jueves, agosto 04, 2011

Ascenso a los infiernos

Llegaba tarde (o pronto, porque nunca se sabe cuando todo sucede de manera inesperada). Quizá si me hubiera atrasado, quizá si hubiera llegado aún un poco más tarde nada de esto estaría siendo contado. Cogí aquel ascensor. Esperé en el descansillo de la planta baja, a mi lado una mujer a la que no atendí. Se abrió la puerta, la dejé pasar. Marcó el 17, yo el 21. Arrancó la máquina, pareció instalarse el silencio:

.- Somos compañeros de ascensor- dijo la mujer.

No contesté con palabras, sonreí. ¿Qué debe contestar uno a semejante sentencia?

.- Deberíamos hablar del tiempo. Pero no. Prefiero hablar de ti. De tus miserias. Quizá sea menos habitual a ti que tanto gusta lo poco habitual. Tú que no soportas lo establecido.

Miré perplejo, o lo que yo sospecho que es mi gesto de perplejidad.

.- Ahora debería decirte que los días están pesadamente mojados y que ya está bien de tanta lluvia, pero no. Hoy te toca lo nuevo. Un ascensor donde se habla de ti, de tu egoísmo, de tu descarada forma de querer ser centro de atención, de tu poca empatía, de tu miserable relación con lo material. Hoy no se habla del clima cambiante de este mes mientras pasan los pisos, los números aumentan hasta llegar a meta que es el momento de alivio en el que sales de este rectángulo socialmente incómodo. Hoy, aquí, se habla del menosprecio a tu padre en el momento de la enfermedad, de la indiferencia al dolor de tu madre, de la desidia y el interés con el que trataste a tu novia, de tu incapacidad para querer a nadie salvo a ti. Hoy no hay meta en el piso 21, porque cuando llegues no querrás salir a ese mundo sabiendo, por fin, quien eres, que clase de individuo desalmado e inconscientemente cruel pasea por ahí. Querrás vivir aquí subiendo hasta un piso en el que por fin olvidaras todo lo que eres y ese piso no llegará, porque este ascensor no es infinito. Hoy no se habla de tantas nubes y que no se sabe que ropa usar estos días porque parece que no pero al final siempre llueve. Hoy se habla de tu falta de solidaridad cuando te llamó P para pedirte conversación, de tu falta de cariño hacia algunos amigos que lo dieron todo por ti, todo. No te preocupes. Ya llego. Yo me bajo en el 17. Te doy esos cuatro pisos para olvidar, aunque no serás capaz, tu ego gigante permanecerá herido, incapaz de observarte como has vivido siempre, esto se quedará enterrado en tu pulmón.

Se abrió la puerta. LA mujer salió. Se cerró la puerta. Subió el ascensor. Aún hoy. tres años después sigo metido. Subiendo, bajando. Entra gente. Salen unos, entran otros. Del 0 al 16, del 16 al 8, del 8 al cero. Así todo el día. Saludo cuando entran, no todo el mundo contesta. Al que lo hace, eso sí. Sólo le hablo del tiempo

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