sábado, enero 21, 2012

Celebración

 El hombre entra en el restaurante. Mira a los lados esperando un toque de atención. Su ropa, su aspecto e incluso su olor, sabe, no serán bien recibidos. Desde el instante que cruza la puerta espera que su abrigo sea un impedimento, también su barba y la ausencia de un peinado. Los zapatos con las suelas algo despegadas no llegarán a ser vistos, hay muchos elementos previos que le delatan. A esa hora, temprano aún, el local está vacío, solo al fondo, una pareja de extranjeros come mirando a través de las hermosas cristaleras que hay pegadas a las mesas más hermosas del local. Un chico uniformado, elegante, recto y de andar preciso se le acerca con educación y rigidez:

.- ¿Qué desea?

.- Una mesa para uno.

.- Lo siento, pero hoy tenemos todas las mesas reservadas. No será posible.

.- Tengo dinero. Si ese es el problema. Se lo puedo mostrar. También acepto la mesa más escondida.

.- Mire, no se trata de eso. Se trata de que de verdad hoy no tenemos espacio. Lo siento.

 El chico mira a los lados. El restaurante  en ese momento hay una curiosa quietud en el exterior y uno sabe que todo sucede tras la puerta de la cocina, donde a velocidad de urgencia se prepara la batalla que se librara en un rato.

.-  Llevo tiempo reuniendo dinero para darme este capricho. No es casual que haya caído en este sitio. Sé los problemas que ocasionan mi aspecto, mi presencia, mi olor. Pero para mi es importante. Es una celebración, si cabe.

 El chico le mira. Algo le conmueve en ese hombre destartalado, mugriento. El hombre continúa:

.- Es importante para mi hacer esto. Hubiera deseado encontrar ropa mejor, poder arreglarme, pero no ha sido posible. Sin embargo es de suma importancia entrar aquí hoy.  Celebrar algo.

 El joven sigue mirando a los lados, tenso. Sin saber que hacer. Mira a la calle esperando la posible entrada de un cliente que enturbiaría las cosas y generaría problemas, incluso quejas. El lugar tiene reputación, élite. El chico le dice al hombre que le siga. Abren la puerta que da a las cocinas y almacenes. Bajan una escalera sin hablar. El chico de vez en cuando mira al hombre, llegan a unos baños que hay en el sótano. Hay poca luz. Hay unos percheros con chaquetas y pantalones de tela. El chico le da ropa y le indica un baño:

.- Arréglese. Rápido. Júreme que no montará una escena, que no me saldrá caro esto.

.- Créame joven. Me está salvando la vida. Le recordaré eternamente por ello. El chico sale mientras el hombre se arregla, se lava con urgencia y se acomoda una ropa que le resulta extraña. Sale del cambiador, suben las escaleras juntos. El aspecto es forzado, la ropa le queda algo estrecha y extraña, pero se disminuye el efecto. Mientras le indica una mesa, el joven le mira e intuye un hombre elegante detrás de todo. Es capaz de intuir una vida previa a esa vida inimaginable de la calle y las aceras. Le pone agua y le pregunta que desea tomar. El hombre pide agua para beber y unos platos sin ni siquiera mirar la carta.

 Al rato el hombre paga. Cuando el chico viene a darle la bandeja con la vuelta el hombre le pregunta que como puede devolverle la ropa:

.- No se preocupe. Lo único que venga a primera hora de la mañana a buscar la suya. La que tiene abajo.

 El hombre le agradece con ternura todos los favores. El joven ve una emoción incontenible. Le ve salir a la calle y perderse por la acera, al otro lado de la cristalera.

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