miércoles, agosto 24, 2011

El tobogán

A Daniela le gustan los toboganes al revés. No es que le gusten dados la vuelta o que se suba a la escalera esperando llegar a la parte más baja como si fuera un tobogán inventado por Escher. Lo que le gusta de los toboganes, siendo la atracción favorita de entre todos los elementos que conforman los parques, es hacer lo inverso de lo que proponen. Ascenderlos con enormes dificultades, en vez de descenderlos con la sencillez de dejarse llevar por la gravedad y por la ligera pendiente que concluye, generalmente, en arena. El fenómeno es curioso, simpático, pero requiere de enorme atención por parte del progenitor. A la niña le gusta llegar la parque, soltar algún pequeño gritito de enorme emoción y señalar con decisión el fondo del parque, allí en esa tierra lejana donde está perdido el tobogán. Generalmente los gestos son los mismos, camina hasta la parte más baja del tobogán, se sienta en eso que podríamos llamar la salida, y lo llena de arena, como si le gustara potenciar la dificultad. Luego con esfuerzo titánico asciende esa pequeña elevación que hay del suelo a la parte más baja del tobogán y comienza, a trompicones, la ascensión. No lo suele lograr, es cierto, el empeño es desmesurado, excesivo, lo intenta pero la parte final es, siempre, salvaje para su cuerpo, para sus fuerzas. No quiere ayuda, siempre la rechaza. Alguna vez he pretendido animar, dar una mano, sostenerla para que logré ese tramo terrible y alcancé la cima y algo que para ella debe ser legendario. Lo que suele suceder es que a poco de la cima se desliza hacia atrás, sufriendo el leve descenso suave para el que fue inventado el tobogán; y que ella rechaza por naturaleza. Para Daniela el Tobogán es una ascensión, no un descenso. Es una batalla, no un ligero y soso divertimento. Pocas, muy pocas veces ha logrado la cima. No hay celebración épica, no alza los brazos o no nos mira eufórica esperando de sus padres una celebración por el logro conseguido. Lo que sigue cuando alcanza la cima, es continuar marcha atrás, cumplir los ciclos del tobogán siempre a la inversa. Bajar las escaleras, alcanzar el suelo por el lado de atrás, o de adelante, según se mire, y recorrerlo por el exterior para volver a empezar. Yo no reprimo el uso que hace del tobogán, cada quien usa los toboganes como le da la gana. Sólo trato de apartarla, lo que no es fácil, cuando produce un atasco en la cima del tobogán de niños, generalmente más mayores, que incrédulos miran a la niña subir con torpeza por la rampa y taponar la bajada. Alguna vez ha habido quejas o algo parecido a un sonoro abucheo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Lo de disfrutar en el esfuerzo creo que le va en el apellido. Besos. IV

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