martes, agosto 23, 2011

La mujer de mi vida

A la mujer de mi vida la vi en una sola ocasión. Una ocasión suelta, inconexa con el resto de mi vida. La vi unos minutos, unos cuantos minutos que no llegarían al cuarto de hora. Lo que duró una pieza barroca interpretada por un coro austriaco en medio de una iglesia en Viena, grabada para televisión de un modo tosco, solemne, pero aburrido, triste y poco estético. La mujer de mi vida formaba parte de ese coro y yo la descubrí pasando canales en aquella habitación en la que dormí en mi viaje a Benidorm. La noche de Benidorm se consolidaba afuera, un bullicio lejano y el transito de coches entraba por la ventana abierta de mi habitación. La humedad, aquella noche era terrible. Me tumbé desnudo en la cama, sin desahacerla, me bebí un par de cervezas que compré en un supermercado cerca de la playa y usé el mando con compulsión. La televisión es una jungla. Una jungla sideral, alucinada, lejana. Una jungla extraterrestre, importada a golpes en naves espaciales e implantada en la tierra con otros golpes, golpes invisibles de luces, de irradiaciones ultravioletas. Desfilaron canales frente a mi en la noche de Benidorm. Comidas, noticias, individuos imposibles, estéticas deliradas, alguna película que ha envejecido con dolor y tipos hablando a coro; y en medio de esa coralidad disonante, apareció un canal extraño: Mezzo. Era agradable escuchar música barroca, esos coros trabajados, en medio de Benidorm. Me quedé ahí plantado, dejándome llevar por la melodía compleja, densa y cuidada de aquella interpretación. Me abrí otra cerveza y escuché, también miré con atención. La realización iba mostrando planos generales de la iglesia y luego detalles de los coristas empeñados, centrados, medidos. Ella era una de las voces sumadas en la marea de voces que era aquel coro clásico. El realizador la mostró una vez en plano medio, duró poco, volvió al general. La iglesia en claro oscuro reverberaba con aquellas voces precisas, pero mi atención se centró en aquella cara hermosa que interpretaba con gesto contundente los vaivenes de la música. La ubiqué en el plano general, a la izquierda del director, segunda en la primera línea. El realizador comenzó lo que a mi me pareció un juego intencionado, sólo la mostraba a ratos, en breves planos insertados. Pensé en el realizador dirigiendo desde un control externo a la iglesia o quizá montando a posteriori, en una sala de montaje. Conocedor de la belleza de la cantante distribuía a cuenta gotas los planos de la mujer, que desde ese instante, ya era la mujer de mi vida. Esperaba, plano general y la veía allí, integra, solemne. El pelo suelto y ligero desperdigándose levemente sobre la cara. La boca contundente se abría y anunciaba fantasías. El realizador, inmenso perverso, pinchaba entonces a la compañera, dejando ver un trozo de cara, una cara cortada, que aparecía en leves movimientos. Plano general y allí estaba, en medio de la iglesia, casi iluminada sobre los demás, casi perfecta. La descripción la rebajaría en hermosura. Era morena, esas morenas austriacas que anuncian fuerza, pues lo fácil es ser una austriaca rubia, no una austriaca morena. Los ojos grandes y, aunque el adjetivo sea terrible por cursi, muy profundos. Allí estaba la interprete entre aquel vendaval de interpretes y la miré, la miré una y mil veces o las veces que aquel enfermo realizador quería mostrar. Jugando en aquella persecución de planos a encontrarla, a detallarla un poco más para ir conociéndola un poco más, cada vez un poco más, la pequeña arruga cerca de los ojos, la sombra delicada de maquillaje, la forma peculiar de la nariz. Rasgos que me proporcionaban la intuición de una personalidad que iba prefigurando entre los planos que el realizador la hacía desaparecer, perdiéndose en la segunda línea, donde unos blanquecinos muchachos le daban los graves a la capa sonora. Reflexiva, claro. Aquella mirada lejana, algo inaccesible era de alguien reflexivo, sosegado, meditabundo. Aquel pelo bien llevado, no obstante, me hablaban de alguien sensual, no pomposo, pero que le agradaba agradar, que incluso podría resultar divertida en la intimidad. De conversación distendida, profunda incluso, pero sin perder cierto humor, como lo indicaba la forma saltona de aquella nariz. A veces el cruel realizador volvía al plano medio en ella y aquello era, de nuevo, un regalo. Noté la caída de la interpretación, la anunciación de un final inevitable y temí porque aquello fuera el fin. Una frase final, alargada en una gigante vocal acentuada por la reverberación de la iglesia dio con la nota final y el gesto de todo el coro de agradecimiento ante el aplauso general. Ella sonreía tímidamente entre sus compañeros, el director dirigió los gestos para la reverencia y la vi agacharse y pude intuir un cuello preciso, alargado y hermoso. Se levantaron y el desalmado realizador, lentamente, fundió a negro, aguante hasta que pude, hasta que el negro de la pantalla se la llevó para siempre. Fantaseé con los nombres mientras subían los créditos. Cabía la posibilidad de anotarlos todos, viajar a Austria y buscarla, buscarla entre esa hilera de nombres, pero el envenenado realizador había dejado cerrado todos los hilos y la velocidad de los créditos fue exagerada, enloquecida. Pasaron los nombres sin la posibilidad de ser leídos. Terminaron los créditos, entró imagen del canal, un par de anuncios y aquello dio pasó a un concierto de piano en Paris. Me asomé a la ventana e imaginé Viena, una calle cualquiera de Viena, la imaginé volviendo a casa. Subiendo las escaleras, abriendo la puerta y me tumbé en la cama de mi hotel de Benidorm.


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