miércoles, enero 18, 2012

Madre


A los 18 años ella se va de casa de un modo que roza lo radical, pero realmente y como sucede con las grandes revoluciones, esconde la mas pura ingenuidad. A los 21 tiene dos hijos, un marido alejado de la realidad, de cualquier realidad, de todas la realidades; ella vive aún en cierta inopia y se siente mas adulta de lo que realmente es. Su ideal sucede en unas agradables vacaciones en la playa, en paseos a media tarde y en cierta tranquilidad, y eso no lo sabe, que le está negada. Comienza a intuir que el entorno puede ser cruel, que recibe mas frases de las que debería. Conoce el lado dictatorial del ser humano. A su alrededor todos dirigen bajo una forma oculta de desprecio, su vida. 

 A los 23 conoce el destierro o una forma de destierro. Un destierro total porque es el destierro del que es expulsado de la tierra. El abandono supone un disparo inconcebible. Conoce el desasosiego, el dolor y el desplante, tras todo eso se esconde una forma muy radical de desamor. Conoce también ciertos sentimientos de rechazo. Sin consciencia comienza a ocultarse de algo, de algo invisible pero quizá arrancada de cuajo de los juegos infantiles, comienza a jugar al escondite, una evocación de aquellas tardes en el barrio. Se esconde de los otros sin saber porque lo hace o sabiéndolo, deseando no oir a cada paso la voz que dicta lo que es correcto y lo que se debe hacer. Se cambia el pelo y mira con instinto brutal de supervivencia a sus dos hijos. Comienza un camino basado en la intuición.

A los 25 siente que las ciudades, el mundo, el universo entero pueden tener la forma de un desierto. Son laberintos de la desolación.

A los 29 ella descubre que los paisajes no son eternos. Lo que fue desierto se hace frondoso, ameno. No es el paisaje soñado, pero se siente cómoda. Pasea por esas orillas con sus hijos y ese otro hombre del que le gustan las manos y la voz le entrega un ritmo sosegado y desconocido de existencia. EL hombre, que parece venir de lejos, de tan lejos que ni siquiera ya es un lugar, ese hombre viene de allí, donde quiera que sea que esté allí. La imagen la resguarda y lo que es más importante, le entrega la pausa.  Corren hacia el norte. Viven en el mar. Los días lluviosos de invierno detienen el coche en playas vacías, la imagen los sostiene en un limbo, un limbo creado para ellos o por ellos. Los días de verano corren los chicos corren por la playa y el hombre fuma mirando al mar, como si vislumbrara una posibilidad más allá.

 A los 35 se hace emigrante. Conoce el trópico. Conoce playas donde el tiempo se detiene. Conoce otras formas del ser humano. De algún modo el trópico es una metáfora de la vida para ella, tiene los extremos. El Sol y el día del trópico son sublimes. Pero del trópico no se vuelve o se vuelve siendo otro. Los niños ya no corren, se quedan viendo la montaña que bordea la ciudad y hablan de existencialismo. El hombre conduce por carreteras perdidas y siente que no frenó a tiempo en muchos momentos de su vida. Al hombre le gusta el trópico porque les aleja de las otras formas de la realidad que ya no soportaba, pero sin embargo del trópico ya no hay vuelta atrás y cuando conduce concluye, que en cierto modo, se ha quedado sin hueco en la tierra. Como si conducir, el movimiento permanente de su coche, fuese la única posibilidad de tener un sitio. 

 A los 39 se queda embarazada y lentamente van formando una explanada solitaria. El mayor de los hijos crece y busca salir del destierro en el destierro, el pequeño que ahora es mediano se queda anclado bajo un árbol, parece un naranjo, un naranjo en mitad de la llanura extensa, mira desorbitado la masa cósmica sobre su cabeza en noches que se suceden bajo cantidades abundantes de ron. EL pequeño crece protegido del destierro pero en mitad del destierro. El hombre entonces calla, calla para siempre. Ella mira la explanada, prolongada, gigante, acogedora y tremenda y siente que no hay, por ningún lado, vuelta a casa, porque la vuelta, desde el trópico no existe. Los caminos, quizá por la humedad, están deshechos. 

 A los 42 no hay nada alrededor. El hombre, ese hombre ahora extraño, incomprensible, mira, permanentemente un planeta del que desconoce el nombre. Sólo mira ese planeta. Ella le mira por las noches, en mitad de la explanada, sospechando que el hombre de algún modo se fuga allí, a ese planeta que mira con desesperanza o con una esperanza frágil, como el que sabe que jamás llegará. El niño que ya camina, da vueltas en círculo, sonriendo, jugando con perros y aviones. El mayor corre bajo el desasosiego y el temblor, bajo una fortaleza innata y empujado por la supervivencia. El mediano se aleja, de un modo semejante al hombre, a otros planetas inalcanzables. El mediano cree, está convencido, que debe haber una manera de escapar de la explanada.

 A los 45 vuelve, después de años, a su casa natal. No reconoce del todo las caras, son los mismos pero distintos. Cuando ve a su padre, comprende, entre muchas otras cosas, que la vida no siempre tiene sentido o que no tiene sentido en absoluto. Que se corre y es un sálvese quien pueda. El hombre desaparece a ritmo acompasado, menguando, convirtiéndose casi en sombra. El niño crece y se sabe mirado. Desconoce, como niño, que ya no habitan en la explanda y el contraste le desubica. El mayor se quedó en la explanada gigante luchando contra el enemigo. El mediano huyó de la explanda por el único hueco que había abierto. Salió ileso y vivo. Cambió la ropa, la forma de hablar. 

 A los 55 todo parecía un país remoto. Un sistema alejado de cualquier sistema. A los 55 se encontró consigo misma. Se saludó con respeto, con enorme educación. Tenía en su posesión algunas verdades universales. Caminaba con vigor y calma. La batalla, definitivamente, había terminado. Lo demás, desde entonces, sería un juego. Viajó al mar, viajó al pirinero. Conoció Paris, Roma y Londres. Los tres chicos, sentían una profunda devoción, por aquella mujer memorable, universal, eterna. 


1 comentario:

Anónimo dijo...

Profundamente conmovedor. Me sacudió fibras muy hondas. Hermoso. Realmente hermoso. Ojala pudiera expresar cuanto.

CL

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