jueves, abril 30, 2009

Visibles invisibles

.- Son visibles si, claro que son, sino jamás les hubiera descubierto, pero no son llamativos, van entre todos. Hay cierta facilidad en permanecer en un segundo plano en un mundo como este. Somos tantos, vamos tan amontonados que uno mas, otro, apenas llama la atención, nadie retiene todas las caras, cada una de las caras que se cruza en ese mar de rostros que es la calle, la ciudad, el metro. Son visibles, por supuesto que lo son, yo les vi, pero sólo te percatas que están si prestas mucha atención. Yo aquel día iba ajeno al descubrimiento posterior, salí de la ciudad hacia la zona de los bosques, iba en la bicicleta, era un día estupendo para dejarse llevar por los pedales y avanzaba enérgico, el solo suele otorgarnos una energía extra, un empujón mas potente, la pedalada es mas sólida. Pedaleaba y avanzaba como se avanza en la vida los días optimistas, como si aparte de mis pedaladas también se estuviera trasladando todo, la carretera, los árboles, la ciudad entera, los bosques enteros y ayudara en el desplazamiento. Llegué a una zona de los bosques que desconocía, ascendí un par de cuestas duras y llegué a una bifurcación de caminos de tierra, me vi bien y además curioso y me metí por el camino mas estrecho. La naturaleza estaba exultante. Olía tan bien, que creo que lo que me empujaba a seguir era la intensidad de ese olor. Seguí camino adentro, este cada vez era mas estrecho. Algunos kilómetros después encontré una nueva bifurcación, por un lado uno salía hacia la izquierda que sospechaba me devolvía a la zona mas transitada de los bosques y otro a la derecha que se perdía en la frondosidad. No te contaría esto sino hubiera decidido seguir por la derecha. Seguí, aproveche la bajada para dejar de pedalear y disfrutar de la velocidad que cogían las ruedas de la bicicleta, había que estar, eso si, pendiente de la irregularidad del camino para no estampar los huesos contra el suelo. Bajé un buen rato, o un rato que pareció suficiente para que la cuesta anterior tuviera mas sentido. Miré a lo lejos, únicamente se veían árboles. Entonces un poco mas adelante vi a una persona, pero no una persona en actitud de paseo, de caminata, iba este cabizbajo, caminando rápido, vestido con ropa de invierno que claramente sobraba en aquel momento. Pasé a su lado. No se dio cuenta de mi paso, siguió avanzando. Yo seguí camino adentro. Vi otra persona venir, era un hombre de mediana edad, caminaba cabizbajo, pensé en Yonkies, una zona de heroinómanos, sin embargo el físico de estos no era como el de los adictos, la actitud era muy peculiar, rara. Seguí, una mujer venía caminando. Lo sorprendente es que ninguno parecía percibir mi paso, como si estuviéramos en planos distintos. Avance, el bosque era frondoso. Encontré un monticulo formado por piedras, de entre las piedras, como si hubiera una cueva dentro vi salir a otra persona, en la misma actitud autómata. Me acerqué, apoyé mi bicicleta contra el suelo y me acerqué hasta el hueco donde se abría esa cueva. Sorprendentemente se abría una profundidad, una cavidad en forma de pasillo hacia dentro. En el momento que miraba vi que del interior venía otra persona, que como todas, me ignoro al pasar por delante. Entré en la cueva, caminé movido por una curiosidad casi insaciable pero acosado por un pánico creciente. Ví mas gente quieta que uno a uno iban saliendo, poniéndose en pie y saliendo hacia afuera. No se percataron de mi presencia. Incluso hablé, hablé en alto, casi grité peor no fui escuchado, nadie reparo en mi. Esperé, esperé mucho rato y no tuve respuesta, desconozco que son, que hacen, que les sucede, pero perseguí a uno. Hizo todo el camino de vuelta caminando a ritmo constante, sin mirar a los lados. Alcanzamos la ciudad algunas horas después me mantuve siempre por detrás a unos cuantos metros, tratando de adivinar sus movimientos, su decisiones. Al llegar a la ciudad, entró en el metro, yo dejé mi bicicleta candada en esa estación. Estuve horas tras el, me mantuve siempre cercano. Llegó la madrugada, cerraron el metro. Estuvimos hasta el último tren deambulando, aparentemente de manera anárquica, de linea en linea de estación en estación. Salió a la calle. Lo confieso dormí en la calle como el, necesitaba saber quienes eran, que hacían. A la mañana siguiente entró en el metro a primera hora, se montó en el primer tren de la mañana. EL movimiento anárquico siguió. Fui comprendiendo o dejé de comprenderlo todo, pero de vez en cuando íbamos cruzándonos con algunos de ellos, en la misma actitud, ajenos al bullicio, a la masa o mas que ajenos, siendo la masa en si misma, como si su función fuera ser la masa. Nada mas. Fui reconociéndolos, su actitud es invariable e idéntica en todos. Aún no se quienes son, que hacen cual es su función pero existen para deambular por el metro, no parecen tener otra pretensión. Como si su función fuera crear relleno en el metro, estar ahí, deambular por las estaciones.

martes, abril 28, 2009

En este instante

En este instante una espesa niebla se extiende frente a la ventana. Detrás de esa maraña blanca o grisácea, sospecho el mar, el mar que ayer me trajo hasta aquí. Llegué ya de noche, en una lancha conducida por uno tipo amable de nombre que difícilmente puedo pronunciar. Me habló de este poblado, dijo algunos nombres, contó anécdotas banales, pero todo muy superficial. Aquí se es siempre sospechoso y la gente de esta tierra desconfiada. Conocí al dueño del hospedaje, un hombre antipático e inmenso. Al fondo, en una zona de la casa a la que los huéspedes no tienen acceso, había dos mujeres que reían y bebían, el hombre me mostró mi habitación y se despidió sin simpatía al salir de la habitación. Durante un rato escuché ruido abajo, risas de las mujeres y la risa profunda del dueño del hospedaje. Me acosté en el colchón y cerré los ojos. He soñado con un paisaje de las antípodas que desconozco, avanzaba por un camino con la seguridad del que sabe donde va, me detenía en medio del camino, aparecía una mujer que conozco y que nada tiene que ver con ese lugar, tampoco con mi vida. Extrañamente sentía una profunda atracción hacia ella, una atracción que desconocía, la miraba un buen rato, nos sentábamos incómodamente en un lado del camino, me pedía con ternura que no siguiera avanzando, me agarraba las manos con desgarro y me miraba, me suplicaba que no siguiera, pero la besé, me puse en pie y seguí caminando. Alcancé un río, al otro lado un hombre me hacía un gesto amable, estaba pintando algo que no alcancé a ver porque el lienzo lo tenía de espaldas a mi. Me miraba sonriendo y volvía concentrado al lienzo, de vez en cuando levantaba la mirada como si estuviera retratándome. Me lancé al agua, y avancé con unas brazadas difíciles, mi intención, mi única intención en ese instante, era alcanzar la otra orilla y descubrir la pintura, pero la corriente, terriblemente fuerte, no me dejaba avanzar hacia adelante, me empujaba. Me agarré a una piedra para no ser arrastrado, en ese instante miré al hombre casi solicitando auxilio, el hombre me miraba pero con curiosidad pictórica, como si analizara mis movimientos, mis gestos y los trasladara a la pintura, pero en ningún caso hacía el mínimo gesto de alarmarse. Enloquecido abandoné cualquier pensamiento sensato, olvidé la cordura. Sobre todas las cosas quería ver que era aquello. La corriente era terrible, agotadora, me empujaba, mi esfuerzo extremo no alcanzaba su objetivo, la corriente me llevaba. En ese instante he abierto los ojos y me he puesto en pie. Ahora veo la niebla que ya se levanta, que con cierta prisa abandona la costa, de fondo viene otro día de sol, de mucho calor, de humedad. Reviso mis bolsillos, todo sigue en orden. Ese gesto lo realizo tantas veces y sin embargo aún me sorprende seguir teniendo todo en orden, que no falta nada. Salgo de la habitación cumpliendo cada punto, sin saltarme nada. Bajo las escaleras, una mujer de unos cuarenta años, tremendamente atractiva, me pregunta que si quiero un café, lo acepto. Me siento en una mesa en la cocina, la mujer me pone el café y me da algo de comer. Me pregunta de donde vengo, miento. Me pregunta mi nombre, miento. Me pregunta el motivo de mi viaje, miento. Miro el reloj y veo que llega mi hora. Agradezco el café, llevo mi taza hasta el fregadero y veo su cara un poco mas cerca, siento un olor que viene de su piel de un jabón muy agradable, también el olor del champú que habrá usado pronto en la mañana. Me despido. Salgo a la calle, camino despacio. Bajo hasta la playa, al fondo un hombre trabaja sobre una barca, tiene anzuelos y nailon extendidos, levanta la cabeza y me ve venir. Va cambiando su rostro, la seriedad de la concentración va cambiando lentamente, se extienden los labios, se van alargando, adoptando una forma que redirige su gesto, sonríe, me reconoce. Encuentro al hombre que buscaba, al que tantos años llevaba sin ver, encuentro, tantos años después, a mi mejor amigo. Nos abrazamos y en seguida hablamos del mar, del día, de la humedad. Durante un buen rato olvido darle lo que llevo en el bolsillo.

lunes, abril 27, 2009

Sin título (Y aún así también está)

¿Quién crees que eres?. ¿Quién, qué tanto hay que pensar en ti para abrirlo e incluso cerrarlo todo?. ¿Por qué esa superioridad, esa arrogancia que parece nacer todo en tí? Como si fueras la puerta, el que abre y deja entrar. Tu que lo encabezas todo, que marcas, casi, el destino de lo que se ha hecho con esfuerzo. No ocupas mas que cualquier mínima parte de lo que abres y sin embargo tienes tanta importancia. Casi nunca nada nace desde ti, sin embargo ya luego diriges el destino de lo que viene y entonces hay que detenerse, detenerse un buen rato y pensar en ti para encontrarte. ¿Dónde estás aguardando que parece que lo haces con una sonrisa, con la conciencia de saberte el dueño de la puerta? ¿Quién te otorga ese poder?. ¿Quién eres, título, que siempre hay que buscarte cuando ya el texto está terminado?. ¿Quien coño eres que estás ahí, con esa autosuficiencia esperando a que yo termine el texto para que tenga que salir a buscarte?. Y tu esperas, esperas mientras yo aquí avanzo y está ahí, tu casilla en blanco y luego, se ponga lo que se ponga, se hable de lo que se hable ya todo irá marcado por tu nombre, tu abrirás el destino, tu serás el dueño. Compartirás ese poder con el que escribe, sin embargo, tu apenas apareciste un momento breve y el que escribió estuvo rato, mucho rato, al menos mucho mas que tu. ¿Quién te otorga ese poder cuando eres realmente lo mas breve de todo lo que sucede?, pero lo sabes y como tal actúas. Ya pueden todas las letras juntarse y formar el texto que el nombre, el destino lo llevas tu. Hablan, luego hablan de La metamorfosis de Kafka, y ahí estás tu, la metamorfosis, cerrándolo todo, incluso narrando en un instante todo lo que ya viene después. Ella ahora lee El testigo de Juan Villoro, y pasan tantas cosas, son tantas páginas sin embargo su destino es ser nombrado como El testigo, ahí lo veo encima de la mesa, un marca páginas anuncia que lleva casi la mitad del libro, un buen cúmulo de frases han pasado ya por ella, sin embargo ¿Que lee? Lee EL testigo de Juan Villoro. El testigo, ahí estás como si nada, tan breve, tan dueño de la puerta. Viviendo en la portada, con todo tu estrellato, con todo tu poder. Miro a la estantería y ahí estás, impreso en los lomos, dominando la elección de los que leerán esos libros:

Sesenta relatos, La calle de Valverde, 2666, La invención de Morel, El hombre que fue Jueves, Historia Universal de la infamia, El juguete rabioso....

Da igual tu forma, pero ya todo eres tu. El gran dictador, el título, el que abre y dirige, el que marca la elección, lo que se nombra, lo que se dice para encerrar todo lo que eres, tu, que en el fondo no eres nada, pero eres el dueño. Tu, la frase cruel, la palabra, el número. Tu, lo que tengo que pensar ahora, en el momento exacto que termine esto y te tenga que salir a buscar. Ya casi me enfrento a ti, ya en breve cierro y salgo a buscarte y te pongo ahí en ese hueco blanco que casi da vértigo hasta que tu no apareces.Ya voy, espera, ya voy, ya salgo. Cierro esto, lo concluyo y salgo a buscarte. Se que esperas, que incluso ries, porque yo ya casi marco el punto final y sin embargo todo, absolutamente todo, aún depende de ti. Cierro, marco el punto final, voy por ti.

domingo, abril 26, 2009

Colocando las letras

Se acabó la lluvia. Se frenó después de varias horas escuchandose el ritmo, aparentemente constante, del agua contra el suelo de afuera y contra el techo de la casa. Sale, se extiende una planicie de letras frente a el. las letras están humedas, algunas, incluso, algo derretidas, pero allí están todas frente a él. Avanza un poco por el bosque y comienza a recogerlas, algunas están casi irreconocibles. Con las letras sucede como con el cartón o como con las galletas, que cuando están tan mojadas se deshacen absolutamente y es difícil mantenerlas completas. Aún así camina y las recoge, sostiene un primer montón con ambos brazos y vuelve hasta el porche. Deja ese primer montón apoyado contra la pared, selecciona las mas afectadas y las cuelga en el tendedero que hay detrás de la casa, las cuelga con las pocas pinzas que le quedan. Piensa en la facilidad que tienen las pinzas de perderse, de ir disminuyendo velozmente. Vuelve al bosque y sigue seleccionado letras, hace un segundo montón y vuelve al porche, apoya este segundo grupo al anterior. En ese momento el sol es cada vez más fuerte y la humedad de las letras va desapareciendo a gran velocidad. En la esplanada frente a la casa comienza a extender las letras sin orden, prefiere extenderlas y ya luego ir colocandolas, cuando acumule un buen montón de letras. Las deja así, acostadas en la hierba, iluminadas por el sol, sin orden aparente. Las observa un rato. Cuenta mentalmente: " De la A, nueve; De la B, tres; de la J, una....". Mira un poco mas, se gira y vuelve al bosque. Camina un poco mas adentro, selecciona algunas de las que ha contado menos cantidad. Se apodera de un Z, de dos F, de cuatro E mas. Coge todas las que le permiten coger sus fuerzas y su habilidad. Camina a trompicones con un montón exagerado, llega a la casa. LAs apoya en la pared y examina su estado una a una. Están casi secas, las comienza a repartir junto a las otras en la esplanada. Va hasta el tendedero y descuelga las que tenía secándose al sol, las junta a todas las otras y ya las mira. Comienza a darle un orden. Mueve una S hasta la primera posición, a su lado coloca una E (Se). Retrocede hasta atrás del todo, piensa, mira y decide coger una A, deja un espacio al lado de la E y coloca la A. Luego la C, luego la A, luego la B, luego O. va hasta abajo y observa (Se acabo). Piensa y coge una de las tildes que se ha guardado en el bolsillo y la pone encima de la o. "Ahora si" piensa. (Se acabó). Vuelve abajo. Oberva el principio del orden de ese caos. Recoge una L y una A. Las pone las dos juntas al lado del Se acabó y ya tiene el Se acabó la. Sigue ordenando. Y así sigue su escritura:

Se acabó la lluvia. Se frenó después de varias horas escuchandose el ritmo, aparentemente constante, del agua contra el suelo de afuera y contra el techo de la casa. Sale, se extiende una planicie de letras frente a el.

Sigue, sigue colocando letras, de vez en cuando tiene que correr hasta el bosque a coger algún montón mas. Sigue hasta que llega aquí, justo aquí y se detiene.

jueves, abril 23, 2009

In memorian

Tenía la desventaja en su contra de no estar, jamás, en el sitio apropiado, o mas que jamás, que tampoco es cierto, sino los últimos años de su vida. Llegó un momento que el lugar donde ponía los pies eran el lugar menos apropiado para ponerlos. Sus pies iban a la contra, en contra de él y en contra de si mismos. De la infinidad de espacios para poner los pies sobre la tierra, estos terminaban poniéndose donde nunca había que ponerlos. En el perimetro exacto dónde el no debía estar. No tenía conciencia de este asunto, pero sin darse cuenta trato de poner remedio. Esos actos que realizamos ajenos a nosotros mismos. igual que no era consciente de su desafortunada manera de detenerse siempre en el lugar equivocado, tampoco fue consciente de la solución que buscó, que fue jamás apoyar los pies en la tierr. Elevarse, pues. Esto lo produjo excelentes resultados por un lado, pues ya sus pies no se apoyaban en el único lugar que nunca había que apoyarlos, pero le comenzó a aislar enormemente de la gente, con la que, por pura incomodidad, ya no podía hablar del mismo modo. Esa incomodidad a la que estaba sometido, por desnivel, en las conversaciones, por que siempre es incómodo hablar mirando excesivamente hacia abajo o hacia arriba, le produjo un aislamiento no ya sólo con respecto a los otros, sino con el mismo, porque el se elevaba, si, físicamente permanecía unos cuántos metros mas arriba, pero algo que no se sabe que es y que parece el centro de operaciones de cada ser humano, permanecía aún abajo, invisiblemente, fuera de si, pero abajo. Así que su cuerpo se fue quedando aislado, casi como esos globos medio deshinchados al finalizar la fiesta, que aún vuelan, pero que parece que no pueden volar. Realmente eso era: un globo, un globo deshinchándose, quedándose poco a poco sin aire. Un globo rojo que va cayendo. Un globo rojo que va aislado empujado por el viento suave de una atardecer que ya se ha olvidado. Así que, sin darse cuenta evitó el conflicto de poner los pies en el sitio equivocado, pero se trajo otros problemas también invisibles. Convertido en globo rojo que da vueltas en círculo por debajo de un árbol en medio de un parking, empujado por el aire suave, perdiendo lentamente el aire se fue distanciando, mas que del suelo, del lugar donde había puesto los pies por última vez. Se fue alejando como se aleja la conciencia de los que se van quedando ausentes. Se fue yendo, deshinchando, quedando sin aire, cayendo vete a saber donde. Nos dio tiempo, eso si, nos dio tiempo para verlo deshincharse a lo lejos y sentir esa nostalgia y ese dolor inexplicable que se siente de niño por ese globo que ya jamás volverá a estar hinchado. Quizá en los globos se descubra por primera vez la caducidad y la mortalidad inevitable. Hemos visto esos globos que pateamos como magistrales jugadores de futbol, esos globos que ralentizan el tiempo en su movimiento y te dejan hacer piruetas en cámara lenta y que luego hemos visto perder su aire y deshincharse y todo ese esplendor se viene abajo, y el globo pierde su facultad y su enigmático manejo del tiempo. Quizá fue ahí que descubrimos que nada es eterno. Así, quizá vimos por última vez el globo rojo largarse, irse con la luz del atardecer de una ciudad de nombre enredado.





miércoles, abril 22, 2009

Mujer que habita en una cara

¿Dónde arranca esta historia?, ¿Dónde realmente se pone la primera palabra?. ¿Tendría que decir que fue desde el primer momento, mi primer momento de existencia o fue antes o después? ¿Dónde exactamente comienza?. ¿Que instante marca lo primero?. La vida es una cadena.

Pudo ser con Francis Bacon, pero en realidad eso fue la excusa que se busco el azar. Precisamente eL azar que tanto atormentaba a Bacon o que tanto lo invocaba, pero si hubo algo de Francis Bacon en el arranque de la parte final de todo aquello, arranque final porque el principio nunca, jamás, se sabe donde es que se sitúa con exactitud. Fue quizá en aquellas imágenes, en aquellos retratos desgarrados. Habían estado hablando de Francis Bacon a propósito de una visita a la exposición que por aquellos días había en la ciudad. Habían estado hablando del tormento y del dolor, de la descarga que se intuye en esa pintura, habían comentado la técnica. Esas imágenes que se deforman, como en las fotos, a partir de un instante de movimiento. Ese rostro que pierde sus fronteras y se extiende difuso hacia zonas no concretas. El desenfoque natural de toda imagen que se desplaza veloz. La deformación que produce esa imagen desenfocada. Se pierde la formación aparente de ese rostro y da paso a otros rostros, nuevos, inconclusos. Quizá, pensaba, esa es la aparente deformación: la inconclusión. EL movimiento, la velocidad generan una cara que no esta terminada de hacer, porque, casi, no ha terminado de llegar completa a ningún sitio. Como si de algún modo en ese movimiento no todo el rostro se desplazara a la misma velocidad y fuera trasladándose por partes. Fue así, sólo así, que comenzó por detrás, por debajo, por algúna zona invisible, la decisión, casi aleatoria, que produciría los acontecimientos. En esa conversación, con el eco de las imágenes de Bacon aún en la retina. Fue así, a él que tan pocas veces usa la cámara, que pensó jugar con su propia cara, con el movimiento y con la foto. Pensando:"¿Que cara genera mi cara si se fotografía en movimiento?"

Llegó a casa. Se sentó, en la televisión daban imágenes que, a su modo, convendría deformar, trasladar. Recordó, por eco, por reverberación, a Bacon. Alcanzó la cámara en esa decisión que seguramente ya estaba tomada, por casual que en ese momento parecía. La apuntó contra si mismo. No sabía que imagen estaría recogiendo el visor. Calculó simplemente el centro y movió la cabeza, evocando los rostros de Bacon. En su caso movió la cabeza de izquierda a derecha. Cuando notó, algunos decimas de segundo después, que su cabeza había tomado la velocidad necesaria apretó y sonó la cámara. Bien visto, lo anterior era la antesala, el principio de la historia, o del acontecimiento en si, empezaba justo ahí. Giró la cámara para ver el resultado y encontró que si, que el efecto se había logrado, su cara estaba absolutamente desenfocada, pero desde ese mismo instante el azar le entregaba otra imagen. Según vio el resultado, al foto resultante no era tanto una cara deformada sino el perfil del cuerpo de una mujer desnuda al otro lado de unas telas traslucidas. Miró, miró una y mil veces, miró muchos minutos y sólo vio eso, la mujer desnuda, con enorme definición. Miró a esa mujer que tiene la mano en la cara, el pelo recogido. Miró su espalda, el pecho tapado con la otra mano, un mínimo mechón de pelo que se escapa y cae por debajo del cuello, en la cumbre de la espalda. Las telas están en movimiento, como si una brisa soplara en ese instante. Miró, el trasero curvo, casi perfecto. ¿Quien era esa mujer que habitaba en su cara?, ¿En ese instante detenido en un momento en movimiento casi inexistente de su cara?. Esa mujer existía en su cara, si repetía el movimiento exactamente, si lo volvía a hacer, aunque no quedará fotografiado la mujer en un instante breve volvería a aparecer. Había una mujer que habitaba en su cara y ¿Quien era esa mujer?. ¿Habrá existido esa mujer?.¿Estuvo o estará alguna vez?. Una imagen impresa desde algún antepasado a través de códigos genéticos indescifrables. ¿Vió alguien esa imagen antes, alguna generación anterior?, ¿se quedó alguien impregnado y trasladó esa imagen?. ¿Es el recuerdo impreso de algo visto o es puro azar?. Hay una mujer en un instante exageradamente preciso en su rostro en movimiento. Miró la foto mil veces, tanto que ya casi conocía a esa mujer, por otro lado, ciertamente enigmática, en una escena que mas tenía de las imágenes de los sueños que de algo real. Pasados varios días seguía mirando. Como si la mujer de su cara fuera un amor absolutamente imposible. Miraba tratando de encontrar un vestigio de su cara oculta entre su mano y las telas. ¿Quien era la mujer en su cara?.¿Quien habitaba ahí?. La buscó mas veces, repitió miles de veces el movimiento, la cámara frente a la cara, la cabeza girando, el click, el giro para ver el resultado pero ya jamás volvió, ya nunca mas apareció la mujer que habita en su cara.






martes, abril 21, 2009

Un tipo en Valencia

Salió del trabajo. Encendió el coche y saltó la canción que se había quedado a la mitad por la mañana. El tráfico estaba pesado. La siguiente canción le recordó un año de la universidad. Una noche de porros en la montaña. El coche avanzó en ese tráfico delirado. Miró a un tipo que vendía clinex en un semáforo con cierta pereza. Cualquier trabajo genera tedio, pensó con desgana, la desgana y la leve depresión del lunes. El tipo de los clinex tarareaba mecánicamente una canción inaudible desde su lado del cristal. El tráfico avanzó de manera inexplicable unos cuántos metros, suficientes para cambiar de perspectiva. Pensó que el fin de semana se iría a la playas de Aragua. Unos cuántos metros después lo olvidó. Saltó otra canción que no recordaba y que iba evocando según avanzaba, se sorprendió con los recovecos de la memoria. Un poco mas adelante un tipo vendía crucifijos, ofreciéndolos de manera extraña, los movía como si en las manos tuviera un objeto caro y valioso, incluso hermoso. Llevaba poco tiempo viviendo en Valencia, siempre había relacionado, antes, Valencia a ese amigo que tuvo de pequeño que era español y que era de Valencia en España. De niño le parecía enormemente extraño que hubiera dos ciudades que se llamaran igual en distintos paises. No era posible que hubiera varias Valencias, dos, una aquí y otra allí. Como si fuera imposible que hubiera valencianos de distintos sitios. Ahora recordaba eso e imaginaba Valencia en España, imaginaba ese mismo instante allí y sentía que era raro que existieran dos Valencias a la vez. Evocando un poco aquel sentimiento absurdo de la niñez. La misma ciudad movida. Lugares con destinos opuestos. Había conocido Valencianos de distintas ciudades. Aquel amigo de la infancia y determinada gente que ahora era habitual en su vida y que defendían Valencia como gran ciudad. El tipo de los crucifijos se había quedado unos metros atrás. Sonaban bocinas distintas que parecían significar algo unas sumadas a otras, algo mas que la prisa y el nervio de los conductores por salir de ahí. Un tipo en moto pasó entre su coche y el de al lado deslizándose como un esquiador. Eso le recordó la nieve, sintió ganas de ir a la nieve, viajar a un lugar frío. Vio por el retrovisor, detrás tenía un autobús decadente del que colgaba gente en la puerta. El trafico estaba detenido y tardaría mucho en llegar a casa. Cambió de disco, pensó que llevaba años con los mismos discos, sin embargo se vio incapaz de escuchar algo nuevo "¿Dónde se busca la música nueva?" pensó . ¿Que música escucharía ahora si entrara ese año en la universidad?. ¿Quien sería si hubiera nacido cuatro o cinco años mas tarde?. Estaría en el mismo mundo y sería tan distinto. Sería como las dos Valencias. En el mismo planeta, tan separadas, tan ajenos unos valencianos a otros. El tráfico estaba totalmente estático. La luz del atardecer se iba convirtiendo en noche. Puso una emisora, hablaban de política. Una mujer hablaba indignada contra alguien. Unos contra otros y el tráfico detenido, como en aquel cuento de Cortázar que le descubrió Puzzo, donde un tráfico se convertía en un experimento sociológico. Esto está detenido, pensó con los primeros signos de irritación aflorando en algún lugar de los sentidos. Pasó una muchacha vendiendo tostones , arrastrando los pies sobre el asfalto, iluminada a contra luz por los coches que venían por el carril de enfrente. Unos contra otros. Cambió de emisora. Un tipo hablaba con voz pausada de Cuba. Miró por el retrovisor a la chica que vendía tostones perdiéndose en la masa de automóviles. Detrás seguía el autobús atestado de gente. En la parte alta del cristal frontal del autbús, una pegatina de diseño irreal dejaba leer un deseo: "Jesús vive. Jesús te ama"." Lo sensato para avanzar, sería dejar el coche en medio del tráfico y montarnos todos en el autobús. Llenarlo aún mas, pero montarnos como buenamente podamos en él" reflexionaba, mientras a su lado una furgoneta con los vidrios ahumados avanzaba casi en paralelo una distancia inexistente en el tráfico. Sonó su teléfono. La pantalla indicaba el nombre de Maru. Dudó y finalmente no atendió. Puso de nuevo la música. Ya era de noche. Miró el reloj y pensó: " ¿Dónde termina este tráfico?. ¿Cuando va a terminar este atasco?"

lunes, abril 20, 2009

Los números y el barco

Bajé durante tres dias seguidos a jugar. Alcancé un estado de frenesí. La ruleta giraba, por extraño que parezca, siempre a mi favor. De entrada dupliqué mi capital. Seguí. En esos tres días lo perdí y lo gané todo varias veces. Hay algo mas que hipnótico en el giro de la rueda, en la bola desplanzándose bajo las leyes de la mas pura anarquía. Oía la voz, los números cantados por el croupier casi de antemano, como si supieran antes de frenarse el viaje histérico de la bola, en que número iba a parar. Oí mil veces los números. El 23, el 8, el 19. El gran problema del hombre es el azar. Mas indescifrable que el tiempo, la muerte o el destino, es el azar por que se esconde a sí mismo y al mismo tiempo, a la muerte y al destino. Es el azar el problema indescifrable, el enigma infinito porque sólo se descubre cuando ya ha transcurrido. En el 34 gané. En el 9 lo perdí todo. No hay reglas, salió muchas veces el 29, jamás vi la bola en el 3, pero esa ruleta giraba a mi favor, no siempre, casi siempre pero sentí, durante breves momentos que la había descifrado, que estaba cerca de comprender sus caprichos. Gané mucho, todo, hasta que me detuve. No niego cierto delirio, cierto frenesí. El giro de la ruleta, la voz del croupier, la inevitable sensación de una vez más. El psicología del vicio, por extraño que parezca es sencilla. Se sucede todo en un juego de mascaras, de sensaciones disfrazadas. "Y ¿si acierto una vez mas?", ¿Quién no necesita conocer esa respuesta? ¿Quién puede dejarla ir sin mas?. Me detuve. Mire el dinero y salí. Había pasado tres días de los que no recordaba nada, salvo el último número. Caminé por la calle. Detuve un taxi y le indiqué que me llevara hasta el puerto. Me bajé. Dos horas mas tarde había comprado un barco. Tenía suficiente dinero como para dejar llevar mis deseos mas ocultos, conocerlos. Compré un barco porque ese era el motivo por el que durante tres dias había jugado. Comenzaba mi misión, la ejecución de mi plan. Dos días mas tarde comencé este viaje. Mantengo a una pequeña tripulación. El capitán es un hombre enigmático y silencioso. Atravesamos el mar del que desconozco, como del azar, todos sus misterios. De alguna manera en algo se parecen el capitán y el croupier, son los primeros que me desvelan ese línea lejana del horizonte, el número donde se detiene la bola. Anoche fumábamos, la humedad y la fría noche se colaban en nuestros huesos, el capitán me habló con seriedad, casi preocupado:

.- ¿Que pretende de este viaje?. Acepté el reto de este viaje desconocido, pero necesito saber el fin de todo esto.

Me quedé callado unos segundos.

.- No hay viaje. Es una metáfora. Este barco se traslada por la ruleta. Necesito comprender que reglas rigen el azar.
El hombre terminó de fumar, lanzó el cigarro, aún humeando, contra el mar. Contenía cierta rabia. Nos quedamos callados. Yo seguí fumando. Al terminar lancé mi cigarro, también, contra el mar. Pensé en esos dos cigarros, lanzados a destiempo, dos números que habrían sido cantados en el casino en ese mismo instante,en esa misma noche. El cigarro del capitán un primer número que habría dado suerte o no, el cigarro que yo lanzaba el segundo. ¿A qué números correspondían esos cigarros?. No supe verbalizar, pero sentí que había una red, cuerdas que sustentaban cada movimiento universal, para detener la bola en ese instante, donde quiera que se hubiera detenido en ese instante breve. El capitán bajó. Apenas escuché un buenas noches lejano, silencioso, que escondía furia. Miré la mas profunda oscuridad frente a mi. El azar indescifrable, como un horizonte al que se va llegando y se va dejando atrás y del que nunca se ve nada hasta que ya se ha pasado. Fumé, moví la bola, de nuevo, del casino, o eso sentí o eso quise sentir. No he dormido. He visto el amanecer aquí sentado. El capitán, desde temprano trabajaba en algo con uno de los chicos. No debe quejarse, debe contener esa rabia, le pago bien y su trabajo es suave. Además, el lo desconoce, pero es parte de la misión mas importante para los hombres, para la ciencia. Avanzamos, dirige esa bola sobre la ruleta. Este viaje terminará al otro lado, si es que existe, dónde el azar se comprende. Donde la bola se detiene y todo cobra sentido. Somos, seguramente,o eso es lo que deseo y espero, el número 23, el que ella apostará dentro de dos noches, como pactamos, a la hora estudiada. Este barco tiene la misión de detener, bajo leyes aún incomprensibles para los hombres, esa bola en ese instante preciso estudiado durante años, se detendrá en el 23, para ello este barco debe estar avanzando por el punto descifrado y estudiado durante años, para ello he vivido. Ella apostará allí, bajo la lampara, bajo la atenta mirada de los que de algún modo sospechan. Este barco, que es un número debería detener con precisión, ese bola. Y así será


viernes, abril 17, 2009

El sueco

No entiendo como he llegado hasta aquí. No estoy en un sueño, tampoco he estado inconsciente. He debido de sufrir algún proceso de amnesia. Estoy en Marrakech, pero no recuerdo bien cuando y como llegamos a Marrakech. Me llevan a un "lugar para cenar que jamás olvidarás". me he montado en la furgoneta del sueco, los que viajaban conmigo van, todos juntos, en otra furgoneta conducida por Abdul, un tipo que me ha resultado realmente entrañable. Abdul me ha hablado del desierto, pero en ese momento el Sueco me ha dicho que me fuera con él, que ya seguiríamos hablando del desierto durante la cena. He hecho un gesto a los míos, para indicar que nos veríamos allí, a donde nos llevan. Me he montado en la furgoneta del sueco y ha empezado a conducir de la manera menos sueca posible. El sueco es un suicida al volante, desconoce las reglas, desconoce la prudencia, pisa duro en el acelerador. Va sonriendo y pone un disco de Janis Joplin. Me parece raro escuchar Janis Joplin mientras atravesamos esas calles irreales de Marrakech. EL Sueco habla español de manera brillante pero con un acento que resulta imposible. Me pregunta mi nombre, la ciudad dónde vivo. Me cuenta que lleva doce años viviendo en Marruecos, le pregunto: "¿Qué hace un sueco viviendo en Marruecos?", ríe de manera profunda. Lo pregunto con enorme curiosidad porque El Sueco es un tipo raro, los mas ajeno a Marruecos que pueda existir en Marruecos su forma de vida parece la de un sueco que se ha adaptado a Latinoamérica, o esa manera que entienden los nórdicos que es la vida en Latinoamérica. Ríe, ríe profundo con mi sonrisa. Gira la mirada mientras atraviesa una calle vacia y en la que ya es de noche, me mira de repente con desprecio. Su risa se detiene y me mira con desprecio. Nos quedamos callados. Gira en una esquina y se detiene. En ese instante ya se que El Sueco no me lleva a la cena, el sueco busca otra cosa. "Esta plaza te gustará", me dice. Detiene la furgoneta. Abro la puerta, miro hacia atrás con la última esperanza de ver llegar la furgoneta de Abdul con los míos. Me bajo, noto que el sueco está a mi espalda, suena su teléfono y contesta, habla en árabe. Veo que en su mano lleva un martillo, un martillo de tamaño gigante y habla casi enfurecido por teléfono. Me mira mientras habla y en la mirada veo un vestigio de lo que sospecho son sus intenciones. El sueco me quiere matar. Le hago un gesto, indicándole que voy a buscar un sitio para orinar. Sigue hablando. Salgo de su campo de visión y salgo corriendo. Corro, corro hasta una calle ancha en un lugar que desconozco. No se donde estoy. Hay unos hombres sentados en unas sillas al borde de la acera, me ven pasar. Sigo corriendo sin saber donde voy, pero corro, corro calles que jamás he visto. Estoy en Marrakech pero en una zona alejada de la medina que es lo que mejor podría conocer. Veo un hombre que camina con su burro. Le hablo en ingles y me hace un gesto que no comprende. Sigo corriendo. Es de noche. Entro en una calle veo una casa con la puerta abierta, la televisión está encendida. Entro, hago gestos angustiados pidiendo el teléfono. Sin esperar respuesta lo uso, me miran con inquietud, con pánico. Marco el teléfono de los míos. Me atiende Illot, le hablo rápido, le cuento lo que me ha sucedido. Oigo silencio. He perdido la comunicación. Vuelvo a marcar, ya nadie atiende. Miro a la gente de la casa. Salgo a la calle. Siento algo extraño, pero real. Estoy perdido en Marrakech y no se como encontrarme

miércoles, abril 15, 2009

El encargo

Subí por aquella calle cerca del puerto. Seguían los puestos de ostras, seguía oliendo igual que entonces, seguían aquellas escaleras que daban a una iglesia que no recordaba. Mientras avanzaba iba comparando lo que recordaba con lo que había. Las dimensiones distorsionadas del recuerdo, las fachadas olvidadas, el suelo cambiado, obras que se habían sucedido unas a otras y que modificaban el curso de las cosas, la variación de las calles, los portales reformados de los que no recordaba su antiguo aspecto. La biografía invisible de las ciudades. Llegué a la calle que estaba anotada en el papel. El numero 6, tercero exterior derecha. Toqué. Escuché una voz antigua, si existe algo parecido a una voz antigua, pero de algún modo no pareció una voz de este tiempo. Mientras subía las escaleras traté de imaginar mi vida si jamás me hubiera largado de esa ciudad, si a los doce años el destino hubiera sido quedarse viviendo ahí, como tanta gente lo había hecho, como es lo común hacer. Luego pensé en el hombre que me encargó este asunto difuso. Debía visitar a esta persona de la que ahora sabía, al menos, que tenía una voz antigua. Subí los tres pisos. Toqué el timbre. Tardaron en abrir.

- Henri Simon Leprince, supongo


Me sorprendió que esperara mi visita, que supiera mi nombre.

- Efectivamente. No sabía que me esperara. Traigo un encargo para usted. Un sobre del que desconozco su contenido. También desconozco a la persona que me ha contratado para tal asunto.

.- No se preocupe, Leprince. He esperado paciente este instante. Conozco el encargo, conozco el contenido del sobre. Conozco a la persona que le ha contratado. Conozco este juego

Me hizo pasar. Me invitó a té. Sonaba música que no reconocí pero que me gustó enormemente.

- Perdone, Leprince, mi despiste. Con la emoción no me he presentado.

No dijo su nombre. Me quedé pensando en su última frase "Con la emoción no me he presentado" Seguía emocionado. Nuevamente olvidaba decirlo. ¿Realmente me esperaba?. Sentí unas ganas casi incontrolables de conocer el contenido del sobre.

- Tomé el sobre. No quiero quitarle mas tiempo.

Inicialmente hubiera bebido el té, me hubiera levantado y ya a la salida le hubiera dado el sobre, pero la esperanza de poder tener el tiempo de el té para que pudiera leer el contenido y la posibilidad mínima de que hiciera un comentario precipitó mi entrega.

- Leprince, debería saberlo. El sobre no contiene nada. El envío, realmente lo que usted debía entregarme, es a usted mismo. Abra el sobre, lo podrá comprobar. Creame.

Nervioso lo abrí. Si había algo, era un papel arrancado irregularmente, donde estaba escrita esta frase:

"Leprince, le envío a Leprince. Círculo cerrado"

Le miré. Estaba pausado, como si conociera de antemano mis reacciones.

- No comprendo.

- ¿No comprende, Leprince?. ¿Quién comprende, querido amigo? ¿Quién?. No le llama la atención volver después de tantos años a esta ciudad. Apuesto a que venía por estas calles, subiendo las nostálgicas aceras de este barrio, recordando asuntos casi olvidados, su vida aquí, los años lejanos y breves que pasó en esta ciudad. Preguntandose, Leprince, la pregunta clave de este asunto "¿Como hubiera sido mi vida si jamás me hubiera ido de aquí?". Lo apuesto Leprince. Ha sido así, ¿Verdad?.

Miré a sus ojos. Miré mi reflejo en un espejo que había trás el. Comencé a comprender. Siguió hablando mientras aquella música genial sonaba.

- ¿Quien sería hoy si no se hubiera ido con doce años de aquí?. Plantéeselo al contrario: Si se hubiera quedado ¿Quién sería hoy si se hubiera ido?. Nos contestamos la pregunta así, Leprince. Yo soy su respuesta, usted es la mia. Ambos somos el mismo. Había olvidado decir mi nombre, ¿Verdad?. Disculpeme. Soy Henri Simon Leprince. Su otro, el que se quedó. La variación por la que usted se preguntaba subiendo las calles de este barrio, recorriendo Vigo otra vez, tantos años después. Usted es la variación por la que tantas veces me pregunté. Mi otro. EL que se fue. El destino por el que tantas veces me pregunté mientras caminaba diariamente Vigo una y otra vez. Míreme. Somos el mismo, otro pero el mismo. La bifurcación del destino. Ahora, bajemos, paseemos por este barrio que es en el que hubiera vivido de haberse quedado. Tenemos tantas cosas que hablar.

martes, abril 14, 2009

Los dedos en el tiempo

Sosteniendo los dedos en el aire, tocando algo invisible, al menos, a los ojos de los demás. Ralentizada, como si eso que tocara con la punta de sus dedos, en ese aire comprimido, fuera el tiempo mismo, una masa solida que según se toque lo hiciera avanzar de una manera u otra. Estática, manejando ese tiempo a su antojo, mirando con asombro a esa zona invisible en medio del aire de la habitación. Gira los dedos, los gira como quien toca por un momento breve, el tacto mas agradable. Casi no respira, como si temiera que en la respiración se acabara ese instante, que de alguna manera, sólo ella maneja. Si se observa con detenimiento, entre los dedos hay, en intervalos breves, una mínima luz que juguetea, como la imitación de un rayo, entre sus dedos. Un rayo de juguete que revienta delicado cerca de las yemas. No nos mira, ni siquiera sabe que estamos y realmente es así, no estamos, al menos no en su instante lejano, dónde ella mueve el tiempo y se suceden diminutas explosiones lumínicas. Mantiene los dedos en el aire, moviendo con precisión el aire invisible en el que ella ve algo. Trato de acercarme para mirarla a los ojos y tratar de comprender su estado, el lugar lejano donde pasea su mente. La veo al otro lado de las manos, como si las manos fueran la frontera entre mi lado y su lado, entre mi tiempo y su tiempo. Acercó mis ojos a sus ojos, separados por las manos, la miro y siento que ella no mira, ella ve otra cosa al otro lado de sus dedos, no a mi desde luego. Aguanto un poco, con la esperanza no reconocida de que sus dedos me arrastren hasta ese lugar inalcanzable donde ella está. Miro a sus ojos esperando encontrarme un reflejo mínimo de lo que ella ve, pero en sus ojos lo que se refleja mínimamente, si se mira con atención, son sus dedos y detrás mis ojos que la miran. Digo su nombre una vez. Siguen sus dedos moviéndose en el aire. Durante un segundo imagino mi voz en su lado, llegando desde la lejanía intratable del tiempo, una voz que viene de otro siglo. Lo vuelvo a decir. Decido entonces mover mis dedos junto a los suyos. No sucede nada. Ni yo voy allí, ni ella vuelve. Digo de nuevo su nombre, la miro, miro su cara, sus ojos pequeños, su boca pequeña, sus brazos alzados, sus dedos minúsculos:

.- Vamos, Patricia. Vámonos ya que hay que irse, que llegarás tarde, de nuevo, al colegio. Vamos ya, cariño. Luego, por la tarde, si quieres, juegas otro rato con el tiempo.

lunes, abril 13, 2009

Insomnio en la residencia

Despertó a las cuatro de la madrugada. Mantuvo un rato los ojos cerrados. Estuvo pensando difusamente en Andrés Rubián Lopez, de quien hacía años que no sabía nada. Abrió los ojos, miró el reloj y comprendió que estaba desvelado. Sin encender la luz se puso en pie, camino torpemente por la habitación y salió al pasillo. En el pasillo se percató de que iba con los pies descalzos, pero siguió andando hasta el hall donde podría encender la televisión sin volumen. Pensó en la posibilidad de encontrarse con Matías Durán, el dueño de la residencia y que los domingos hacía el la guardia para darle descanso a Peré, quién habitualmente hacía la noche en la residencia. No escuchó a Matías, se sentó en el sofá destrozado del hall poniendo los pies descalzos en la mesilla. Pasó varios canales. Vio: Un concurso telefónico presentado por una chica que no parecía real, sino la protagonista de una película de bajo presupuesto de ciencia ficción mala. Un teletienda que anunciaba un aparato para hacer ejercicio casi hipnótico, porque esté movía a los atletas o a ls futuros musculosos de manera extrañamente automática. Una película porno en la que dos tipas eran sorprendidas en una isla perdida por un Robinson musculoso, este se une a la fiesta sexual y al orgasmar las expulsa de allí de manera confusa, no se sabe si con poderes divinos o por la energía invisible de esa isla lejana. Una de las chicas es morena, la otra es rubia. El, mientras se sucede la escena sexual en la televisión, se masturba pensando en la morena. Cambia de canal, un tipo habla de economía. Cambia de canal, un cura habla de la salvación en un canal de temática religiosa. Se queda escuchando al cura que habla del perdón y del camino. Siente, no sabe porque, un profundo rechazo por la imagen física del cura. En ese momento aparece Matías por el hall. Le mira y le saluda. Le cuenta, casi para excusarse que se ha desvelado y que no logra dormirse. Matías le dice que el insomnio es un castigo, no sabe de que, pero que es un castigo, que él sufre de insomnio a menudo. Se sienta a su lado y con naturalidad le pregunta si no están poniendo ninguna porno. Contesta que cree que ya estaba terminando, pero vuelve hasta ese canal. EL Robinson, en ese instante, está mirando una barca que se acerca a lo lejos, a su isla. Mira con resquemor. Matías y él ven con desinterés la trama. El Robinson pornográfico viste un taparrabo absurdo. La barca llega a la orilla, Robinson se esconde tras unas palmeras y observa como una mujer con un traje galáctico baja de la barca. Matías le dice que el porno es ideal para el insomnio, sólo bajo el estado irreal que tiene la mente en el insomnio puedes aceptar esas tramas imposibles, deliradas. El no habla, pero le da pudor que la escena que va a suceder se queden los dos viéndola, le propone a Matías cambiar de canal. Matías acepta sonriendo:"Tu verás, eso es lo mas creíble que vas a encontrar a esta hora". Matías se levanta y se pierde por el pasillo impar. Apaga la televisión y sale a la puerta de la calle. Es de noche y siente el frio de la acera en los pies descalzos. Por la acera de enfrente pasa un hombre. Sabe que no es, por lejos que esté, sabe que no es, pero le hubiera gustado, sobre todas las cosas, que el hombre que pasa en ese instante por la acera de enfrente fuera el actor que representa al Robinson que acaba de ver. Bosteza y entra de nuevo. Camina por el pasillo hasta su habitación, mira la puerta de la habitación de ella, suspira. Sabe que se meterá en la cama y no dormirá y que sin embargo ellos dos si, ellos dos estarán al otro lado de esa puerta dormidos. Cierra los ojos, y en un ejercicio infantil, decide mandar poderes a través de la puerta para que ella, al menos en ese instante, sueñe con él. Se mete en la cama, mira el reloj. Las 5:04 de la mañana. No lo sabe, pero siete minutos después, se quedará dormido.

viernes, abril 10, 2009

Despertar

Me desperté pensando en Felix Valderrama. Entraba el sol de las siete de la mañana por la ventana sin cortinas, una nube diminuta pasaba, algo desgarbada, de forma facial y que jugaba con enorme precisión y muy elegantemente con la luz del amanecer, arriba en un cielo que iba variando de color. Olvidé inmediatamente lo que había soñado. Miré a mis lados, no estaba en el trópico, pero sentí algo parecido a despertar en el trópico. Recordé en ese instante a Felix Valderrama. Pensé primero en varios gestos característicos, evoqué determinadas situaciones vividas conjuntamente, su pasión por los sueños, esa pasión que va mas allá de la pasión habitual de cada ser humano por el mundo de los sueños. Valderrama los mira no sólo con asombro, de manera científica, con curiosidad, con fascinación o con perplejidad. Valderrama sospecha en los sueños una forma de vida, bastante mas real que la que sucede después. La vida, diría, es lo que transcurre para recopilar información para luego soñar. La clave de la existencia es el sueño, lo que sucede en el despertar es la parte de supervivencia para que esa autentica vida suceda. La vida es de aquello que necesita el sueño para existir, pero es este quien gobierna. Recordé esas refleaciones de Valderrama mientras no recordaba lo que había soñado y me levanté. Miré por la ventana, no había resquicios de la nube de aspecto facial, pero permanecía la sensación de trópico en la habitación. Abajo el mar, la marea era suave y sólo a lo lejos se veía un barco atravesando la línea del horizonte, dirección este. Me giré. Abrí la mochila, anoté en el cuaderno la hora y traté de escribir algo sobre un músico de hotel con crisis de identidad, no logré escribir nada concreto. Arranqué la hoja y la lancé a la papelera. Salí al pasillo con la intención de preguntarle a la dueña del hostal por un sitio con buen café. La dueña del hostal no estaba en la mesa que hacía funciones de recepción. Tosí, volví a toser y salió su hijo. Me presenté. Se presentó. Pregunté por el café. Me mandó a un lugar en el pueblo, cerca de la playa. Caminé. Juro que en una esquina caminando rápido vi a pasar a Felix Valderrama con diecinueve años. Era él. Estoy seguro. He comprendido que este pueblo no existe. Tampoco yo. Tampoco este sueño

jueves, abril 09, 2009

Un cello en el viento

Era un día de viento y a él no le gustaban los días de viento porque el sonido se desplazaba sin forma, enloquecido y sin criterio. El viento, decía, era el enemigo del sonido, de la música, el disfraz oculto de la confusión. Nada se comprende igual cuando te hablan con viento, la música viene a bandadas, a trompicones y todo se desplaza arremolinado y sin matices. Era un día de esos, de los que el detestaba, lo pensó nada mas pisar la calle, con la funda del cello colgando de la espalda, sintiendo que el peinado se venía abajo y que una bolsa avanzaba enloquecida por la calle y pasaba a centímetros de su cara. Cruzó con el cello a los hombros, sintiendo que los hombres, no ya sólo el sonido, también menguan con el viento. Bajó por la cuesta de los olivos, atravesó la plaza y saludo a la chica a la que dirigía aquellas composiciones que nadie conocía, ella pasó de largo, como el viento, pensó él, y siguió avanzando. Giró donde la travesía de los almendros, desde abajo, al principio de la calle, que era el principio de la cuesta, entró, como un mensaje venido de lejos, otra ola de viento. Sintió que el cello pesaba mas que nunca, empujado por el viento, venía el niño al que daba clases de solfeo los martes y jueves a media tarde, trató de agarrarlo, pero el niño parecía una cometa, y fue imposible atraparlo. El niño ascendió la cuesta como una hoja, como una bolsa, como una parte visible del viento. Comprendió que aquel era el viento mas fuerte que había visto nunca. Y pensó en el uso del verbo ver en esa frase, porque evidentemente el viento no se veía pero el vio al niño como parte del viento, empujado como una parte de ese colectivo invisible. El cello le empujaba hacia atrás, como si el cello también se quisiera ir allí, donde va el viento. Giró abajo y vio que venía la furgoneta que reparte el pan, empujada con panes y con el panadero dentro, mas atrás venían mas niños, el conductor del autobús, los periódicos del kiosco, el kiosquero, el kiosco mismo arrastrados por ese vendaval, por el viento enloquecido. Siguió avanzando a la contra, ya mas por un acto de rebeldía que por alcanzar la estación, como cada mañana y recibir a los turistas con el sonido de las cuerdas, con esas melodías típicas del zona. No era ya ese el motivo de seguir, de avanzar, sino, casi, encontrar el nacimiento de ese enloquecimiento, de esa fuerza descomunal. Siguió calle a calle, recorriendo el camino diario, sin encontrar hoy los saludos de los de siempre, porque estos, uno a uno iban pasando, si, como cada mañana, pero esta vez empujados y arrastrados por el viento, ese viento incomprensible y desquiciado. Entonces vio la estación de fondo, de donde hoy no salían manadas de gente, vio la estación con los arboles medio arrancados en la puerta, con los automóviles amontonados y arrastrados sin sentido. Cruzó, como bien pudo, la puerta, no había nadie en las taquillas, nadie atravesando el hall, nadie, solo el sonido de un silbido sin dueño que era ese viento que estaba acabando con el pueblo. Se sentó donde siempre, en ese trozo que ya todos le reservaban. Abrió la funda del cello, cogió el arco y toco, toco como el que lucha contra un batallón invencible. Apenas le llegaba el sonido de lo que tocaba, siguió tocando. Por algún motivo, por alguna extraña fe, creyó que según fuera tocando el viento pasaría, como si sospechase de la música que salía de su cello como el antídoto contra esa fiera incontenible. Tocó, tocó con rabia, con intensidad sin apenas escuchar las notas que salían de sus dedos. No pasó lo que todos hubiéramos querido que pasara. No pasó lo que el deseo que pasara, no sucedió lo que al que escribe le hubiera gustado escribir, no pasó lo que cada uno de los que pasó volando esperaba. No se detuvo el viento, al contrario, el viento se lo llevó a él también, en un ataque aún mas violento, el viento lo arrastró con celló y todo y también se le vio pasar como una hoja, como una bolsa, como a los periódicos, como a sus vecinos. Ahí también iba a él, con el cello usado no ya como un instrumento, sino como la vela de un barco, ahí pasó, si. No sucedió el milagro, no, pero a cambió mientras volaba con el cello en la mano, arrastrado por aquel viento imposible, cuando ya salía empujado del pueblo dirección a la sierra, la vio a ella, cerca, muy cerca volando también, se agarraron de las manos y siguieron, horas, días, meses años así, volando empujados por el viento.

miércoles, abril 08, 2009

La playa perdida

Bajamos a media tarde. Hacia un calor suave, una temperatura media, aunque ese termino es siempre enormemente relativo. Caminamos por el sendero que lleva hasta la playa donde apenas hay nadie. De bajada subía un niño con su madre, nos miraron y nos preguntaron si habíamos visto un perro blanco. Contestamos que no y seguimos bajando entre los arboles que cubrían el sendero. Me quite las zapatillas peor me hubiera quitado la ropa entera, era agradable sentir ese vacío, esa soledad elegida, es vacío de media tarde en esa zona de playa. Si íbamos de vacaciones ahí era precisamente por ese motivo, porque se sentía un agradable vacío y eso producía una gigante sensación de descanso, de ausencia. Llegamos a la playa, el sol aún mandaba rayos a este rincón planetario. Las olas eran suaves, la playa estaba vacia y le dije a ella, con tono picante que no estaría nada mal hacer el amor. Ella sonrió y comprendí su pudor. Me fui a bañar. Ella se quedó leyendo y yo me sumergí persiguiendo unos peces que parecían un grupo de danza contemporánea. Luego volví. Cuando casi me acercaba hasta ella, vimos el perro venir, el perro blanco que la madre y el niño buscaban con cierta angustia, el niño tenía los ojos rojos dejando muestras evidentes de que había llorado en la búsqueda del perro. Vimos el perro venir hasta nosotros. como si llevara horas perdidos y ese encuentro con seres humanos le ofreciera sensaciones parecidas al retorno a casa. Ella se levantó casi para cogerlo en brazos. El perro era pequeño y evidentemente trasmitía nervios, el temor de cualquier ser vivo ante variaciones imprevisibles en su existencia. Ella se acercó hasta el, lo miró como si tuviera alguna dote desconocida de veterinario, me miró me dijo:"Creo que voy a subir con el hasta arriba, donde el parking. Quizá aún anden por ahí buscándole. Espérame aquí". Obedecí, había algo atractivo en quedarme solo en la playa mientras terminaba el día. Me volví al agua, vi la playa desde ahí, la perspectiva me parecía cinematográfica. Comprendí entonces que estaba solo, el sol se termianab de esconder. Salí del agua. Sneti frio, la piel estaba erizada. Busqué mis cosas, no las encontré. Busqué la salida al camino entre arbustos, no lo encontré. Fue así como lentamente fui comprendiendo. No habíamos encontrado al perro, no. Nosotros también nos habíamos perdido. Estar perdido no es perderse, sino que es llegar a este lugar. El perro lo sabía, nosotros no. El perro la condujo a ella al lugar donde dejas de estar perdido, donde las cosas y la gente se encuentra, aparece. Yo me había quedado ahí. En ese lugar donde está lo que se pierde. Estoy perdido, encontré el lugar donde todo se pierde y nada ni nadie me encontrarán. Salvo que dentro de añós, siglos, un perro blanco aparezca ladrando y me saque de aquí y me lleve allí, donde están todos, ellos, ella, el perro blanco. El mundo

domingo, abril 05, 2009

El autor

Solía venirme a buscar a la salida del trabajo. Yo bajaba con Emma, nos despedíamos en la puerta y le veía allí, en la esquina de la calle, esperándome con la moto. Caminaba sabiéndome observada hasta él. Creo que ese fue el verano que me sentía más guapa. Luego hay épocas, trozos, semanas, días. La belleza en uno mismo es tan variable como el clima o como el paso de nubes en el cielo, pero aquel verano me sentí todo el rato guapa, quizá por el, quizá por la época, quizá por estar en mi primer trabajo y sentir algo que realmente era irreal. Le saludaba, me preguntaba que tal había ido el día y nos ibamos por la carretera hasta una playa que desconocía hasta que le conocí a él. Era una playa que estaba a unos quince kilómetros, enterrada entre piedras y donde apenas había nadie. Nos sentabamos y hablábamos con sosiego. Yo tenía el verano por delante para decidir que hacer, si largarme a la capital a estudiar empresariales o quedarme un año trabajando y decidir. Por un lado siempre creí que era bueno tomarse un año reflexivo al graduarse. Empresariales era una decisión sensata, pero no vocacional. Encontré aquel trabajo para tomarme con calma las cosas. Todas las tardes el me buscaba y nos íbamos hasta la playa. Hablabamos de eso y de algunas cosas mas. Me gustaba su serenidad o mas que su serenidad su facilidad para entrar en detalles psicológicos sin demasiados tapujos. Nos sentábamos en la playa y nos desfogábamos de una vida que no terminábamos de comprender. Jamás me acosté con él. Y ahora muchas veces lo pienso. Realmente era un amigo. Jamás sentí pasión. Me encantaba hablar allí, en aquel rincón casi desconocido pero jamás sentí deseo. Aquello, inconscientemente, me generaba cierta culpa y aquella culpa y el paso del verano terminaron por diluir aquellos encuentros mágicos, hasta que una buena tarde bajé, me despedí de Emma y le vi allí y me dio pereza lo que vendría, saludarnos, montarme en la moto, avanzar por la carretera, llegar a la playa y sentarnos. De algún modo ya nos lo habíamos dicho todo o todo lo que tenía que decirme con el estaba dicho. Así que bajé, le di un beso en los labios y le propuse cambiar de destino, pensando que cambiando de destino cambiarían mis sensaciones aquella tarde. Le propuse subir hasta "El rayo", que era una vieja y rarísima antena de telecomunicaciones que había arriba y desde donde se veía toda la ciudad. Subimos, nos sentamos y nos quedamos callados. Le mire y haciendo el primer esfuerzo en ese sentido en mi vida, le dije lo que me sucedía. Me miró, creí que iba a llorar pero no lloró. Se quedo quieto, mirando al suelo. Cogió una piedra pequeña, la miró y la lanzó. Sorprendetemente no pasó nada mas. Bajamos hasta la ciudad en la moto, me dejó en mi portal y le vi irse. Me quedé escuchando el sonido de la moto perdiéndose a lo lejos.

El verano terminó y finalmente me fui a estudiar empresariales en una decisión no del todo acertada pero tampoco descabellada. Cada dos o tres meses iba hasta mi ciudad a ver a mis padres y salía con la gente de allí. El se había largado pronto, como casi todo el mundo. Después supe que había vivido en Buenos Aires, que después de Buenos Aires se fue a una Chicago, de Chicago se fue a Budapest, de Budapest a Praga, de Praga a Londres. De su vida en Londres me llegaron noticias, ecos lejanos por gente que no sabía que le conocía. Alguien le nombró como poeta o como intelectual, uno de esos dos adjetivos que no siempre acepto. Escuché su nombre pegado al título de dos libros y sobre todo de un cuento, que tres personas coincidieron en nombrar como mejor cuento. Me quedé callada. Busque con insistencia libros de ese autor que para mi no era un autor. Leí el primer libro. Poemas minimalistas que me costó entender. Leí el segundo libro, cuentos metafóricos sobre unas realidades difíciles de comprender. Leí un tercer libro donde estaba el mejor cuento y descubrí que su mejor cuento hablaba de nuestro verano. De las tardes en aquella playa. Leí treinta veces ese cuento tratando de comprender que era lo que le hacía ver aquellas tardes de aquella manera. Creí ver un mensaje oculto. Creí pensar que en el fondo el cuento era una carta, una carta dirigida de manera ambigua a mi. Una carta no enviada sino una carta que debía ser encontrada de la manera en que la encontré. De vez en cuando leía noticias escondidas sobre el autor español afincado en Londres. Fui a un taller de literatura donde se analizaba el cuento del que yo era la protagonista, trataba de comprender en aquellos análisis la visión que tenía de mi misma en aquel cuento. El cuento tuvo su vida propia, salto al escenario en un concurso literario en Bogotá. Por aquel premio se llevó un buen dinero. El cuento fue nombrado por varios escritores de prestigio. Aceptado en círculos intelectuales como obra precisa o como ejemplo de la realidad como forma de literatura extrema. SIn embargo yo veía entre esas líneas aquellas tardes y me veía a mi misma, nada mas. Era una redacción sobre aquel verano. Traté de encontrar un argumento para buscarle y preguntarle si en el fondo había una vengaza, pero jamás supe que argumentar para buscarle en Londres. Publico varios libros mas, pero cada libro, cada obra nueva venía sentenciada por la comparación con aquel cuento. El cuento fue llevado de manera torpe al cine, la película tuvo una tormenta violenta de críticas, catalogada como error histórico. La vi al día siguiente del estreno, una tarde de noviembre que no llovía. La tipa que me interpretaba era una actriz que en aquella época era una promesa y que con el tiempo terminó desaparecida, una de esas carreras que arrancan con una foto del cartel promocional de una pleícula y que terminan en una media página de una revista del corazón. Sin embargo a mi la película me pareció sublime. Como explicarlo, el cuento hablaba de aquello con desgarro, con resentimiento, en la película desaparecía el filtro doloroso del autor y se parecía mucho mas a lo que yo recordaba de aquel verano. La película era lenta y seguramente mala, pero mas parecida a la vida real y por mas que el cuento parecía realista y la película no, para mi era mas real y mas fiel la película. Durante dos semanas el cartel de la película empapelaba la ciudad y veía a la actriz que era yo mirando algo no definido a lo lejos sobre un fondo casi azul.

Durante toda mi vida he llevado ese protagonismo en silencio. Conocí a mi marido,a los dos años de casarnos, un verano se llevó el libro de vacaciones. Lo leía por las mañanas en la playa, apoyado en la toalla recibiendo los beneficios del sol. Cuando llegó a la página donde arrancaba el cuento sentí un golpe de angustía. Me hubiera gustado confesarle que esa era yo, pero jamás dijo nada. Aquel mediodía fuimos a comer a un restaurant a pie de playa, acababa de terminar el cuento y estaba conmovido. Me preguntó si yo había leido ese libro, le dije que no, pero que me habían hablado muy bien de él:

.- Ese cuento. Ese cuento me ha gustado. ¿Sabes?. Tiene algo de terremoto.

Cambié de tema. Hablé del clima, del verano, del tiempo en el reloj, leí la carta en alto, hablé de los alemanes que veranean en la costa, de los niños. Aquella noche al acostarnos en la cama mi marido cogió el libro y volvió a leerlo. Suspiraba. Lo terminó, yo había apagado la luz de mi mesilla. El puso el libro en la mesilla de su lado y me comenzó a acariciar. Cerré los ojos y acepté el exorcismo. Acepté el juego. Supe, lo supe en ese instante que el juego que planetaba el autor era agudo y brillante y se consumaba en ese instante. Mi marido se empatizó hasta el delirio con el autor del cuento que era lo que el autor buscaba desde el momento en que lo escribió. Me acarició buscando el deseo y el sexo que aquel chico, en aquella playa, aquel verano no encontró. Yo cerré los ojos y vi todo aquello, me lancé a mi marido que no era el, que era el autor y me fui hasta aquel verano. Entonces le deseé como no lo había hecho entonces y el cuento, como un viaje en el tiempo, perdía o cobraba todo su sentido.

Al volver a la ciudad unos dias después supe que estaba embarazada.

sábado, abril 04, 2009

Una visión anormal en el salón

Despertó, caminó hasta el salón con la intención de hacerse un café y descubrió que había una paloma de tres metros en el salón de casa. Quieta, justo a la altura de la mesa, mirando hacia ningún lado, arrullando con desgana pero con un sonido tan profundamente grave debido a su tamaño que el arrullo parecía venir de algún lugar mas allá del suelo, del techo o de las paredes. Nada hacia la paloma de tres metros salvo estar quieta y no esperar nada. El se quedó quieto en la puerta del salón, inmóvil, observando al inmenso animal con el temor de quien ve eso, una paloma gigante y se planteó la manera de escapar sin tener que atravesar el salón. Lo mejor en ese caso era jamás ser visto por el animal. Volvió a la habitación, ella aún dormía y primero quiso despertarla para compartir la visión demoledora de la paloma de tres metros y luego pensó que al menos uno de los dos viviera un rato mas desconociendo la presencia inoportuna en el salón. Ella se giró para cambiar de posición en la cama y emitió un leve gemido y un suave bostezo sin abrir los ojos que a el, quizá por obsesión y por el pánico momentáneo, le recordó a los arrullos de las palomas, pero de las palomas de tamaño normal. Miró por la ventana hacia la calle, calculó como sería el salto desde ahí, si ambos podrían llegar hasta otro lado sin atravesar el salón, sin tener que enfrentarse a la paloma de tres metros que arrulla gravemente y con desgana en el salón. Pensó, trazó un plan. Abrir la ventana, apoyar los pies y trepar hasta la ventana del vecino y lograr la libertad de manera arriesgada y compleja pero heroica. No volver a casa, dejar el hogar para siempre con el animal ahí quieto, arrullando con desgana. Liberarse de esa imagen. No volver a entrar, dejar la ropa, los muebles, los libros, los discos, el ordenador, la televisión. Entregárselo como precio de la libertad, de no tener que atravesar el salón y ser visto por esa ave gigante, no escuchar nunca el arrullo de la bestia estática de tres metros. Cogerla a ella, que no despierte y sepa, que no tenga que ver, cogerla en brazos y salir por la ventana hasta donde el vecino que es donde acaba, donde todo eso se acaba. Ella abrió los ojos y le miró, asustado, con temor y le preguntó:

.- No salgas Ana, no salgas ahí afuera. Espera. Vístete que tenemos que escapar por la ventana

Y ella le miró y no entendió nada. Trató de preguntar, pero el hizo un gesto de silencio, temiendo ser oidos por la paloma de tres metros.

.- Hazme caso, Ana. Vístete, agárrate fuerte a mi. Abriré la ventana y saldremos de aquí. Tocaremos la ventana del 6º C y a partir de ahí, Ana, empezará a una nueva vida. Lo tienes que entender. Tiene que ser así. Confía en mi.

Y ella duda, abre el armario y se viste. Se viste rápido. Ella se abraza fuerte, mientras el pone un pie al borde de la ventana, mira rápidamente la altura y logra controlar el vértigo. Gira, ella tiene miedo y no comprende pero acepta porque está medio dormida y porque él habla serio, mas serio que nunca. Abajo pasa el tráfico, una paloma de tamaño normal arrulla en el piso de arriba, en la ventana del 7º B, ella siente que nada tiene sentido pero acepta, el recuerda el arrullo de la paloma gigante y ese recuerdo le da fuerzas para evitar el vértigo. Avanza con extremo cuidado, midiendo cada paso, ella se agarra fuerte a su cuello y no mira, jamás mirará hacia abajo. Algunos minutos después alcanzan la ventana donde empieza la liberta. Tocan. El niño mira asustado y abre. Les ayuda a entrar.

Caminan por la ciudad. El le pide a ella que no pregunte, pero que el hizo lo que debían hacer, que es mejor que ella no sepa pero que confíe en él. Buscan una casa nueva, empiezan de cero una nueva vida. Con esfuerzo económico compran nuevos muebles, nuevos libros, nuevos discos. Van llenando las estanterías mes a mes. Ella en un par de ocasiones trata de comprender, le interroga y el contesta siempre que no lo hará, que no le contará el motivo de abandonar aquella casa, el motivo de aquella ruina temporal. Que hubo que hacerlo, de esa manera, sin otra opción.

viernes, abril 03, 2009

Reflexiones después del golpe

Acabo de intentar saltar al otro lado del espejo y casi me abro la cabeza. Ahora estoy en el suelo, sintiendo un tremendo dolor en la cabeza y en una muñeca porque al caer he puesto la mano izquierda y llevaba tanta fuerza que he ejercido demasiada fuerza y la he doblado mas de la cuenta. Ahora mismo comprendo que ha sido un error saltar o intentar entrar en el otro lado, pero creo, por otro lado, que es comprensible haberlo intentado. Racionalmente es inexplicable intentar pasar al otro lado, pues se sabe que el otro lado del espejo no hay otro lado, sino el reflejo de este, pero emocionalmente no siempre entran esas explicaciones, y cuando las emociones se disparan no hay quien pare o sólo te para el espejo, que no es mas que un trozo de pared que proyecta o refleja este lado. Y ahora si, ahora es fácil comprender que no hay dos lados sino uno y que el espejo es una fantasía, que en el fondo los espejos no son reales o si lo son, que lo que hacen es convertir la realidad en una fotografía en movimiento, un juego que convierte las tres dimensiones en dos. Si, ahora si, ahora lo entiendo aquí en el suelo, mientras de esa herida en la frente sale un chorrito mínimo de sangre y la muñeca trasmite dolor a un lugar del cerebro que jamás sabré donde está. Si, ahora lo entiendo. Los espejos multiplican, pero no multiplican. Dejemonos de literatura, el espejo es un espejo, nada se desdobla, nada se da la vuelta ahí. Es un trozo cuadrado o casi rectangular, en este caso, que refleja, pero es absurdo querer entrar allí. Y ahora se que jamás lo intentaré, no lo volveré a hacer. Me levantaré y lo aceptaré, ahora aceptaré que ese espejo no me refleje, no me devuelva, no me proyecte. Eso ha sucedido y por eso he tratado de entrar, porque he llegado a casa y he venido hasta el baño y me he ido a mirar y estaba todo menos yo y primero me he tocado y me he sentido, aquí estaba pero allí no y luego he vuelto a mirar y no había reflejo de mi en el espejo. Y claro, ahora se que no hay otro lado, pero en ese instante he saltado para entrar allí y buscarme, porque era raro no verme, me preocupaba, me angustiaba y ahora se que ahí dentro no estoy y lo acepto, pero quizá lo acepto por el golpe, por que ahora sangra esa herida en la frente. No tengo reflejo, si, y eso que mas da, en el fondo los espejos son mentiras, que mas da no existir en ese lado de toda esta mentira.

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