesita nada de aquello e incluso sabemos que aquello era, en realidad, una ficción. Y ¿entonces esto qué es? Bueno, eso es lo que hacemos, transitarlo para descubrirlo. ¿Es una nueva ficción? No lo sabremos, quizá nunca. Pienso que hay algo de realidad. Estamos detenidos, congelados casi, por una forma de vida invisible a los ojos, curiosamente algo como la realidad. Algo que no se ve, pero que lo gobierna todo o como la ficción, que tampoco se ve. Ni siquiera microscopicamente.
martes, abril 28, 2020
Ignorancia
Ayer hicimos una leve trampa para salir. En vez de salir uno de los dos con las dos niñas, nos separamos y fuimos cada uno con una, pero por separado. Primero salieron M y P y luego salimos D y yo. En la calle D me dijo que jugaremos a encontrarlas. Hicimos una ruta no pensada, nos íbamos dejando llevar. Las dos veces que hemos salido hemos ido buscando cosas con un fin casi infantil de cerciorarnos que siguen ahí. Igual que el primer día recorrimos casi el Madrid más simbólico, ayer recorrimos cosas que marcan cierto día a día. Pasamos por el colegio, por el parque, fuimos caminando por calles donde viven algunas amigas de D. Giramos para llegar a la Plaza del Dos de Mayo. Allí D dijo: "¡Qué verde está la plaza!" Estaba muy verde y muy limpia. Fue ahí cuando al fondo, caminando ajenas a nosotros vimos a M y P. Avanzamos hacia ellas con la intención de no ser vistos. D me pidió el teléfono para hacerlas una foto y luego enseñársela en casa, peor nos acercamos en exceso y P nos descubrió. Nos saludamos de lejos, sonreímos, pero cada pareja siguió su camino al azar. D y yo llegamos a la Glorieta de Bilbao. Como hacía tantos días que no veíamos las calles y ninguna de esas zonas, tanto a D como a mi, nos sorprenden los letreros de las tiendas: "Volveremos" o "Quédate en casa" o algunos netamente informativos: "Debido a la situación actual y siguiéndooslo las recomendaciones..." Carteles ya caducos, seguramente colocados antes del estado de emergencia, en esos dos días previos en los que avanzábamos, sin saberlo del todo, hasta la quietud obligada. Es inevitable pensar en aquella normalidad o en aquella rutina o en aquellos días. Caminas por las calles y hay una especie de nostalgia de tu vida previa. Andar por las calles así tiene una forma parecida al recuerdo. Donde las cosas se evocan sin ser del todo como fueron. Hay minutos que piensas que todo aquello volverá, sin concluir si todo aquello debería volver o no, hay segundos que sientes que nada de aquella ya será nunca más igual. Sigo sin saber, sigo sin ser capacidad si quiera presuponer. Transito, transito con D por las calles. A ambos nos pasa algo parecido, caminamos casi como autómatas. Casi, porque no lo somos, porque si algo somos en esos paseos es humanos. Emocionados, confusos, extrañados, sin mucha capacidad de definir lo que vemos. Transitamos. Avanzamos por calles sin mucho orden , giramos en esquinas sin decidirlo de antemano. Ni siquiera sé si alguno de los dos decide la ruta o somos empujados por decisiones consensuadas silentemente. Transitamos como transitamos esta época. Sin saber. Obedientes a las normas, conscientes y dubitativos. Ignorantes. Si algo somos estos días es que somos ignorantes. Lo ignoramos todo: ignoramos qué es de la vida de los otros, ignoramos el destino de las cosas, ignoramos cuál es la vida que llevamos, ignoramos. Somos profundamente ignorantes y caminamos un poco así, como tratando de descifrar algo de todo eso que ignoramos. Transitamos la ignorancia.
lunes, abril 27, 2020
Paseo con D
Paseo con D: Recoletos, Cibeles, Alcalá, Sol, Preciados, Gran Vía, Fuencarral y Hortaleza. Silencio y vacío. D va callada. A ratos le pregunto qué va pensando. Una de las veces me dice algo así como: no pienso, solo miro. La noto impresionada. La ciudad parece un lugar realmente distinto. A mi se me saltan las lagrimas muchas veces. No sé muy bien por qué. Hay entre el impacto de ver la ciudad así, la emoción de pasear con D y una sensación de perplejidad: al ver la ciudad así toma fuerza una pregunta silente: ¿Qué ha pasado? ¿Qué está pasando? D mira todo con atención. No saca las manos de los bolsillos. Sospecho que es otra de las maneras de protegerse del virus. No hay peor amenaza que la que no se ve. Nos cruzamos poca gente y la que nos cruzamos va inserta en una especie de cápsula. Tratamos de ni mirarnos, quizás. Por minutos, siento un amor por la ciudad que nunca había sentido. Soy bastante desapegado de los sentimientos de pertenencia. No me siento madrileño, no sé muy bien qué me siento. No es rechazo, simplemente nunca me he sentido vinculado especialmente a la ciudad. Sospecho que tiene que ver le haber vivido en distintos sitios siendo niño. Pero en el paseo Madrid me parece mi ciudad, me siento madrileño. Que no sé muy bien qué es. Me parece hermosa la ciudad, otra cosa que tampoco me había sucedido. Hay tristeza. Hay una tristeza brutal. Tiendo a no hacerme especulaciones con el futuro, pero creo que va a ser dificilísimo hacer desaparecer esa tristeza o igual no. Cada calle, cada giro, en verdad, te recuerda la ciudad llena, pero es bonita verla así. Me siento madrileño por primera vez en mi vida, pero veo a D y sé que si tengo una patria son mis hijas. Por segundos me invade el temor de cómo será el futuro de mis hijas, cómo será el mundo en el que vivan. La incertidumbre de esto. ¿Se instalará este silencio como forma de vida? ¿Silencio como protección? Cuando vamos llegando a casa pasamos por debajo del balcón de su mejor amiga. La llamamos para que se asome. Se miran y se hacen gestos. La amiga dice una frase impactante: Mamá, quiero bajar a tocar a D. Hace un gesto con la mano desde el balcón de una sinceridad abrumadora. Necesita sentir a su amiga. Caminamos el último tramo. D ve un avión de papel en el suelo y me dice: mira, ese avión estaba ahí cuando hemos empezado el paseo. Sin embargo nos damos cuenta, de repente, que el suelo eást lleno de aviones de papel. Muy bien hechos, muy precisos. Ese trocito pequeño y estrecho de la travesía de San Mateo está repleto de aviones de papel. No hay metáforas, no hay conclusiones. No hay ni siquiera mucho que pensar. Simplemente estamos transitando. Igual, ahí sí, como metáfora de esos aviones de papel: frágiles y débiles. Transitamos esto. Gastamos nuestra hora permitida con precisión. Me doy cuenta, según abro el portal, que hemos caminado rapidísimo.
sábado, abril 25, 2020
Vigilancia
Durante mucho tiempo escribía sueños e incluso escribía sobre sueños inventados (al teclear inventados, he escrito por error invitados: sueños invitados me ha parecido un bonito hallazgo), de repente escribir sobre sueños me pareció una idiotez, como también me pasa muchas veces hablando: precisamente lo que hace una experiencia incalificable al sueño es la parte que no se atrapa verbalmente. Si yo sueño que veo una vaca en el baño la imagen es potente, pero se queda en eso, en una imagen más o menos delicada, atractiva o potente, pero lo que en el sueño ha podido hacer de esa imagen algo especial es la bruma de extraña coherencia, que solo viviendo el sueño comprendes, tiene esa imagen. Así que desde hace algún tiempo hablar o escribir de sueños me parece un acto inútil por insuficiente y porque, salvo en ocasiones muy precisas, el interlocutor difícilmente puede empatizar del todo con ello. Y si recurro al sueño es porque leo y se comenta, que los sueños en el confinamiento están siendo, en general, muy intensos, muy extraños y llenos de simbología. Yo he soñado mucho y siempre bajo una extrañeza muy intensa en el confinamiento, pero sobre todo esta semana, lo que me llama más la atención es que estoy teniendo sueños donde se ha instalado en la normalidad estados de absoluto control. En varios sueños me han enseñado videos en los que salgo yo haciendo actividades rutinarias y me ponen multas por actitudes absolutamente normales: "¿Qué hacía usted subiendo a un coche en Ponferrada este día de abril?" y todo mientras me enseñan un video donde se me ve subiendo al coche de mi viejo en un parking abierto en Ponferrada. También he soñado que vamos los cuatro a visitar a amigos y cuando entramos en las casas y empezamos a charlar aparece la policía para prohibir la reunión.
No estoy en modo conspirador prediciendo el mundo al que vamos, he llegado a un punto con esta pandemia en la que me cuesta vislumbrar un mínimo las diferentes posibilidades hacia las que puede ir nuestro mundo. Soy incapaz de ver cómo será la salida de este extraño acontecimiento mundial. Pero sí me llama la atención como la sensación de control y vigilancia se ha ido colando en el subconsciente. No sé si vamos a mundo más totalitario o un mundo de caos, no lo descarto, com tampoco descarto un mundo prácticamente idéntico al que dejamos el día que nos encerramos en casa. Empiezo a no descartar nada y me empieza a faltar imaginación para prefigurar ese mundo después de la Pandemia. Pero el encierro si lleva a tu subscosnciente a sentirse vigilado, observado. Quizá se revela silentemente o acepta, quién sabe, saberse obediente.
jueves, abril 23, 2020
Cursi
Creo que en un porcentaje altísimo de la población, el confinamiento despierta el lado más sensible, más cursi, si cabe. Echo de menos abrazar a gente. He llegado a imaginar encontrarme con amigos y abrazarlos. No un abrazo épico, no. Echo de menos el abrazo como saludo, un abrazo sin aspavientos. El abrazo de la cotidianidad, el abrazo que sustituye al choque de manos o a los dos besos. Supongo que hay gustos y preferencias para todo, pero a mi el saludo que más me gusta es ese, el abrazo sin fuerza, suave, casi inconsciente. Supongo que estos acontecimientos te llevan a esas cosas. No lo digo con moralina o como gran revelación. Si algo pasa con estas cosas es que te lleva a lo esencial. No echas de menos viajar o aventuras vibrantes. Echas de menos ir a comer con tu madre, tomarte una birra con tu hermano pasear por el retiro con tus hijas. Los días más bonitos de tus días no suceden en la vibración, suceden en la normalidad. Uno de los días más bonitos de mi vida, fue hace un par de años que un martes por la tarde me fui con mis hijas al Retiro, caminamos, hacía buenísimo y fuimos hasta La Rosaleda. Yo me senté y las miraba a cada una fantaseando a solas en el jardín. No sé muy bien que imaginaban, se escondían en esa especie de laberinto de flores, se movían sin mucho orden. Cada una iba de un lado a otro, creo que a ratos venían a decirme algo, creo que sobre los diferentes colores de las rosas. Empezó a caer la tarde y empezamos a caminar para volver a casa. Había gente patinando, ciclistas y corredores, había parejas pajareando en el césped, había grupos de gente haciendo ejercicios orientales y tipos hipertensos musculados haciendo abdominales. Si tuviera que resumir mi paso por la tierra, por la vida, diría que ese día fue un buen resumen de la vida o de lo mejor de la vida.
miércoles, abril 22, 2020
Fiesta lejana en la playa
Como soy persona de riesgo, sólo he salido dos veces en todo el confinamiento. Las dos han sido de noche para tirar el plástico y el vidrio en los contenedores que están a dos manzanas de casa. Como tiendo a la ficción y a la fantasía y, como buen hijo de mi generación, a mirar la realidad con la perspectiva de una película post apocalíptica; los dos paseos nocturnos a reciclar se han convertido en mi experiencia excitante de la cuarentena. Me alucina ver la ciudad así. El vacío, el silencio, la quietud. Impresiona, porque ninguna de esas cosas le corresponde a la ciudad, a una ciudad tan poco quieta, tan poco silenciosa y tan poco vacía como Madrid. Las dos noches he hecho el intento de grabar y las dos veces he terminado con la sensación de que intentar grabar la ciudad así es absurdo. Básicamente porque la grabación no llama la atención. La grabación muestra una calle vacía, nada más. Algo que no es tan extraño o tan impactante. Hay miles de calles vacías en el mundo ahora mismo. Lo que impresiona es otra cosa, es la ausencia del ruido en segundo plano. El ruido que ha desaparecido es el ruido que hay de fondo en ciudades como Madrid. Anoche intenté grabar otra vez. Me desvié un par de manzanas para dar una pequeña vuelta. De camino a los contenedores, cuando iba con las bolsas cargado, había pasado un coche de policía, así que cabía la posibilidad de que durante un rato no volvieran a pasar, lo que me daba margen para desviarme dos manzanas. Saqué el teléfono e intente grabar un subjetivo de mi paseo. El vídeo es malo, claro, pero lo compartí con I, que no está viviendo el confinamiento en Madrid. I ha hecho un comentario sobre el vídeo que me ha volado la cabeza. En el video, hay un momento, que de fondo se escucha un coche pasar, eso ya da la dimensión del silencio inusual de Madrid estos días. I dice: ese coche pasando me recuerda a cuando era pequeño e iba a la casa de la abuela: ese solitario coche pasando es el ruido del Madrid de hace 40 años. Y es cierto, al leerlo, he recordado ese ruido de un coche en medio de la noche en casa de la abuela cuando éramos pequeños. De hecho era un ruido casi misterioso. Y me ha dado por pensar en la memoria sónica. Esos sonidos que son parte de nuestra biografía. No necesariamente ruidos naturales, bonitos o poéticos, pero todos tenemos un montón de sonidos que describen mejor épocas o cosas del pasado que la propia narración de aquello. Cuando vivimos en Caracas, nuestro edificio daba a un centro comercial, el ruido de los aires acondicionados era constante, nunca desaparecía, pero lejos de resultar molesto, ha terminado convirtiéndose en mi cabeza en la banda sonora de la vida en Caracas. Cuando escucho ese sonido de tubos inevitablemente viene a mi cabeza Caracas. Uno de los sonidos más marcados en mi memoria sónica viene también de Venezuela. El año que llegamos pasamos la noche vieja en un apartamento que nos dejaron en la playa. I y yo nos asomábamos mucho a una terraza desde donde se veía el mar y veíamos un club de playa que había a un lado, con una playa fascinante, de esas que te imaginas cuando escuchas la palabra Caribe. Desde ese club venía música, lejana, mezclada con un suave bullicio de fiesta mezclado con las olas del mar. Todo se mezclaba como una especie de ambiente especial , algo irreal. Supongo que potenciado porque con doce años, conocer el Caribe tiene mucho de irrealidad. Ese ambiente sonoro, esa sensación de playa caribeña, con música no fácil de descifrar, con bullicio lejano de gente se ha convertido en uno de mis favoritos en mi memoria sónica. De hecho en la mayoría de las cosas que he grabado con mi último grupo he tratado de evocar ese ruido, ese recuerdo sonoro. Lo suelo llamar "fiesta lejana en la playa".
martes, abril 21, 2020
Match point
Hay un partido de tenis entre dos pensamientos que se mueven, creo que en muchísimas cabezas, estos días. Es un peloteo largo, en el que ambos pensamientos juegan a las líneas, un punto épico de partido de tierra batida. Uno es el primer pensamiento, el que está en la primera capa de la percepción, en lo que brota sin matices, en lo que se suele tener menos fe: el catastrofista, el histerico, el caótico: ¡estamos en el fin del mundo! El otro es el más sosegado, más pausado, y parece más maduro, más racional: la humanidad ha pasaso miles de veces por algo así: ni siquiera somos lo nuevo en esto. Simplemente en nuestro permanente aislamiento de lo real, habíamos olvidado que la vida era esto: batallar contra todo lo que habita en la tierra. Y que simplemente de esto se trataba la vida en la tierra. Y en esas dos líneas basas tu día a dia de encierro. Hay horas, muchas horas que simplemente te has adaptado a esta batalla quieta que le hacemos al virus como extraños soldados de una guerra invisible. Te sientes un soldado en ese ejercito loco: el batallón de los pijamas. Hay otras horas, distintas, en las que la incertudmbre abre su boquete y se instala en signo de interrogación en medio de tu cara, interrumpido a ratos por el de exclamación: ¡La humanidad está a punto de extinguirse! ¿Qué va a ser de nosotros?Ya ni siqueira le doy valor o trato de comprender a ninguno de los dos jugadores del partido de tenis, simplemente les veo jugar. Se pasan la pelota y yo muevo la cabeza de un lado al otro, como el juez de silla. No tengo predilección por ninguno de los jugadores: no voy por ninguno. Veo al catastrofista soltar drives cruzados y le miro. Sigo la pelota, que supongo que es el pensamiento, y veo como el otro, el pausado espera, se coloca y suelta un golpe profundo. Les dejo pelotear. No es mi función ya esperar un resultado, simplemente esperar que haya un día que diga: juego, set y partido. Y sepamos, por fin, quién ganó.
lunes, abril 20, 2020
Fragilidades
La vieja es una mujer dura, con una fortaleza mental admirable, pero como toda gente fuerte, tiene determinadas fugas, zonas de fragilidad por donde está el punto de fisura de esa fuerza. En general creo que la psicología humana tiende a ese equilibrio: zonas mentales muy robustas, descompensadas con puntos muy debilitados, frágiles. Algo como lo que sucede en todo deportista, que se quiebra en algún punto preciso porque los músculos, en algún lado, descompensan sus fuerzas y sobrecargan zonas que tienden a ceder. La vida la ha puesto en una situación peculiar para llevar esta situación. Todo el confinamiento parece casi una prueba, casi un ejercicio psicológico para enfrentar e ir debilitando su zona frágil. La vieja hace el esfuerzo y medita sobre su vida. Recurre a todos sus trucos para aguantar. Hay algo que me llama la atención de la vieja: tiende al caos y no es una persona de pensamiento muy estructurado, sin embargo, como la vida la ha llevado a situaciones psicologicamente complejas muchas veces, tiene toda una estructura trabajada para no caer en la depresión. Conoce su posibilidad de quiebre y estructura todo su pensamiento para no ceder. Porque mi madre tiene miedo a ceder, al quiebre. Supongo que todos lo tenemos, pero en mi vieja es acentuado su miedo a ceder. Cuando se sufre un proceso de encierro prolongado: confinamiento, hospitalización, enfermedad en casa, la mente te suele revelar cuál es tu deseo más honesto. No esos apetitos del capricho, sino los deseos más puros, por llamarlos de algún modo. En este encierro prolongado, por ejemplo mi hija D, ha confesado varias veces que lo que quiere hacer cuando esto termine es ir al parque de El Retiro en bicicleta. La vieja dice cada vez con más frecuencia que cuando todo esto termine quiere ir a dar un paseo por una zona de la Casa de Campo idonea para caminar. Supongo que es nuestra forma más pura y honesta de libertad o de tranquilidad o de normalidad, entiendiendo como normalidad, la cosa esencial que le da sentido a nuestra vida. Espero que no pasen muchos días hasta que D pueda ir en bicicleta al Retiro y la vieja pueda caminar sola y a buen ritmo por la Casa de Campo.
domingo, abril 19, 2020
Silencio
Hay un silencio nuevo. Parece una frase estupida, pero es absolutamente real: hay un silencio que yo no conocía. El primer dia que lo sentí (¿Escuché?) fue en la puerta de casa, me estaba costando dormir y abri la puerta. Como mi casa da al patio me sorprendió el silencio en ese momento. Qué silencio tan brutal, pensé. Un silencio que pesaba. Era un silencio, por otro lado, muy agradable. En realidad sentir el silencio (¿Escucharlo?) es siempre algo agradable. Este silencio era nuevo, porqye estaba en medio de la ciudad, donde nunca había podido sentir el silencio y sin embargo estaba en medio de la ciudad, en el centro de Madrid sintiendo el nuevo silencio. No sé si será distinto el mundo cuando todo esto se pase. Lo que si es cierto es que se habrá registrado un silencio nuevo. Una forma de silencio que no existía.
El otro día fui de noche a llevar las bolsas de reciclaje. La distancia a los contenedores me permiten un pequeño paseo. Volví a escuchar ese silencio. Ese silencio nuevo. Pesa, pero no es un peso desagradable. Es un peso atmosférico. El peso de la gravedad. Me detuve. Saqué el teléfono para grabar un vídeo estático. El resultado fue desastroso, porque ese silencio no se graba, es imposible de registrar, de hecho es absurdo querer registralo. No pasaba nadie por la Calle Hortaleza. Al final de la calle, donde empieza la plaza vi una figura pasar. Hay tanto vacío que el paso de un cuerpo a doscientos metros te llama la atención. Iba un tipo con máscarilla, a paso muy rápido. Tuve un pensamiento de esos que saltan, que no sabes de dónde vienen o si te pertenecen del todo: "¿ y si el mundo, ese que parecía nuestro mundo, ya jamás vuelve?" También tuve un momento de esos llenos de fantasía o extraño realismo, me parecía estar recorriendo la ciudad como un escenario. Se había terminado el rodaje y ahora no quedaba nadie: actores, técnicos, producción. El escenario cuando se termina el rodaje. Como si nos hubieran estado rodando y el equipo técnico hubiera desaparecido y ahora nuestro mundo, estuviera siendo proyectado, como una película, en algun lugar lejano. Luego avancé un poco más. Llegué al portal. Pasó una mujer con un perro. Sentí el silencio de nuevo. Pesado y agradable, potente. El silencio nuevo, el silencio que no se puede grabar.
El otro día fui de noche a llevar las bolsas de reciclaje. La distancia a los contenedores me permiten un pequeño paseo. Volví a escuchar ese silencio. Ese silencio nuevo. Pesa, pero no es un peso desagradable. Es un peso atmosférico. El peso de la gravedad. Me detuve. Saqué el teléfono para grabar un vídeo estático. El resultado fue desastroso, porque ese silencio no se graba, es imposible de registrar, de hecho es absurdo querer registralo. No pasaba nadie por la Calle Hortaleza. Al final de la calle, donde empieza la plaza vi una figura pasar. Hay tanto vacío que el paso de un cuerpo a doscientos metros te llama la atención. Iba un tipo con máscarilla, a paso muy rápido. Tuve un pensamiento de esos que saltan, que no sabes de dónde vienen o si te pertenecen del todo: "¿ y si el mundo, ese que parecía nuestro mundo, ya jamás vuelve?" También tuve un momento de esos llenos de fantasía o extraño realismo, me parecía estar recorriendo la ciudad como un escenario. Se había terminado el rodaje y ahora no quedaba nadie: actores, técnicos, producción. El escenario cuando se termina el rodaje. Como si nos hubieran estado rodando y el equipo técnico hubiera desaparecido y ahora nuestro mundo, estuviera siendo proyectado, como una película, en algun lugar lejano. Luego avancé un poco más. Llegué al portal. Pasó una mujer con un perro. Sentí el silencio de nuevo. Pesado y agradable, potente. El silencio nuevo, el silencio que no se puede grabar.
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