martes, noviembre 08, 2011

Un viaje de ida y vuelta

 La carretera corre paralela al cerro. El cerro tiene algo imprevisible, da la sensación, constantemente, de que no está, que es una superposición, un efecto óptico, una deformación visual producida por el cansancio del viaje. La carretera es estrecha y está deteriorada, pero el vacío o esa sensación parecida al vacío, producen algo parecido al placer. Es un vacío amable, un vacío acogedor, un vacío lejano. No recuerdo cuanto dura el viaje hasta llegar al pueblo de la costa más al norte, recuerdo el camino, un camino que trasciende y se implanta en la memoria y se queda durante años deambulando. Luego llegas a ese pueblo vacío, con algunos síntomas de abandono profundo. Las casas, la mayoría de alquiler, están vacías y afectadas por las humedades marinas, el asfalto de la carretera carcomido por la arena de la playa. En general es difícil cruzarse con alguien en esa época del año. Al final de la carretera, que coincide con las últimas casas del pueblo, y casi se podría decir que las últimas casas del país, está el lugar donde duermo y pasaré los siguientes días. Si la memoria no falla estamos a seis días del final del año y del principio de una década. Paso los días deambulando por el pueblo vacío y tocando la guitarra encima de una piedra desde la que se ve el mar y esas formas extrañas que hace la marea, el agua es muy espesa. Desconozco, evidentemente, mi futuro. La guitarra en ese momento, no es un instrumento, es un órgano. Este trato, esta relación con ese instrumento popular es básicamente siempre esa. Un asunto biológico, más que una forma de expresión. Evidentemente hay una necesidad invisible de imágenes grandilocuentes, pero en general el trato con el instrumento es de salvación. Recuero ahora ese viaje, porque creo que ahí se marca el principio inevitable con el instrumento. Llevo un par de años tocando, pero en ese viaje descubro que el asunto va para largo. Nunca fui guitarrista, tampoco lo he sido después. Nunca he tenido problemas con aceptar mi interés menor por la parte técnica del instrumento, porque nunca me he proyectado como músico. La guitarra desde esa época en la que éramos emigrantes, era un refugio, un escudo. Hoy lo sigue siendo. Es inevitable caer en ciertas trampas cuando tocas algo tan popular como la guitarra, pero la relación más real nació en aquella piedra. Pocas veces he sentido corporalmente tanta fluidez como cuando toco a solas arpegios sin un sentido final. Podría decir mil cosas, analizar el resto de mi vida, pero si toco la guitarra es por esa sensación huidiza, esa leve irrealidad que se genera cuando la madera de la guitarra vibra por encima de tu camiseta. No cogí una guitarra eléctrica hasta pasados algunos años. Al principio siempre toqué la guitarra clásica. Me inventé grupos, tocaba con dos amigos del colegio, luego con tres amigos del edificio, quizá la parte más feliz de mi vida musical. Nos reuníamos los sábados, intentábamos tocar canciones inventadas y que eran terribles y finalmente tocábamos larguísimas improvisaciones. En esas improvisaciones desproporcionadas y gigantes tocadas con una batería, una guitarra clásica que hacía de bajo y mi guitarra han sido, sin ninguna duda, mis momentos más enormes y disfrutables como pseudo músico.

 Una crisis existencial del demonio y la desesperanza me hicieron viajar de vuelta algunos años después, al país en el que había nacido, y empezar una vida nueva. En el aeropuerto, un amigo del que no volví a saber me regaló mi primera guitarra eléctrica. Sin saberlo, empezaba una nueva relación con el instrumento. Los primeros meses en la nueva vida, la guitarra seguía funcionando como escudo, pero el instrumento me serviría, eso lo sabía, para adaptarme y relacionarme con el nuevo entorno. Busqué grupos. Entré en uno. El azar había repartido cartas. Conocí una nueva relación con la música. Las estructuras preestablecidas, las intenciones de trascender, las ganas de profesionalizar, el orden, las formas, las relaciones basadas en el interés por crear algo que fuera admirable. Lo vi con recelo, pero me sentía solo y quería adaptarme rápido al país. Fueron dos años peculiares. Recuerdo escribir sobre aquello: nunca me sentí dentro, pero el esfuerzo mío por adaptarme, como el de aquellos chicos por adaptarse a mi, me hicieron aguantar. Conocí nuevas formas de relacionarse, formas de amistad que me desconcertaban, porque nunca he estado ligado a pandillas, pero debía adaptarme. No era fácil estar siempre fuera de juego y había que hacer concesiones para sentirse dentro.

 Aquello no era real. Lo peor que puede hacer un grupo de pop es obsesionarse con trascender. Obsesionarse con ser contado, con proyectar. La pseudomúsica, así la entiendo desde aquella piedra al norte de aquel país, es un asunto biológico. El flujo tiene que ir contigo. El debate es antiguo, pero es es el debate. Aquello desmorono aquel grupo pop.  Seguí a mi ritmo, pero en intervalos he ido volviendo a aquellos intentos que siempre han terminado muriendo por lo mismo, por falta de realidad, por falta de honestidad hacia uno mismo. Por una extraña necesidad de trascender.

 Hoy he recordado la piedra, la piedra donde pasé aquellos días de final de año, soltando notas sin mucho cuidado, por el puro placer de encontrar una vibración. Un asunto curioso y placentero. pura biología. Hoy he rehecho el camino hasta allí, la larga carretera que corría paralela al cerro. La agradable sensación de vacío. La hermosa libertad de la soledad elegida.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Tienen especial poder las historias en las que conozco los personajes y su historia.

Vuelve a esa piedra siempre que se descontrolen las brújulas. Ese es tu cable a tierra, y lo que sale de ahí es absolutamente hermoso.

CL

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