Recibo un mail en el que alguien querido me narra la trascendencia de 14 minutos que por otro lado podrían haber resultado intrascendentes. La narración es emocionante, honesta y cargada de símbolos, llena de azar, destinos y posibilidades. 14 minutos que pasan relativamente rápidos pero que reverberan algunos días después y que dejan la sensación, siempre fulminante, de esas otras vidas que no alcanzamos a vivir, de las otras posibilidades de nosotros mismos. 14 minutos que pueden o no cambiar tu vida, su curso. Luego salgo a la calle, no queda nada en casa y salgo a un chino a comprar algo de pan para cenar. Camino pensando en los 14 minutos y pienso en otros catorce minutos. En fragmentos de tu vida que pueden durar esa cantidad exacta de minutos:
Una conversación con alguien que hace tiempo que no ves en una fiesta; un trayecto; la lectura de un cuento corto, la escritura de algún post en este blog, la espera de tu turno en el médico, algún polvo que ya no se recuerda, una comida solitaria en una cafetería un día de mucho trabajo a las afueras de la ciudad, la segunda cerveza de un reencuentro importante; la conversación veloz, dolorosa y traumática de una ruptura; una ducha larga un día de enorme resaca y frío exterior; las tomas de pecho de tu primera hija; un baño en el mar a solas en el que nada y el resto de tu vida cambian porque mar, corrientes y temperatura te parecen la metáfora que de repente te explica todo esto; los minutos que llegaste tarde a una cita borrada de la memoria; los minutos que tardaría en pasar el metro en aquel andén silencioso y vacío y en el que sentiste por primera vez la más profunda y exagerada soledad; escribir un mail que no envías; el aterrizaje de aquel vuelo que te llevó a la ciudad que más te ha gustado en el mundo; el silencio en el que estuviste a solas decidiendo algo que parecía trascendente; una canción profunda, hipnótica, sensacional y extraña de un grupo de nombre inexplicable; uno de los primeros besos allá con trece años; el retraso de ese vuelo en el que esperas a alguien que hace cuatro años que no ves...
lunes, julio 19, 2010
viernes, julio 16, 2010
Ojos que se mueven
.- El problema son los ojos, su ubicación inmóvil. Habría que moverlos de vez en cuando, colocarlos en otras partes, en otros ángulos. Por ejemplo colocarlos de vez en cuando en los omoplatos. Ver el mundo desde ahí, desde esa perspectiva que jamás tenemos, la parte de atrás. Es tan dictatorial siempre ahí, siempre delante, siempre a la altura de los ojos. Moverlos otras veces a la altura de las rodillas. Ahí, en esa parte del cuerpo que todo sobrevuela a ras de suelo. El problema es que siempre hablamos desde aquí, desde esta única perspectiva privilegiada, es cierto, puesto que está en la parte alta; pero serían otras visiones, otras formas. Los ojos a ratos en los omoplatos. Caminar y ver lo que sucede por detrás, ver que dejamos en vez de lo que viene. No anticiparse sino rememorar, comprender a paso dado. Habría riesgos, claro. Tropezaríamos con las aceras, cruzaríamos peligrosamente los semáforos, pero sin embargo comprenderíamos como fue el camino que hemos ido recorriendo. O los ojos en las rodillas, ahí abajo donde se cocinan tantas cosas, ahí donde se hace el giro para el siguiente paso. Ver el camino más de cerca, observar de cerca las irregularidades del trayecto, las texturas de por donde vamos caminando. O más abajo aún, colocar los ojos en los tobillos o en los talones. Colocarlos otras veces en las manos. Coger las cosas y ver tan de cerca que es eso que estamos cogiendo. Sin embargo nada es móvil salvo el completo. El cuerpo se mueve en bloque pero no es móvil por partes. Todo variaría porque la vista sería otra. Pensamos todo desde esta altura, desde esta visión. Propongo mover nuestros ojos para mirar desde otros puntos de vista, pero no ya tanto intelectuales, racionales, sino físicos. Ver desde los dedos, desde la coronilla, desde las nalgas. Girar la visión y seguramente obligar a desplazar la percepción y por lo tanto el pensamiento. Hagamos pues el esfuerzo de pensar como si moviéramos los ojos de sitio. Pensemos con los ojos en las nalgas, en la punta de los dedos, en algún lugar remoto de la extraña geografía corporal.
jueves, julio 15, 2010
Avispa
Escuchó un perro ladrar a lo lejos, una brisa levemente fresca atraviesa el espacio en el que estoy ubicado. He dejado unos segundos en los que parecía que no estuviera ocurriendo nada. Hay un instante al final de la tarde en verano en el que el tiempo se mueve de un modo radicalmente distinto o apenas se mueve, y sin embargo notas que el sol va decreciendo con más velocidad que a lo largo del día. Son las horas en que más cambia la luz. Se va de la luminosidad absoluta hacia la noche. He cerrado los ojos, he imaginado un espacio abierto, inmenso. Tiendo a imaginar espacios abiertos, casi de paredes blancas o paredes que no son paredes porque eso que veo como blanco en realidad se puede atravesar. En una ventana a lo lejos hay colgadas unas sábanas que a ratos se mueven poquísimo, seguramente impulsadas por esas brisas invisibles que tanto se agradecen. A mi lado hay una flor blanca. Más allá las sombras de otros edificios. He pensado en gente que hace tiempo que no veo. Estarán por alguna calle de la ciudad ahora mismo o quizá pensando en cualquier cosa, están, viven sin embargo la gente que no vemos, que no percibimos cerca parece que habitan en un mundo que no es del todo este. Eugenio, por ejemplo. Eugenio andará ahora por Madrid, o estará en su casa esperando a que pase el calor, pero si pienso en Eugenio no lo percibo en esta realidad, está en otro lado, en una dimensión paralela, en un lugar que está y no está aquí. Está en otro verano o a lo mejor soy yo el que está en otro verano, en otra hora. En esta hora lenta que cae y sigue, que todo se detiene y avanza. Oigo una avispa, pasa y sigue. Poco después ese sonido vuelve a escena. Pienso entonces que me gustaría una canción que se llame avispa. Esos son los significados de ciertos títulos, Avispa a secas para mi puede ir ligado a este momento laxo, quieto, pacifico; sin embargo podría haber tantas lecturas en un título como avispa. La avispa sigue su vida y yo sigo la mía, ambos nos quedamos en este instante no detenido pero que podría parecerlo. No hay instantes detenidos salvo en las fotos, que asaltan y detienen algo que realmente jamás sucedió, porque nada se queda tan quieto, sin tiempo. El vuelo de la avispa nunca estuvo quieto. Sin darme cuenta tarareo un coro repetitivo. Los sonidos van y vienen. El perro ya no ladra. Las sabanas siguen moviéndose aleatoriamente por esa brisa que pasa y vaya a saber uno donde es que va y muere. Todo se detiene, pero cuando me fijo la luz ya no es la misma que hace unos minutos. Y mientras tanto; mientras tanto Eugenio.
No fin
No engañemos, esta historia no tendrá final feliz. No será un final triste, pero no terminará donde apetecería por los acontecimientos ocurridos. Realmente esta historia no tendrá un final, si lo tendrá físicamente. Habrá un momento donde la historia escrita, en texto, no continúe, pero su trama, su evolución seguirá, avanzará hacía ese limbo de las cosas sin resolver, de las cosas que se quedan, las historias que continúan de otro modo. Esta historia por lo tanto acaparará un trozo breve de un encuentro, será una sinopsis, porque todas las historias, por esencia son una sinopsis. La historia arranca en una calle cualquiera de una ciudad cualquiera, con tráfico, con gente que va de un lado a otro. En los edificios hay gente trabajando, reuniones, conversaciones, gente que ve a media tarde la televisión, señores que despiertan de la siesta, niños que juegan con un conejo blanco, parejas que hacen el amor, alguien que escribe algo que jamás será leído, un tipo que avanza en un proyecto ilusionante, gente que abre la puerta de casa, gente que sale y la cierra, alguien que mira el reloj, gente que lee un libro del que olvidará la mayoría de su contenido, dos chicas que hablan de un futuro hipotético, fumadores aplastando su cigarro contra un cenicero repleto de cenizas. Estamos en una calle cualquiera y una chica detiene un taxi. En ese instante, en el instante exacto en el que se sienta y dice la dirección de destino, piensa que de algún modo todo se ha podido detener. El taxi avanza por calles llenas de edificios donde van ocurriendo más cosas. Es media tarde y a media tarde el mundo puede ser infinito, hay quien come algo porque no ha comido en todo el día, hay quien cierra los ojos y piensa en el verano, hay quien firma un contrato, hay quien habla de comisiones, quien habla de futbol, quien piensa en Andrés Iniesta. El taxi, la chica y el taxista, evidentemente son ajenos a todo eso. Ella sin embargo no deja de pensar que el azar es inquietante, porque cabe la posibilidad de que el amor, en su forma más platónica, en su forma ideal, se esconda en un taxi. A ella le gustaría en ese momento que el destino, el del taxi y el de su vida, no llegarán a esa dirección que ha indicado. Le gustaría que ese taxista agradable, dulce y con el que siente que tiene mucho que ver siguiera más allá, que saliera de la ciudad y siguiera y siguiera hablando el taxista al que ya le pondría nombre y el que manejaría ese destino agradable hacia una dirección inventada, hacia su propia dirección. No obstante el taxi alcanza la calle y el número exacto de esa calle. Ella extiende el billete y siente que lo sensato sería no bajar del taxi, hablar con ese tipo, invitarle a cenar. Resulta que no, que si baja y que el taxi se pierda y se entrega a ese azar que es la ruta diaria del taxi. Alguien levantará la mano en otra acera, en cualquier acera donde hay más edificios y dentro de esos edificios sucederán otros destinos, otras medias tardes. Ella pensará que el taxi se larga como se largan tantas cosas. Seguramente durante semanas cada taxi que pasa se convierte en la posibilidad de un reencuentro, pero hay miles de taxis, hay miles de trayectos y es inabarcable las opciones que hay para que coincidan de nuevo en otro trayecto. Atravesando calles con edificios donde hay gente que oye música, que se rasca la piel, que orina, que escribe mails, que dibujan, que tocan instrumentos, que estudian, que se perfuman, que se visten, que se desvisten. Así, sin final posible, porque esta historia acaba aquí, pero realmente continúa. Otra historia inacabada.
miércoles, julio 14, 2010
Los cuatro de la plaza
Yo me reuní con ellos a las siete en el banco. La plaza a veces recuerda a un barco, un barco que atraviesa un mar complicado de entender, un barco que atraviesa un océano de asfalto y cemento. Ellos seguramente llevaban desde algunas horas antes en el banco. La ubicación en el banco es casual. Bingo en el lado derecho mirando hacia la estatua; Perú a su lado, con la mirada siempre incrustada en el vacío, en ese lugar del aire donde no sucede nada o donde él ve suceder muchas cosas que nadie más ve; Seguido a Perú va Scott; Después de Scott me senté yo. Luego dejamos pasar las horas en la plaza mirando la gente sentada en las terrazas pidiendo cervezas, gin tonics y refrescos imposibles. En las terrazas se sientan divorciadas que manejan torpemente la libertad de media tarde, señoritas con trapos delicados, cocainómanos de oficina, creativos de slogans, homosexuales con banderas y modernos. Miramos desde el banco el desfile anárquico de los atardeceres de verano y apenas hablamos. Miramos a dos niños que juguetean entre las mesas y dibujan una línea que parece un dinosaurio en el aire. Cada ciertos minutos Bingo grita un número. Un sólo número: El 34. Y calla. Perú mantiene la mirada ajena a cada realidad de esa multiplicación exagerada e imposible de realidades. A veces no miro las terrazas de la plaza, a veces sólo pienso en como hemos terminado los cuatro en el banco. Perú dijo, una de las pocas veces que habló, que llegó de Lima hace cinco años; por eso le llamamos Perú. Duerme en la plaza o a veces baja al metro y se esconde en un hueco que hay en la entrada del túnel dirección norte. Bingo dice que todo sucede por azar, que el llegó ahí por que así salieron los números, así se cantó la línea. A mi me parece que Bingo tiene acento de otro lugar pero dice que el nació en la plaza. Duerme en el parque, en un árbol frondoso y bajo, dice que seguramente ese árbol sea el bombo universal, que ese árbol contiene los números y que a cada rato van cayendo. Scott dice que era rico, yo le creo a veces. Habla de Londres, de fiestas elevadas, de formas de vida que sólo se han leído. Que salió de Londres porque Londres se cubrió de repente de lava, una lava espesa que no soportó. Que dejó todo, una vida repleta de placer. Que terminó en la plaza porque le agradó. Duerme en un cajero. No hablamos mucho, pero nos hemos ido cogiendo cariño. Finalmente somos marineros en ese barco plaza, en esa plaza en el medio del mar, ese mar imposible y profundo que es esta ciudad. Me gusta pensar que navegamos mar adentro, hacia la línea de sombra.
martes, julio 13, 2010
Un helado de fresa y nata
La tipa no es atractiva. Parece extranjera, seguramente inglesa. Es alta, delgada, la piel blanca, muy blanca pero no pálida. El pelo oscuro, bastante negro. Va vestida de acuerdo al clima terrible de esta ciudad un día de julio a las tres de la tarde. El calor domina cualquier sensación. Todo sucede debajo del calor, el resto de percepciones viven allí abajo, en un lugar remoto de la piel. La inglesa pasa ajena al resto del planeta, su mirada va perdida, porque seguramente cuando rozamos la felicidad nuestra mirada no mira, se olvida de lo demás. Sólo desvía los ojos cada ciertos segundos a la cima de eso que le proporciona ese admirable estado de felicidad fugaz: Un helado de cucurucho. A mi el acontecimiento me atrae sobremanera. No es en la metáfora sexual de su lengua recorriendo el helado. No. A mi lo que me sorprende es esa felicidad agradablemente glotona que posee esa tipa de aspecto simpático. Ella no me ve, no ve nada, sólo saborea. Camina ajena, casi levitando porque su vida se sostiene en ese helado de dos sabores que chupa con glotonería. Hay en su felicidad algo que me hace feliz. La miro pasar mientras yo, a su vez, sigo mi camino. La veo venir a pasos animados, el bolso colgando en un lado, las sandalias pisando firme la acera. Todo se ha detenido para la inglesa y para mi en ese cucurucho, en ese helado fantástico. No es atracción, no es deseo, no es la sencillez de un labio y una lengua recorriendo esa forma fálica de sabor a fresa. La tipa no me despierta eso, la tipa me proporciona una leve sonrisa con esa simpática ansiedad que recuerda a los niños, a las cosas que se hacen sin tapujos, sin filtros. La felicidad está en un helado, tan sencillo como eso. El resto, el resto es relativo, tan relativo como la duración de la solidez de un helado a 39 grados a la sombra. O quizá es eso, quiza la felicidad, como todo, sea algo que permanentemente se derrite, por eso la inglesa recorre y camina con glotonería, no vaya a ser que se derrita ese cucurucho de fresa y nata.
lunes, julio 12, 2010
Andrés
Recordé partidos de patio de colegio. Recordé equipaciones de equipos de chapas hechos a mano. Recordé un gol que marqué delante de una de mis primeras novias. Recordé alinaciones que aprendí de memoria, jugadores que admiré y se diluyeron con todo, con el tiempo, con el recuerdo vano de la gloria de una olvidable jugada en la banda. Recordé selecciones italianas. Recordé partidos a media tarde que viví como si me fuera la vida en ello. Recordé un gol que hice desde el medio campo, con fortuna, porque el fútbol se mueve en ese terreno, en el de la fortuna, en el del indescifrable azar y en el talento artístico de un osado que regatea a siete ingleses. Recordé disparos al palo, penaltys no pitados, jugadores que yo hubiera convocado. Alineaciones que inventé. Recordé mi primera tarde en un estadio. Una canción brasileña. Mundiales en cuartos. Recordé otras cosas. Esa frivolidad y dramatismo que encierra un partido de futbol. Por supuesto que pensé que el futbol es raro, inexplicable, un juego, pero explosivo, tenso, cinematográfico. Todo eso y algo más salió mientras Iniesta, mi jugador favorito, marcó el gol más hermoso que vi y veré el resto de mi vida. Gracias Andrés. Durante doce segundos conocí el extasis.
martes, julio 06, 2010
Nubes
Tampoco soy de los que se fija mucho en el cielo, en los amaneceres o en las lentas retiradas del sol en verano. No tiendo a ello, no suelo mirar. Soy bastante mas terrenal, no tengo esos sentimientos poéticos de admiración hacia los acontecimientos cotidianos. Puedo comprender que hay atracción o belleza en esas contemplaciones pero a mi nunca me da por alzar la vista y dejarme llevar. Bien visto el cielo está ahí a cada rato y lo que puede ser interpretado como poético a mi no me parece más que un acontecimiento de clara explicación científica y que tiene multiples funciones. El cielo no más. Sin embargo aquella mañana algo me hizo abrir las cortinas y mirar arriba, como si lo supiera. Yo no creo en que a uno le dicten o le digan hacia donde dirigirse. No hay caminos preestablecidos de antemano. Corrí las cortinas, creo, porque había bebido mucho la noche anterior y no me gusta ese olor que impregna la habitación los días de resaca, abrí la ventana para airear, para sanear ese ambiente cargado y de olor molesto y levanté la vista por alguna razón que, claramente, ahora no recuerdo. Miré y en la primera impreisón ya sentí el golpe de lo extraño, de lo diferente. Observé unos segundos sin comprender. Las nubes eran de formas muy rectas, muy geométricas, muy racionales. Las nubes pasaban a ritmo constante y parecía un tetris aéreo: Rectángulos, trapecios, hexágonos, pentágonos. No había ni una sola nube con forma amorfa, irregular. Cada una de ellas era de líneas rectas, ángulos exactos. Ni siquiera circunferencias. Todas pasaban rítmicamente, como parte de un pentagrama delirado. Allí iba el hexágono amplio seguido de un cuadrado perfecto. El acontecimiento era hermoso, potente, pero desconcertante. ¿Qué eran todas esas nubes? ¿Por qué esa forma? Me vestí rápido, no me duché a pesar de la resaca. Algo había que me había alterado en aquello. Salí a la calle. Todo estaba igual. Las aceras con su gente caminando ajena a ese extraño espectáculo. Alcé la vista y allí seguía aquel carrusel de formas, aquellas nubes regulares, perfectas, geométricas Corrí de un lado a otro, buscando sin saber muy bien que buscaba. Miré, traté de descifrar si había continuidad en aquello, pero la secuencia no era regular: Hexágono, pentagono, rectángulo, pentágono, triángulo equilátero, triángulo, cuadrado, hexágono. Jamás había una continuidad, una repetición secuencial. Luego me dejé llevar por la teoría de que quizá era una sola línea, una sola secuencia sin repetición. No había patrón. Pensé que aquello era un mensaje a descrifar y traté de interpretarlo. Cabía la posibilidad de que los triángulos fueran adverbios y los hexágonos verbos, quizá los rectángulos fueran adjetivos. Miré, miré muchas horas. Anoté. No saqué nada en claro, salvo que aquello era desconcertante y llamativo, extraño, muy extraño. Caminé, nadie miraba hacia arriba. Saqué mi cuaderno mil veces. Saqué muchas reflexiones, ninguna contundente. Pensé en un mensaje en el cielo, pensé en un extraño fenómeno meteorológico, pensé en el apocalipsis, pensé en mi razón. Llegué a un parqué, compré el periódico para ausentarme de aquel acontecimiento obsesivo que estaba sobre mi, encima de mi cabeza. Leí la noticia, la foto del alcalde orgulloso, la plana mayor del ayuntamiento: "Hoy entran en funcionamiento las nuevas nubes" decía el titular:
Ayer se instaló y se dio inicio al aparataje comprado para la nueva tecnología de nubes. Un novedoso sistema de creación y formación de nubes. El alcalde inauguro la sofisticada máquina lanzando la primera nube sobre la ciudad "He lanzado un pentágono, que es mi figura favorita". Desde hoy se podrán ver sobre la ciudad las nuevas nubes geométricas.
Ayer se instaló y se dio inicio al aparataje comprado para la nueva tecnología de nubes. Un novedoso sistema de creación y formación de nubes. El alcalde inauguro la sofisticada máquina lanzando la primera nube sobre la ciudad "He lanzado un pentágono, que es mi figura favorita". Desde hoy se podrán ver sobre la ciudad las nuevas nubes geométricas.
lunes, julio 05, 2010
Sombra
También somos nuestra sombra. La sentencia no es pretenciosa o un amago de poesía. Es real, como nuestra sombra, como nuestra proyección. Yo viví pocos meses en aquella habitación estrecha, de poca luz y que daba aquel patio húmedo al que daban otras ventanas, otras habitaciones, otras sombras. Recuerdo la noche que la vi por primera vez, yo había llegado poco antes a mi habitación y fumaba por la ventana, entonces enfrente, un piso por encima se encendió la luz y se proyectó una sombra sobredimensionada, de tamaño casi gigante pero no proporcionado con lo real. Deambulaba aquella sombra por paredes inaccesibles, se giraba, aparecía, crecía, decrecía y se esfumaba por la esquina de una pared que no alcanzaba a ver completa. Aquella primera noche algo me atrajo pero no fue más que el principio. Vinieron más noches hasta convertirse en acto. Esperaba atento a que aquella luz iluminara el patio y apareciera aquella sombra que fui conociendo, que fui trasladando y traduciendo a una imagen que me fui prefigurando. Aquellos hombros que sostenían una cabeza redonda, de cabello largo. Aquella sombra que iba y venía y que jugueteaba por la pared sin aparente sentido. Aquella sombra que se desvestía y formaba unas curvaturas excitantes en el pecho. Negro sobre blanco: Sombra, perfil, sobre aquella pared iluminada con bombillas de baja intensidad. Noche tras noche fumando en el patio esperando aquella sombra que al final se desvestía y terminaba completando unos contornos que me fui aprendiendo de memoria. No había mas que el contraste extremo, contornos y relleno sin detalle salvo las curvas y líneas que rellenaba mi imaginación con esmerada y deliciosa precisión. Su sombra, ella para mi era su sombra. Ella era una sombra, nada más que la sombra. Noche tras noche esperando la aparición, la sombra del deseo, porque llegué a desear aquellos contornos precisos, honestos, reales. Noche tras noche la sombra que se quita la ropa y que tatúa una figura deseable en la pared. Luego llegaba la mañana, la hora en que las sombras son menores o se ocultan y todo sucede en horarios y oficinas y las sombras no se ven, las escondemos no se sabe muy bien donde, pero al final llegaba la noche y se encendían las luces, las bombillas, las lámparas de las mesillas de noche y aparecen las sombras íntimas, las que nadie conoce, las que nadie ve en otra pared más que la pared y ella aparecía. Por las mañanas busqué caras, cuerpos en la calle, a la salida del portal ¿Que otra figura correspondía con aquella figura, con aquel contorno? Pero ninguna correspondía. Ninguna era tan precisa, tan hermosa como su sombra, aquella sombra hermosa. Tantas noches miré, tantas noches bailaba aquella sombra en aquella habitación del patio y jamás correspondía ninguna figura con la que me cruzaba de día con aquella sombra que se proyectaba en la habitación del piso de arriba en el patio por las noches. Algunas veces deseé ser jirafa, estirar mi cuello por el patio y poder ver aquel cuerpo que generaba aquella sombra. Así hasta que encontré la solución: coloqué minuciosamente una lámpara para proyectar mi sombra hacia arriba y tratar de entremezclar aquella sombra enigmática con mi sombra y así fue. La lámpara la puse en el suelo y alargó mi sombra hacía el piso de arriba, giré varias veces hasta ubicarla donde se colaba torpemente en aquella pared inaccesible y entonces como cada noche apareció la sombra y mi sombra miraba y esperaba y como tantas noches la sombra se fue desvistiendo y marcando precisa al lado de la mía y ahí nos fuimos entremezclando haciendo una sola sombra grande, imprecisa variable, que se volvía mil formas: Las dos sombras se volvieron una pero mil sombras. Por eso también somos nuestra sombra, claro que lo somos.
martes, junio 29, 2010
Cristal
A mi me parecía que todo se había vuelto de un modo ciertamente cristalizado. Si levantaba la vista hacia lo lejos las cosas se convertían, se cubrían de esa leve deformación, los perfiles se modificaban y todo se convertía en algo lejano e inalcanzable. Además que aquel cristal invisible tendía al azul pero ese azul que apenas se nota. Hay un azul que parece que no está. Todo estaba cristalizado en ese momento, como cristalizado era, en cierta forma, lo que iba sucediendo alrededor. En la mesa de al lado unos belgas hablaban de un modo cristalino, sus voces estaban sostenidas por un muro de cristal. Llegué a pensar que entre mi mesa y el resto del mundo había un muro inapreciable de cristal. Me levanté y al contrario de ese conclusión el muro pareció venir conmigo. Anochecía y caminé por aquellas aceras poco transitadas, algunas luces de coches pasaban de un lado al otro y mi cristal transformaba los destellos en círculos que recordaban a las perlas, perlas rojas, perlas verdes, perlas de humo. Levante la veista, a lo lejos un reloj anunciaba la noche. En esa ciudad anochece tarde en verano y el calor es leve. Recuerdo en ese instante una triste balada que fue un éxito comercial, basada en unas guitarras que se resbalaban y una voz profunda y nostálgica. Aquella canción te desplazaba a otra lugar, a un lugar detrás de un cristal. Pienso en ese instante que quizá aquel americano compuso esa canción en un día que vio todo tras otro muro de cristal y su canción, a su pesar, traspasó el cristal y terminó sonando en radiofórmulas. Tarareo entonces aquella guitarra triste y recuerdo que aquella canción salió en una película sórdida o en una escena sórdida. Llego a un cruce, pasa un taxi negro de izquierda a derecha lo debería haber parado porque seguramente me hubiera sacado del muro de cristal pero decido otro destino. Camino de frente, me cruzo con un grupo de jóvenes famélicos, avanzo hacia el río, me cruzo con una chica vestida de azul turquesa que mira hacia el cielo pensando que quizá esa noche llueve, entonces yo pienso que lo sensato sería no ir al río, no traspasar el muro de cristal pero no me obedezco porque de algún modo mis pensamientos racionales vienen desde el otro lado del muro. Veo pasar un coche verde, de dimensiones desconcertantes y un extraño efecto visual me hace creer que no lleva conductor. Cuando llego al río pienso en alguna película, pienso en que es extraño llegar a ese río una noche de verano. Veo la ciudad desde ahí, incrustada al otro lado del cristal. Hubiera saltado, hubiera dado el brinco y me hubiera dejado hundir, pero en ese instante veo a dos chicas en el otro lado del puente y pienso que quizá todo sea un asunto más básico. Bebo durante horas, el cristal aumenta en grosor. La mañana siguiente, sin embargo, ha desaparecido.
domingo, junio 27, 2010
Egeo
Llegué a aquella pequeña isla un día caluroso de verano a mediodía. Recordé un cuento leído en la post adolescencia, imaginé esos paisajes y sus habitantes tres mil años antes, percibí el tiempo de una manera portentosa, como si al pisar esa isla hubiera rozado una piedra que te otorga una conciencia cósmica y reveladora, la vasta e inexistente capa del pasado. Caminé por el pequeño puerto, pregunté por habitaciones y me detuve en un café a beberme una cerveza. La cerveza estaba fría y me pareció milagrosa. Pagué y seguí andando. Un poco más adelante entré en una casa con un letrero que anunciaba en mal inglés que se alquilaban habitaciones baratas. Me gustaba la idea de habitar en un casa y no en una posada para turistas. Toqué, salió una mujer mayor. La conversación fue torpe y no me llevó a nada, salvo a comprender que cerca del puerto era complejo encontrar sitio libre. La mujer me explicó que en el otro lado de la isla las cosas eran más sencillas. Salí, caminé y en el puerto alquilé, en una tienda indescriptible, una moto amarilla. Encendí la moto y comencé a recorrer las carreteras de la isla. Durante mucho rato sentí que la vida tiene instantes sublimes y mi viaje en moto por aquella isla me pareció uno de ellos. Seguí las indicaciones recibidas y llegué, finalmente, a la parte Sureste de la isla. No era exactamente un pueblo, sino un conjunto algo desperdigado de casas unifamiliares. Llegué a una que daba a todo el mar, el Egeo se expandía como un cosmos, como una metáfora brillante del tiempo. Bajé de la moto, toqué un timbre. Abrió un hombre, le pregunté por habitaciones, casi sin contestar me invitó a pasar. Subimos unas escaleras, abrió una puerta y me enseñó la habitación. Unas vistas imponentes y una luz inmensa me hicieron aceptar de inmediato el precio algo elevado. Dejé la mochila y el hombre salió. Miré mucho rato por la ventana. El mar, el mar. Miré mucho rato el agua, sus reflejos. El misterio evidente del mar. Me cambié. Bajé y pregunté por una buena excursión al silencioso dueño. Me indicó torpemente un camino a seguir que daba al faro. Salí. La zona estaba silenciosa, vacía, el calor era fuerte pero yo tenía ganas de entregarme a todo aquello. Seguí un camino paralelo a un acantilado. El mar reventaba abajo y pensé que lo hacía desde el principio de los tiempos, la reflexión me produjo una sensación abstracta de gigantismo, de espacio inabarcable. Aquellas olas reventando cada pocos segundos desde tiempo inmemorial. Seguí caminando. Alcancé el faro. Había sentada una pareja silenciosa. Ambos miraban al frente, no hablaban. No supe si saludar o sentarme algo más separado. Pasé de largo y vi que el faro tenía una puerta de acceso abierta. Entré. Subí las escaleras de caracol. Olía a humedad. Llegué arriba, sorpresivamente, allí había una mujer. Saludé, ella contestó el saludo. Miré de reojo sus piernas, su trasero y dirigí luego la vista al frente. Me quedé absolutamente fascinado con la vista. El mar de nuevo, el mar que nunca es el mismo. La mujer entonces habló, me dijo que aquella era la punta más al sur de la isla, luego contó algo enigmático sobre un hombre que habitaba allí y que estaba obsesionado con transformar el faro en el centro del universo, luego dijo que ya nadie venía al faro porque había mucha gente que creía que daba mala suerte y que incluso había quien quería tirarlo, pero que sin embargo había otros que lo querían proteger porque tenían la extraña teoría de que el faro protegía a la isla del mar, que sino fuera por el faro la isla estaría hace tiempo hundida, enterrada bajo ese mar. Le pregunté que a que vertiente pertenecía ella y me contestó que a ella le daba igual una teoría y otra, que a ella el faro la hacía feliz, que era el único sitio donde era feliz. La mujer aparte de deseable tenía un tono de voz casi hipnótico, amable, dulce. Estuve tentado de ponerme seductor, intentar sacar una cena para esa noche, un paseo nocturno con ella, pero no me dio tiempo, se giró, dijo buenas tardes y se fue. Me quedé en el faro, la vi ir por el mismo camino que había venido yo. Luego volví a mirar el mar. Mucho más tarde volvía a la casa, a mi habitación, toqué el timbre. Me abrió el hombre silencioso, al abrir la puerta vi, en el fondo del pasillo a la mujer del faro. Entré, saludé. El hombre me la presentó y ella actúo como si jamás me hubiera visto. Subí a la habitación. Me duché. Me quedé mirando desde la ventana la caída de la luz. Me vestí, escuché ruidos. Me quedé quieto. Estaban haciendo el amor. Siempre me resulta extraño escuchar los gemidos de una pareja haciendo el amor. Me puse los zapatos y pensé en salir, sin embargo, algo morboso me incitaba a seguir escuchando los gemidos de ella, imaginé sus piernas, su rostro de deseo y placer, un filtro curioso eliminaba los gemidos del hombre, lograba concentrarme sólo en los de ella, algunos segundos después conseguí deshacerme del imán y salí de la habitación. Bajé las escaleras. Salí de nuevo. Encendí al moto y me fui a buscar algún lugar para cenar. Recorrí al azar algunas rutas hasta que llegué a un pueblo en la parte alta de la isla. No daba a la costa y había más movimiento de turistas. Me senté en una terraza, pedí una ensalada y una cerveza. Terminé charlando con una gente que vivía en la isla. bebí con ellos en unos bares peculiares. Mucho rato después me preguntaron donde dormía, contesté. Me dijeron que estaba loco, que esa pareja era complicada, que el era un tipo violento y que ella era extraña, que estaba muy desequilibrada, que mejor dejara aquella habitación al día siguiente y me fuera a su posada. En medio de la borrachera dije que si, sabiendo que no lo haría, había algo allí, en aquella casa que me agradaba y aquellos comentarios me parecieron chismorreos de pueblo. Volví por la carretera oscura, muy borracho. Llegué a la casa. Abrí y toqué, era muy tarde pero no tenía llaves. Me abrió ella. Saludé. Ella fue amable, me preguntó donde había cenado, que si me estaba gustando la isla. Yo estaba bastante más borracho de lo que había sospechado inicialmente y le dije que sobre todo, lo que más me atraía de la isla era ella. Se quedó quieta y sonrió, se giró y dijo buenas noches. Subí rápido. Me tumbé en la cama. Pocos minutos después les volví a escuchar haciendo el amor. Sus gemidos eran algo más altos que los de la tarde. Creo que me quedé dormido. Soñé con un mar que devoraba hierros. Por la mañana sentí un terrible pudor, una verguenza profunda. No quería cruzarme con ella, pero tenía que salir. Bajé. Estaba sólo él. Saludé, no me contestó. Volví a subir, cogí la mochila, guardé todo y volvía a bajar, le pedí la cuenta. Me miró desagradablemente, me dieron ganas de matarle o como poco escupirle. Entró en la cocina y salió un recibo absurdo que acaba de escribir. Metí la mano en la mochila buscando la cartera pero fue en ese momento que lo decidí, saqué la pistola y le metí tres tiros en la frente. Cayó de lleno, en la caída se golpeó con la mesa. Le miré unos segundos. Sentí que le había hecho un favor a la humanidad. Ella entró en ese instante. Me miró aterrorizada desde la puerta. Pasé a su lado, un lágrima recorría su cara. Tuve ganas de besarla. ella salió corriendo hasta su marido muerto. Yo salí, encendí l moto y volví al puerto. Dejé la moto, pagué el alquiler y me monté en el primer ferry a Atenas. En el Pireo hacía un calor del infierno, allí me encontré con Vladimir. Las cosas han empeorado desde entonces.
sábado, junio 26, 2010
Hombre frente a la inmensidad
No hay entradas. No es verdad que la vida sean caminos que se abren y nosotros decidimos por cual ir. No hay direcciones. Lo que se abre es una inmensidad, no hay nada trazado de antemano. Hay una inmensidad en la noche. Todo está abierto. Bien mirado no hay norte ni sur, eso son acuerdos. De primeras ni siquiera tenemos eso. Luego, si aceptamos el juego, vamos nombrando para no sentir que la inmensidad nos devora. Esa es otra gran mentira: la inmensidad no devora, el que te devoras eres tu a ti mismo. Así que lo que tenemos es amplitud, amplitud sin límites en todas direcciones y movemos los píes sin saber, nada más, que al final sólo nos espera nuestro propio fin, lo demás no es más que nuestros pasos sobre la arena sólida de ese terreno infinito. Las opciones por lo tanto son inabarcables para la decisión. Así que el primer paso es casi aleatorio y ese sin embargo es el que decide el resto de la ruta. Primera huella, ha comenzado el resto del camino. Curiosamente después del primer paso suele aparecer la duda, el temor a la equivocación. La equivocación suele ser el temor a ella. Es ahí cuando los pasos te deciden, no tu a ellos. Asumamos quienes somos, nuestras huellas, nuestro rastro, esa ruta invisible e inexistente que somos. Sólo hay inmensidad. lo demás lo decidimos nosotros.
miércoles, junio 16, 2010
lunes, junio 14, 2010
Uno
De momento no tengo nombre. Tampoco se muy bien cual es mi función. No tengo espejo, jamás lo tuve, si por jamás entendemos ese tiempo que va desde la primera frase de mi existencia; por lo tanto no se como soy, como son mis rasgos, mi perfil, mi nariz, mis pómulos, mi mirada. Tengo un pasado ambiguo, como ambiguo es mi presente. Avanzo repleto de dudas, sin ninguna definición. Mi existencia se reduce a esto. Realmente aspiro a poco. Me valdría con un nombre, incluso con un mote, un pseudónimo. Eso estaría bien para empezar, poder ser nombrado y nombrarme. Un poco de biografía: Nací en tal sitio, en tal fecha. No me hace falta saber quienes eran mis padres o en que condiciones nací, ahora me bastaría con algunos datos básicos, casi lo básico para rellenar el documento de identidad, porque mi identidad, hasta el momento es apenas perceptible, poco más que nada. Saber, por ejemplo, a que me dedico. Saber si tengo profesión: Médico, albañil, cobrador de frac o espía. Aunque se que nada de eso me será dado. Caí aquí, eso es lo único que se, caí aquí como una piedra que se desprende y rueda hacia abajo. Caí en medio de esto que aún no se sabe que es y por lo que sospecho jamás se sabrá. Lo más que tengo son estas dudas que son todo lo que me describen. Soy la duda de lo que soy. En eso se basa, creo, esta existencia que me ha sido dada no se si por azar o por un destino preestablecido. Caí aquí como gota de lluvia. Soy esa gota inapreciable entre millones de gotas que se suman y hacen charcos o esos riachuelos corriendo hacia abajo, entre obstáculos naturales, abriéndose paso entre accidentes geográficos. Soy esa gota o esa piedra que se desprende de la gran roca. Poco más. Un destino no elegido me trae hasta este texto del que soy personaje y en el que nada se sabe y nada se sabrá de mi. Soy el invisible, el anónimo, el indefinido que se esconde tras estas palabras que no van ni vienen. Soy el personaje principal de esta gran duda de lo que soy. Fui, soy y seré este texto y nada más se sabrá de mi. Aunque bien visto, siendo optimistas algo se sabe de mi, se sabe que no se nada. Se sabe que fui creado allí en el "De momento no tengo nombre" y que mi existencia avanza en ese gran mar profundo. Soy esto, no tengo más, no soy más y aquí concluyo.
sábado, junio 12, 2010
Relativo
A mi me gusta la sentencia desgastada del todo es relativo. ¿Me entiendes? A mi siempre me da por pensar en esas cosas, en las percepciones, en las diferencias. Hemos pasado hace unos minutos por tu portal y para ti tu portal es el portal, ese espacio que abre y cierra la intimidad de ti y de tus vecinos diariamente y sin embargo hemos pasado el portal y a mi me era ajeno, otra cosa, el escenario extraño de una película inclasificable, una trama entre suspense y misterio con toques paranormales. El portal, incrustado en esta avenida gigante para mi es un hueco, un orificio a esto de aquí, sin embargo mientras hablamos, a mi no me resulta ajeno ese bullicio, el portal ha sido un poco una frontera entre esa sensación profunda de anonimato y esto, tu lámpara que da luz suave, tus pies sobre el sofá. Entiéndeme, yo llegué anoche aquí y tengo percepciones confusas. Esa avenida es gigante y traga. Esos edificios disparados hacia el cielo y de repente hemos pagado, nos hemos bajado y hemos ascendido esas escaleras y tu has abierto la puerta y yo he pensado en que ese rito es diario y sin embargo para mi todo es tremendamente ajeno, y no ya sólo ajeno sino algo casi incomprensible, acompañado de sentirte desubicado, en una ciudad desconocida, en una acera que jamas has visto. Todo es relativo, estamos frente a frente. Tu casa, tu en tu cotidianeidad y para mi, esa ventana ofrece una vista desconcertante. Para mi es rara esta ciudad, ese gigantismo, esa inmensidad. SIn embargo todo se reduce a tus pies sobre el sofá, a tu mano apoyada en la mejilla. ¿Tienes sueño? ¿Quieres dormir ya? Yo me iré, saldré por el portal, por tu portal por donde tu sales cada mañana al mundo y todo será poco real. Miraré esos elementos que te colocan en lo cierto, las puertas del ascensor, los buzones con nombres de gente que jamás veré, bajaré las escaleras, pisaré la avenida. Sospecho que caminaré y me sentiré viviendo algo que no es del todo cierto, tiendo a potenciar esas agradables sensaciones de desconocido. Cuando eso sucede tiendo a creer que somos nosotros por puro accidente, por puro azar, bien podríamos haber sido otro que no está, que no existió. Somos otra posibilidad. Sin embargo hay tanto de agradable en tus pies sobre el sofá y esa inmensidad inabarcable entrando por la ventana. Mañana todo esto será recuerdo, tu recordarás un extranjero que pasó por tu casa, yo recordaré este viaje y esta casa como algo que no sucedió del todo. Los portales dejan entrar más que a casas, son orificios a otras formas de realidad. Tu portal es extraño para mi, por el se accede a esto, a esta calidez en medio de lo desconocido. Hay tantos portales en el mundo, tantos buzones con nombres de gente a los que lo mejor no llegan cartas. Buzones que jamás se abren, cargados de correspondencia que jamás se abrirá. Tu portal para mi es extraño, a ti te lanza y te recoge cada jornada. Los portales más que cualquier otra cosa, son el paradigma de lo relativo.
Paseos con D
Generalmente los tres nos quedábamos dormidos a la vez. Muchos podrían pensar que el asunto no es real o que es un juego literario, pero sucedía. Luego, muchas veces he pensando que realmente no dormíamos, tendemos a explicar finales despertando a los protagonistas de un sueño y yo tuve la tendencia a hacerlo, y ahora que lo transcribo pienso que a lo mejor no nos quedábamos dormidos sino que efectivamente hacíamos aquello que era semejante a levitar. Habitualmente D marcaba la ruta. Es decir D era la primera en entrar en eso que podríamos llamar zona de sueños o el otro lado. Allí D nos esperaba, porque nosotros dos, mas adultos, mas contaminados éramos infinitamente más torpes a la hora de saltar la valla. En eso D era admirable, saltaba la valla con habilidad admirable. D emulaba a esas saltadoras de altura, que cogen carrerilla, avanzan a grandes zancadas y evitan arqueando la espalda el obstáculo. Aquello era sorprendente porque D aún no tenía 3 meses de vida pero realizaba el salto con enorme precisión. Luego M y yo esperábamos, dudando, algo temerosos. Invitando al otro a que lo hiciera primero. D nos miraba desde el otro lado ya, con cara de "joder, si no es tan dificil". Así hasta que finalmente M y yo lográbamos entrar. Una vez allí se habitaba en una constante ingravidez. No había suelo, tampoco techo y sólo se escuchaban sonidos agradables que recordaban a Xiláfonos, a esas melodías que tocan determinados virtuosos con las copas de champán, a flautas de madera y coros lejanos que parecían reverberar en medio de las montañas. Hacía sol, siempre hacía sol y avanzábamos dirigidos por una habilidosa D. A D le gustaba ir sin plan, sin mapa. Los caminos se deshacían. Eran vaporosos y mientras seguíamos esas no rutas lo mismo cantábamos canciones inventadas con letras poco coherentes que apretujábamos con emoción los mofletes imposibles de D. En ese peregrinaje D lo mismo dormía que soltaba una sonrisa blanquecina. A nosotros nos gustaba ese lado donde no es tanto que se sueña sino que se está en otra forma. A veces volvíamos, deshaciamos el camino,saltábamos de nuevo la valla y regresábamos aquí, a donde se esta despierto, pero otras veces, como hoy, que llueve y no hay manera preferíamos seguir, seguir sin destino, sin rumbo, guiados por las piernas en ese lugar de sonidos maravillosos.
viernes, junio 11, 2010
Malibú azul claro
Yo tenía entonces un Malibú azul claro. Solía conducir muchas horas y el Malibú es un carro que hace las cosas sencillas en las longitudes exageradas. A mi me parece que las máquinas ya no son tan fieles como antes. Yo estuve años con mi Malibú y ningún problema, ahora ninguno te dura lo que duraban. El Malibú recorrió el país varias veces. Ha cambiado la relación con el automóvil. Uno se ataba a la máquina de otra forma. Era parte de ti. Yo fui taxista de largas distancias y fui comercial de una empresa de productos ferreteros. Iba, venía. No había concepto de viaje con el Malibú, sino que el Malibú y yo habitábamos en modo prolongado. El país era una cama, una habitación, un pasillo longitudinal, una cuerda que une puntos. Dormía aquí y al día siguiente hacía seiscientos, setecientos kilómetros y dormía en otro lugar. Cuando se vive así uno ve el país desde otra perspectiva, también comprende las distancias, las ciudades, incluso la forma de las carreteras. Hay veces que te parece ver sentido en los cambios de rasante, en el giro inapreciable del asfalto. Las líneas discontinuas se vuelven un lenguaje, otra forma de conversación. Así era y era siempre con el Malibú. Uno se monta, arranca y va como flotando. El malibú no avanza, levita, huele a leyenda. Cómodo el volante, amplio sus asientos. Es robusto pero avanza como si nada. El Malibú tiene algo de barco y vuelve el asfalto océano. Si, fui taxista de larga distancia, montaba a alguien aquí y lo llevaba hasta la frontera: ochocientos kilómetros sin parar. Apenas hablaba, me gustaba callar y dejar al cliente a sus anchas atrás. Disfrutar del paisaje. Ese paisaje variable: los rasgos, virtudes y defectos de un país amplio y complejo. Y le prefiguraba una vida a aquel personaje que deambulaba extraño por el asiento de atrás: Hombres taciturnos, mujeres serias. Una vez llevé a un tipo de unos cuarenta y cinco años. Barba poco espesa, pelo desordenado, traje elegante y fino, una maleta negra. Se sentó pegado a la ventanilla de la derecha, justo detrás del asiento de copiloto. No movió la vista del paisaje, la maleta en las piernas. A mitad de camino me pidió parar. Frenamos en medio de la planicie, a esa hora cálida que se esconde el sol. Me detuve en el arcén. Por esa carretera hay poco tráfico, no obstante me siguió pareciendo peligroso detenerse ahí, en medio de la nada, pero obedecí, al cliente hay que tratarlo bien. El tipo bajo y caminó por la inemnsa planicie hasta un árbol lejano. Yo le miré todo el camino, avanzaba sin prisas mientras el sol se iba ocultando y haciendo el instante, si cabe, más incomprensible aún. Junto al árbol lejano, a unos quinientos o seiscientos metros le vi moverse sin entender muy bien que hacía, estuvo unos minuto, seguía oscureciendo, hay un momento en el atardecer que luz va bajando cada vez más rápido. Volvió minutos después sin la maleta. Me dijo que siguiéramos. Arranqué el malibú y ya en la oscuridad hicimos el resto del camino. Al llegar a la ciudad de destino, me pidió que le dejara en las afueras. Frené en el malibú, abajo, desde la curva donde nos frenamos se veían las luces de la ciudad amontonadas como una galaxía lejana, la montaña gobernándolo todo. Me pagó el doble de lo acordado. Me bajé para despedirme, me gustaba dar la mano a los clientes. Chocamos la mano y con seriedad me dijo: "no le diga a nadie que llevó al jodido demonio", se giró y se fue andando. Me quedé diez minutos quieto, mirando la ciudad y luego mirando el malibú. Evidentemente yo no creía que aquel tipo era el demonio, satán, lucifer, el mal en si mismo, pero arranque el Malibú y contrario a lo que hacía siempre, deshice el camino, conduje enfurecido, obsesivo, a una velocidad muy imprudente y llegué horas después al punto donde nos habíamos frenado. Era de noche. Dirigí las luces del malibú hacia el árbol en medio de la planicie. Caminé iluminado por las luces de mi fiel compañero. Llegué hasta el árbol. Busqué como buenamente pude la maleta. Lo vi colgando de una rama. La cogí, la abrí. Llegó el amanecer. Guardé la maleta atrás, me detuve en la primera población, vendí a buen precio el malibú. Guardé el dinero y me subí a un autobús. Sentí dolor, por supuesto que sentí dolor de separarme de aquella manera del Malibú, pero era la única manera de acabar con aquello.
jueves, junio 10, 2010
Gago
El Gago tenía algo de alienígena. No lo digo en un sentido ofensivo, lo digo en sentido biográfico. El Gago tenía una vida rara, inalcanzable, peculiar y si uno afina, casi podría decir que su vida comenzaba en el descenso de una nave al planeta tierra. El Gago tenía algo de experimento marciano, no era del todo real. Vivía con un tío que no le trataba del todo bien, el tío tenía una colección de hijos casi infinita, nunca llegamos a descifrar cuanta gente vivía en aquel apartamento que era del mismo tamaño que, por ejemplo, el mío; en el que vivíamos, mis padres y mis dos hermanos. En casa del tío del gago había al menos nueve o diez personas viviendo, y como el Gago era el hijo de la hermana que falleció en extrañas y ocultas circunstancias era el menos beneficiado de semejante amontonamiento. Yo estoy seguro, eso lo pienso ahora, muchos años después, que el Gago no tenía espacio reservado en aquel hogar. El Gago salía a la calle a primera hora, tuviera o no tuviera que hacer, generalmente se entregaba a un ocio tedioso, curioseaba por el vecindario, intimaba con los más pequeños y organizaba campeonatos de fútbol llenos de ilegalidades y trampas para terminar ganando, siempre, el equipo en el que el era, por supuesto, capitán. El Gago jugaba al fútbol por salvación, en el fútbol encontraba como llenar esas horas que sucedían a lo largo del día en las que no tenía hueco. Jugaba con ansiedad, El Gago no soltaba la pelota porque si la soltaba se quedaba sin hueco, se quedaba aislado no sólo en el medio del campo sino en el medio del planeta, a base de ese temor el Gago convirtió aquello en la virtud del regate. El Gago no tenía ni idea de jugar en equipo, pero tenía el mejor regate de todo el barrio. Era inmenso en esto, pedía la pelota al portero en el borde del área e iba ascendiendo y librándose de torpes jugadores que le iban saliendo al paso, llegado al área contraria no dirigía el pase al jugador en posición privilegiada, sino que amagaba y volvía un poco al medio campo, como si acabándose los regates se acabara el mundo. Para el Gago el mérito no era meter gol, era regatear al destino, al vacío, al dolor. Jugar en el equipo del Gago era insoportable y terriblemente aburrido, corrías, te desmarcabas una y otra vez y la pelota jamás te llegaba. Con el Gago ha sido la única vez que he actuado de defensa contra mi propio equipo, le entré por detrás y le robé el balón en el medio del campo para avanzar, para ir adelante, para crear jugada, por la ilusión vana de meter gol en aquella cancha olvidada. A eso dedicaba sus horas el Gago, a eso y a mentir. EL Gago vivía en una realidad paralela. Había visto todos los eclipses, había jugado con Romario en un partido misterioso, había dado la mano a Maradona, pero no le había dado cualquier mano, la Mano del Gago había chocado con la famosa "Mano de Dios". El Gago había estado anoche en la mejor fiesta de la historia de la humanidad, rodeado de prostitutas de lujo que le ofrecían el mejor licor del mundo, el Gago tenía un negocio indescriptible que le daba cantidades alucinantes de dinero al cabo del mes. Sin embargo todo el mundo quería al Gago, había algo entrañable en aquel personaje parlanchín y solitario. Uno imaginaba al Gago entrando en aquella casa hiperhabitada, sin espacio, dando vueltas entre primos, sin saber donde sentarse, sin saber donde quedarse quieto. Cuando estábamos abajo, después del algún partido y el tío aparecía a lo lejos, el Gago se escondía. Luego desaparecía por las noches, salía a la calle y no volvía, no sabíamos donde iba. Un día me llevo a un prostíbulo lamentable. Me dijo que estaba enamorado de una de las chicas que hacía show. Fuimos de madrugada, me senté en la mesa que el me dijo. El local estaba medio vacío, En aquel escenario apareció una chica jovencísima y empezó a ejercitarse alrededor de una barra metálica. Había poca luz, la música se oía con un crujido extraño a través de los altavoces. Miré un rato el espectaculo de la chica y giré disimuladamente los ojos para ver el gesto del Gago, sorprendentemente el Gago lloraba. El gago que siempre hablaba de sus peleas, de sus puños, de como le había partido la boca a más de uno, estaba llorando. Acabó la música y salimos. En aquella época yo había descubierto a Porno For Pyros y salí de allí tarareando una canción de aquel disco, "Cursed Female", no se muy bien porque, supongo que íbamos callados y aquella ciudad de noche era triste o porque había dejado de entender nada y porque las cosas, realmente aparecían y se iban, te llegaban en medio de la 26 con 42 y se perdían en el siguiente cruce o porque las cosas van y vienen, como regates del Gago en esa cancha cósmica e infinita del vacío, de la nada, de lo inacabado, porque mas que infinito, el universo en ese momento parecía inacabado, como esas construcciones terribles que están abandonadas, construidas sólo hasta el esqueleto, con cimientos que apuntan hacia la noche, hacia una noche donde no habita nadie y reverberan melodías malintencionadas. Entonces el Gago, muy digno, muy contundente, muy épico me prometió que un día sacaría a aquella chica de allí y que si era posible se casaría con ella. Por supuesto todo era mentira o todo sería mentira. Han pasado años de aquello, quince o dieciseis. Me fui de allí, nunca más vi al Gago. Años después alguien me dijo que el Gago era taxista y que un día le había llevado y que seguía mintiendo, que contó no se que historia sobre el taxi, sobre su vida que por supuesto no era cierta y que estaba gordo como Maradona que era su ídolo definitivo. Le imaginé recordando a aquella muchacha mientras conducía aquel taxi imposible, le imaginé recreando sus regates mientras llevaba a alguien, a cualquiera, a alguno de nosotros, pero me congratulé de que ya había en el mundo un hueco para el Gago, la cabina de aquel taxi, su nave atravesando la galaxia vacía. Porque no lo ovidemos, el Gago en el fondo era o tenía mucho de alienigena.
miércoles, junio 09, 2010
Cuando acaba la jornada laboral
Cerraba mi puesto a las 22:15. Me despedía de los del turno de noche y salía a la calle. Era difícil volver desde allí. La nave estaba en medio de una calle poco transitada, así que tocaba atravesar todo el polígono andando y llegar a la estación. El camino era espeso, las avenidas del polígono tenían mala luz y poca acera y generalmente uno caminaba pisando el más profundo vacío. Mientras andaba solía pensar en la cena o en algún compañero o alguna llamada realizada durante la jornada. Eran tantas voces al cabo del día que dejas de pensar que hay vidas al otro lado del que te contesta. Terminabas por ver esas voces como formas sonoras de los dueños de la empresa, cada llamada parecía la llamada trampa, ese número de teléfono que se cuela en la lista infinita y que no es más que el teléfono de uno de los auditores, que te contestaba como uno más para ver tu capacidad de oferta, para estudiar tu discurso. Treinta llamadas a la hora, quince habían colgado, cinco habían aguantado la presentación de la oferta y cortaban argumentando ningún interés, cinco escuchaban sin atención, con temor a cortar; tres escuchaban todo pero al final se escapaban del contrato y dos solían caer. Yo era bueno, de los mejores, no obstante vivía marcado por la llamada al auditor. El auditor se presentaba como el modelo que escucha toda la oferta pero al final se escapa. Cada vez que marcaba, cada vez que aparecía una voz contestando desde cualquier punto del país, imaginaba al auditor, libreta en mano, anotando mis virtudes y mis errores. Pero al final, siempre llegaban las 22:15 y todo pasaba a otra forma de vida. Caminaba paciente por el polígono, avanzando hasta la estación. Solía hacer frío y calculaba la posibilidad de comprar un coche y la cuenta jamás salía, pero me entretenía sumando mientras las naves del polígono se quedaban a los lados, vacías, silenciosas, iluminadas absurdamente para nadie, con esos focos potentes que remarcaban la zona de acceso de transporte y donde intuía a un vigilante nocturno agazapado, protegiéndose del frío y pensando en el vacío, porque en eso piensan los vigilantes de las naves, en el vacío y en el absurdo, gobernando la nada desde esa caseta estrecha que protege del vacío y de algo que no existe. Algunas veces veía una silueta al otro lado del cristal de esas casetas imaginaba al vigilante observando mi paso de un lado al otro de la calle, avanzando por ese universo desangelado, contando mis zancadas, calculando que yo no fuera su auditor o el tipo que va a medir su capacidad laboral, a veces pensaba que quizá aquella tarde había llamado a esa silueta en la caseta ofreciéndole la nueva oferta con 20 llamadas gratis y un teléfono de regalo de última generación si se cambiaba a nuestra empresa, quizá yo había sospechado que esa voz de la silueta que ahora me observa había sido la voz del auditor y sin embargo era la voz de ese que me miraba pasar polígono adelante. Otras veces, en otras naves, ladraba un perro, un perro bestial, gigante, salvaje. Según avanzaba sentía un golpe en la sien, imaginando mal cerrado el portón de la nave y la posibilidad de esa bestia saliendo de ahí, ladrando delante de mi, en medio de ese vacío. Lo imaginaba con tanto temor que el temor convertía la imagen en algo casi sólido, casi emergente. Caminaba sintiendo el temor en la sien, que era un lugar donde jamás sentía el temor salvo cuando escuchaba ladrar a aquel perro. AL final se diluían sus ladridos como se iba diluyendo el polígono y su vacío violento. Entonces a lo lejos se empezaba a ver las luces lejanas de la estación y miraba pendiente de no ver pasar mi tren, de no verle llegar, detenerse y salir adelante sin mi, a veces aceleraba más mis pasos para no sufrir los efectos de esa imagen de la impotencia, el tren saliendo poco antes de que yo llegara. Algunas veces incluso corría, corría en ese tramo que ya no había polígono ni nada, sino un trozo de carretera sin iluminación, la transición del vacío a la soledad de la estación y corría y no pensaba más que en atletas legendarios: en Sebastian Coe, en Steve Ovett, en Said Aouita e imaginaba que mi carrera era la final del 1500 de la olimpiada del año 2346 y que yo era el último corredor luchando contra ese rival terrible que era el tren. Corría y creía escuchar siempre el tren llegando, pero no era así, siempre llegaba a tiempo, al final siempre me daba tiempo. Alguna vez en la estación vacía, antes de picar mi billete en la maquina imaginaba que aquello era la meta y ya llegaba hasta el andén victorioso, con la sensación de haber logrado terminar otra jornada y durante el trayecto a casa era relativamente feliz.
sábado, junio 05, 2010
Voz
Tiene algo de delicia, de exquisitez. Nada de esto está pasando, claro que lo se, así que no insistas en recordarlo. Disfrutemos, nada más, de este delicioso y exquisito momento. No pares de susurrar. Sigue rellenando los huecos de esta habitación con ese susurro casi inaudible. Ya no entra luz por la ventana y no seré yo el que encienda velas o luces artificiales. Dejemos todo a oscuras y sigue susurrando de ese modo infinito, sigue con ese hilo de sonido que sujeta motas de polvo por toda la habitación, yo seguiré aquí sentado, recogido de modo circular. Ya luego trataré de descifrar palabras en ese murmullo constante. Ahora abro los oídos, dejo abiertas las compuertas y que vaya pasando todo lo que acontece en este rectángulo. Está todo quieto: Los libros en su sitio, las butacas colocadas, la mesilla con la lámpara. El fantasmagórico estado de las cosas cuando permaneces a oscuras, inhabitadas. Así habita está habitación cuando no hay nadie, así viven los elementos cuando nadie los vive. Todo tan detenido, tan a oscuras. Me quedo aquí, recogido y tu sigues susurrando, esa fila de frases indescifrables. Si no me muevo, si apenas respiro engaño al entorno y se cree que no estoy y actúa la habitación como cuando no hay nadie, la casa vacía, el susurro de tu voz que aparece, seguro cuando yo no estoy y te escucho, deambula tu susurro por entre el aire cerrado. Imagino ese chorro deslizándose como culebra por el ambiente de esta sala. Así, de esta manera, puedo participar en esta fiesta de las cosas inanimadas, en esta quietud inquebrantable. Todo tan quieto y tu susurro, tu voz que viene de tan lejos recorriendo en espirales acústicas esta sala. Así es, sospecho, siempre que salgo, que llega la noche y yo no estoy, todo quieto, todo silencioso menos tu susurro y así será a partir de ahora, yo aquí recogido e inmóvil, todo en su sitio, inanimado y tu susurro lejano, constante, permanente e indescifrable, que recorre esta sala desde aquel día lejano que caíste. ¿Por qué vuelves aquí? ¿Por qué a esta sala? ¿ Cómo escogiste habitar invisiblemente esta habitación? Aquí me quedo. Te escucho, ya habrá tiempo de descifrar tu susurro de donde sea que venga.
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