sábado, agosto 06, 2011

Músico lejano

Las tres primeras semanas no hice nada salvo levantarme pronto, muy pronto, bajar hasta el puerto y observar el movimiento de los astilleros. Los ritmos de su entrada al trabajo, la luz de esas horas, los saludos lejanos, luego me quedaba en algún bar del puerto tomando café y haciendo poca cosa. Leía anárquicamente títulos dispares, sin aparente conexión entre ellos. Pasada la tercera semana el argumento del que pensaba escribir sufrió una enorme transformación. Me desvié de todo aquel asunto de los astilleros y aquel personaje del que aún no había visto su cara. Había aparecido una bifurcación de la primera trama que me atrajo mucho más. Las siguientes dos semanas las pasé observando al hombre que tocaba en la plaza cercana al puerto. El tipo ejecutaba con desconcertante habilidad un instrumento absolutamente novedoso, creado de latas y cacharrería de hojalata . El sonido que producía todo aquello era desorbitante; un sonido liviano, pero profundo, melancólico y húmedo. Aprendí a tararear aquellas canciones que luego supe eran composiciones propias. Melodías pausadas que sufrían acelerones en puntos muy determinados. El hombre tocaba distante pero muy concentrado. Consciente de que su sonido no era habitual y sus melodías no eran evidentes, tocaba con seguridad, como el que defiende a sus hijos de las calumnias de los vecinos. Los viandantes no prestaban un exceso de atención en el hombre, pero le caían suficientes monedas como para mantener la fe. Pasado aquel tiempo de observación comencé a tratar con él. No hubo un contacto muy íntimo, aquel tipo permanecía lejano, como su música. Saqué información suficiente para prefigurar una historia, para completar una narración, pero lentamente, sin ser consciente, me fue interesando más su música que narrar su peculiaridad. No obstante, jamás dejé de anotar, de transcribir, lo que iba aprendiendo de su vida, lo que conocía en los distantes encuentros. Finalmente nos emborrachamos. Una noche bebimos durante horas, yo hablé, él habló. Terminamos en la plaza del puerto sentados en el banco, tocó durante mucho rato todas sus composiciones. Antes de tocarlas hacía una breve presentación contando la inspiración o el motivo. Fue cayendo una detrás de otra, seguimos bebiendo. Por la plaza, de repente, pasó un tipo que se acercó y se sentó a nuestro lado. Nadie habló, los tres escuchamos. Después de mucho rato nos quedamos sentados, callados. Lejanos. Me quedé dormido. Cuando desperté aún era de noche, hacía frío, pero no había nadie. Los dos habían desaparecido. Esa noche concluí que había vida extraterrestre.

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