miércoles, febrero 23, 2011

Finales

Se puede acabar con una muerte de cualquier tipo o de repente, sin aviso previo. Exterminar los finales, acabar con ellos de una vez. La vida o acaba de golpe o continúa con extrañas y poco claras transiciones. Acaba el verano, acaba el viaje, acaba el amor, acaba el sexo, acaban los libros, pero el tiempo, la continuidad, la secuencia invisible de las cosas, nunca acaban. Rebelión violenta contra los finales cerrados. Hay que terminar de un puñetazo pero sin terminar. Lo sensato, lo correcto sería dejar el final con palabras a medias o finalizar, siempre, con puntos suspensivos. Porque cuando termine de teclear este texto, después de todo, habrá una continuidad invisible, un hilo de agua evaporada que todo lo va tejiendo y enredando y haciendo inaccesible su comprensión. No hay final salvo la muerte, siempre tan radical, siempre tan inesperada e inoportuna, pero la muerte es otra cosa. Sigamos, sigamos. No hay final. No hay un arbitro que pita, una sirena que dice que todo se acabó. Las desdichas o felicidades, las experiencias van y vienen y se va pasando, siempre, a otra cosa. No terminemos siempre con finales, dejémoslo ahí, en medio de la nada, que es donde empiezan a acabar las cosas antes de acabar y empezar otras. La otra es terminar con una muerte, pero ese final es terriblemente evidente. Hay que terminar sin dar pistas de que se está terminando. En cualquier lado, en cualquier punto donde todo se va abriendo, se va bifurcando. Una calle que confluye en una rotonda y salen varias avenidas y de las avenidas a las carreteras nacionales y la historia se va perdiendo y desmenuzando en trozos y , a lo mejor, ya terminó, pero no nos hemos dado cuenta que la historia ya es otra, que estamos contando finales que son ya principios, o principios que son mitad de otras historias, que estás hablando ya de nubes o lluvia o coches que van y un niño cruza una calle detrás de un balón y el balón cae por una cuesta, y rueda el balón veloz, y el niño entre rabioso y triste corre detrás viéndole irse, viéndole atravesar calles y un coche pasa por encima y casi lo aplasta pero el balón sigue, sigue cuesta abajo y el niño no llega y lo empieza a dar por perdido porque el balón parece que ya ha empezado otra vida, otro destino alejado de ese partido de fútbol en mitad de la calle que se ha quedado a medias y se va el balón y el niño se detiene y se da cuenta que ha empezado a anochecer y que debería volver a casa y cenar y todo se va a otra cosa y ¿quién se acuerda, ya, del balón, de las calles, de las carreteras, de aquella vieja historia de finales? y el niño se da la vuelta...

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