martes, noviembre 29, 2011

Intuiciones

 Estos días cerca de las seis es ya casi de noche, lo que adelanta determinadas sensaciones imprecisas, pero con una contundente presencia en la percepción. El reloj del coche funciona mal y despista. Noche temprana y reloj acumulan desconcierto temporal. El semáforo de la Quinta con Diecinueve es raro, el tiempo ahí juega al despiste. Parece que el tiempo se prolonga indefinidamente, como si jamás se fuera a poner rojo. Da tiempo a pensar en muchas cosas: en la hora, en el clima, en asuntos dispersos del pasado, en mirar por el retrovisor y ver con imprecisiones, sin nitidez, a la tipa que está en el coche de atrás. Da tiempo, incluso, a imaginar determinados aspectos de su vida, que vienen de un modo abstracto. Una vida fugaz en esos ojos que se cruzan en el retrovisor. Luego pasa un tiempo que parecen horas, años y se pone en verde el semáforo y arranco. Hay un trozo a partir de ahí que no parece una ciudad, siempre me despista. Hay terrenos vacíos, manzanas enteras de terrenos llenos de matorrales, como si en medio de la ciudad, se hubiera colado un trozo de una carretera, una carretera de otro lugar. Conduzco automáticamente y miro de nuevo por el retorvisor. Detrás de mi viene la tipa del semáforo. Me da por tratar de adivinar que música irá escuchando o si realmente va escuchando música. También trato de pensar que camino vital la ha llevado hasta este instante preciso en que su coche va detrás del mío. ¿Qué vida será su vida? Cruzo por la sexta a la derecha. Bajo hasta el bar que hace esquina, de madera, con un neón que parece una nave espacial y aparco lo más cerca posible. Subo los tres escalones que llevan al bar y cruzo la puerta. Suena música vieja, una pantalla gigante ofrece imágenes en cámara super lenta de una jugada de un partido de futbol americano. La jugada avanza extraña, hay un remolino de brazos y un vuelo peculiar de la pelota. Me siento en un taburete en la barra, pido un bocadillo mediano y una cerveza para hacer tiempo. En una mesa una pareja joven charla y ríe cálidamente. Miro la hora. El camarero envuelve el bocadillo con torpeza, le pago y me bebo la cerveza. Salgo al coche. La noche es fría. Siento olor a humo. Miro a los lados y todo está muy vacío. Me fijo en el neón del bar, hay dos letras que no se encienden, la J y la K. Enciendo el coche y salta la música. Conduzco por la sexta hasta la cuarta. Pienso en la tipa del semaforo. Perdida para siempre entre avenidas, entre todos esos edificios de la ciudad. Intuyo que jamás la volveré a ver y me da por pensar que conocerla hubiera merecido la pena y le invento un nombre pensando que los nombres inventados no son inventados, sino que pertenecen a alguien. Una vida imaginada que en finalmente es real.

1 comentario:

Anónimo dijo...

El momento en los espejos retrovisores. Su nombre. Estoy segura de que llevaba el nombre de alguien a quien busco. Debo encontrarme. Algún día.

Maravilloso. Me encantó.

CL

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