viernes, noviembre 04, 2011

Una vida anterior

 Me casé a los veintinueve años. Me sorprende siempre recordar los siguientes dos años. Ahora lo miro y con aquella mujer no tenía nada en común, pero el ser humano logra proyectar mentalmente lo que le da la gana. Aquellos dos años fueron peculiares porque de algún modo en ningún momento fui yo, no sé quien era, pero no fui yo. Viajé con ella a menudo, salíamos a cenar, compramos una casa agradable en un barrio elegante. Nos iba bien. Nos separamos por mutuo acuerdo. Ambos sabíamos que vivíamos en un acuerdo peculiar, un acuerdo invisible pero caduco. El tramite de separación no fue muy largo, tampoco doloroso. Ambos conocíamos ese final de antemano. Recuerdo un café de despedida en un lugar que me agrada y al que no he vuelto. Ella dijo que ambos recordaríamos como un parentesis nuestra vida en común. Me gustó su conclusión: "Lo que nadie nos quitará es que lo hemos pasado bien". Nos abrazamos y nos fuimos caminando. Es curioso lo que te une a alguien es tan inapreciable, tan abstracto que a veces es difícil saber qué es una imposición y qué es cierto, qué es una proyección y qué es lo que realmente se vive. No volví a saber en mucho tiempo nada de ella. Una noche me encontré con su hermano en un bar de copas. El tipo estaba absolutamente ebrio y se me acercó cariñoso. Me abrazó durante unos segundos de un modo solemne y algo trágico. Me miró a los ojos y en medio del bullicio me dijo que su hermana se había muerto la semana anterior. Hay noticias que dejan todo como colgado en de un hilo, como si la realidad fueran luces móviles, luces que se desplazan velozmente y cambian permanentemente de color. Creo que respiré lentamente, creo que recordé algo que no parecía cierto, la memoria tiñe la vida. Me vino la imagen de una mañana precisa: un domingo, la luz entraba por la ventana de aquel apartamento hermoso que tuvimos. Ella se levantó de la cama en ropa interior, yo la miré de espaldas, desde el colchón. Caminó por la habitación y se asomó. Me habló de una idea, de asuntos imprecisos, de las calles, de como cada calle era única pero que se confundían entre si. Me habló de ciudades, de la noche anterior y yo la escuchaba desde la cama mirando su cuerpo casi desnudo y pensando y reconociéndome que yo no la deseaba. Esa imagen me vino cuando el hermano me volvió a abrazar y se le empaparon los ojos. Le dije algo ambiguo, un par de frases huidizas, pregunté por sus padres, por la familia. El narró algunos episodios de la muerte, un asunto algo trágico y repentino. Salí de aquel bar poco después. Volví caminando a casa y en el camino me desvié para ver aquel apartamento donde vivimos. Me quedé en la acera de enfrente mirando las ventanas. En una de ellas había una luz suave como de lamparilla de mesa de noche. Imaginé a alguien leyendo. Miré el portal por el que durante dos años había salido. Por más que esperé nunca me llegó una tristeza profunda, sino más bien una forma de desconcierto o incomprensión vital. Como si esa vida, eso que recordaba no fuera sino algo que había sucedido novecientos años antes a otro, a otros, en otro lugar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hay muertes que son simbólicas. Pasé por una bastante parecida.

CL

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