Aniversario
A las tres de la mañana despierto en Viena. Me asomo a la ventana. Afuera, el suelo está cubierto de nieve. Respiro profundamente y descubro que en la habitación hay una persona más. Estoy a oscuras y trato de encender la luz, pero la persona irreconocible me dice que no lo haga. Me quedo quieto y pienso que estoy viviendo un robo o algo similar. Un golpe de adrenalina me sube hasta la garganta y trato de contener los nervios. No hablo.
La persona no identificable se levanta de la silla donde está sentada y se acerca hasta mí: es una mujer. Se acerca mucho y me habla suavemente en alemán; enseguida pasa al inglés y finalmente me habla en español. Fuera oigo pasar un coche rápido. No recuerdo cómo llegué ahí y le pregunto qué está sucediendo. No hay tiempo, me contesta. Me coge de la mano y salimos de la habitación.
Bajamos unas escaleras; aprovecho el primer golpe de luz para hacer un reconocimiento. No sé quién es. Comunico mi angustia ante tanto desconcierto. Salimos a la calle. Hace un frío terrible. Caminamos dos manzanas y entramos en un portal. El portal da a un callejón trasero: veo la parte de atrás de un restaurante. Descendemos por el callejón y veo cruzar una rata. Me dan ganas de gritar, pero no lo hago.
La mujer que me lleva acelerada no habla, está concentrada en algo. Al final del callejón hay un portón; me dice que lo levantemos. Tengo que hacer un esfuerzo tremendo: el portón es terriblemente pesado. Una vez subido, entramos en una especie de garaje. Bajamos el portón y nos quedamos a oscuras. Me dice que nos quedemos quietos. Algunos segundos después —quizá un minuto— se enciende una luz.
Veo el almacén, sorprendentemente amplio pero vacío; hay solo unas cajas al fondo. Caminamos. Ella me coge la mano y yo, incomprensiblemente, me emociono. Hay algo en esa chica que me atrae sobremanera. Al final del almacén hay una puerta metálica. Ella la toca. Nos abre el tipo más gordo y más grande del planeta. El tipo me mira con una terrible desconfianza.
—Es él —dice ella.
Siento una presión sólida en el pecho, una forma emocional parecida al hielo seco. Entramos en una sala. Hay dos tipos más que hablan en alemán con ella. Finalmente, ella me mira y me dice:
—Lo tenemos que hacer.
—¿Qué tenemos que hacer?
—El amor.
—No entiendo. ¿Aquí? ¿Ahora? ¿Delante de ellos?
—No. Ellos se van a ir ahora mismo.
Los tipos se levantan y se van por otra puerta. La luz, de repente, se apaga y queda encendida una muy suave. Ella se acerca cálidamente y me besa. Durante unos segundos no entiendo nada, pero la textura de sus labios me hace olvidarme de todo. Rozo su mano y, un par de minutos después, nos acostamos en el suelo.
De aquello hace hoy siete años. Tenemos dos hijos hermosos y somos considerablemente felices. Hoy saldremos a cenar para celebrar nuestro aniversario.


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