jueves, diciembre 09, 2010

La buena moral

Durante cinco días viajarían a Marsella. En Marsella se propusieron ser felices, aunque a él, de primeras, no le gustó Marsella. Pasearon anarquicamente por la ciudad, sin saber, conscientemente, que su ruta fue, constantemente, un círculo sobre el mismo barrio. Probaron vinos baratos que ellos creyeron buenos y que objetivamente eran terribles, comieron en diferentes sitios y fueron engañados a la hora de pagar un desayuno. La noche central del viaje ella propuso cenar en un sitio caro. Buscaron en las guías, preguntaron al recepcionista e indagaron en internet. Se decidieron por uno que pintaba bien y relativamente accesible. Llegaron tarde para los marselleses, temprano para unos madrileños. Les ubicaron en una mesa hacia el final del comedor. El sitio era mas bien pequeño, de luz suave y con música inaudible de fondo. Pidieron casi lo mismo y a los dos les pareció malo, poco sabroso, poco elaborado y escaso. Antes del postre y mientras, obsesivamente, criticaban los defectos del local, del servicio y de las calidades, ella se levantó al baño. Subió unas escaleras y al girar hacia una estancia incomprensible que anticipaba los servicios vio de fondo la cocina y a dos cocineros. Le dio una arcada profunda y sostuvo como bien pudo las ganas de vomitar. La cocina que acababa de ver era sucia, muy sucia, muy destartalada, los cocineros se besaban entre ellos de manera que ella consideró obscena y algo ansiosa. Entró al baño y se miró en el espejo. Durante medio segundo pensó que era raro estar ahí, y se planteó el cúmulo de decisiones que habían concluido con ella en ese espejo, mojándose la cara para superar la nausea. Bajó, volvió a mirar la cocina, los dos cocineros, ambos muy altos, muy fornidos y morenos seguían besándose e incluso deslizaban sus manos por debajo del mandil. Contó los escalones de la estrecha escalera. Se sentó, miró a su marido y en voz baja y puntiaguda narró lo visto. EL marido preguntó entre inocente, asustado y horrorizado si aquello sería un local gay. Ella dudo y contestó que seguramente si. Él la miró, no dudo. Se puso en píe, ascendió la escalera con el cuchillo de la carne bajo el jersey. Entró en la cocina donde el asunto entre cocineros se había caldeado aún más y clavó el cuchillo al azar en el primero que su mano encontró en el camino. Murió el más joven, el otro gritó. El marido bajó corriendo, cogió a la mujer y salió a la calle. Cogieron un coche y volvieron a Madrid por carretera. El viaje fue largo y nervioso. Dos días después se incorporaron al trabajo. El crimen nunca fue resuelto. Él confesó a su cura de siempre el delito sabiéndose de antemano perdonado.

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