viernes, enero 27, 2012

Las dos chicas del centro comercial

 Por los altavoces siempre suena música. No se distingue bien, porque el centro comercial es muy amplio, muy alto, muy abierto y sólo se distingue un murmullo inaudible, molesto, monótono. Es curioso, por otro lado, cada tantos minutos, una voz anuncia distintas cosas: ofertas en alguna de las tiendas, coches que molestan en los parkings, un niño perdido y esa voz se distingue clara, potente, nítida. La voz, la voz aunque no siempre la misma, uno se la imagina como el gran Dios del centro comercial. Y resulta cálida, agradable, acogedora. Todas las tardes entramos cuando aún las tiendas, los espacios, están vacíos. Compramos donuts en una tienda que los hace de mil formas, a mi me gustan unos que llevan crema por dentro, una crema que parece irreal, porque sabe a algo nuevo. Lleva unas chispas de colores adornando por encima, esas chispas me gustan menos, pero en general es mi donuts favorito. Lo pedimos siempre y nos sentamos en la tercera planta, en unos bancos que hay frente a una cristalera con vistas a la autopista y  al desierto y nos comemos las donuts calladas saboreando y mirando la vista. A veces pienso que el aire acondicionado está muy fuerte, pero cuando ves el desierto, piensas que mejor el frío artificial que ese calor terrible y natural. Esta ciudad, piensas mirando a través de la cristalera es hermosa y aburrida, como el desierto que desde ahí es hermoso mirarlo y sin embargo nadie va nunca, vivimos en mitad del desierto y sin embargo lo ignoramos. Luego paseamos por la planta baja o bajamos a la -1, allí entramos en el local de juegos, soy buena en el baile, repito con exactitud y con precisión y , sobre todo, con gran velocidad, a la máquina. Allí conocimos a dos chicos que van todas las tardes. Al principio a mi no me caían muy bien, pero con el tiempo les he cogido cariño. Tienen un coche equipado con un sonido atronador y decorado con motivos góticos, al principio el coche me parecía horrendo y ahora me gusta cada vez más. A veces nos montamos los cuatro y paseamos sin destino. Vamos a las afueras, donde el mirador y nos sentamos a escuchar música a todo volumen. Al mirador ya nunca va nadie y está abandonado y lleno de escombros. Cuando mis padres eran jóvenes allí iban mucho y mi madre contaba que en una de las piedras marcaron sus nombres cuando empezaron a ser novios. Un día busqué la piedra, pero no encontré sus nombres. Los chicos llevan bebida y bailamos cuando ya cae la noche y se ve la ciudad abajo, destartalada, luces esparcidas como si fueran agua que hubiera caído de un cubo inmenso, un cubo que estaba en el desierto y que se evaporó. Desde el mirador se ve mi barrio, siempre trato de ver la luz de mi casa, imagino a mi padre allí, sentado en el jardín callado, pensando en esas cosas en las que piensa, quizá pensando en mi madre, quizá no pensando en nada o en el desierto. Pienso en eso mientras miro desde el mirador y trato de adivinar cual es la luz de casa. Los chicos se emborrachan y se ponen torpes y confiesan amor por las dos y hacen bailes y gritan frases épicas o desoladas e insultan a la ciudad desde ahí, como si la ciudad fuera un ser amargado o desterrado del mundo y nos dicen que nos iremos de allí, que todos nos iremos de allí y que al final sólo quedará el centro comercial, el desierto y el centro comercial.

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