jueves, julio 30, 2009

La Coja

La coja caminaba a ritmo sincopado. Un ritmo de cadencia extraña, pero repetitiva, un compás que se extendía, constante, en el tiempo. Nunca hablaba con nadie la coja porque no se fiaba de la gente, o eso imaginé. Pasaba de largo por la calle mirando al frente, a ese ritmo casi hipnótico, hacia algún punto invisible donde empieza el fin del pueblo, giraba en la esquina y desaparecía hasta el día siguiente. Apenas sabía nada de la vida presente de la coja, pero mucho, quizá no todo cierto, de la vida pasada, de lo acontecido, de sus desdichas. La coja era hermosa, y si cabe, mas hermosa por su cojera, no muy notable, suave. Un andar no equilibrado, no lineal pero que acentuaba algo que la elevaba, que sumaba atracción a su atracción evidente. La coja era un misterio, como un misterio era esa indudable sensualidad. Tantas veces esperé a la coja, tantas veces me senté media tarde en la acera, inmóvil, casi sin pensar o pensando nada mas que en abstracciones que se van evaporando unas detrás de otras, con la única motivación de ver pasar a la coja, su ritmo, su cadencia sincopada por la acera de enfrente sin hablar, sin mirar a nadie, envuelta en un pasado que nos habíamos inventado y que nos creíamos como cierto. Tantas veces me quedé mirándola esos segundos que van desde la esquina de San Mateo hasta el cruce con La Milagrosa donde giraba a la izquierda y se perdía, en ese compás cíclico que era su andar. Y siempre la misma nostalgia en ese instante previo a que sus piernas comenzaran el giro para desaparecer en la esquina, esa nostalgia de saber que ya, ese instante breve, se acababa hasta el día siguiente, cuando me volvería a sentar para disfrutar de ese corto privilegio de verla pasar por la acera de enfrente. Como si mi goce, mi obsesión, a su vez, mantuviera el mismo ritmo, la misma cojera que ese centro poderoso de atracción que era verla pasar, que era su misma cojera.

Jamás hablaba con La Coja, nadie lo hacía (nadie se fijaba en ella, salvo yo). Todo era ficción en ese personaje. Me inventé mil recuerdos para esa existencia de la que sólo alcanzaba a ver ese paso fugaz a media tarde. Me inventé incluso una voz. Me aprendí sus vestidos, que cambiaban cada tarde y que repetía en ciclos de diez u once días. Me aprendí sus zapatos, siempre planos, sin tacón. Construí su cuerpo desnudo, muchas veces lo hice. Basta el asomo de un trozo de piel, la curva de un hombro descubierto, la piel precisa que recorren esas piernas desiguales que los vestidos dejaban ver hasta la rodilla, un poco mas abajo de la rodilla, para que un hombre prefigure el cuerpo desnudo de una mujer. Yo me inventé esas formas que marcaban levemente esos vestidos. Me las inventé una y mil veces.

Me emborraché muchas veces, muchas, y caminaba solo por el pueblo. Susurrando con voz baja su nombre, que sonaba como un eco imposible en la noche:"La Coja", me decía a mi mismo. "La Coja". Solo la pronunciación de la palabra me evocaba un olor, la cadencia imposible de su andar. Y solo anoche, fue así, que la vi al final de Ponzela, de espaldas, frente al parque donde nunca hay nadie. Acababa de pronunciar la palabra, mirando primero al cielo, luego al frente: "La Coja", cuando reconocí la parte posterior de su cuerpo. Estaba inmóvil, mirando algo que no se podía saber que era. Me acerqué, me puse a su lado y saludé con voz casi inaudible. No contestó. Giré la cabeza. Nunca había tenido tan cerca su perfil, la forma precisa de su cara marcada por la luz nocturna que hacia imprecisos y confusos sus rasgos. No habló, no pude llegar a escuchar la voz que tantas veces me había imaginado. Comprendí, eso si, que la coja no era coja, era una invención, mi propia fantasía. Su cojera no era mas que la marca de una ficción incompleta, una ficción poderosa que no lograba hacer realidad, que no lograba completar. Su cojera era mi incapacidad para completar del todo esa invención. La coja no existía, si era coja no era mas que porque mi obsesión era inmensa, pero no lo suficiente, como para hacerla real, cierta. Se giró, se fue caminando a ritmo sincopado mientras, ayudada por la noche, por la luz, iba deshaciéndose entre las calles del pueblo. Nunca mas la volví a ver.

miércoles, julio 29, 2009

Una historia que podría ser real

Todos amábamos a Leti. La amábamos, eso lo sabíamos todos de todos, pero nadie lo hablaba, nadie lo aceptaba en voz alta. Se sabía, era una condición de todos los que bajábamos a la plaza, pero nadie pronunció aquel amor a los otros. Nos vigilábamos sigilósamente entre nosotros. Nos zancadilleábamos y si alguien hablaba a solas con Leti aprovechaba para desmontar las artimañas de el que cada quien considerara el rival mas peligroso. Si se tenía el casi imposible privilegio de estar a solas con Leti los demás se convertían en demonios y poco fiables personajes. A mi me paso, una tarde en el banco que había frente a su portal. Estuvimos un buen rato hablando y yo ataqué al Bolo, le dije que había hablado mal de ella una tarde, que el Bolo no era un tipo fiable y que se sospechaba andaba metido en un lío con los de La colmena. Un lío oscuro y posiblemente delictivo, que a mi el Bolo me parecía un indeseable y que Mario le había visto una navaja en el bolsillo. Leti apenas hablaba, era tímida y me escuchó con atención. Cuando ya había destrozado la imagen del Bolo me quedé sin mucho mas que decir, me hubiera gustado confesarle mi atracción, pero no lo hice, tampoco hablé mucho mas. Le conté donde me iba ese verano y le hablé de mi hermana, que se había liado con uno del edificio y que cada vez que se iban mis padres el tipo entraba en casa y se metían en la habitación. Nunca mas estuve a solas con Leti, a nadie de la plaza le conté que había estado con ella. Algunos días después ella se fue de vacaciones con los padres, era la mitad del verano. Yo dejé de ir a la plaza. Me cansé del Bolo y de algunos mas. No pintaba mucho allí. Las tardes en la plaza se habían convertido en una rutina poco interesante. Empecé a quedarme en la habitación escuchando Ummagumma de Pink Floyd, que era un disco que me había grabado el Flaco, que se había ido a vivir al extranjero, e imaginándome la posibilidad de navegar lejos de allí. Luego nos fuimos de vacaciones a un lugar que terminó siendo mas de lo mismo y en Septiembre volvi a clase con la sensación de que el verano me había devorado sin darme cuenta. Volví a ver a Leti de vez en cuando. Al tiempo me enteré que el Bolo se había liado con ella, lo que potenció mis pocas ganas de volver con los de la plaza. A esas alturas mi reputación estaría por los suelos. El Bolo había ganado por paliza la primera batalla y no estaba yo para enfrentarme sabiéndome derrotado. En noviembre conocí a Hugo y lentamente cambié de grupo de gente. Casi nunca veía ya a los de la plaza y fui deshaciéndome de ese colectivo enamorado de Leti, también me fui deshaciendo de ese amor indescifrable y extraño que sentía hacia Leti. En enero me crucé una noche con el Bolo cerca de mi portal, era muy tarde, hacia frio y yo venía algo borracho, una de mis primeras borracheras. El Bolo se acercó por detrás y me saludó con aspereza. Le vi mas gordo, había engordado mucho. Me contó casi llorando que Leti le había dejado y que estaba destrozado. No supe como reaccionar. Le pregunté que había pasado y no dijo nada concreto. El Bolo se mezclaba difuso con la luz naranja de las farolas y el frio, hablaba susurrando y de vez en cuando miraba al suelo. Yo sentía un mareo brutal y el Bolo me pareció, de repente, un tipo triste. Me despedí y me fui a casa. Me tumbé en la cama. Me masturbé, por primera vez, pensando en Leti. Por algún motivo jamás pensaba en Leti cuando me masturbaba, era algo que me parecía sucio, un acto que no podía ir ligado a mi amada Leti, pero aquella noche pensé en Leti. Me imaginé no se que historia irreal, que me cruzaba con ella en un ascensor y que me decía de repente que que guapo me había puesto y el ascensor se paraba y ella no podía contener su atracción y se lanzaba encendida hacia mi. Eso fue en enero. En febrero tuve mi primera novia, una tipa bastante fea del grupo de gente con el que empezaba a salir. En Marzo vi a Leti en una fiesta de amigos comunes. Ella iba con unas chicas que jamás había visto. Al rato, en mitad de la fiesta, me acerqué a hablar con ella. Me habló de una película que había visto esa tarde en el cine, un argumento que recuerdo vagamente y que a ella le había emocionado. Yo le hablé del Ummagumma de Pink floyd y me miró con distancia. Preguntó que tipo de música hacían y no supe contestar. Al rato dije:"Seguramente no te van a gustar. Es música de hace años". Aquella noche llegué a casa y escribí un cuento dedicado a Leti. Al terminarlo lo lancé a la papelera. A la mañana siguiente, mi hermana encontró las hojas y lo leyó. Durante meses se burló del cuento, de mi y de mi amor por Leti. Escribí otro cuento donde narraba los encuentros de mi hermana con su novio cada vez que mis padres se iban de casa, narré con precisión los gemidos que salían de su cuarto y dejé las hojas colocadas meticulosamente en el lugar donde sabía que mi madre las leería. Mi hermana me dejó de hablar durante seis meses, el novio me amenazó una tarde al volver de clase en el portal. Escribí mas cuentos, pero el que mas recuerdo fue sobre el Bolo. Todos los iba lanzando siempre a la papelera.

En estos días he encontrado a Leti en el facebook. Se ha casado, tiene un hijo. He curioseado sus fotos, ese trozo de vida que se puede comprender a través de lo que muestra. Una vida como otra cualquiera. Del Bolo, eso si, nunca supe nada mas siendo honestos, ahora, tantos años después, me gustaría verle.

martes, julio 28, 2009

El bloque

No hay acceso. No entra luz, con lo cual, por pura obviedad, debe ser una autentica sombra, profunda e inabarcable como toda sombra completa. No hay ruido externo, debe estar el interno que es imposible escuchar desde fuera. Un sonido de frecuencia imposible. Si se habla desde aquí, se sabe, o mas bien se sospecha, que nada de eso llega allí. Hemos gritado a veces, susurrado otras, nos hemos movido pero jamás nuestras palabras lo traspasaron. No llega el sonido o no conocemos el misterio que lo hace llegar. No hay puertas ni muros, es un bloque solido de un material desconocido, duro, grisáceo, que recuerda al cemento pero que no lo es. Es un cubo de líneas absolutamente rectas. Inmóvil en un terreno árido. No hay acceso, pero tampoco llegan elementos externos. No hay comunicación, no hay cables que lo atraviesen, tuberías que dejen entrar y salir agua, quizá otros elementos. No hay nada de eso. No hay un solo orificio, una imperfección, una curvatura en sus lados, un desgastamiénto en ese material imposible, una raya, un brillo que crece y envejece esa superficie. No lo hay. No emite nada salvo su sombra que se desplaza al ritmo del día, al ritmo del sol que da de pleno y que se va deslizando por esa superficie impermeable. La sombra es casi un espejo, es casi identica. Solida, dura, algo mas oscura. Simplemente gira en torno a ese bloque según va apuntando el sol. Podría ser una casa pero no hay nada acogedor en eso que se ve, en esa visión que parece una ficción, una mentira entre todas las mentiras que es el todo. Hay alguien dentro, una sóla persona. Sabemos su nombre, le hemos tratado, pero sabemos que dificilmente le volveremos a ver, nunca saldrá de ahí, no tiene como, no tiene puertas ni accesos. Tampoco sabemos como entró. Simplemente está, se sabe, pero por mas que gritamos su nombre, nunca contesta.

lunes, julio 20, 2009

Dos desconocidos como otros cualquiera

Cruzaron la frontera, avanzaron por la carretera atravesando los primeros kilómetros, por ese lado, de Francia. Atrás quedaban los días en Alemania. Buscó letreros con los ojos, le apetecía la idea de sentirse en Francia, leer poblaciones en esos carteles con nombres que le trasladaran definitivamente al concepto Francia. Definitivamente Alemania quedaba atrás. Definitivamente Francia se abría ante ella o bajo ella, Francia se dejaba atravesar por el coche en el que iba, acompañada por un tipo que había conocido en Berlín y que escribía en los hostales donde dormían, después de hacer el amor. El tipo no hablaba mientras conducía, dejaba la vista enterrada en el asfalto, hablaba mediocremente el alemán y confesaba no entender el francés. Escribía, eso decía, relatos cuya estructura navegaba desacompasádamente por un terreno inestable. No creía en la literatura publicada, pero vivía de escribir críticas para un revista pretenciosa sobre literatura, pintura y música. Ella, que había leído varios relatos en esas habitaciones de hostales amables, pensaba que era no tanto mal escritor, que también, sino aburrido y, lo que para ella era aún peor, exagerado. Sin embargo era amable y a pesar de un snobismo soportable, era un tipo extrañamente dulce. Sabía que esa relación duraría hasta Burdeos que era donde acababa el viaje de ella y no se complicó las cosas con sinceridades, cada noche al leer algún relato le hacia una crítica, siempre favorable y le besaba en la frente. A ella le gustaba su acento mexicano, que aunque ella no lo era, le hacia sentirse como en casa: "Los latinoamericanos somos igualitos" le dijo la noche que le conoció en Berlín, el refutó indignado pero aquel dialogo los llevó a la cama y de la cama a ese viaje a Francia, donde ella, con o sin el, tenía pensado viajar.

Ahora atravesaban Francia, el primer trozo de Francia por ese lado. "Lo irreal es esto" pensó ella al ver la carretera, el asfalto de la carretera, las líneas blancas en el asfalto de la carretera, las gasolineras a los lados. "Francia no es real. Si hubiera soñado esta carretera cualquier noche en Bogotá, hubiera pensando que una carretera así no existe". El conducía encerrado. Sonaba música que a ella le gustaba y que el consideraba "melodía gratuita sin fondo de armario. Demasiado dirigida a la épica cotidiana". No hablaron hasta pasado un buen rato. El quería tomar algo y se pararon en un lugar agradable. Ella bebió una cerveza, el bebió un refresco. Volvieron al coche, siguieron avanzando. Esa noche duermen en Besançon, en un hostal del que ella olvida anotar el nombre en su diario. El escribe un relato corto sobre dos marcianos que aterrizan en el DF y que se enamoran del sabor de los tacos. El relato termina con los marcianos borrachísimos y secuestrados por la noche por un taxista que se cruza con ellos en la calle Rio Sena. Ella lo lee, le felicita y le da un beso en la frente. Esa noche, desde que se conocen, es la primera que no hacen el amor. Al despertar ella sale a dar un paseo, desayuna y vuelve, abre la puerta y le encuentra masturbándose. A ella le da por reir, a el le da por llorar. Ella se acerca y le abraza, le dice que no importa con un sonrisa que ella pretende que sea dulce pero que a él le parece obsesivamente cruel. El confiesa que por algún motivo invisible siempre ha expresado el pudor con lagrimas, ese llanto que ella ahora ve y que es un desconsuelo extremo y poco necesario. Ella trata, para amortiguar el pudor, de continuar con el trabajo manual que ha interrumpido, pero el se niega con un nuevo llanto. Ella se ducha, el se ducha. Bajan al coche, arrancan. Ella habla en carretera mas que nunca, el se queda, si cabe, mas callado que anteriormente. Llegan a Lyon. Hasta la noche el apenas habla. Se sientan en una terraza a tomar una cerveza y dice que está jodidamente atormentado, ella le dice que le parece exagerado. Beben mas cerveza. Ella se entera que él tiene un hijo que vive en Morelia. Beben mas cerveza, ella habla de Berlín, el habla de literatura underground, ella habla de su amiga Isabel, el habla del Blaxplotation, el se pone cariñoso, ella se pone distante. Van al hostal, hacen el amor "El peor polvo de mi vida" piensa ella. El escribe un relato autobiográfico en el que, por supuesto, narra la mañana en Besançon en el que fue descubierto masturbándose por la chica Colombiana que había conocido en Berlín. Ella lo lee, le mira y le dice que ese relato es una mierda, pero se lo dice con dulzura, se queda callada diez segundos, y le dice: "pero si cabe, es el mejor de tus relatos". El se queda callado y se pone en pie, deambula por la habitación como león encerrado. Ella le mira y le dice que tiene que entender que no sirve para escribir. El coge su mochila y se larga. Ella duerme y por la mañana, cuando despierta se levanta y se ducha. Piensa en él. Baja, paga, arranca el coche y se va de Lyon. Esa tarde llega a Burdeos, donde termina su viaje

domingo, julio 19, 2009

Pulpo

La niña pinta un pulpo en medio de una selva tropical. Una selva salvaje, una selva inmensa con una palmera que cae, que parece que llora. El pulpo sobrevuela ajeno, obviamente, al escenario. He mirado el pulpo y he pensado en los límites, en sus propios límites como pulpo dibujado. Una raya lo delimita, le crea su forma única. Sobrevuela el pulpo en la selva, una selva que no pertenece a ningún sitio o pertenece, a su vez, a todos los sitios. Una selva eterna y universal atravesada por un pulpo de caracter pausado. Luego la niña se levanta e ignora al pulpo y a la selva y a mi me deja enterrado de lleno en el dibujo, pensando en asuntos que en el fondo, y eso lo se, no van a aportarme nada. Pienso mientras la niña ahora balancea a su muñeco favorito al que le ha puesto un nombre de sonoridad potente, Tolito, en lo que para ella y para mi significan el dibujo. Ella no ha buscado representación, yo me vuelvo loco viendo el pulpo sobrevolando la selva, viendo lo que el dibujo representa. Tolito sobrevuela y cae, casi como el pulpo y pienso una frase que desde hace tiempo me persigue pero que no logro explicarme: "La creatividad es un fallo racional". En ese instante vuelvo a creer en esa frase en la que creo sin saber porque. Bien mirado, la creatividad es inexplicable, pero creo que tiene que haber una irracionalidad para crear. El pulpo sobrevuela una selva donde una palmera llora. El trazo ha sido libre, ha sido ella la que decidió lanzar la mano y dibujar el pulpo, que por otro lado, es bastante realista. Sin embargo antes de dibujarlo ha dicho: "Y aquí un pulpo", lo ha pensado. Por algún motivo el pulpo iba ahí.

sábado, julio 18, 2009

No diario 2

9:25

Estoy contento con el post que escribí anoche. El post 1070. Es una sensación nueva. Nunca recuerdo con cariño los post que escribo. Si escribo compulsivamente, como afirma Illot, es para olvidar el texto anterior. Para enterrarlo bajo otro texto que quedará enterrado bajo otro texto. Esto es un juego de empujar, por eso me gusta el formato blog. Un texto empuja hacia abajo a otro. Nadie va a tener la paciencia de leer veinte textos hacia abajo. Como mucho en en el segundo o tercero se va a detener teniendo un juicio claro sobre mi escritura.

Siendo honestos, me dejé de pajas mentales. Eso me ha pasado en las dos actividades artísticas a las que le dedico tiempo (Odio la palabra arte y sus variaciones aplicadas a estas dos actividades que realizo). Pretendí ser músico, y desde que no lo pretendo soy mucho mas feliz. Soy otra cosa a un músico, pero me me divierte como un poseso hacer canciones que como mucho escucharán ocho o nueve personas en el mundo. Pretendí hacer literatura, luego desistí, le debo parte de eso a este blog. Disfruto como un niño jugando a escribir relatos que como mucho leerán cinco o seis personas en el mundo. En ambas cosas he logrado el punto infantil, si cabe la palabra, que se esconde detrás de ambas actividades. Es un carnaval y como carnaval tiene mucho de enorme fiesta.

No voy a negarlo, hablar desde un plano real a la hora de escribir tiene algo agradable también. Se ficcioniza la realidad. Se transforma en texto y gira hacia nuevas perspectivas.

Ha bajado un poco la temperatura. Cuando amanecía entraba una brisa mas fría que los días anteriores, por la ventana. He abierto los ojos y con el pie he cerrado un poco la ventana. En ese instante he pensado que en ese momento casi todas las personas que conozco estaban durmiendo, por lo tanto la variación de sueños y realidades multiplicadas estaba en un su umbral máximo de bifurcación. En ese instante previo al amanecer que mi pie empujaba la ventana había tantos sueños por metro cuadrado que la realidad, como tal, como una, como masa uniforme, es imposible que existiera al menos en ese instante. Madrid era Bruselas y Paris, pero seguramente era Cúcuta y Cercedilla y había personas que no existen existiendo y gente que era pero que era otra y calles perdiendo su dimensión original y parejas amandose que apenas se saludan los días de semana.

Es raro hablar de sueños. Hay veces que alguien me cuenta un sueño que pierdo el interés. El interés de un sueño lo suele tener solo para el que lo sueña. Sin embargo he recordado un sueño que tuve hace algún tiempo en el que despertaba en 1545 ( no es la fecha exacta). No sucedía mucho mas, sólo eso, que despertaba en un año jodidamente atrás.


Termino el post. Cierro el cuaderno

viernes, julio 17, 2009

Un recuerdo y una noticia

Un repentino olor a gas le produjo un extraño efecto en la memoria. De golpe, como si hubiera sido empujado por una máquina invisible que funcionara a gas, ese mismo gas que acababa de oler, se trasladó a un instante extraño, confuso, lejano. Un recuerdo, si. Pero un recuerdo que en el fondo no recordaba. Están los recuerdos al uso, los que recordamos, esas imágenes que se pasean de manera casi cinematográfica y te lanzas con regodeo sobre ellos o los otros, los que duelen. También hay imágenes de otras épocas, de caras que ya no se ven, de calles que pasamos,de colegios y ciudades que habitamos, pero todos ellos recuerdos que se recuerdan, pero aquel no, aquel era un recuerdo borrado, invisible. Un recuerdo que no recordaba haber vivido. Aspiró, con todo el peligro que puede conllevar aspirar con intensidad un olor a gas que no se sabe de donde proviene, pero aspiró sintiendo ese olor indescriptible con furia, la furia del que busca algo invisible, la furia del perseguidor de algo que todo el rato se le resbala de la punta de los dedos. Aspiró y venía una imagen extremadamente precisa, un lugar, un tiempo detenido, encajado milimétricamente en una casilla profunda del fondo de la memoria, pero que no recordaba. Un recuerdo incrustado casi por otro, porque el recuerdo venía anclado sin pasado ni futuro, una imagen colgada en un tiempo que el sospechaba inexistente. Sin embargo, algo le hacía intuir que no era imaginación, que aquel recuerdo evocado por el olor a gas había sucedido en un momento borrado, como tantos momentos borrados, pero que suceder había sucedido. Cerró los ojos, aspiró profundamente. Vino la imagen inconexa, la imagen vagabunda, el recuerdo marginado e insistió en comprender, en ubicar. Siguió con los ojos cerrados, siguió percibiendo el olor a gas, sintió, sin ser consciente, o creyendo que era parte del recuerdo, que la tensión disminuía. Se dejó llevar, porque en el fondo ya había algo de hipnótico, aspiró, siguió aspirando en busca de ese recuerdo naufrago y se dejó caer y ya el resto, ya lo siguiente fue colectivo, una noticia en los sucesos de un periódico, un tipo muere intoxicado en un edificio del centro de Madrid, eso sucede luego, entre noticias que se amontonan en las paginas del medio de un periódico de tirada nacional, pero el se ha quedado ahí, aspirando el gas en busca de un recuerdo que no encuentra y que, claro, eso se sabe ahora al leer la notica en la sección de sucesos, jamás encontrará.

jueves, julio 16, 2009

No diario

12:38

He pensado en la posibilidad de llevar este blog de manera más radical. Un diario al uso, que sin embargo es lo menos radical del mundo. Por supuesto no lo haré. Lo pensé ayer mientras salía de la librería con dos libros nuevos. Ayer tuvo algo de regreso al pasado, compré dos libros de dos de mis autores favoritos. Algo que no ocurría hace mucho tiempo. Compré Amberes de Bolaño y Papeles inesperados de Cortázar. En el camino me puse a leer el prologo de Amberes y comprendí de nuevo porque Bolaño se ha convertido en lo que es. Escribía desde las entrañas, unas entrañas abiertas, seguramente sangrantes y dolorosas, pero habla, a pesar de todo eso, muy cercano, o mas que cercano, muy dentro. Con urgencia pero sin prisa. Leía mientras caminaba, un acto que tiene algo de vertiginoso. Leer por las aceras en el fondo se asemeja a los deportes de riesgo. Mientras leía esas dos o tres páginas no presté mucha atención al camino. Terminé, levanté la vista y estaba en la calle del desengaño, rodeado de prostitutas y tipos que no trataría como intimos. Caminé hasta casa, pensando en la posibilidad de un diario. Porque pensaba en anotar eso que piensas y que termina desapareciendo. Según caminaba había reflexionado sobre estos dos escritores, que leo con una empatía particular, con mas facilidad que otros escritores y sin embargo, en el fondo, se que no son grandes escritores al uso. Su literatura es inmensa, pero no es gran literatura. Pensé que gran literatura es Dostoievski, su literatura es universal, sublime, elevada. Es un escritor grande. Bolaño o Cortázar no son de esa literatura. A su modo, ambos, son escritores que persiguen una imagen o la luz detrás de esa imagen. La luz de la imagen que persigue Cortazar tiene que ver con una calle, no muy ancha, es media tarde. Cortázar es urbano y juega con una idea peculiar de la urbanidad. Bolaño persigue la luz de una imagen menos concreta aún, es una luz rojiza en un una inmensa esplanada árida de un sitio, que en el fondo, no existe.

Ahora anoto eso que pensé de manera difusa, quizá afectado por el calor de la media tarde en esta ciudad y decido, eso si, que no, que esto no va a ser un diario personal. Otra cosa, no se cuál, pero otra.

sábado, julio 11, 2009

Ajeno

He despertado pronto. Acababa de amanecer. Me he puesto en pie y he salido hasta la playa. No había nadie, he caminado por la orilla hasta la altura del pueblo, unos hombres trabajaban en la orilla, un poco mas allá otros desayunaban en un puesto de la calle pegado a la arena de la playa, me he acercado, he pedido una empanada de cazón y un café. He escuchado las conversaciones sin demasiada atención. He pagado y he vuelto a la playa. Los hombres de antes seguían trabajando, recogiendo redes, colocando las barcas y distribuyendo de manera precisa cubos. Ha subido mucho la temperatura. He vuelto caminando hasta la casa. He entrado, nadie había despertado aún. He anotado algo en el cuaderno, algo que jamás releeré. He salido de nuevo a la playa y me he metido en el agua. He braceado con intensidad, cuando estaba muy metido he frenado y he visto la orilla desde mi nueva posición, he visto dos personas caminar por la orilla, las he observado sabiendo que no me veían. Una de ellas hacía gestos agitados con los brazos, la otra miraba al suelo, la de los gestos de repente le ha dado un golpe a la otra. Se han detenido. La otra persona, la golpeada, se sostenía la cara con las dos manos, el otro, por los gestos, gritaba y ha vuelto a lanzar un brazo contra la cara del otro, el cuerpo, como un animal recién disparado, ha caído de lleno al suelo, en la arena de la playa. No distinguía las figuras. por los movimientos del violento, aseguraría que era un hombre, la otra persona, bien podría ser una mujer, pero era todo muy impreciso. No se distinguían figuras precisas desde mi posición en medio del mar. He querido nadar hacia la orilla, pero me lo impedía la escena. Irrumpir en medio de esa situación me parecía incluso peligroso. La persona que había caído al suelo, se ha puesto de pie y ha hecho un gesto incomprensible, una especie de saludo místico hacia el cielo, el otro se ha arrodillado, como si de repente pidiera perdón. Por pura curiosidad he mirado hacia arriba, pero no he visto mas que el cielo absolutamente despejado, sin una sola nube. Me he cansado de estar estático en medio del mar, porque supone un movimiento constante de todos los músculos de las piernas y he decido, pase lo que pase, salir hasta la orilla. El violento hacia un dibujo en el suelo de la playa con un palo, la persona golpeada, que según me acercaba descubría que efectivamente era una mujer, estaba quieta, con los brazos en una posición indefinida. Me han visto venir., se han acercado un poco mas hasta la orilla, han metido un poco los pies en el mar, me miraban sonriendo. Según me acercaba he empezado a oir sus voces diciendo, ambos, repetidamente:"Por fin". He salido muy cerca de donde estaban, ellos sonreían y no dejaban de decir "Por fin". He salido, me han abrazado. El hombre se ha arrodillado sin dejar de decir el obsesivo "por fin", la mujer simplemente me miraba y me acariciaba con gesto casi maternal. Ella de repente ha mirado arriba y ha dicho:"Divina providencia". Me he sentido acosado, violento, no dejaban de tocarme, de mirarme, de sonreirme, de reducir mi espacio. EL hombre de repente me ha abrazado las piernas, entonces, sin darme cuenta le he dado una patada y he dicho con voz seca:"Déjeme en paz", el otro ha rodado un poco por el suelo, la mujer, ha gritado asustada y por puro impulso me ha dado un golpe rotundo en la mejilla. He salido corriendo por la playa, el hombre ha cogido el palo con el que hacía el dibujo y me ha perseguido. He corrido a ritmo endiablado, he llegado a la altura del pueblo, ya no había nadie trabajando donde las barcas, he pasado al lado del puesto donde un rato antes había desayunado, el hombre me seguía y ha empezado a gritar: "Es el". Unos hombres de una furgontea han salido y me han cogido. Es así como he terminado aquí, agente. No tengo ni idea de todo eso que usted me está preguntando. No se ha que se refiere con "el movimiento de la sombra" y sus oscuras intenciones.

viernes, julio 10, 2009

Media mañana

Media mañana. EL cielo está claro. Vengo de la calle. Estaba abriendo la tienda de al lado, la de ropa, el dueño es extraño. También estaban subiendo la reja en el videoclub. El bar de al lado estaba abierto, un tipo tomaba café dentro mientras el camarero preparaba cosas, se movía con calma. He pensado en varios argumentos. El mismo juego. Una anécdota que en el momento final se transforma. He decidido no usar ninguno de esos argumentos y si hablar de esto que no es, que se va formando según avanza.

Este juego de la escritura es perfecto. Hay escribiendo, una nueva ubicación de las cosas. Todo sucede de otra manera, la misma pero otra y esa nueva manera se superpone con la manera no escrita y ambas generan nuevas perspectivas, nuevos campos mentales. Si escribo es por que hay un lugar mental que existe así, en forma de escritura y es, al menos en mi caso, un lugar con bastante importancia. Hay mucho de proyección. En mi caso soy bastante mas exacto escribiendo. Es decir, me cuesta mucho menos escribir que hablar. Hay un par de segundos mas para usar la palabra y en un tipo con cierta tendencia a la tartamudez, como yo, esos dos segundos son básicos.

Hay en la realidad escrita un sosiego, una pausa tan amable, es un lugar donde mucho mas tiempo para el detalle, que hace de escribir una necesidad. Si pienso en el sonido de ese pájaro que ahora oigo mientras escribo, me detengo un poco mas que si no lo estoy haciendo, que si lo oigo sin escribir. Oigo el pájaro, detengo las teclas, lo escucho y arranco. Esa pausa sólo sucede cuando escribo. Ese respiro de las cosas. Hay un cambio de ritmo, desde luego, y ese ritmo de lo real mientras escribo es incluso adictivo. De algún modo escribir es vivir en micro. Todo se observa en dimensiones mas pequeñas o como si lo pequeño se hiciera grande. Es parecido a observar algo a través del microscopio. La nostalgia, la risa o el miedo se observan de otra manera, diría que incluso casi científicamente, aunque en mi caso sea un acto absolutamente emocional. La mayoría de los textos que he escrito vienen dados por una sensación inicial muy básica, el recuerdo de una calle, pero no un recuerdo de un modo fotográfico, que también, sino un recuerdo inexacto, abstracto, una proyección borrosa. Quizá el texto nace de esa abstracción hacia afuera para reconstruirse, para formarse a manera de ficción. En el caso del último texto, por ejemplo ha salido de una imagen muy imprecisa de Caracas. Viene un fogonazo, Caracas a media tarde o casi cuando empieza a anochecer y de ahí en adelante se suman sensaciones. Caracas en coche. Caracas y determinadas calles y las sensaciones que esas calles de noche pueden producir en mi. El juego es perseguir una especie de haz que va por delante y al que persigo a punta de teclazos. Jamás lo alcanzo, pero me divierte la persecución. Al fin y al cabo de esto se trata, de una persecución lenta, pausada. Una micropersecución.

jueves, julio 09, 2009

La misión

Viene olor a comida, a comida callejera, de esa que se mastica a toda prisa y que tiene sabores realmente potentes. Está anocheciendo y camino buscando un taxi que me lleve al hotel. Me han recomendado no caminar a partir de determinadas horas por la calle, trato de resistir la tentación. Me gustaría irme andando, atravesar este trozo de la ciudad desconocida que va desde donde estoy hasta el hotel, pero las indicaciones han sido severas, drásticas. Caminar con el sol casi escondido ya es una especie de locura nada recomendable. Hago la señal a un taxi que viene por la avenida, es un coche totalmente destartalado. El tipo se detiene, abro la puerta y le digo donde voy. Un locutor habla de Cuba en la radio, el conductor escucha con atención. Recorremos calles que jamás he visto, llevo horas en esa ciudad y todo es ajeno. El tráfico es extraño y la conducción arriesgada. Atravesamos primero una zona elegante, de casas gigantes, bien arboladas, cuidadas, con grandes muros y sistemas de protección. Nos desviamos y llegamos a una avenida que es como viajar al año setenta. Los edificios de los lados están absolutamente deteriorados, diría que muchos de ellos están abandonados. En una ventana veo un cartel colgando, distingo la bandera del país y unas cuántas palabras sobre ocupación y revolución (revolución está escrito con B). LA ciudad se ha ido quedando semi vacía, no hay gente en la calle, solo coches que van. Llegamos a mi hotel, pago al taxista y me despido. Cruzo la recepción, pido mi llave y subo en ascensor. Dejo sobre la cama el manuscrito y la cinta con las voces y la entrevista de los líderes del "Sonido amplio". Abro la cortina y veo la montaña inmensa que como una pared mitológica protege a la ciudad de algo invisible y tremendo. Abro la ventana, suenan los aires acondicionados, una moto que sospecho antigua atraviesa la calle abajo y se pierde. Sigo pensando en bajar y caminar, descubrir esta ciudad que por otro lado me resulta temible. Leo un poco del manuscrito. "Sonido Amplio" está dirigido, básicamente, por Horacio Font y Laurie Allen, ellos redactan el manuscrito. No están claros sus fines, o realmente no hay fin. Leyendo el manuscrito descubro que no pueden evitar cierta tendencia hacia el misticismo por mas pragmáticos que pretendan ser. Se cuela ese vestigio de espiritualidad en muchas frases aunque su creencia final sea la nada, no creen en nada o creen en la nada como cumbre de lo absoluto. Aborrecen la literatura y en el manuscrito hay una lista inmensa de autores de los que pretenden hacer desaparecer su obra del planeta. La lista es sorprendente, van desde Truman Capote hasta Laurence Sterne, pasando por Boris Vian o Sartre. AL concluir la lista hablan de hacer desaparecer cada una de las obras impresas de esos "estafadores del verbo" ( así denominan a todos los de la lista). Hablan de ciudades donde comenzar "el arresto de esas miserables páginas que tanto daño han causado a la nada", formas de actuar. Atracar librerías y hogares para ir quemando y hacer desaparecer desde "La nausea" hasta el "Trystram Shandy". Dejo de leer esa memez y me vuelvo a asomar a la ventana. La montaña sigue ahí y me pregunto porque carajo me han mandado cubrir esto, la imbecilidad de "Sonido Amplio", miro, veo la calle vacía, el alumbrado público decadente de esa ciudad, el olor a algo indefinido, el sonido de los aires acondicionados. Sigo con ganas de caminar, pero me siento en la cama y saco el libro que empecé a leer en el avión. Releo después de años a Alejo Carpentier. En el instante que abro la página se abre la puerta violentamente, unos tipos tapados entran. Me quitan el libro y me golpean. Son de "Sonido amplio", así al menos se presentan. El libro lo queman delante de mis ojos, me atan de manos y me llevan entre los dos al ascensor. El mas bajo, al que no le he escuchado la voz, ha cogido el manuscrito y la cinta. Salimos al hall, levantan las armas, nadie les detiene. Salimos a la calle, un coche con un conductor dentro nos espera. Me montan atrás. EL mas bajo, sin ninguna necesidad, me lanza otro golpe. No puedo evitarlo y le llamo enano cabrón, lo cual me cuesta una patada en el tobillo. El coche avanza por calles de una ciudad que parece un animal dormido, no hay un solo ser humano caminando, casi no hay coches. Hablan entre ellos en francés y luego en castellano, les digo que no se molesten, que entiendo ambos idiomas, cambian al alemán y me quedo pensando en lo imbécil que soy. Llegamos a una zona de la ciudad que está en una colina al sur. Entramos en un parking, me bajan del coche. Subimos en un ascensor ciertamente moderno. LLegamos al último piso. Se abre la puerta y estamos directamente en el salón de una casa con un ventanal desde donde se ve toda la ciudad. Hay dos personas que reconozco de inmediato. Uno es Paulo Coelho, la otro es Stephenie Meyer. Deduzco que ambos son los líderes de "Sonido Amplio" y que se esconden bajo los nombres de Horacio Font y Laurie Allen. Saludo a Coelho, a quien entrevisté para la revista varias veces, a Stephenie Meyer no la conocía en persona, pero la reconozco por la foto que sale en los libros que se ha leído mi hija de dieciséis años. Me interrogan, me hacen escupir todo lo que se sobre "Sonido Amplio" les confieso que nadie tiene ni idea de que ellos se esconden en semejante delirio. Al decir semejante delirio, el mas pequeño de mis secuestradores me vuelve a propinar un golpetazo, al cual yo respondo insultándole de nuevo. Meyer me mira con amabilidad. Habla de literatura, de la dictadura de los que insisten en hablar de buena y mala literatura y de los sufrimientos que les causan a ellos, ese sector rancio y cruel por ser grandes ventas. Coelho, no habla. Me mira, casi diría, con cierto pudor, avergonzado ante mi de pertenecer a " Sonido Amplio". Meyer parece creer en el fin de ese movimiento nadaista. Les pregunto sobre eso, sobre lo que he leido en el manifiesto y su creencia en la nada. Meyer dice que creen en la nada como forma de no contaminación, esa misma contaminación a la que tanto contribuyen los considerados grandes escritores de la humanidad. El pensamiento sucio, embarrado. Miro por la ventana, la ciudad se extiende, miles de luces estáticas como una galaxia adormecida, detenida en el tiempo, en la inmensidad. Ojeo la librería que hay detrás de Coelho, mientras Meyer sigue hablando. Sonrio y pienso en lo delirado de toda esa escena. Cierro los ojos completamente agotado. A la mañana siguiente despierto en el hotel con una nota en la que me piden que abandone el trabajo que me ha sido encargado. Llamo a mi ciudad, cuento lo sucedido, pero nadie me cree. En la revista narro los acontecimientos en mi columna mensual, pero todo el mundo la lee como un ejercicio de ficción.

Hoy he bajado a la libreria a comprar el libro de Alejo Carpentier que "Sonido amplio" quemó en el hotel. No estaba, no lo he encontrado. Tampoco un par de libros mas que he estado buscando. El dependiente de la tienda me dice que están teniendo problemas con la distribuidora. Que no están llegando libros.

miércoles, julio 08, 2009

Unos días de verano

Huele a tierra húmeda. Hace tanto calor y hay tanto silencio que el olor se percibe doblemente, potenciado por el adormecimiento de los otros sentidos. Abajo el portero ha regado el jardín y sube el olor silenciosamente. He abierto los ojos y la niña estaba quieta mirando un punto impreciso en la pared. Me he quedado mirándola. Jugueteaba con el aire, sumida en un trance agradable, visitada por seres imaginarios con los que se comunica telepáticamente. Apenas se mueve, mira hacia arriba y mueve ligeramente los labios, como si hablara sin hablar. Confesiones de un ser humano de seis años a un ser invisible que habita en el olor a tierra húmeda que sube desde abajo. Luego me ha mirado y no ha dicho nada, creo que ni siquiera la ha sorprendido que yo estuviera con los ojos abiertos, observando sus ritos indescifrables. Se han escuchado unas voces, son los niños con los que juega en la piscina, ella los ha percibido también y se ha puesto en píe, nerviosa, emocionada. Se ha acercado hasta el balcón y ha puesto las manos en la barandilla, donde apenas llega, ha asomado la cabeza, la parte mas alta de la cabeza poniéndose de puntillas y ha tratado de encontrar a sus compañeros acuáticos, asomando los ojos todo lo que podía, superando la barrera física que supone para su estatura el balcón. Ha gritado un profundo "Hola" que ha desmontado de lleno el silencio en el patio del edificio. La madre de sus compañeros ha contestado el saludo y le ha dicho a la niña que baje. Me ha mirado y he hecho el gesto que le entrega la libertad temporal. "No olvides la toalla y un beso", ha sonreido y ha salido corriendo. He escuchado sus pies golpeando los escalones como si fueran balones. Segundos después he escuchado su voz abajo, juntándose a los otros niños y a la madre de estos con la que tengo el acuerdo de las tardes en la piscina. Me he puesto en pie. Me he asomado al balcón, la niña se lanzaba en ese instante al agua. He fantaseado con las dimensiones distorsionadas o reales de los niños. Esa piscina será notablemente más pequeña cuando la visite dentro de quince años. He llamado a mi hermana, le he dicho que todo estaba bien, que la niña está cómoda y tranquila. Le he contado las rutinas de las que ya habíamos hablado, de la piscina, de la madre de los niños, de las tardes, de lo que come, la he tranquilizado y la he invitado a disfrutar de esos dos días de viaje que le quedan y que no se preocupe, que la niña está contenta. Al colgar me he quedado viendo a la niña, braceando velozmente por el agua, los juegos incomprensibles a los que se entregan esos niños. Saltan, gritan, ríen y vuelta a empezar. Cuentan, hay puntuación, pero no se sabe que puntúan, quien gana y porque gana. Busco el libro, lo abro pero no me concentro. Leo sin leer, recupero la página y trato de arrancar pero me despisto viendo a los niños, también a la madre de estos. Ella lee mientras esos locos saltan y brincan y gritan primitivamente, la niña bucea y sale a flote, vuelvo a mirar a la madre que en ese momento mira hacia arriba y me sorprende mirándola. Desvío la mirada con pudor. Vuelvo al libro pero no leo, pienso en bajar y bañarme, jugar con ellos. Me siento mas identificado con eso que con el resto del planeta, con esos juegos de saltar y gritar, de hacer bombas acuáticas que vacían un poco la piscina. Entro,me pongo el bañador y bajo con la toalla. La niña se ríe cuando me ve aparecer, salgo corriendo y me lanzo, en el agua la cojo y me río con ella. Luego he pensado que en dos días se irá y que se acabaran estas leves rutinas en las que nos hemos instalado estos días. La he lanzado hacia arriba y la he vuelto a coger entre risas. Los otros niños miraban con cierta envidia la soltura y la altura que alcanzaba la niña impulsada por mis brazos, les he mirado y les he lanzado también a ellos. Luego he salido, he saludado a la madre, hemos hablado de alguna vanalidad. La tarde, lentamente ha ido pasando. Por la noche, como todas las noches, hemos dado un paseo y ha sido ahí que la niña me ha preguntado por primera vez si yo había conocido a su padre.

martes, julio 07, 2009

Best seller

Escribió una novela en tres partes. Eran independientes pero a su vez eran continuas cada una de lellas. De modo que leída la primera, que así fue como se publicó, se podía abandonar la lectura o esperar los meses que la editorial había decidido dejar pasar para publicar la segunda parte y continuar leyendo el camino laberíntico de aquella trama que terminó siendo un éxito de ventas. El contrato lo dejaba claro. Una parte saldría cada seis meses a las tiendas. El éxito de la primera parte provocó unas expectativas que no fueron digeridas con facilidad por el autor, que aún en fase de corrección de las dos siguientes partes decidió tocar algunos aspectos de una trama que estaba, de nacimiento, cerrada, pero que consideró oportuno después de navegar largas noches en los foros creados en la red en los que se especulaba con la continuidad de la historia. Había concluido, leyendo esos foros, que el lector esperaba menos tensión para el protagonista de la que le tenía preparado como autor, lo que no contaban era con la influencia de ese personaje secundario que aparece de refilón en la primera y que a partir de la segunda cobra importancia vital. Tampoco se esperaba, en general, el lector la introducción de lo fantástico y de la parte mas científica en el desarrollo y esperaban mas anécdotas del viejo Bluish, quien, sin embargo, en las primeras páginas de la parte dos, el sabía, fallecía.

Fue entonces, a un par de semanas de la fecha de entrega que decidió guiarse por la popularidad del viejo Bluish en internet y le prolongó la vida. Lo cual modificaba mucho de la segunda parte y casi la tercera al completo. Miró el calendario y se entregó a la compleja tarea. Bluish ya no iba a morir y aquello, mientras escribía noche y día le dio una potente sensación de poder. Sentado en aquel escritorio se sentía el que daba y quitaba vida en aquellas hojas que eran su gobierno, su nación, su universo. De repente Bluish, el viejo Bluish, ese personaje anecdótico, cobraba importancia en la trama.

El día de entrega de la segunda parte apareció en la editorial, cruzó los pasillos saludado por cada empleado que se iba cruzando. Alcanzó la puerta del despacho del director. Tocó, entró y saludó. Entregó el documento y hablaron del tiempo, de la entrada del verano, del éxito de la primera parte, de las expectativas creadas, de los foros. Se levantó y salió a la calle. Entró en un café. Una joven leía la primera parte sentada en una mesa. Sintió la vanidad inevitable de saberse leido. La joven leía con atención, atrapada por la trama de ese éxito de ventas. El pidió un café y ella levantó la vista, le reconoció. Trató de ser amable, ella miró sorprendida y el le preguntó que si le gustaba, ella sonrió y dijo que si, que mucho. Ella le invitó a sentarse, el cogió la taza y aceptó la invitación. Hablaron de otra literatura, de otros libros, de películas, del sabor del café en ese lugar, del ambiente de la calle. Tomaron mas café. Terminaron comiendo juntos, a media tarde hablaron de viajes, de un par de noticias, a media noche se acostaron. De madrugada, ella con los ojos abiertos volvió a hablar del libro, de la trama, del viejo Bluish. Según hablaba el sintió una punzada, no recordaba lo cerrado que había dejado la muerte de Bluish, que ya se construía en el argumento de la primera parte y según hablaba la trama quedaba descolocada, un par de detalles que las nuevas modificaciones dejaban incoherentes la segunda y tercera parte. Había prolongado la vida de Bluish si, pero la había prolongado sin ser posible, esa frase que ella recordaba, que ahora decía en alto dejaba a Bluish en el precipicio de aquella muerte que ahora no iba a suceder. Bluish, el viejo Bluish tendría una existencia inverosímil, imposible. Sintió la punzada mientras ella hablaba de lo cruel de matar a Bluish o de prefigurar la muerte de Bluish. Se puso en pie. Llamó al director. No atendió, era tan tarde. Volvió a llamar. Siguió llamando. Atendió. Le habló con incendiado nerviosismo. Le contó que había un error en el texto entregado, que tenía que detener el proceso. Salió a su casa corriendo. Se sentó, recuperó el texto original donde Bluish moría como debía morir, como dictaba la trama que debía hacerlo. A las ocho de la mañana, sin dormir, llegó a la editorial con la versión original. Entró al despacho de un nervioso y agitado director. Entrego el nuevo documento que en realidad era el viejo. El director le dijo que no le devolvería el anterior, porque iba a leerlo, porque quería enterarse de todo este lío y lo iba a leer. Se gritaron, el sintió un ataque de violencia, quiso pegar al director. Salió del desapacho. Caminó por la calle. Entró en otro café. Nadie leía esta vez. Pensó en Bluish. En ese lio innecesario en el que le había metido Bluish y sintió cierto placer de que finalmente si muriera. Sonó su telefono, era la chica. Se citaron para comer. Llegó después que ella al lugar de la cita, ella ya estaba sentada. Bebía vino. El se sentó. Entonces ella le preguntó por Bluish. El le contó, ella le miró y comprendió:

.-¿ lo has entregado ya?- preguntó ella

.-Si-Contestó nervioso

Unas semanas después el libro estaba en las tiendas. Una tirada, la primera que salió de la imprenta, la que nadie detectó, contenía el argumento en el que Bluish seguía vivo. El exito de las dos posibilidades bifurcó la trama. El libro se podía comprar con el subtítulo de "Para los que aman a Bluish" o sin ese subtítulo en el que Bluish moría. Eso mismo se hizo con la tercera parte.

domingo, julio 05, 2009

Varios

1.

Pensaba y pensaba en un relato breve, pero no lograba sintetizarse. Al final siempre terminaba extendiéndose.

2.

Entonces el gemelo hijo único se miró en el espejo.


3.

Al final siempre hay un principio.

4.

Cuando despertó se había convertido en cuento largo.

5.

Su biografía era un cuento breve. Nunca existió.

6.

El crítico dice: EL mejor cuento breve es el cero.

7.

La editorial publico una selección de cuentos breves. El prologo era invisible, pero estar estaba.

sábado, julio 04, 2009

En ese lado, en este lado, en aquel lado

Seguí las instrucciones dadas para encontrar el lugar al que me tenía que dirigir. Miré la hoja de ruta, observé y concluí que en ningún momento había tomado desvío equivocado, siempre fui preciso. Giré, miré hacia todos los lados y allí no estaba el lugar que debía encontrar. No había nada. Al norte unas montañas, al sur la meseta, pero no había vestigios del edificio que se debía levantar en el lugar exacto donde estaba. Respiré, me detuve unos segundos en una cierta calma y concluí. Me di la vuelta, me fui de allí. No volví a ningún lado. Comenzaba, definitivamente, la vida en otro lado

jueves, julio 02, 2009

La última noche

La ventana deja entrar una corriente que disminuye la temperatura interna de esta habitación. De la calle viene ruido, el murmullo de una masa pasando por la acera en constante movimiento, músicas que se suman y forman la melodía del caos. LLevo seis horas en esta ciudad y comprendo mi error en haber elegido esta zona para descansar. Todo el barrio esta de fiesta. Traté de entenderme con el dueño del hostal pero no habla mi idioma. Me contó, y yo entendí torpemente, que se celebra algo durante toda la semana , algo que no comprendí que era, pero de lo que ahora sufro sus consecuencias. No podré dormir a pesar de los signos de agotamiento que presento. Llevo dos días casi sin dormir, he estado en cuatro países diferentes. Vuelvo a sentir la corriente levemente fresca que entra por la ventana. Oigo el bullicio, trato de poner caras a esas frases sueltas que vienen desde la calle. Me pongo en pie y me asomo a la ventana. Hay un río de gente que pasa por la calle, la mayoría llevan cerveza en la mano y caminan lentamente entre la maraña de seres humanos. Entre los cientos de personas que pasan miro a una chica que mira hacia mi ventana sin intención, dirigiendo la mirada anárquicamente o guiada por incomprensibles designios, en seguida la desvía, si saber casi que yo ya la miro, ella mira ya a otro lado, pero yo la dejo puesto en ella. Se mueve entre la masa. avanza hacia el final de la calle dirección norte. Según la veo siento ganas de bajar y unirme a ese bullicio que no me dejará dormir en horas pero en el que me ausentaré, me abstraeré de todo lo sucedido en estos dos días. Sigo el camino de la chica. Lleva una camiseta rosa y una mini falda vaquera, me recuerda a alguien pero no recuerdo a quién. Desvío la mirada hacia otro lado buscando mas imagenes, dos segundos después redirijo la mirada hacia la chica pero no la ubico, miro, miro y no la encuentro en ese mar de cabezas. La doy por perdida, pero me pongo las zapatillas y bajo. En un puesto callejero con luces espantosas pido una cerveza, reconozco la canción que suena a un volumen atronador, es un grupo rumano que hace juego con las luces del puesto callejero, a mi lado un tipo muy musculado la baila con cierta euforia. La escena me resulta extraña, es un tipo tan grande, sus músculos son tan gigantes que resulta extraño verle agitarse como bailarín amateur con esa canción tan pusilánime. Camino entre la gente, oigo frases que no comprendo. Me desvio en calles por donde la fiesta se extiende y no parece terminar. Voy girando aleatoriamente por las esquinas. Diez minutos después veo a la chica que vi desde el hostal, me acerco sin intención de hablar solo para verla de cerca. Ella se sienta en unos bancos de una plaza, hay música en directo, el cantante suelta un discurso que no comprendo nada pero que hace provocar risas y aplausos entre los espectadores. La chica va con un grupo amplio de gente, habla con otra chica de su edad. La miro y me mira, ve que la miro y desvío la mirada. Sigo caminando. Me suena el teléfono. Se me pone un nudo en el estomago. Lo saco del bolsillo y miro el número. Compruebo que son ellos. Atiendo. Me hablan de nuevo, la misma voz, el mismo tono, hoy dice otro nombre, el nombre que esperaba. Cuelgo, miro por última vez a la chica. Salgo del barrio, cojo un taxi y voy a la dirección que tengo anotada. Llego a una zona de chalets. Me detengo en la puerta. Pago al taxista que me mira con curiosidad y se larga. Hay silencio. Pienso en los contrastes de las ciudades. EN breve mataré al tercer hombre en tres días. Mañana cogeré el avión y volveré a casa y todo esto se habrá terminado. Ese es el acuerdo. Duarnte unos segundos, vuelvo a pensar en la chica.

miércoles, julio 01, 2009

Otra niebla

En ese instante recuerda a Rubén Blades. Recuerda a mucha gente más, a esa hilera de individuos con los que un ser humano se va topando en su vida profesional, pero recuerda sobre todo, con precisión, la voz de Ruben Blades, su acento, su manera de construir las frases mientras narra el hecho por el que le ha recordado. Al otro lado de la mesa un tipo con gafas gruesas, el pelo enredado y voz animosa le habla de los beneficios, pero también de los defectos de su texto. Le piropea su "meticulosidad visual", comenta lo "impregnado de sensaciones abstractas" que traen la construcción de sus frases, "lo acertado, en general, del ritmo, la delicadeza y la noble y honesta sutileza", pero por supuesto falta concreción, falta subidas de intensidad, variaciones. "Este texto a ratos necesita la entrada de estribillos. Un coro tarareable". Le habla de que un texto no es magistral sino evocamos con emoción una de sus partes, se extiende en las necesidades del lector, filosofa sobre el mundo en el que vivimos. Se extiende, habla de la imagen de marca de su editorial, la línea que siguen. Vuelve a su texto, que en muchas partes parece llegar a eso que buscan, que realmente es sencillo, que con unas mínimas variaciones lo harían publicable. En la editorial buscan la magia del impacto, la literatura de la emoción, que siempre es mas alcanzable. Hay elementos que se buscan con ganas y que nadie trae, agregar historia real, elementos públicos, sencillez, pero rapidez. Imágenes, vivimos en el mundo de la inmédiatez, no hay que extenderse en el detalle.

Sigue escuchando al personaje que construye su discurso de manera sostenidamente caótica. De alguna manera el personaje no parece hablar desde un lugar que transite mentalmente sino que deambula por una zona sin luz en la que se maneja de acuerdo a un mapa aprendido de memoria. Ve espacios que rellena, sus reflexiones son titulares, encabezamientos. Recuerda a Ruben Blades presentando en ese disco en directo "Pedro Navaja", una canción que bien podría ser una secuencia dirigida por Tarantino. Se levanta, y se despide. El personaje le pide el mail, algunos datos para introducirle en la base de datos de la editorial. El le mira y le contesta:

.- No se preocupe. Ustedes jamás publicarán un libro mio. Realmente no soy escritor. Ni tu, ni la editorial existen. Son, ambas cosas, un invento, una creación que he realizado yo para publicar este texto en mi blog.

Y termino de escribir


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