La hora cero en el nuevo mundo
Diciembre de un año de finales de los ochenta. Agoniza la década: el mundo ha cambiado a otra cosa. No sabemos muy bien a qué, porque es imposible entender el presente desde el presente. Pero N tampoco podría entender nada de eso en esos momentos, porque N es un niño, o ese niño que empieza a agonizar cuando se tienen doce años y los cambios sociales, los cambios de paradigma y estéticos son algo que no se comprende a esa edad, probablemente a ninguna.
A N lo han metido en un avión en una ciudad donde hay niebla, frío y una humedad que congela las entrañas, y ha aterrizado en un aeropuerto del Caribe. Cuando pisa tierra, después de ocho horas de vuelo —su viaje en avión más largo hasta la fecha—, siente un golpe de humedad que no va a olvidar el resto de su vida: anochece en América Latina. Porque N no percibe algo específico: una ciudad, un aeropuerto, un sitio concreto. Es probablemente su primera gran incursión en las sensaciones abstractas, y N lo que percibe al pisar tierra, afectado por esa humedad indescriptible y novedosa, es América Latina. Sin saber exactamente qué es eso, porque N tiene doce años y uno no entiende qué alcanza a describir ese sustantivo compuesto: Latinoamérica. Pero eso es lo que le invade de golpe a N cuando pisa la pista de aterrizaje: Latinoamérica. Así, de golpe, entera, como si toda ella estuviera condensada en esa humedad que le golpea brutalmente.
Ve la luz del atardecer al fondo de la pista, el movimiento del aeropuerto, el aspecto de la gente, el sonido de la realidad, el olor de la vida. Porque los individuos tienen un momento en el que de repente descubren que su vida tenía sonidos, olores y luces, y que no los percibían porque aquello era lo que llaman la normalidad. Y N descubre así, avanzando detrás de su madre y de su hermano por el aeropuerto, que la normalidad se ha evaporado de su vida, seguramente para siempre, y que los sonidos, los olores y las luces nos condicionan, nos marcan el paso, dictan buena parte de lo que vamos a sentir cada segundo.
N va intentando descifrar todo eso, pero no lo descifra. Está en un estado que no conoce, como si todo aquello le hubiera otorgado un cuerpo nuevo, que tampoco conoce. N simplemente es capaz de seguir los pasos de su madre y de su hermano, que van delante, sabiendo mejor dónde están —o eso aparentan—, pero sin haber llegado todavía. Porque la ventaja de N en ese momento es que es el primero que ha entrado en esa nueva percepción de la realidad: de golpe, sin haberlo decidido, quizá empujado por ese mazazo de humedad indescriptible y extraordinaria que ha sentido al cruzar la puerta del avión y bajar por las escaleras hacia la pista.
N está deambulando por un lugar nuevo, sin coordenadas, sin mapa, sin brújula siquiera, probablemente sin conciencia o con una conciencia explosiva de todo. N está, por decirlo de algún modo, naciendo de nuevo. Ese aeropuerto es una nueva salida al mundo y todo lo anterior, de repente, parece la vida de otro, un pasado no vivido. Los doce años previos son ya la vida de otro ser, algo que en vez de haber sido vivido le ha sido inducido en la memoria como recuerdos que no se vivieron.
N, un ignorante absoluto, ha llegado como inmigrante, junto a su familia, a Caracas, Venezuela. Un lugar del que no sabe casi nada, salvo clichés o irrealidades. Del que ha visto fotos, del que ha escuchado cosas que le evocan imágenes poco nítidas, irregulares, imprecisas, ficticias. Caracas, Venezuela: palabras casi vacías de certezas.
N, su madre y su hermano avanzan por los pasillos del aeropuerto. Es justo en ese camino hacia la salida cuando N se instala —y estará meses así, quizá ya el resto de su vida— en la extrañeza. A N le resultan raras las baldosas, los colores de las paredes, la altura de los techos, las ropas de la gente, la locución que anuncia salidas y llegadas de vuelos, el ritmo de las cosas. Pero sobre todo —y lo que menos podría esperar de ese momento estrambótico— le resulta raro su padrastro, que ha llegado dos meses antes al país en el que van a vivir y que espera al otro lado de la puerta de salida.
Mira con ojos nuevos que a N le resultan raros: la postura corporal, el color de la piel, la forma en que mira entre la gente, la forma en que levanta el brazo para hacerse ver. Todo, cada poro de la piel de ese hombre al otro lado de la puerta, es raro. Y N, de repente, se despega para siempre —y sin capacidad de retorno— de su vida pasada. Así que asume, en una transformación que sucede a la velocidad de la luz, su nueva forma, aunque no visible, en la que habita ahora su cuerpo.
Se abrazan al padrastro. El encuentro es menos efusivo de lo que los cuatro seguramente habían prefigurado. Hay algo silente en ese momento fundacional, algo que se asume, que se sabe, pero que no se nombra. Se abrazan con alegría, porque la hay, pero también con una forma brutal, casi despiadada, de desapego. Se encuentran para no volver a encontrarse jamás. Se ven en el nuevo mundo para separarse para siempre.
Se preguntan cosas, se preocupan unos por otros, porque el sentimiento es inamovible y los cuatro mantendrán un núcleo fiel. El padrastro deja caer algunas quejas, algunas decepciones. Los dos meses de avanzadilla no habían sido lo esperado, quizá porque se había prometido a sí mismo el paraíso y, como todos sabemos, el paraíso no existe. Si todo había sido raro avanzando por los pasillos del aeropuerto, ahora todo caía como una especie de estafa.
A N, sobre todo a N —porque N fue la coartada del padrastro—, le habían ofrecido una vida mágica, ajena a conflictos y problemas. Y en la entrada al paraíso le advertían, de repente, que el paraíso tenía carencias y numerosos defectos.
Caminaron por el parking del aeropuerto en una extraña euforia. El padrastro y la madre de N van delante, poniéndose al día, buscando una forma de reencuentro que no termina de llegar. N y su hermano deciden fundar una sociedad de protección. No es una decisión hablada, pero deciden que la única manera es armar un escuadrón de defensa para lo que viene, que no saben qué es, porque nadie sabe adónde llega cuando llega a un nuevo mundo. Pero la única certeza —y esta será para siempre— es que se tienen el uno al otro para avanzar por ese paisaje salvaje.
Se montan en el coche, que ahora se llamará carro. El carro arranca y entran en la autopista que va de La Guaira a Caracas. Si hasta ese momento todo había sido extrañeza, la perplejidad de quien cruza la puerta de un nuevo más allá, de repente entran en un viaje sideral. El camino por esa autopista, mientras la noche rotunda cae sobre Venezuela, es el primer viaje espacial en la historia de la humanidad hecho en automóvil.
El tráfico es potente pero veloz. Pasan carros a toda velocidad. La autopista asciende permanentemente. Los coches son modelos americanos que solo habían visto en películas. Son naves espaciales. Pequeñas luces en las laderas parecen anunciar una nueva galaxia y terminan resultando ser los barrios de chabolas más grandes de Latinoamérica. Un espectáculo nocturno que define la presencia humana en la Tierra de un modo abrumador.
Están entrando en Caracas, y Caracas de noche desborda. Es difícil percibir cómo se percibe una ciudad la primera vez que se pisa, pero Caracas tiene algo que siempre evoca esa primera vez. Seguramente sea la forma. Pocas ciudades tienen su forma tan definida, tan marcada. Porque en otras ciudades se va entrando; en Caracas se entra y, de repente, te tiene rodeado.
N y su hermano van callados, mirando abrumados. Su madre comenta detalles con un entusiasmo forzado, porque en el fondo ella también está abrumada, seguramente pensando por primera vez —y para siempre— una pregunta que se queda ahí, colgada: ¿qué pintamos ahora mismo, a finales de los ochenta, en un anochecer de diciembre, en medio de Caracas?
Encaran la autopista del Este. Hay tráfico denso. Un neón de refrescos tiene dos letras apagadas y le da un aire de irrealidad a todo. A su lado, otro letrero de seguros parpadea rotundo. N mira por la ventanilla al carro que avanza lento a su lado y ve a un tipo que conduce: tiene bigote y fuma. El tipo lo mira sin prestarle atención y avanza.
Pasan por Parque Central. El movimiento es inabarcable. N piensa que quizá algún día todo eso será su normalidad, pero en ese instante siente que atraviesa un mundo indescifrable al que no accederá, salvo para observarlo desde detrás de un cristal. N no había salido nunca de España. No siente nostalgia: siente lejanía, como si no perteneciera a ningún lado.
Su hermano lo ha mirado dos veces. Va más callado que de costumbre, porque durante ese trayecto de tráfico denso parece imposible hablar. Hay tipos que caminan por la calzada, avanzando firmes por la autopista. Van con mochilas y a ritmo vivo, como si no estuvieran ahí, sino en medio de una selva. Parecen trabajadores que vuelven del campo, pero avanzando por el centro de la ciudad.
A un lado se ve un puesto de comida lleno de carteles, con dos comensales que apuran los últimos trozos de algo que comen con las manos. Los carteles anuncian precios, y N hace su primera traducción de bolívares a pesetas. Todo le parece caro o barato, un extraño juego de la economía que probablemente jamás entenderá.
En un punto concreto el tráfico empieza a disiparse. El carro gana velocidad y se adentran en una zona arbolada. Los edificios tampoco le resultan habituales. Quizá N, sin saberlo, descubre las diferencias entre culturas y continentes en la arquitectura y el desarrollo urbano, pero eso él no lo identifica.
Ve coches, calles arboladas casi comidas por la selva, edificios donde todas las ventanas emiten luz, como si nadie apagara nunca, como si todos los apartamentos estuvieran ocupados. Los bulevares son amplios, pero el asfalto está desgastado. Los carros pasan rápido. Las calles laterales ascienden, trepando por laderas de montañas que la ciudad se ha ido comiendo.
Todos los edificios tienen grandes rejas al frente, altas y gruesas. Detrás, anuncian la vida de las clases medias. N ve un autobús pasando por uno de los bulevares: un carrito por puesto, como descubrirá después que se llaman. Más pequeño que los autobuses que conocía, lleva carteles con destinos, nombres imposibles, palabras nuevas, sonoridades extrañas: las letras del nuevo mundo.
El carrito avanza destartalado y frenético. N intenta mirar al interior; tiene una necesidad potente de ver a los seres humanos del nuevo mundo. No va muy concurrido. Logra ver a una mujer sentada que mira al suelo: una mujer negra, casi anciana, con los ojos cerrados. El carrito se pierde para siempre en la maraña urbana.
El coche gira, baja la velocidad. Llegan al hotel donde dormirán esos primeros días.
En la recepción N escucha el acento de la gente que va y viene por el vestíbulo. En el mostrador, un tipo les habla con simpatía y les da las llaves. N espera a un lado. Ve una televisión encendida que emite anuncios. Se queda absorto ante uno de mantequilla. El tono del locutor, los colores, las frases, los eslóganes, el mensaje publicitario le parecen cercanos a la fealdad, pero a la vez le atraen. ¿Cómo es posible que el lenguaje televisivo sea tan distinto?
Tras el anuncio de mantequilla, uno de harina PAN; luego uno de lotería. Se suceden los spots, una cantidad excesiva, uno tras otro: productos nuevos, Diablitos Underwood, loterías de nombres estrambóticos, el anuncio de un nuevo episodio de una telenovela de éxito. La cadena tiene un nombre que condensa televisión y Venezuela de un modo aparatoso.
La madre llama a N y a su hermano para que suban a las habitaciones. Comparten una en la séptima planta. Desde la ventana se ve una calle ancha. Se quedan mirando los carros americanos, grandes, casi tanques, avanzando por calles de formas nuevas, porque las calles son distintas.
Se ríen sin saber muy bien por qué. Se ríen mientras ven Caracas ahí abajo. La risa aumenta, se ríen tanto que se tumban en la cama para seguir riendo sin caerse. La risa es contagiosa: cuanto más ríe uno, más ríe el otro.
Probablemente esa risa cierre el día infinito que había empezado en otro huso horario, en Vigo, a ocho mil kilómetros de ese hotel. Ríen descolgándose del viaje, como otra forma de aterrizaje. Ríen a carcajadas, tirados sobre las camas.
La risa no acaba. La risa reverbera a lo lejos, allí, en una casa vacía que ya no habitarán nunca más: una casa lejana que hace esquina en un noveno piso de una avenida donde en ese momento llueve, hace frío, es madrugada y no pasa nadie, salvo el eco de una risa que se produce lejos, a ocho mil kilómetros de distancia, en la habitación de un hotel de Caracas.